sábado. 02.03.2024

Cada cual somos nosotros mismos y nuestras circunstancias, tal como sentenció certeramente la pluma de Ortega. Eso vale para cualquier ser humano, pero también para los colectivos, porque los microcosmos reflejan el macrocosmo y viceversa. En 1985 se creó un Instituto de Filosofía del CSIC y durante casi veinte años tuvo su sede junto a la Residencia de Estudiantes, en esa Colina de los Chopos, impregnada por el espíritu de aquella Junta de Ampliación de Estudios cuyo rol fue crucial en su momento. En la calle Pinar se alojó la Biblioteca del antiguo Instituto Luis Vives, gracias al empeño personal de Manuel Francisco Pérez López, primer vicedirector del nuevo Instituto. Entre sus tesoros estaba el fondo bibliográfico del Museo Pedagógico.

Javier Muguerza, muy a regañadientes, aceptó ser el primer director del Instituto en funciones, ocupando el despacho en donde a su juicio debía estar Emilio Lledó, quien por aquella época realizaba una larga estancia en Berlín. Muguerza era muy devoto de la Institución Libre de Enseñanza e imprimió un estilo muy particular. En las asambleas del Instituto participábamos incluso los becarios y el bedel, además de todo el personal técnico y administrativo. Eso generó un ambiente muy familiar que nos identificaba como colectivo. El espacio que teníamos en el número 25 de la calle Pinar no era muy grande, pero bastaba, porque lo que contaba era el proverbial dinamismo del Instituto.

Javier Muguerza, muy a regañadientes, aceptó ser el primer director del Instituto. Devoto de la Institución Libre de Enseñanza e imprimió un estilo muy particular

Por de pronto contaba con un Patronato, presidido por Aranguren, que libraba fondos de cierta consideración sistemática y puntualmente, aun cuando el grueso de los fondos era otro: los proyectos de investigación financiados que se obtenía en convocatorias públicas. En torno a ellos quedaban aglutinados grupos de investigación que se reunían periódicamente y generaban muchas publicaciones de todo tipo. En un momento dado se creó un Consejo Asesor del Patronato del IFS-CSIC presidido por Eugenio Trías y a cuyo solemne nombramiento asistió el entonces ministro de Educación Mariano Rajoy. Pero se perdió interés al ver que no había mucho misterio en el dinamismo del Instituto y sus finanzas, lo cual dependía de un ilusionante proyecto colectivo.

Para involucrar en este proyecto al mayor número de colegas, el Instituto contaba con unas Comisiones de Servicio propias que disfrutaron, entre muchos otros, Manuel Cruz, Javier Echeverría, Fernando Savater, Manuel Sánchez Ron o José Luis Villacañas, quienes desplegaban sus proyectos durante tres años en el seno del Instituto. También se quería contar con el profesorado de medias y alguno disfrutó de una beca postdoctoral, como fuera el caso de quien compartió despacho conmigo, el actual catedrático salmantino de Filosofía Moral Enrique Bonete. A Javier Muguerza le hubiera gustado que hubiese un Consejo del Instituto formado por un centenar de profesionales acreditados, porque lo quería convertir en un epicentro que luego tuviera sus replicas por doquier desde Canarias a Cataluña. 

Concha Roldán ha ejercido durante catorce años como directora del Instituto, con una dedicación impagable

Otra de sus benditas obsesiones fue crear puentes con Iberoamérica y por eso propició los primeros encuentros iberoamericanos con su querido amigo Fernando Salmerón, impulsando igualmente la Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía. Los congresos acabas de celebrar la sexta edición en Oporto, donde se habló de continuar la Enciclopedia en formato digital. Por las razones que se desgranan en el editorial de su primer número a la revista del Instituto, sobre filosofía moral y política, Muguerza quiso llamarla Isegoría.

Amante de la discrepancia, por entender que los consensos van renovándose gracias al disenso bien argumentado, Muguerza entendía que cualquiera debía poder tomar la palabra en el ágora filosófica y eso es lo que pretendió ser Isegoría, cuya misión era mostrar que pensar en español no es un oxímoron y que pocas comunidades andan tan atentas a cuanto se hace por ahí en otras lenguas, prestando menor atención a lo publicado en la propia. Cuando se le pidió dar parte de quienes habían secundado una huelga, nos reunió a todos en su despacho para redactar un telegrama de dimisión. 

Años después desde una nueva dirección del Instituto Javier Echeverría y Concha Roldán presentaron la idea de constituir un centro mixto con la UNED, presentando un programa muy bien argumentado. Sin embargo, al Instituto fue integrado en lo que ahora es un Centro de Servicios, pero al principio quiso ser un Centro científico integrando en unos casos voluntariamente y en otro no seis Institutos, casi todos los cuales debían abandonar el histórico edificio de Medinaceli para mudarse a otro en la calle Albasanz, cuya construcción se había diseñado para cobijar a la Lotería. Esa circunstancia hace que sus instalaciones requieran onerosas intervenciones constantes y presente disfunciones de gran calado.

Ojalá pudieran cambiar las circunstancias del Instituto y adaptarse a la época digital, primando el equipamiento y la colaboración directa del personal de apoyo

Con todo, Concha Roldán ha ejercido durante catorce años como directora del Instituto, llevando infatigablemente su timón contra viento y marea con una dedicación impagable. Suya fue la idea de hacer un Seminario gestionado por los jóvenes investigadores, que siguen teniendo voz en todos los órganos de gestión del Instituto, porque no dejan de ser su futuro. Tal como aprendió de Javier Echeverría, sabe repartir juego y mantener un equilibrio entre los distintos Grupos de Investigación, buscando siempre lo que resulte más composible y sostenible. No en vano, junto a su sensibilidad feminista, es una reputada especialista en Leibniz y en filosofía de la historia. Su papel dentro de la historia del IFS-CSIC merece un capítulo aparte y queda para otra ocasión.

Ojalá pudieran cambiar las circunstancias del Instituto y adaptarse a la época digital, primando el equipamiento y la colaboración directa del personal de apoyo, sin que todo ello quede condicionado por las insaciables necesidades de un edificio cuyo emplazamiento resulta disuasorio para los eventuales visitantes. Lo simbólico tiene una importancia que no cabe medir con cifras y rinde unos beneficios muy diferentes a los económicos.

Las instituciones y sus circunstancias: el Instituto de Filosofía del CSIC