miércoles. 17.04.2024
TECNOLOGÍA

¿Cuál es el papel de las cautelas éticas frente a la Inteligencia Artificial?

La dialéctica entre tecno-fobia y la tecno-latría. La XXI Semana de Ética y Filosofía Política organizada por la Asociación Española de Ética y Filosofía Política se ha celebrado en Castellón (UJI) entre los días 2 y 5 de febrero de 2023
Roberto R. Aramayo (izquierda), clausurando las jornadas de la XXI Semana de Ética y Filosofía Política

Al parecer los nativos digitales tienen menos prevenciones morales que sus mayores frente al uso de la disruptiva IA.Quizá porque no puedan comparar su entorno con la experiencia de haber vivido sin su innegable impacto sobre lo cotidiano. Esto mismo sucede con la precariedad laboral o el no contar con un ascensor social que recompense saber aprovechar las oportunidades.Quienes han conocido un hábitat mucho menos digitalizado acaso puedan sopesar mejor los pros y los contras de lo que ya se califica como toda una revolución social.

A quien suscribe se le confió la conferencia de clausura y ofició como abogado del diablo, apuntando a los posibles abusos que pudieran hacerse de las nuevas tecnologías

Así lo describía El País en sus páginas de sociedad muy recientemente, presentando una inminente reorganización del mundo mediante la IA. Los algoritmos decidirán si accedemos a un empleo, ingresamos a la universidad o nos conceden algún. crédito bancario. Es muy probable que se pierdan muchos puestos de trabajo y al mismo tiempo aumente la productividad. Es el sueño dorado del ultra-neoliberalismo. Poder optimizar los beneficios instantáneamente sin reparar en las posibles repercusiones negativas de una depredación sistemática en aras del bien menor disfrutado únicamente por unos cuantos privilegiados ajenos al mundanal ruido.

Comoquiera que sea el reportaje se cerraba con estas palabras: “Ante tanto dilema ético, a quienes no va a faltar el trabajo es a los filósofos”. Desde luego los profesionales de la filosofía moral se han reunido estos días en Castellón para celebrar su XXI Semana de Ética y Filosofía Política, tras la vigésima edición en Palma de Mallorca que frustró la pandemia. El tema que les congregaba era Ética, Democracia e Inteligencia Artificial. No cabe duda de que las nuevas tecnologías permiten condicionar las contiendas electorales y airean con más facilidad todo cuanto tenga un carácter sensacionalista, contribuyendo al irrespirable clima de polarización que impide llegar a los imprescindibles consensos parlamentarios.

Las nuevas generaciones presentaban sus ponencias junto a quienes llevaban muchos años frecuentando estos encuentros y los coloquios fueron muy sugestivos. Había muchas ganas de verse las caras tras el paréntesis del confinamiento y poder compartir un ágape al final del día. En las plenarias Adela Cortina nos habló del problema de la censura y Emilio Martínez Navarro aportó datos relativos a una cuestión tan primordial como la salud. A quien suscribe se le confió la conferencia de clausura y ofició como abogado del diablo, apuntando a los posibles abusos que pudieran hacerse de las nuevas tecnologías.

De no haber un justificado malestar social donde la juventud no puede hacer planes vitales por mucho empeño que pongan en consolidar unas vinculaciones laborales tan efímeras, las versátiles prestaciones de la IA no tendrían por qué ser miradas con algún recelo. Ciertamente no se trata de suscribir una necia tecno-fobia que obvie sus indudables ventajas en muchos campos, pero tampoco es cuestión de caer en una tecno-latría que pudiera servir para delegar irresponsablemente nuestras decisiones.

El horizonte de la IA nos permite desgranar por contraste nuestras mejores cualidades, que no son desde luego la infalibilidad o una implacable objetividad

Tienta ver la IA como una panacea que pudiera resolver todos nuestros problemas con el mínimo esfuerzo gracias a su inmenso potencial para procesar datos y realizar prognosis. Pero no sería bueno considerarla como una nueva piedra filosofal que nos reportara cuanto anhelamos. La filosofía es más bien una piedra de toque para estudiarla con una mirada crítica que, sin dejar de reconocer sus virtudes, haga inventario de los eventuales abusos en que pudiéramos incurrir. No podemos esperar contar con una especie de aplicación para resolver nuestros dilemas morales, porque nada ni nadie puede relevarnos en esa tarea y la responsabilidad moral. El rendir cuentas de nuestros actos es un atributo específico del ser humano imprescindible para fundamentar los derechos y sus correlativos deberes.

