sábado. 02.03.2024

Pasando ahora a examinar lo que ocurre en Cataluña, esta xenofobia no está ni siquiera fundamentada en una hipotética pretensión de, genéticamente considerarse diferentes. Se fundamenta exclusivamente en las formas con las que, derivadas de un latín común, se ha creado un lenguaje, que apoyándose en unas cartas pueblas, siendo un registro de población de los habitantes de la Hispania visigoda, participaron en lo que se reconoce como la Reconquista. Unas cartas puebla que fueron y siguen siendo utilizadas, para que con los privilegios que los condes y los dueños de las tierras concedían a los que en ellas figuraban, diferenciarse de aquéllos que siguiendo idéntico proceso de reconquista, consiguieron aunar en la lengua castellana lo que en el presente representa  (si se me permite esta cuasi aliteración), el idioma español. Y esta xenofobia -al igual que está ocurriendo afortunadamente con un decrecimiento de su virulencia, tanto en Cataluña como en el País Vasco-, han tratado de seguir explotándola, tanto la burguesía catalana como los políticos de turno; unos ministeriales que siguiendo la estela que en su curso va dejando el capital local, al mismo tiempo que promueven en las escuelas la enseñanza de la lengua catalana -excluyendo de las mismas el idioma español-, tratan infructuosamente de abolirlo, para seguir manteniendo la xenofofia que se la he introyectado al pueblo. De todo lo cual volvemos concluir que es la lengua el principal factor con el que supuestamente conseguir una identidad comunitaria propia. Una identidad que unifique al pueblo como masa. Algo totalmente aberrante; puesto que el objetivo de una lengua debe ser el de servir (y aquí vuelvo a caer en otra aliteración), como vehículo con el que entendernos, y no el de segregarse de la que ocupa un lugar privilegiado entre las que se hablan en el mundo. Y para constatar la manipulación política que se está llevando a cabo con la lengua catalana, sólo tenemos que observar tanto las exigencias con las que la Generalitat ha impuesto el idioma catalán en el Congreso de los Diputados (cuando todos sabemos que todos partícipes conocen y hablan el idioma español); como el servilismo al que se ve obligado el gobierno de España para ejercer una democracia representativa.

Esta xenofobia han tratado de seguir explotándola, tanto la burguesía catalana como los políticos de turno

Es curioso contemplar, como un process que conllevó un proceso con el cual, se incorporaban a las masas locales identidades, intereses y creencias que principalmente estaban al servicio de unas minorías, fue asumido como la suma de las identidades y de los intereses de los que estaban siendo utilizados. De cómo se hizo uso (y se sigue haciendo), del término charnego, despectivamente dirigido no solo a los que viven y trabajan en Cataluña, sino incluso a las personas nacidas de matrimonios entre catalanes e individualidades de otras regiones españolas. Afortunadamente un comportamiento que se vino siguiendo mucho antes de que se iniciara el mencionado process, no ha calado en el vocabularios de una parte substancial de los catalano-hablantes. Y como ejemplos más destacados del no seguimiento de este patrón, tenemos a Joan Manuel Serrat, a Pasquall Maragall, expresidente de la Generalitat  y exmiembro del PSC, y a otros muchos de cuyos nombres no puedo dar fe.

Y aquí vuelvo a rememorar las frases con las que inicié esta serie. En ellas se decía lo siguiente:

El pasado 23 de Julio volvimos a tener Elecciones a Cortes Generales, en la que en la península ibérica se sigue contemplando la existencia de las nacionalidades históricas; y con ellas los fueros que a partir de la Edad Media concedieron a éstas los reyes, el poder eclesiástico o los señores de la tierra. Unos privilegios que se recogieron en unas disposiciones, con las que se regulaba la vida local de una determinada región o municipalidad. Los documentos en los que constaban estos privilegios fueron llamados en el Medioevo, cartas pueblas, o también cartas de población; y estas concesiones fueron en principio otorgadas con el fin de repoblar las tierras involucradas en la Reconquista. Las cartas más antiguas datan del siglo IX [1]. Y es que a partir del siglo XIII, ya no fue necesario la adjudicación de estos fueros a las zonas que se fueron reconquistando; especialmente en el valle del Guadalquivir y la región de Murcia; en función de que éstas  tenían un alto desarrollo urbano y gran densidad de población. 

Entre otras muchas divisiones, en lo reconquistado se formaron el reino de Asturias, el de Castilla, el de León y los condados  que conformaron la Marca Hispánica. Antes del siglo XI, la idea de Cataluña no existía. Al unificarse los condados de Aragón y Cataluña, por ser sus condes descendientes de Ramón Berenguer IV, los pobladores de los territorios formados por la Marca Hispánica, compartían una cultura y una lengua común.

Un derecho unilateral a decidir conlleva una alteración de la distribución de los recursos; y cuando vemos que una gran parte de las mayores riquezas relativas que hay en Cataluña y en el País Vasco se deben al trabajo realizado por una emigración de otras comunidades, que conjuntamente con las transferencias de riquezas que los empresarios de éstas traspasaron a aquéllas, en aras a mantener en la indigencia los niveles salariales de sus trabajadores, el derecho a decidir no puede invalidar el derecho de aquéllos que han sido utilizados.

Un derecho unilateral a decidir conlleva una alteración de la distribución de los recursos

Yo, como la mayor parte de los seres que nos necesitamos unos a otros, siento pertenecer a un conglomerado social con el que por afinidad creo identificarme; pero esta identificación no debe obliterar aquello que conscientemente considero es mi propia identidad.

Y esta pertenencia es la que ha venido siendo vergonzosamente utilizada a lo largo de la historia; de la nuestra y de la ajena, a través de un vehículo que, como el lenguaje, la religión y los intereses económicos (que son el rudimento que los alimenta), la hemos asumido, no para entendernos, sino para incomunicarnos; unas religiones, unos lenguajes y unos intereses  que nos llevaron, y que aún nos llevan, a catalogar a los otros como infieles; unas banderas que nos reducen a ser banderías y unos himnos que siendo una de las expresiones más sublimes que hemos sabido crear con nuestra mente, nos conducen a comportarnos como autómatas.

Entiendo que los catalanes, los vascos y los gallegos no soporten unos gobiernos que han estado desde siempre al servicio del capitalismo. Lo que ocurre es que estas nacionalidades no son ajenas al antecedente que se utiliza como un rechazo a los gobiernos repudiados. Recordemos aquella frase dirigida por Maragall a Mas; y se llama el 3%. O la destitución del que fue durante muchos años invocado como "mol honorable"; y con él a seis de sus siete vástagos.

Y he vuelto a rememorar lo que pasó en aquel 23 de Julio, porque en este artículo no he vuelto a recordar que el elegido debió de presentarse a unos nuevos comicios, en los que el pueblo tuviera que considerar lo que representaría la gobernanza de dos partidos como el PP y Vox para la clase trabajadora; además de la inestabilidad que le confería al gobierno las exigencias de lo que ha sido llamado nacionalidades históricas. 


[1]  La más antigua carta de población de Castilla fue la Carta Puebla de Brasoñera en 824, 0otorgada por el conde Munio Núñez, y confirmada por Fernan Gonzalez en 968. En el condado de Barcelona se otorgaron varias, tales como la de Freixá, concedida por Witardo en 954 y la carta puebla de Cardona en 986, otorgada por Borrell II.

 

Nacionalidades históricas (VI)