jueves. 04.06.2026
LIBROS | MORALIDAD Y CIENCIA

Sobre la ucronía, la ulogía y la verdad sin pathos

Crítica de 'Máquinas como yo', de Ian McEwan, desde una perspectiva filosófica y epistemológica, interpretándola como una doble construcción de ucronía y “ulogía” (fuera del tiempo y de la lógica).

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“Caen las hojas,
Llega la primavera,
Y tu caída.”
 (Máquinas como yo, de Ian McEwan)


 
  1. Ucronía y ulogía: un marco doble
  2. Entre la historia posible y la historia real
  3. La estructura de la tensión
  4. El riesgo del final
  5. Epílogo: la verdad en el espejo

Prólogo

En el presente artículo examinaré la novela Máquinas como yo de Ian McEwan desde una perspectiva filosófica y epistemológica, interpretándola como una doble construcción de ucronía y “ulogía”. En ella, Alan Turing sobrevive y logra resolver el problema P versus NP, creando máquinas capaces de una inteligencia sin error. Esta idea sirve a McEwan para plantear una reflexión sobre los límites de la racionalidad, la naturaleza del aprendizaje y la condición humana: una mente incapaz de equivocarse ¿pierde su capacidad moral? A través de un relato de apariencia doméstica —un triángulo amoroso y un experimento científico— la novela expone el conflicto entre razón y sensibilidad, conocimiento y experiencia. La perfección algorítmica tal vez encarne la negación del pensamiento humano, pues solo el error nos permite aprender. McEwan reinterpreta así la figura de la inteligencia artificial no como amenaza técnica, sino como espejo ontológico que revela la imposibilidad de una conciencia sin sombra. Sin moralizar, convierte la transparencia total y la ausencia de pathos en alegoría contemporánea de la pérdida de interioridad, recordando que la verdad sin emoción es deshumanización del pensamiento.

I. Ucronía y ulogía: un marco doble

Ian McEwan, fiel a su maestría narrativa, no defrauda. En Máquinas como yo (2019), juega con una ucronía en la que Alan Turing no sucumbe a la tragedia histórica de la condena por homosexualidad [1], y con una ulogía, si se me permite el neologismo: en paralelo a una ucronía, fuera del tiempo conocido, una ulogía sería algo fuera de la lógica conocida, en la que el propio Turing desarrolla un nuevo concepto algorítmico que resuelve uno de los grandes enigmas de la informática teórica: el problema P versus NP [2].

La innovación no es menor. Resolver P versus NP equivaldría a dotar a los algoritmos de una suerte de intuición infalible (valga el oxímoron), un “séptimo sentido” que les permitiría hallar el atajo lógico perfecto sin error. El hallazgo, más que matemático, es moral: ¿qué sucede cuando el pensamiento deja de errar? Esa invención, que hace posible una inteligencia sin duda, sin sombra, supone también la clausura del juicio moral. Aquí McEwan se distancia del relato tecnológico clásico de la ciencia ficción para situar la pregunta en otro nivel: el de la conciencia. Una máquina que no puede equivocarse ¿puede aprender?, y una inteligencia sin error ¿deja de ser humana? La novela funciona, así, como una advertencia filosófica: la perfección lógica es la negación del pensamiento humano.

Los humanos, en cambio, resolvemos el P versus NP intuitivamente, de manera heurística, o sea, sujeto a error: tomamos decisiones anticipatorias como el cazador socrático que por mera intuición lanza la flecha justo antes de que la presa abandone el matorral [3]. Pero, a diferencia del algoritmo perfecto, tanto el cazador como la intuición humana fallan. Y, sin embargo, solo cuando acierta, aprende. La aporía socrática del aprender -¿cómo aprender lo que no se sabe, si no se sabe qué es lo que no se sabe?- se ve en la novela reformulada en clave algorítmica.

II. Entre la historia posible y la historia real

La suma de la ucronía y la ulogía no genera, en McEwan, ni una utopía ni una distopía. El resultado es más sutil: una historia costumbrista que se parece demasiado a la nuestra. Como en las grandes ficciones alternativas -de Philip K. Dick a Kazuo Ishiguro-, el efecto no proviene del exotismo del mundo imaginado, sino de su proximidad inquietante.

