viernes. 12.04.2024

“Si la inteligencia artificial termina siendo capaz de hacer todo o buena parte de nuestro trabajo intelectual mejor que nosotros, tendremos en nuestras manos el último invento que tendrá que realizar la humanidad”. (Nick Bostrom)
“La inteligencia artificial augura el fin de la raza humana” (Stephen Hawking)


La Primera Revolución Industrial fue el proceso de transformación económica, social y tecnológica, iniciada en la segunda mitad del siglo XVIII en el Reino Unido; unas décadas después se extendió a gran parte de Europa occidental y a América Anglosajona; concluyó hacia 1840. La máquina de vapor, patentada por James Watt en 1769, se erigió como protagonista y significó el paso de una economía agrícola a una economía industrial. Supuso el mayor conjunto de transformaciones económicas, tecnológicas y sociales vividas hasta ese momento. Más de dos siglos después, la Cuarta Revolución Industrial (CRI), en la que hoy nos encontramos, ha tomado el relevo con una fuerza y un futuro desconocidos que augura prevenciones ante un futuro incierto y supone un cambio radical con sus beneficios y riesgos asociados.

No se puede negar que los avances científicos y tecnológicos han generado una serie de beneficios en la mejora de la calidad de vida de la humanidad, en la medida en que la ciencia genera nuevos conocimientos que son utilizados por la tecnología con el fin de lograr objetivos específicos o solucionar problemas a la sociedad; avances y soluciones que, en alguna medida, son desconocidos para gran parte del ciudadano común. Entre otros muchos, dichos avances están relacionados con diferentes áreas como la neurotecnología, la inteligencia artificial, la robótica y todo lo relacionado con la ingeniería genética, permitiendo la aparición de un número creciente de dispositivos conectados que monitorizan la actividad cerebral con distintos fines y propósitos. Los datos cerebrales (“neurodatos”) podrían identificar a los individuos, inferir estados emocionales, pensamientos o sentimientos y revelar otras categorías especiales de datos.

La Cuarta Revolución Industrial ha tomado el relevo con una fuerza y un futuro desconocidos que augura prevenciones ante un futuro incierto

En estos días, con la aprobación en el Congreso de los Diputados de ciertas discutibles leyes (la “Ley del solo sí es sí”) y las consecuencias que están teniendo por su aplicación judicial, se está utilizando con frecuencia lo que expresa el título de estas reflexiones: “efectos no deseados”. Desde esta perspectiva, la investigación científica y tecnológica pueden ocasionar -están ya ocasionando- implicaciones complejas y filosóficas en las diferentes áreas del conocimiento, generando riesgos y dilemas éticos y de seguridad en abierta competencia entre el hombre y la maquina a través de la robótica. Porque, como tantas veces ha escrito nuestra filósofa Adela Cortina, heredera en el oficio y en sintonía con Aristóteles que escribió que “la verdadera felicidad consiste en hacer el bien”, ella nos recuerda ahora que “la ética sirve para apostar por una vida feliz, por una vida buena, que integra, como un sobreentendido, las exigencias de la justicia y abre camino a la esperanza”, invirtiendo en lo que realmente “vale la pena” y “degustar lo que es valioso”. Desde esta visión de abrir camino a la esperanza y con el fin de evitar efectos no deseados, es importante prever cuáles son sus implicaciones y consecuencias; por experiencia sabemos que en la mayoría de los casos los avances científicos y tecnológicos ocurren sin consecuencias adversas y con múltiples beneficios para la sociedad, pero en otros casos, estos mismos desarrollos científicos y tecnológicos generan una serie de efectos imprevistos y/o indeseables contrarios a la supervivencia humana, eliminando el derecho de privacidad o generando una reducción en la cohesión social y en la conciencia personal de sentirse libre y no conducido por algoritmos robóticos que no deseamos.

