martes. 05.03.2024

La victoria de la ultraderecha de Giorgia Meloni en Italia se ha convertido, en la práctica totalidad de las portadas de los medios de comunicación conservadores españoles, simple y llanamente en el triunfo del centroderecha. Toda una paradoja en relación a lo que fueron sus titulares tras el triunfo de las izquierdas y de sus apoyos tildados de populistas y radicales, lo que demuestra una vez más que el grado de polarización casi enfermiza de nuestros medios de comunicación no tiene nada que envidiar al de los partidos políticos en estos tiempos populistas. 

Ya en los editoriales y artículos de opinión en sus páginas interiores han destacado la necesidad ineludible de las alianzas con los partidos de la derecha en la formación del próximo gobierno italiano, para seguidamente atribuir a alguno de sus socios, se deduce que Salvini Berlusconi, el necesario equilibrio, el ejercicio del control de las políticas y el cumplimiento de los compromisos de la futura coalición con la moderación y el europeismo. A renglón seguido, han destacado la figura constitucional del presidente de la república italiana Matarela como garante último de la Constitución y de los Tratados, entre ellos los de la Unión Europea. 

El grado de polarización casi enfermiza de nuestros medios de comunicación no tiene nada que envidiar al de los partidos políticos en estos tiempos populistas

En última instancia, han llegado a apelar a la influencia de la Unión Europea y más en concreto a la importancia de los fondos de recuperación y resiliencia en la endeudada economía italiana para embridar cualquier exceso de la ultraderecha en el gobierno, bien sea en materia de derechos humanos, de respeto a la acción de la justicia o en política exterior, con algo similar a lo que ha ocurrido recientemente entre la Comisión Europea y el gobierno húngaro con respecto a la corrupción.

Todo ello, al parecer, con la finalidad de dar una apariencia de normalidad y de trasmitir un mensaje de seguridad con respecto a la futura gestión del futuro gobierno italiano en el marco de la Constitución y de los tratados de la Unión Europea, como si la presidencia de la ultraderecha, dentro de lo que denominan eufemísticamente el gobierno de centroderecha, fuese tan solo un detalle carente de relevancia.

 Sin embargo, lo que no pueden ocultar es que este mensaje tranquilizador no sería necesario si no existieran precedentes traumáticos, no solo en el pasado del nazifascismo, sino también recientes, tales como la presidencia de Trump en los EEUU y los gobiernos nacional populistas húngaro, polaco o esloveno en el propio seno de la Unión Europea, y por tanto dudas razonables sobre su respeto a la legalidad y al funcionamiento de las instituciones democráticas. 

Tanto los partidos como los medios conservadores habían contribuido a la normalización de la imagen y del programa de la ultraderecha

Unos gobiernos ante los que los partidos y los medios de comunicación conservadores trasmitieron el mismo mensaje primero de normalidad ante su llegada al gobierno, luego de incredulidad ante la gravedad de las medidas que iban adoptando y finalmente de minimización o matización de su desacuerdo cuando no de olvido, pero en menor medida de claro rechazo, como ha ocurrido con el frustrado golpe de estado en el Capitolio de los EEUU o las medidas autoritarias, xenófobas u homófobas de los gobiernos europeos aludidos.

Todo porque ya desde unos años antes, haciendo de la necesidad virtud, tanto los partidos como los medios conservadores habían contribuido a la normalización de la imagen y del programa de la ultraderecha. Una normalización inasequible a los desmentidos de la realidad que, sin embargo no ha motivado ninguna autocrítica ni mucho menos una rectificación. Muy al contrario, el proceso de desdiabolización ha continuado e incluso se ha acelerado.

Así, en España la imagen, y lo que es peor el programa político nacionalpopulista de centralización territorial y de judicialización de la política, ha pasado rápidamente a formar parte del debate público, sobre todo en relación al Procés en Cataluña. Luego con la moción de censura y las alianzas parlamentarias de la izquierda, llegó incluso la deslegitimación de los resultados electorales y la desestabilización del gobierno. Ya con el gobierno de coalición, sectores importantes de la derecha han incorporado el populismo del negacionismo vergonzante de la pandemia y posteriormente del cambio climático, junto al cuestionamiento de los impuestos y con ello también de uno de los principales pilares básicos del estado social. Más recientemente se han sumado a la teoría de la conspiración del QAnon norteamericano atribuyendo a la izquierda poco menos que actitudes pedófilas. Y todo esto, todavía con la ultraderecha en la oposición y con el único objetivo de disputarle a ésta su actual espacio electoral. Cabe pensar lo que puede ocurrir cuando compartan el gobierno, tan solo con los primeros indicadores de lo que se da ya en Castilla y León.

Pero, sobre todo, ha sido en las últimas campañas electorales en Francia e Italia, donde se ha avanzado de forma decisiva en limar las aristas más afiladas de la ultraderecha en el terreno del programa y de la imagen, tanto de Le Pen como más recientemente de Meloni, que hasta antes de ayer desarrollaba una política calificada de racista, homófoba, tradicionalista, soberanista, antieuropea…, y en el último año como la única voz de oposición de los desencantados con el sistema político descalificado como de castas y poltronas y con el Gobierno de unidad tutelado de Mario Dragui.

Una táctica populista de la derecha con el único objetivo del acceso al poder que puede convertirse en un fracaso estratégico para la democracia y para Europa

Tras este maquillaje, por un esfuerzo conjunto de los partidos y de los medios de comunicación conservadores, se encuentra el espejismo de que la extrema derecha ya no pone en cuestión la universalidad de los derechos humanos y en concreto el respeto a las minorías como los inmigrantes o la igualdad de género, ni siquiera a las instituciones representativas sustituidas por la relación directa entre el jefe y la masa ni el diálogo y la negociación parlamentarias en su seno, como al parecer tampoco se impugna, salvo en los documentos fundacionales, la existencia de la Unión Europea con el objetivo de sustituirla por una unión de estados soberanos ni de organismos internacionales como la ONU a la que todavía hasta ayer le achacaban formar parte del contubernio de la agenda 2030 del engaño comunista del cambio climático.

Dicho proceso de desdiabolización y normalización de los partidos de la ultraderecha como posibles aliados presentables en sociedad, que se ha acentuado últimamente, sobre todo a partir de la pérdida del gobierno por parte de los principales partidos conservadores europeos. A partir de entonces se han acabado los llamados cordones sanitarios frente a la ultraderecha primero a nivel local y regional, para pasar finalmente a normalizar y apoyar públicamente las alianzas electorales de las derechas junto con la ultraderecha. El último paso ha sido el apoyo del Partido Popular Europeo a la coalición con la ultraderecha en Italia.

Pero todo esté proceso no habría tenido lugar si no tuviera también una base social y política en una época de catástrofes encadenadas en las que aumenta el malestar social y la incertidumbre sobre el futuro, al mismo tiempo que el descrédito y la desafección con respecto a los estrechos márgenes de la política tradicional, entre la urgencia que requieren los desastres y las formas y los tiempos premiosos de la política. Atrapados entre los partidos del populismo que responde con soluciones simples y autoritarias y la política de la incertidumbre, los intereses contradictorios y las concesiones. En definitiva, una táctica populista de la derecha con el único objetivo del acceso al poder que puede convertirse en un fracaso estratégico para la democracia y para Europa.

La normalización del gobierno de la ultraderecha