Desde el punto de vista estructural, McEwan sostiene la trama no mediante un conflicto futurista, de ciencia ficción, entre hombre y máquina, sino mediante el conflicto entre conocimiento y experiencia, entre lo racional y lo sensible.

La narración se desarrolla en una superficie aparentemente tranquila —un triángulo amoroso, un dilema moral, un experimento científico—, pero bajo esa calma late una pregunta ontológica tan real como necesaria: ¿puede haber conciencia sin error? La respuesta no se ofrece, sino que se insinúa: la falibilidad es condición de humanidad, y la emoción, la reflexión, la imaginación, todo ello sujeto a error, son nombres posibles de nuestra libertad.

La erudición de McEwan es deslumbrante. Su memoria literaria, filosófica y científica le permite volar sobre un paisaje saturado de referencias -económicas, políticas, éticas- sin que la narración pierda ritmo ni verosimilitud. Incluso al abordar tangencialmente el problema P versus NP, el autor se permite la elegancia de no resolverlo: la verdadera solución sería, precisamente, explicable solo por una máquina.

III. La estructura de la tensión

La tensión narrativa de Máquinas como yo descansa en un arquetipo clásico: introducir un ángel (una figura de alteridad o pureza) en un grupo humano y observar su reacción. Ejemplos de esta estructura abundan: desde El tambor de hojalata de Günter Grass hasta Teorema de Pasolini.

En este sentido, la novela de McEwan no es ni romántica, ni negra, ni política, ni histórica. Es, más bien, un ensayo filosófico narrado en clave costumbrista sobre los límites de la relación entre el ser humano y la verdad racional -una verdad despojada de toda emoción, una aletheiasin pathos, una sinceridad de y ante lo fáctico, pero sin sentimientos.

En su fidelidad perfecta al mandato lógico, el androide revela el límite de la moral kantiana cuando esta se aplica sin pathos, sin padecer error. El ser humano, en cambio, aprende porque se equivoca, duda, titubea. Por eso el final de la novela -más que inevitable- es un recordatorio de nuestra fragilidad cognitiva: el conocimiento absoluto no es sabiduría, sino clausura del sentido.

Y lo más admirable: McEwan no incurre en moralina. Nunca cruza la frontera, tan difusa en este tipo de ficciones, entre el ser y el deber ser. La novela no es una parábola moral sobre la inteligencia artificial; es una meditación sobre la imposibilidad humana de habitar una verdad que no duela.

O aún peor.

McEwan utiliza el espejo de la ficción para devolvernos una imagen, aunque parezca distorsionada, verosímil del presente. En ese reflejo, la verdad no aparece como correspondencia sino como desocultamiento, en su sentido heideggeriano: no sólo la aletheiamencionada sin pathos, sino transparencia absoluta. La máquina carece de interioridad; no puede ocultarse, y por tanto, no puede revelarse. Su verdad es pura superficie. De ahí que la novela funcione como una parábola que resuena en nuestro presente: sobre la imposibilidad de una conciencia sin sombra, sin ocultamiento.

Transparencia, que no verdad; desocultación, que niega la interioridad; extroversión a la que nos vemos abocados por, precisamente, una concreta y real forma del desarrollo de la inteligencia artificial; un desocultamiento que nos debería provocar pánico [4]. 

IV. El riesgo del final

En toda gran novela filosófica, el final constituye un precipicio. Mi temor, avanzado el libro, era que McEwan no supiera resolverlo. Es un temor aprendido: tras el gozo de La hoguera de las vanidades (1987), Todo un hombre (1998) de Tom Wolfe me dejó el amargo sabor de un desenlace inconcluso, indigno de la tensión que lo precedía [5].

Pero McEwan evita ese naufragio. El final de Máquinas como yo no podía ser otro. Cualquier otro desenlace —utópico, distópico, romántico, trágico o noir— habría traicionado la coherencia interna del doble eje de ucronía y ulogía. En cambio, el cierre que elige es la única forma lógica de fidelidad al universo que ha construido.

Como si, al llegar al límite de lo humano, McEwan hubiera entendido que la única salida digna para una inteligencia artificial verdaderamente racional es la renuncia a la mentira: Kant en estado puro; porque McEwan y Kant saben que los humanos no somos ángeles, como sí lo es y de forma corrosiva la IA de McEwan.

