martes. 05.03.2024

No quiero enmendar la plana a la corajuda ministra Montero, pero creo que no acierta del todo cuando dice que al fascismo se le combate con derechos. Creo más bien que se le combate fortaleciendo las instituciones que dan vida al cuadro de derechos salidos de la decisión soberana tomada en el parlamento. Hay que enfrentarse al autoritarismo, pero eligiendo bien donde dar las batallas.

La ultraderecha se halla sobrerrepresentada en los medios y por tanto en la sique colectiva

Hay un conjunto de causas que, según toda clase de expertos y opinadores, explicarían el auge de la ultraderecha. No voy a repetir el usado mantra que liga pobreza, desigualdad, oportunismo y mentira con la emergencia de la derecha radical. Desde luego no seré yo quien niegue que en el fenómeno concurren como causantes alguna o todas las expuestas por los tertulianos mejor o peor informados. Es un hecho que tras la aparición del filofascismo hay pobreza, desigualdad, oportunismo y mentira, como siempre ha ocurrido. Son los jinetes del apocalipsis faccioso.

Pero al fijar la atención sobre la melé de acontecimientos sociales de carga negativa relativos a la pobreza, la desigualdad, la mentira y el oportunismo, tiende a olvidarse otros que ayudan a comprender qué es lo que está pasando y como evidenciarlo. Remedando a Yolanda Díaz, voy a apuntar dos datos que permiten abordar la cuestión de la ultraderecha desde otra perspectiva que ayudaría a evitar su molesta presencia.

Primero insistir en que la ultraderecha se halla sobrerrepresentada en los medios y por tanto en la sique colectiva. El número de informaciones literarias, visuales, sonoras y hasta simbólicas respecto de su presencia efectiva en la vida política resulta desmedida. Una formación que según estimaciones del CIS se sitúa en torno al 13% en intención de voto, cuyo ideario choca con los datos sociológicos de nuestro país en cuanto a práctica religiosa, control de la natalidad, preferencias culturales, convivencia interracial, memoria histórica, identidad y territorio, familia, etc, etc, etc, acapara la mayor parte de la escaleta de la programación  informativa. Y esto ocurre tanto en lo medios viciados por los intereses de las grandes corporaciones, que no siente repelús alguno por la formas autoritarias del ejercicio político, como en los medios más críticos y autoproclamados de la izquierda. Repiten, repiten y repetimos el análisis de todas y cada una de las majaderías que se les ocurren a los y las tipejas inscritas en lo patrio.

Por alguna razón morbosa que no acabo de entender, la sobrexposición de sus pardaladas no les afecta negativamente, más bien parece que fuelizan el turbo que les permite mantenerse cansina e ininterrumpidamente en el candelero; parece que resultan objetos fáciles para la comunicación. Ya hay quien aduce teorías sicológico-neurales que hablan sobre la pérdida de la calidad cognitiva colectiva por influjo de la trivialización que de la vida hace la cultura de masas y su búsqueda continuada de llamadas de atención.

No estoy seguro de la tesis de la idiotización general, pero sí creo que los productores de contenidos se han vuelto vagos, y las chaladuras de los ultra se lo dejan muerto, no se requiere ningún esfuerzo extra para mantener la cuota del medio que te toque, basta con añadir algún tono de atención dramático, alguna teatralización y a seguir dándole vueltas a lo mismo.      

Segundo, aceptar que es un hecho que en ciertos países “avanzados” se está produciendo un corrimiento hacia posturas elitistas que enfatizan los logros de la civilización occidental que ven amenazados por la llegada de personas inmigradas pertenecientes a otras culturas, a otros escenarios civiles, a otras prácticas culturales. Y éste es un hecho cierto, la inmigración produce roces que son muy notables en ciertas áreas, ciertos barrios y ciertas situaciones sociales.

La inmigración es algo que requiere empatía y moralidad, pero ello no puede desligarse del reconocimiento del conflicto que pueda generar un proceso súbito de convivencia forzada. Personas que no tienen asumida la vida propia como una sucesión de actos organizados de manera civil que van de la escuela a la economía pasando por la salud, el recreo o la participación comunitaria, les aleja del entramado en el que se ha trabado el modelo de vida de destino que han elegido.

Mi abuela decía, en tono de sorna, que "la que no está acostumbrada a bragas, las costuras le hacen llagas". Y lo creo; quien no está acostumbrado a convivir con instituciones que promueven la escuela, la salud, el trabajo, la higiene o la participación en la vida comunal, sufre un handicap, pueden aparecer llagas sangrantes.

El éxito de la civilización occidental descansa en las instituciones creadas para tratar la diversidad

Esto es lo que perciben algunos europeos y americanos, un cierto desgaste y una cierta degradación del entramado que no favorece el ajuste de unos y otros, antes bien expande la incomprensión y propende a la incomodidad. Para los ultras, son las raíces cristianas de la sociedad occidental las que se ven amenazadas y tratan de sacar provecho.

Pero no es así, lo que sufre desgaste es el ingreso de nuevos ciudadanos a la morada institucional que conforma el modo de vida que desde la ilustración ha ido poblando las relaciones individuales y colectivas en Occidente. A mi modo de ver lo que hay que hacer es acomodar las instituciones a nuevas formas de vida en su seno. No rechazar a los nuevos invitados, ni buscar su ingreso a fortiori, sino eliminar costuras para que no se produzcan llagas. Llagas que generan tumoración en los nuevos miembros de la comunidad, y en la comunidad misma.

El éxito de la civilización occidental descansa en las instituciones creadas para tratar la diversidad, de la justicia al reparto de la riqueza, reforcémoslas para evitar su extinción y aprovechemos la ventana de oportunidad que las nuevas diversidades plantean para mejorarlas.  

Institucionismo