ANÁLISIS ECONÓMICO

La deuda, la pregunta no es si estallará, sino cuándo estallará

Panurgo ensalza la deuda, afirmando que garantiza la interdependencia de los seres.1
El fin de la era del dinero barato ha transformado la deuda en un factor de vulnerabilidad sistémica.

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La economía global ha entrado en una fase en la que las categorías tradicionales —producción, ahorro, inversión— ya no bastan para describir su funcionamiento real. Lo que emerge, al observar la evolución desde 1980 hasta hoy, es una mutación más profunda: una creciente desconexión entre la acumulación financiera y la base material que la sostiene.

Este fenómeno, que puede sintetizarse en la idea de “valor sin materia”, no es una anomalía transitoria, sino la expresión coherente de un régimen de acumulación que ha reorganizado las relaciones entre capital, trabajo y Estado.

La intuición de Sraffa sobre la disputa por el excedente, la advertencia de Johannsen sobre el ahorro improductivo y la propuesta de Keynes de disciplinar al rentista convergen en un diagnóstico común

La clave analítica para entender esta transformación se encuentra en la tradición heterodoxa de la economía política. En particular, la obra de Piero Sraffa ofrece un punto de partida decisivo. Su planteamiento desplaza el foco desde la teoría del valor hacia la distribución del excedente: la economía no es un sistema de equilibrios marginales, sino un campo de disputa por la apropiación de la riqueza generada. En este marco, la tasa de beneficio no es el resultado de la productividad del capital, sino de la capacidad del capital para reducir la participación del trabajo en el excedente.

La tesis contemporánea del “valor sin materia” radicaliza esta intuición: el capital no solo busca apropiarse de una mayor parte del excedente, sino que, una vez apropiado, tiende a no reinvertirlo en producción, transformándolo en activos financieros que representan derechos sobre riqueza futura.

Aquí aparece la segunda pieza teórica fundamental: John Maynard Keynes. Keynes comprendió que el sistema capitalista contiene una fragilidad intrínseca cuando el ahorro no se traduce en inversión. Su célebre propuesta de la “eutanasia del rentista” apuntaba precisamente a desactivar la acumulación pasiva de riqueza financiera, reduciendo los tipos de interés hasta hacer inviable la obtención de rentas sin riesgo.

El sistema ha desarrollado mecanismos sofisticados para aplazar sus contradicciones, pero no para resolverlas

Sin embargo, el desarrollo histórico posterior ha seguido la dirección opuesta: lejos de desaparecer, el rentista ha encontrado en la financiarización un nuevo espacio de expansión.

Esta dinámica ya había sido anticipada, de forma sorprendentemente lúcida, por N. Johannsen, cuya noción de “inquietante forma de ahorro” resulta hoy especialmente pertinente. Johannsen advertía que no todo ahorro es benigno: cuando se acumula sin canalizarse hacia la inversión productiva, se convierte en un factor depresivo que reduce la demanda efectiva.

La economía contemporánea ha resuelto provisionalmente esta contradicción mediante la deuda: el ahorro no invertido del capital se recicla como crédito que permite sostener el consumo y la inversión pública. Pero esta solución introduce una nueva dependencia estructural.

El resultado es una arquitectura de doble extracción. Por un lado, en la producción, la contención salarial relativa permite al capital apropiarse de una mayor porción del excedente. Por otro, en la circulación, la deuda actúa como un mecanismo adicional de transferencia, obligando a hogares y Estados a pagar intereses por acceder a bienes y servicios que, en última instancia, ellos mismos han contribuido a generar.

El dinero deja de ser un reflejo de la actividad económica para convertirse en su condición de posibilidad

La deuda no es, en este sentido, un instrumento neutral, sino el dispositivo central que mantiene en funcionamiento un sistema desequilibrado.

Esta lógica solo puede sostenerse gracias a una transformación decisiva en la creación monetaria. Como reconocen instituciones como el Banco de Inglaterra, la mayor parte del dinero en circulación no proviene del ahorro previo, sino que es creado por la banca comercial al conceder crédito.

