martes. 28.05.2024

Cuando a finales de la década de los años veinte del siglo pasado se comenzaron a construir los primeros edificios de la Ciudad Universitaria de Madrid, Manuel Azaña escribió la profunda desazón que le producía la atávica costumbre española de cortar árboles antes de iniciar cualquier obra. La Ciudad Universitaria se proyectó sobre unos terrenos boscosos situados en Moncloa que pertenecían a la Corona y al Estado: Antes siquiera de que se hubiese acometido la construcción de la primera Facultad, se procedió al desmonte y tala de una enorme cantidad de árboles que para nada impedían la ejecución de las obras. Sería, bastante después cuando Juan Negrín, secretario de la Junta de Edificación, prohibiera las talas injustificadas.

Aquello sucedió durante la dictadura de Primo de Rivera siguiendo una costumbre ancestral de los gobernantes españoles, que desde antiguo pretendían demostrar su poder agrediendo de forma irracional e insensible a uno de los seres vivos más bellos y necesarios de la Naturaleza. Muchas veces, hablando con mi padre de ese odio inexplicable en un país tan árido como el nuestro, me decía que además del desprecio de los poderosos, los árboles también tenían un enemigo popular, porque las gentes del pueblo que trabajaban de sol a sol por dos perras gordas, veían como en lo alto de la finca, los amos pasaban los veranos solazándose a la sombra de olmos, almeces y plátanos mientras ellos se rompían las espaldas segando bajo un sol impenitente.

Manuel Azaña escribió la profunda desazón que le producía la atávica costumbre española de cortar árboles antes de iniciar cualquier obra

Un día, ya lejano, caminaba por una senda entre árboles frutales. Era una ruta que solía hacer con mucha frecuencia, una huerta frondosa, surcada por acequias de aguas cristalinas, rodeada de montañas azules. Pese a que la conocía como si fuese mi casa, siempre me detenía bajo un hermosísimo avellano que me sorprendía como si fuese la primera vez. Al cabo de un tiempo, me encontré al dueño de la casita, del bancal y del avellano, un buen hombre de la huerta que había trabajado toda su vida como un mulo. Hablamos un largo rato y al final le dije que estaba enamorado de su avellano. Me dijo, sí es muy hermoso, pero no da frutos y no va a vivir mucho más. Y era cierto, era un avellano borde, aunque su belleza no estaba en los frutos sino en su frondosidad, en su porte, en su sombra, en su amistad. Llegado septiembre, el árbol fue convertido en leña. No puedo negar que cuando volví a pasar por aquel camino sufrí un enorme disgusto, tampoco que intenté comprender a mi amigo que tenía un trozo pequeño de tierra y quería sacarle provecho, pero desde entonces en el lugar en el que reinaba aquel árbol majestuoso no hay nada, como no hay nada en los cientos de hectáreas de mi pueblo en los que se han arrancado miles de árboles esperando a que llegue el urbanizador privado que convierta los bancales en hormigón, sueño con el que viven cientos de personas que maltratadas por el dios mercado no saben qué plantar o sembrar en sus predios.

Hace unos días asistí por enésima vez a una tala salvaje de árboles urbanos en la ciudad de Alicante. El Ayuntamiento regido por el Partido Popular y Ciudadanos con el apoyo imprescindible de Vox, había decidido peatonalizar una de las calles más bellas de la ciudad, la de la Constitución. Es una calle no muy larga llena de bellos edificios de finales del siglo XIX y principios del XX que parte del monumental Mercado Central y acaba en el no menos espléndido Teatro Principal, una calle que seguía los planeamientos urbanos del gran arquitecto Guardiola Picó, quien quiso hacer de la ciudad un pequeño París bañado por el Mediterráneo, dejando para ello muestras del tipo de construcción que debería hacerse en las esquinas del ensanche y que el franquismo destrozó con un urbanismo consistente en destrozar la ciudad para siempre.

Cientos de hectáreas de mi pueblo en los que se han arrancado miles de árboles esperando a que llegue el urbanizador privado que convierta los bancales en hormigón

Cualquier proyecto de peatonalización de una calle es un avance para la ciudad, para el disfrute de los ciudadanos a los que se libera de humos, ruido y atropellos. Durante el franquismo se dio patente de corso a los constructores del régimen, permitiéndoles demoler calles y edificios emblemáticos, destruir bulevares, edificar en lo que era de todos y transformar ciudades pobres y hermosas en otras también pobres pero horrendas. El resultado fue, sobre todo en el Mediterráneo, la aparición de ciudades caóticas, carentes de personalidad y de difícil recuperación. La democracia rescató la tradición de jalonar las calles con arboledas y cierto deseo de reverdecer la ciudad, que sucumbió cuando Aznar y Rato volvieron a dar barra libre a especuladores, promotores y constructores, hecho muy constatable en Alicante y su litoral.

La remodelación de la Avenida de la Constitución de Alicante -es un ejemplo que se repite en cientos de ciudades españolas- está siguiendo la tradición palurda del pasado más patán. Adornada desde hace décadas por melias -árbol de origen japonés muy bien aclimatado del que se desprende un fruto con el que se hacían santos rosarios-, que proporcionaban sombra y belleza, el Sr. Alcalde y sus concejales decidieron que para acometer las obras no había nada más adecuado que arrancarlas, de manera que el cemento armado brillase en todo su esplendor. Ahora, pese a las protestas de miles de ciudadanos, la calle está desierta, ayuna de verde, descarnada, desnuda, como la mayoría de las calles de la ciudad, donde se sigue pavimentando sin consideración a la belleza, sin amor a la ciudad, sin el deseo de hacerla cada día más agradable a los de dentro y a los de fuera, sin pararse a pensar ni un sólo segundo que el cambio climático está convirtiendo a las ciudades de España en lugares difícilmente habitables durante los cinco meses de crudo verano en los que no es nada difícil alcanzar los cuarenta grados con porcentajes de humedad altísimos.

La remodelación de la Avenida de la Constitución de Alicante -es un ejemplo que se repite en cientos de ciudades españolas- está siguiendo la tradición palurda del pasado más patán

Está comprobado científicamente que las calles bien arboladas, es decir aquellas que cuentan con árboles frondosos bien cuidados, llegan a tener una temperatura 10º menor que las que carecen de ellos. También que la forma más eficaz de combatir el calor creciente con que la naturaleza premia nuestros desafueros, aparte de reducir las emisiones de gases contaminantes, es plantar árboles, convertir las ciudades en bosques, eliminar el cemento y el asfalto en la medida de lo posible, romper con el urbanismo depredador que ha convertido nuestras ciudades en hornos de combustión infinita. Sin embargo, hay quienes desde el poder municipal piensan que el cambio climático no existe, que las temperaturas cada vez más extremas del estío no son reales, que el mejor árbol es el árbol caído o el que está en el aserradero, olvidando que las ciudades más bellas del mundo no existirían sin ellos, que el hombre no podría respirar en su ausencia y que ni los pintores ni los poetas del futuro tendrán dónde inspirarse si los depredadores siguen imponiendo la ley de la destrucción y la fealdad.

El irracional odio al árbol