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jueves. 18.08.2022
felgtb

Ya sé, soy un poco rebuscado a la hora de poner título a esta columna en la que procuro masticar las cosas que me afectan de manera directa e inmediata y obtener una reflexión posterior sosegada, quizás lo insólito me ayude a convivir con las miserias que a todos nos estragan. Una de las que me afectan de la manera más negativa, que me produce mayor irritabilidad, es todo lo que tiene que ver con el mundo LGTBIQ y el furor con el que el tradicionalismo reacciona en su contra. No lo entiendo y me preocupa, cuidado que los miembros de los colectivos bajo el anagrama se han cansado de decir que sus opciones personales en materia de vivencia y práctica del sexo y de la identidad sexual no son de obligado cumplimiento, que cada cual puede elegir y vivir la vida que les plazca sin tener que justificar la propia ni denigrar otras. Pues nada, los tacañones de siempre allá que te van, a convertir algo esencial del espacio de la libertad individual en una agresión colectiva que se ensaña con las tradiciones, la base cultural y los predicamentos religiosos que adornan la historia tomada por el lado bien, por el de su propia elección claro. Convierten las decisiones personales de determinados ciudadanos en atentados contra la lógica de la historia cultural, y lo llaman cancel war.

De  modo que su campo de batalla es la historia. Pues bien, revisemos la historia, mejor aún, como hizo Hegel en el siglo XIX, reflexionemos sobre el sentido de la historia. Él lo hizo de manera brillante en sus conferencias de los años 1822-23 en la universidad de Berlín bajo el título de Lecciones de Filosofía de la Historia. En las conferencias que componen el ciclo expositivo aclara que bajo su interpretación, la historia encauza un devenir progresivo del Espíritu, la Idea o la Razón que avanzan en su perfectibilidad. Esta trinidad configura lo que puede definirse como el sustrato de la civilización, que en cada etapa histórica está dominada por una u otra fuerza.  Y sí, es lo que parece, la historia en la lupa de Hegel es una especie de tobogán por el que se descuelgan los individuos en una ininterrumpida búsqueda de mayores cotas de civilidad. En el momento en el que el filósofo está disertando, la cristalización del Estado y las fuerzas que lo componen (a veces lo atacan) son determinantes para el pensamiento y para la acción individual y colectiva. Pero no se le escapa que la razón por la que la Razón elige la conformación del Estado como objeto histórico es que en su correcta organización descansa la posibilidad de avanzar en el proceso esencial de la civilización, el ensanchamiento del espacio para el ejercicio de la libertad.

La libertad es la estrella polar por la que se rige el norte de la navegación incierta del desarrollo de la civilización

La libertad es la estrella polar por la que se rige el norte de la navegación incierta del desarrollo de la civilización. Poder vivir de acuerdo a la propia manera de entender la vida, de vivirla buscando la felicidad propia y de los próximos, así como elegir de qué y cómo ganar el sustento son las fuerzas que pujan por que la historia avance en determinado sentido, aquel que fusiona los ideales, las razones y el espíritu del tiempo.

Como he dicho, Hegel y otros filósofos de su momento eligen el Estado como referencia para desentrañar las condiciones en las que se articulan los principios de búsqueda de libertad con las realizaciones temporales de los ideales propios de la misma. Estoy convencido que si hoy Hegel levantara la cabeza y volviese a la universidad a dictar su conferencias, no sería el Estado su objeto de reflexión, lo sería otro espacio que convocase los ideales y expectativas de mayores cotas de libertad individual para vivir de manera digna, feliz y pacífica. Buscaría en las formas de vida que tienden a expandir la idea de civilización, las razones que asisten a dichos anhelos, y el espíritu del tiempo que en ello se ha encarnado. Sí, Hegel vería con claridad que la historia avanza en el sentido del reconocimiento de los derechos a la expresión de la identidad y del goce sexual como vector del avance de la civilización en la historia.

Pero como era un tipo listo, seguro que también dedicaría alguna lección, o apostilla de las mismas, a la cuestión del antagonismo dialectico que sufren las fuerzas liberadoras LGTBQ. Estoy seguro que la embrutecedora presencia de los movimientos retrógrados que forman las huestes del cancel culture, el despertar contra el arrinconamiento cultural de occidente que alaban y defienden bestias insufribles como Putin o Abascal merecerían su mirada y su comentario: defendéis la posición del amo sin entender que ello es la savia que germina el futuro del esclavo.

También el esclavo otorga vigencia al amo, pero la historia va aparcando a sucesivos amos que pierden sus coronas y corona a esclavos que portan la suya, la causa de la libertad que en el siglo XXI ha llegado al disfrute de la identidad y del cuerpo aquí, ahora y como me parezca bien. 

HegeLGTBIQ