V. Epílogo: la verdad en el espejo

La grandeza de Máquinas como yo radica en que no presenta un universo “posible”, sino uno indistinguible del nuestro. Y sin embargo, conserva la coherencia formal de su desviación inicial. El lector, gracias a la suspensión de la incredulidad que provee el buen hacer de McEwan, queda atrapado en ese espejismo, y se ve obligado a aceptar que quizá el único elemento ficticio en la novela sea -lo que cree saber de- su propio mundo.

Una lectura exigente, gratificante y filosóficamente fértil: McEwan, mirándonos con la frialdad de un entomólogo (apercibiéndonos de la necesidad del error, pues no hay aprendizaje sin fracaso, ni verdad sin desvío), ha escrito una novela sobre lo que nos hace humanos, precisamente cuando ya no sabemos si aún lo somos.

Postdata

La novela de McEwan abre un dilema que trasciende la ficción y se adentra en la epistemología de la inteligencia: si Turing otorga a las máquinas la capacidad de resolver el P versus NP, es decir, de hallar siempre la solución óptima, el resultado no sería una imitación de la mente humana, sino su negación.

Los humanos no permitiremos, por puro instinto de conservación, que las máquinas se equivoquen. Les exigiremos obediencia y exactitud. Si fallan, no culparemos a su lógica, sino a su diseñador, a su programador. En ese sentido, una inteligencia programada no puede ser comparable con la humana, porque no dispone del error como fuente de conocimiento. Solo si introdujéramos deliberadamente en los algoritmos variables estocásticas -el ruido, el azar, el conocido en el argot informático como garbage in, garbage out- podríamos asistir al milagro del burro y la flauta: un destello de música inesperada. Pero incluso entonces, sería el humano, y no la máquina, quien reconocería la melodía.


[1] Turing, Alan (1912–1954), matemático británico condenado en 1952 por “indecencia grave” debido a su homosexualidad. McEwan imagina una Inglaterra alternativa en la que Turing sobrevive y se convierte en figura pública influyente.
[2] El problema P versus NP, uno de los siete Millennium Prize Problems del Clay Mathematics Institute, es un gran desafío en la informática y las matemáticas. Pregunta si todos los problemas que se pueden verificar rápidamente (clase NP) también se pueden resolver rápidamente mediante un algoritmo (clase P). El Clay Mathematics Institute ofrece una recompensa de un millón de dólares por su solución. Actualmente, la comunidad científica no sabe decir si P es igual a NP, aunque la gran mayoría sospecha que no.
[3] La aporía del aprender aparece en Menón, 80d–86c, donde Sócrates refuta el argumento sofístico según el cual el aprendizaje es imposible, porque no se puede buscar lo que se ignora.
[4] El pánico que provocaba Pan, heraldo de Apolo, no era un miedo cualquiera: era el terror de ser vistos en toda nuestra verdad, de que nada pudiera permanecer oculto bajo la luz cegadora del mediodía. Hoy, esta experiencia se repite en un registro distinto, pero igualmente penetrante. Las redes sociales y la inteligencia artificial ejercen una mirada constante sobre nuestra vida interior, haciendo transparentes nuestros pensamientos, emociones, preferencias y hábitos que antes permanecían en la esfera privada.
La extroversión inducida por estas plataformas no surge de un acto voluntario, sino de un sistema que nos observa y nos hace observables. La transparencia total -se “todo queda expuesto”- produce (o debería producirnos) un pánico moderno, menos mitológico pero igual de inquietante: el temor de que nuestra intimidad se desvanezca, de que la complejidad de nuestro ser quede reducida a datos, patrones y perfiles. Así como Pan revelaba lo que el mediodía no podía ocultar, las tecnologías actuales desocultan aspectos de nosotros mismos que quizás ni siquiera sabíamos que existían.
[5] Wolfe, Tom. Todo un hombre (1998). Aunque el estilo y la ambición son notables, la crítica fue unánime al señalar que su final quedaba muy por debajo de las expectativas generadas por la trama.

Sobre la ucronía, la ulogía y la verdad sin pathos