Este hecho altera profundamente la dinámica del sistema: la expansión de la deuda no está limitada por recursos existentes, sino por expectativas de solvencia futura. El dinero deja de ser un reflejo de la actividad económica para convertirse en su condición de posibilidad.

Los efectos de este proceso se observan con claridad en la evolución de las magnitudes macroeconómicas globales.

Elaboración propia | Fuente: FMI, Banco Mundial, IIF

La lectura de estos datos es inequívoca [2]. Mientras el PIB mundial se ha multiplicado en el 2025 por aproximadamente 10 desde 1980 (de 11 a 109), la deuda lo ha hecho por 25 (de 12 a 307). Esta divergencia no es meramente cuantitativa: expresa la consolidación de un modelo en el que la acumulación financiera crece a un ritmo muy superior al de la producción real.

La aparente estabilidad del ratio deuda/PIB en los últimos años no debe inducir a error: se trata de una estabilización en niveles históricamente altos, sostenida en parte por la inflación y no por una reducción efectiva del endeudamiento.

En este contexto, la deuda deja de ser un instrumento de financiación para convertirse en la infraestructura básica del sistema económico. Es el mecanismo que permite cerrar la brecha entre la capacidad productiva y la demanda efectiva, pero también el que introduce una fragilidad creciente, especialmente en un entorno de tipos de interés al alza.

A esta arquitectura macroeconómica se le suma una transformación en los mecanismos microeconómicos de extracción de rentas que refuerza la lógica general del sistema.

En esta línea, como señalan Albarracín y Gutiérrez, la financiarización ha dado lugar a formas más incisivas de control del excedente que trascienden incluso la propiedad formal. El poder ya no reside únicamente en poseer activos productivos, sino en controlar el acceso a la financiación. A través del manejo del crédito y la liquidez, el sistema bancario genera relaciones de dependencia que subordinan la producción a la lógica financiera.

En este contexto, figuras como los préstamos participativos permiten que los inversores actúen como “propietarios en la sombra”, apropiándose del excedente no mediante dividendos —que implican riesgo y tributación— sino a través de intereses, que se contabilizan como gasto y son fiscalmente deducibles. Se trata, en esencia, de una mutación en la forma de apropiación: el capital se disfraza de deuda para maximizar su extracción de rentas y minimizar sus obligaciones.

Este desplazamiento confirma que la financiarización no es solo una capa adicional sobre la economía real, sino una reconfiguración profunda de sus relaciones internas. La propiedad, el riesgo y la rentabilidad se desacoplan, dando lugar a estructuras donde el control efectivo se ejerce a través del crédito más que del capital.

El horizonte que se abre en 2026 está marcado por las tensiones acumuladas de este modelo. El fin de la era del dinero barato ha transformado la deuda en un factor de vulnerabilidad sistémica. La necesidad de refinanciar enormes volúmenes de pasivos a tipos más elevados presiona los presupuestos públicos y privados, desplazando recursos hacia el servicio de la deuda y limitando la capacidad de respuesta ante nuevas crisis.

En este escenario, la intuición de Sraffa sobre la disputa por el excedente, la advertencia de Johannsen sobre el ahorro improductivo y la propuesta de Keynes de disciplinar al rentista convergen en un diagnóstico común: el sistema ha desarrollado mecanismos sofisticados para aplazar sus contradicciones, pero no para resolverlas.

«Dos escenarios posibles. “La gran duda ahora es quién va a terminar cediendo en la negociación de Ormuz... Ahora mismo diría que será Estados Unidos”, proyecta el responsable de análisis geopolítico de Rystad. […] La segunda posibilidad es que Trump dé por perdidas desde ya las elecciones de mitad de mandato y que siga adelante con la guerra, sine die. “Es el escenario más arriesgado: el precio del petróleo podría perfectamente irse a 200 o 250 dólares por barril […] Recesión a lo grande, inflación galopante, tipos de interés disparados, inestabilidad geopolítica al cubo.» (Ignacio Fariza, El País, 28/04/26)

Y, sin embargo, la característica más inquietante de esta momento no es la magnitud de los desequilibrios, sino su interconexión. En una economía global altamente integrada, donde los flujos financieros y las decisiones de política económica se transmiten con una velocidad sin precedentes, el margen de maniobra se reduce drásticamente.