Por principio, el conocimiento científico y el avance tecnológico deberían promover el bienestar, el progreso, la construcción social y la resolución pacífica de los conflictos. Así lo expresa la Resolución 43 de la ONU en la que invita a fomentar una mayor concientización de la comunidad científica para utilizar la ciencia y la tecnología como “instrumentos para lograr la paz, la seguridad, la cooperación internacional, el desarrollo social y económico, la promoción de los derechos humanos y la protección del medio ambiente”. En cambio, viendo y analizando la realidad mundial, también la nacional, esta resolución de Naciones Unidas, en el fondo no es más que “una ilusa Arcadia feliz”ese sueño de la cultura occidental para evocar un deseo de armonía y de paz, un estado perdido y deseado en el que el ser humano viviría en equilibrio con la creación, un lugar donde el hombre no se sentiría desarraigado ni abandonado.

En otros casos, los desarrollos científicos y tecnológicos generan una serie de efectos imprevistos y/o indeseables contrarios a la supervivencia humana

Desde esta resolución de Naciones Unidas, nos sentimos todos en la obligación de procurar que la ciencia y la tecnología busquen soluciones acertadas para los problemas de la humanidad, es decir, para mejorar la calidad de vida, presente y futura, para crear y fortalecer sociedades pacíficas y sostenidas, lo que significa que la investigación debe trabajar por el desarrollo de todas las sociedades de forma igualitaria, contando con programas de políticas públicas que promuevan la ciencia y la tecnología desde la ética en pro de la humanidad, teniendo en cuenta que la ciencia y la tecnología permitan consolidar la prosperidad económica, transformar estructuras sociales, modos de comportamiento y actitudes en la generación de nuevos conocimientos con el fin de mejorar los niveles de tolerancia y convivencia a través de la educación.

La pregunta que desde los neandertales se hacían, y nos la hacemos hoy con idéntica preocupación es: ¿Para qué estamos aquí, en este mundo cambiante? Sin escapismos de un futuro incierto, nada real, existente sólo en los que se acogen a una fe en dioses, la respuesta es que nuestro destino o nuestro existir vital finito es transitar, en el marco de la incertidumbre, el camino de la vida, con la mochila de una ética solidaria y sin trasgredir las fronteras morales kantianas de hacer el bien a los demás, ese bien que queremos que nos hagan a nosotros, sin la esperanza de llegar a alcanzar necesariamente una meta de “paraísos no demostrados”. 

Manejar la incertidumbre es una de las causas que produce ansiedad. La incertidumbre estresa, genera impotencia emocional para poder dirigir nuestras vidas. Superados los tiempos de pandemia -no del todo-, la guerra de Ucrania y el descontrol social que están ocasionando con sus desencuentros nuestros actuales políticos, a nivel nacional e internacional, siguen siendo una fuente de ansiedad asociada al miedo y a la sensación de inseguridad presente que nos dejan fuera de control para hacer frente a circunstancias difíciles y poder afrontar con confianza lo desconocido. Sin tener que hacer encuestas dudosas ni someter a la ciudadanía a psicoanálisis colectivos, lo que en el fondo anhelamos, como seres humanos, es confianza y seguridad, siendo conscientes de nuestros límites, para poder controlar nuestra vida, enfrentando lo desconocido con más confianza y así llegar a alcanzar ese mínimo de felicidad al que todos aspiramos y al que tenemos derecho. 