En ¿Qué es la Ilustración? Kant nos advirtió de lo cómodo que resulta dejarnos tutelar como si fuéramos menores, al permitir que piensen y decidan por uno mismo, en lugar de hacerlo por cuenta propia. Paulatinamente vamos dejando de utilizar nuestras facultades porque nos resulta muy fácil delegarlas en ciertos dispositivos digitales. ¿Para qué vamos a ejercitar la memoria, cuando podemos consultar cualquier cosa en Wikipedia? Si queremos desplazarnos, contamos con Google Maps. Nos da pereza hablar por teléfono y preferimos comunicarnos mediante mensajes telegráficos vehiculados por WhatsApp o Twitter. Nos hacemos traer a domicilio nuestras compras por Amazon y seguimos las recomendaciones de nuestras plataformas digitales para seleccionar películas o series.

Nuestro nivel de autoestima se ve comprometido por los “me gusta” que recibimos en una u otra red social. Somos incapaces de realizar la operación aritmética más trivial sin auxilio tecnológico. Nuestra mayor habilidad es cómo refinar nuestras búsquedas tecleando las palabras correctas para los motores automatizados de búsqueda. Propendemos a creer que las máquinas operarán con una mayor objetividad e incluso las imaginamos como infalibles, al poder analizar un ingente número de datos para sus complejos cálculos. Pero en realidad los algoritmos fijan y amplifican el sesgo que se haya introducido en su programación.

Al absorber cuanto circula por las redes, la IA obtendrá una imagen deformada, porque quienes cuelgan sus opiniones lo hacen de un modo sensacionalista para tener una repercusión mucho mayor y esto deja fuera los juicios más ponderados. El ChatGPT parece corroborar esta desviación en sus dictámenes. También corremos el riesgo de asfixiar nuestra creatividad y rendir culto al simulacro. Este sofisticado ingenio sería capaz de confeccionar en un santiamén guiones para series televisivas y remedar el contenido de obras inmortales literarias, científicas o artísticas. Nuestra imaginación podría irse de vacaciones, al poder solicitar bajo demanda escribir un texto, pintar un cuadro y componer una partitura musical.

¿Para qué visitar museos pudiendo conseguir unos remedos inéditos? ¿De qué serviría frecuentar bibliotecas o leer libros, cuando cabe interrogar a las figuras del pensamiento y hacerse contar historias alimentadas con el acervo cultural acumulado? El ser humano se ha caracterizado por configurar su entorno e interactuar con sus propias creaciones culturales, pero ahora podría perder su condición de artífice y oficiar como un mero espectador de las modificaciones introducidas por la IA.

Si la mentalidad hegemónica es la de primar a cualquier precio las dimensiones económicas, no cabe duda de que la IA tendrá esa misma prioridad y su misión dejará de lado los aspectos que no sirvan a la consecución de tal objetivo, cuyo logro se podría ver lastrado por otro tipo e consideraciones como las que preocupan a la reflexión ética, empeñada en diseñar criterios morales que causen el menor daño posible a los demás al ejercitar nuestra libertad.

El horizonte de la IA nos permite desgranar por contraste nuestras mejores cualidades, que no son desde luego la infalibilidad o una implacable objetividad. Somos falibles y eso nos hace tener que compartir nuestras verdades rediseñándolas conjuntamente. Si no pudiéramos equivocarnos, no podríamos aprender de nuestros y tenderíamos a imponer nuestros dogmas por la fuerza, despreciando el pluralismo y a quienes no pensaran igual. La ética no es cosa de dioses o robots omnipotentes e infalibles. Requiere compatibilizar la búsqueda de nuestro interés con el ajeno, porque nuestra libertad tiene como límites las libertades ajenas.

Otra cosa sería que apostáramos por otro modelo distinto al del homo oeconomicus, como sería el del homo empathicus. En ese caso no se trataría de imponer a toda costa y sin reparar en sus dañinos efectos los propios caprichos. Ponernos en el sitio del interlocutor y hacernos cargo de sus cuitas, posibilita trazar un clima regido por el concepto de Liberigualdad, en donde la solidaridad atempere la persecución irrestricta del propio beneficio en detrimento del ajeno.

En suma, la IA tendrá las prestaciones que modulen su diseño inicial y convendría decidir si apostamos por la nuda rentabilidad mercantilista o ponemos el acento en facilitar una cohesión social donde no proliferen las desigualdades más extremas y se intenten preservar los recursos naturales, con el fin de no robar su futuro a las nuevas generaciones. El artefacto, por sofisticado que sea, se regirá por las pautas de quienes lo diseñen y con arreglo al contexto socio-político del que absorba su arsenal informativo. Podría parecerse a Donal Trump o a Pepe Múgica, para decirlo en dos palabras y utilizar sendos referentes políticos. Por sus obras les conoceréis.

¿Cuál es el papel de las cautelas éticas frente a la Inteligencia Artificial?