La imagen del caos —el aleteo de una mariposa en Singapur que desencadena un ciclón en Nueva York— deja de ser una metáfora literaria para convertirse en una descripción operativa del sistema. No solo es la imagen adecuada: es una advertencia. Porque en un sistema así, altamente integrado y sostenido sobre equilibrios inestables, la capacidad de respuesta se diluye: no sabemos cuándo ocurrirá el próximo episodio de dislocación, pero sí sabemos que ocurrirá. Y esa es, probablemente, la única certeza.


Webgrafía

ALBARRACÍN SÁNCHEZ, Daniel, y GUTIÉRREZ BENITO, Eduardo “Financiarización, nuevos perímetros empresariales y retos sindicales,” Cuadernos de Relaciones Laborales, Vol. 30, Núm. 2 (2012), páginas 360 y 361, párrafo específico sobre los préstamos participativos.
AIReF, La AIReF analiza la evolución de la deuda pública y advierte de los riesgos del elevado endeudamiento, AIReF, 2023.
Banco de Inglaterra, Money creation in the modern economy, Bank of England Quarterly Bulletin, 2014.
Positive Money, How Banks Create Money, Positive Money, 2013.
Global X ETFs (autor corporativo), Income Outlook: Market Volatility Sparks Dislocations and Income Opportunities, Global X, 2025.
International Monetary Fund (IMF), Global Debt Monitor 2025, FMI, 2025.
Mapfre (autor corporativo), Estos son los principales riesgos para la economía en 2025, Mapfre, 2025.
Organización de las Naciones Unidas (ONU), La OMS advierte: los recortes de financiación ponen en riesgo los sistemas sanitarios globales, Naciones Unidas – Desarrollo Sostenible, 2026.
Trust for America’s Health (TFAH), La falta reiterada de inversión en salud pública pone en riesgo la vida y los medios de subsistencia, TFAH, 2025.
Lu, Marcus, How Debt-to-GDP Ratios Have Changed Since 2000, Visual Capitalist, s. f.


[1] Ilustración del tercer libro de François Rabelais, ilustrada para una edición en dos volúmenes de sus Obras Completas publicada por la Librairie illustrée en 1886. Este material está en dominio público en los demás países donde el derecho de autor se extiende por 95 años (o menos) tras la muerte del autor. Fuente: Bibliothèque nationale de France.
[2] Análisis de la Tabla:
- La Explosión Nominal: El stock de deuda global ha superado la barrera de los 300 billones de dólares en 2023-2024. Aunque el ratio sobre el PIB ha descendido ligeramente desde el pico del 258% en 2020 debido al efecto denominador de la inflación, el volumen absoluto de deuda sigue marcando máximos históricos.
- China y el Ascenso Apalancado: En 1980, China era una economía marginal ($0.3T). Para 2025, se proyecta como la segunda economía mundial ($19.4T), pero este crecimiento ha sido intensivo en deuda, especialmente corporativa y de gobiernos locales, replicando el modelo de "valor sin materia" de Occidente pero a una velocidad acelerada.
El "ascensor" no ha subido igual para todos. Los datos del FMI para 2025 muestran una polarización extrema en la sostenibilidad de la deuda soberana:
- Zona Crítica (>200%): Japón (230%), Sudán (222%). Japón es el caso paradigmático de un país que sostiene su deuda gracias a que el Banco Central (BoJ) ha absorbido la totalidad del mercado de bonos, una "eutanasia del rentista" fallida donde el Estado asume el coste del estancamiento privado.
- Zona de Alto Riesgo (>120%): Singapur (176%), Venezuela (164%), Grecia (147%), Italia (137%), Estados Unidos (126.9%). La presencia de EE.UU. en este grupo es alarmante; su deuda pública ha pasado del 55.6% en 2000 al 126.9% en 2025 (+71 puntos porcentuales), financiada por su privilegio de emisor de la moneda de reserva global.
- Mercados Emergentes: Países como Líbano (164%) y Maldivas (132%) enfrentan crisis de deuda clásicas, exacerbadas por la fortaleza del dólar y el encarecimiento del servicio de la deuda externa.