La incertidumbre es una de las causas que produce ansiedad. La incertidumbre estresa, genera impotencia emocional para poder dirigir nuestras vidas

Desde su visión trágica de la vida, pero con certera intuición, ya advirtió Sófocles en uno de sus aforismos, que el futuro nadie lo conoce, pero que el presente avergüenza a los dioses. Hoy tendría que modificar una parte de ese aforismo. Ciertamente, analizando el presente, sentimos vergüenza viendo cómo están construyendo el mundo actual los “dioses humanos” ya que de los “divinos”-de existir, cosa que dudo-, nada sabemos. Hay algunos humanos que se creen dioses, y se lo llegan a creer porque existen otros humanos que les ponemos trono y altar. Aseguraba Bertrand Russell que cuando la necesaria humildad no está presente en una persona imbuida de poder, ésta se encamina hacia un cierto tipo de locura; queda tocado por “el síndrome de hybris”: el síndrome de aquellas personas que, por tener excesiva soberbia y autoconfianza, desprecian sin piedad los límites que fija la sensatez. Analizado desde la política, cuando un político cae en este síndrome, es incapaz de percibir el deterioro en el que incurre en su gestión al no saber interpretar la realidad que le rodea. Encerrado en una burbuja de aduladores y cortesanos no concibe su error porque nadie de los que le adulan se lo hacen ver. Viene a la memoria ese cuento que hizo famoso al danés Hans Christian Andersen, allá por el siglo XIX, titulado “El traje del emperador”. Sólo la inocencia del niño se atrevió a decir que el rey (el que detenta el poder), iba desnudo. Qué razón tenía Eurípides al afirmar que: “a quien los dioses quieren destruir, antes lo enloquecen”. Sobre estos dioses tocados por “el síndrome de hybris” deberíamos gritar con sonoridad y frecuencia: “No queremos a Putin, tampoco a Trump, ni a Bolsonaro, ni a Orban, ni a Abascal, ni a Ayuso…”; debemos reivindicar, por el contrario, que abunden cada vez más los “ciudadanos sensatos”. Así lo dijo una de las​ filósofas más influyentes del siglo XX, Hannah Arendt, para la que pensar, siendo una actividad personal, nos ayuda a vivir en sociedad, porque pensar, reflexionar es cargarse de sensatez. 

Estamos tan conectados a la realidad y a la sociedad mediante las nuevas tecnologías y redes sociales que no pensamos, no reflexionamos y apenas nos conectamos con nosotros mismos, cayendo en un solipsismo frívolo, insensato y vacío de moral. Nos alertaba un artículo en Nueva Tribuna hace algunos meses contra el riesgo perjudicial de un uso abusivo de las redes sociales y el miedo de perder las oportunidades que sin duda ofrecen: inundan nuestro día a día en casi todos los aspectos de nuestra cotidianidad y nos dejamos llevar por lo que está de moda. Desde el momento en que las redes sociales forman parte de nuestro estilo de vida, en especial de los más jóvenes, el término “influencer” ha ido cobrando cada vez mayor relevancia; son aquellas personas que poseen una credibilidad de acción importante ante un público online (los followers o seguidores) que siguen su día a día, sus acciones, incluso su inspiración, a través de las redes sociales; tienden a imitar lo que sus ídolos hacen.

Estamos tan conectados a la realidad y a la sociedad mediante las nuevas tecnologías y redes sociales que apenas nos conectamos con nosotros mismos

Hace ya algunos días, el diario El País encabezaba con esta noticia su portada; “ChatGPT es solo el principio: la inteligencia artificial se lanza a reorganizar el mundo”. E iniciaba su desarrollo con este alarmista subtítulo: “Una revolución tecnológica avanza. Mostramos qué es capaz de hacer la nueva IA generativa…, y retratamos su posible impacto en la vida cotidiana, el mercado laboral, la educación o la relación entre las grandes potencias”. Según los autores de la noticia el sistema ChatGPT, un tipo de Inteligencia Artificial llamada Generativa, es decir, que puede generar textos, imágenes, audios y vídeos de manera similar a como lo haría un humano, será la revolución tecnológica que va a reorganizar el mundo y el futuro. Se trata de una herramienta, hoy en sus inicios y todavía con fallos, pero con un potencial revolucionario enorme. Con este sistema, la inteligencia artificial (IA) ha dado un salto al futuro exhibiendo capacidades impensables hace una década. Aunque no hay referencias históricas para calibrar el impacto de la inteligencia artificial, en el mismo sentido concluía un informe de 2021 de la Comisión Nacional de Seguridad de EE UU sobre IA al sugerir que estamos ante algo más que un gran hallazgo tecnológico, estamos alumbrando una transformación de escala mayor, del tipo que describió Edison al hablar del fenómeno de la revolución eléctrica, músculo principal de la Segunda Revolución Industrial. El citado informe concluía con esta rotunda seguridad: “La Inteligencia Artificial reorganizará el mundo.

A lo largo de la historia de la ciencia y la tecnología se esconde toda una serie de mentes privilegiadas que, desafiando los conocimientos establecidos y las normas sociales de su época, obligarían a Sófocles a modificar una parte de su aforismo de que “el futuro nadie lo conoce”. Estas mentes privilegiadas, con una intuición creativa y coronados por “su mente investigadora”, desde esa rotunda seguridad con la que Comisión Nacional de Seguridad de EE UU vaticina que la IA reorganizará el mundo, están ya visionando cómo podrá ser el futuro tecnológico de nuestra historia de aquí a cien años. Es verdad que hay quienes, agarrándose a la ciencia y la tecnología, contemplan este cambio potencial con gran optimismo, es su gran sueño; otros, en cambio, con realismo contemplan con inquietud sus potenciales riesgos disruptivos. Lo que sí es cierto e inevitable es que el avance tecnológico no se ha detenido; existen muchísimas mentes investigadoras, amantes de la ciencia y la tecnología que revolucionarán el futuro. Como afirmaba el citado artículo de Nueva Tribuna, “no se trata de suscribir una necia tecno-fobia que obvie sus indudables ventajas en muchos campos, pero tampoco es cuestión de caer en una tecno-latría que pueda servir para delegar irresponsablemente nuestras decisiones”.

El sistema ChatGPT, un tipo de Inteligencia que puede generar textos, imágenes, audios y vídeos de manera similar a como lo haría un humano

Como dicen los expertos, el sistema ChatGPT alucina, se inventa respuestas, pero no es capaz de distinguir lo que es real de lo que solo lo parece; pero hay que recordar que estamos en sus inicios. La Inteligencia Artificial no es futuro, está ya presente y proporciona herramientas potentísimas de todo tipo: desde generar cualquier imagen que tengas en mente hasta si le marcas dos ideas, construirte un relato o una historia coherente. Y esto hablando únicamente de las Inteligencias Artificiales generativas que funcionan ya desde el año pasado; en realidad está ya impactando en todos los campos del conocimiento humano: en la ciencia, la medicina, la ingeniería, las matemáticas, la física, la historia, la literatura, el arte… Las aplicaciones que ahora están llegando a nuestras vidas y a nuestros aparatos tecnológicos, son la plasmación práctica de aquellas ideas embrionarias, como si fueran las ondas de una detonación anterior pero que ahora nos ha alcanzado. La inteligencia artificial tiene un potencial enorme, pero también proporcionará disrupciones, creando la duda sobre en qué consiste la creatividad, pues será un seguro asistente engañoso a la hora de crear. Los efectos laborales de esta IA apuntan a puestos más cualificados que en olas anteriores. Como afirmó en Davos Nicole Sahin, la presidenta ejecutiva de G-P, una plataforma global que ayuda en procesos de contratación con una metáfora en exceso realista: “Nos hemos acostumbrado a la idea de que los avances tecnológicos han causado la pérdida de algunos puestos de trabajo de mono azul, y ahora inquieta bastante la perspectiva de que se pueden perder puestos de cuello blanco”.

He titulado, y he intentado acentuar, como se debe hacer en cualquier decisión que afecte a la ciudadanía, la posibilidad que estas novedosas tecnologías, por el entusiasmo de no analizar suficientemente las consecuencias adversas produzcan “efectos no deseados”. Efectos no deseados en muchos campos, pero me limitaré, sobre todo, al ámbito educativo. “Hype” es una palabra tomada del idioma inglés. Proviene de “hyperbole” (hipérbole), figura retórica que consiste en aumentar de forma exagerada lo que se expresa; significa, básicamente, emocionarse exageradamente por algo. Es un subidón de adrenalina, pero también es probable que luego nos lleve a una decepción al conducirnos a expectativas indeseadas. Como dice el artículo de El País, el acceso libre a ChatGPT o a otros sistemas parecidos ya existentes, ha desencadenado una “hype”, una emoción y una alerta acerca de la posibilidad de que los alumnos resuelvan sus deberes o exámenes recurriendo a estas máquinas tecnológicas. Es, con una tecnología moderna, el recurso antiguo, verdadero clásico de Internet, del que todavía muchos recuerdan con cariño: “el Rincón del Vago”. Su recurso se extendió en todos los ámbitos, no sólo educativo. sino de otras profesiones: cualquier trabajo podía quedar bajo la sospecha del plagio, desatando una alarma académica que los propios profesores no supieron cómo afrontar. Hoy, teniendo en cuenta el enorme potencial e impulso educativo que encierra la IA a programas de aprendizaje, no se puede olvidar que el uso de este sistema ChatGPT y otros parecidos, pueden conducir a los alumnos, incluso a profesores y a otros profesionales, a alejarles de esos mecanismos mentales que se llama “investigación y aprendizaje para el desarrollo del intelecto”, es decir, la pérdida de habilidades cognitivas. Dependemos de las redes sociales; se han convertido en una “droga tecnológica”; necesitamos saber en todo momento qué está sucediendo a nuestro alrededor; si no disponemos de conexión, nuestro estado de ánimo cambia por completo. 

La inteligencia artificial tiene un potencial enorme, pero también proporcionará disrupciones, creando la duda sobre en qué consiste la creatividad

Es ya una realidad, todo apunta a ello, que la IA tendrá un papel muy relevante en el futuro; será, por tanto, un factor de peso en el músculo con el que cada país podrá actuar en el sistema educativo, pero, de no tenerlo en cuenta -no se podrá decir que “no se advirtió”- el valor del esfuerzo y el aprendizaje en el sistema educativo, pueden correr peligro y proporcionar en el alumnado “efectos no deseados”. Hay quienes miran a este cambio tecnológico potencial con gran optimismo; otros, en cambio, advierten y contemplan con inquietud sus potenciales riesgos. Estas tecnologías han llegado para cambiar el mundo tal y como lo conocemos; tienen, sin duda, aspectos positivos, pero también sus efectos no deseados. La cuestión es anticiparse, establecer los límites no deseados y después, legislar, sin tener que lamentar los desaciertos, como ha sucedido con la “Ley del solo sí es sí”. Por eso es crucial que consideremos los riesgos potenciales y tomemos medidas para anularlos o mitigarlos antes de que se conviertan en una realidad indeseable. Con cierta ironía, si ahora la IA está en la infancia, qué será cuando llegue a la adolescencia y tengamos que llevarla al psicólogo. ¿Existirán limitaciones éticas para el futuro desarrollo de estos sistemas tecnológicos? ¿Podría llegar el día en el que el ser humano sea más inútil que sus propias creaciones artificiales tecnológicas? Entonces, ese día nos tendríamos que plantear qué es lo que hemos hecho para fabricar nuestra propia inutilidad.

Solo una ciudadanía culta, crítica y dialogante podrá conducir el futuro desarrollo de la IA de forma beneficiosa para la humanidad; pues, desde la ética responsable, ningún sistema de IA puede sustituir y tomar decisiones por el hombre; sólo ayudarle a decidir, a pensar y a ser mejor. Quizá sea este el momento de tomar conciencia del problema para que no tengamos que arrepentirnos por haber tomado decisiones que han producido efectos no deseados.

Efectos no deseados