lunes. 22.04.2024

Constato dos hechos, el primero de ellos que el discurso radicalmente socialdemócrata de Biden ante el Congreso de los USA cargando contra el capitalismo desregularizado que lleva a una desigualdad corrosiva, que favorece simultáneamente beneficios inconcebibles de empresas monopolizantes (energéticas y financieras) mientras deja en la estacada a quienes no participan de sus consejos asesores o su accionariado, hace historia. El impacto de esta declaración es brutal, sus propuestas de hasta cuadruplicar la tasación de los impuestos de esas compañías deja ojipláticos a comentaristas políticos y economistas. 

Y éste es el segundo dato del que tomo constancia, la perplejidad que provoca el atrevimiento del presidente del estado que lidera el capitalismo. Comprendo hasta cierto punto la incredulidad, y también comparto las advertencias de que serán muchos quienes traten de poner palos a las ruedas de la voluntad política expresada por Biden y Harris. En la conformación del propio congreso con nueva (exigua) mayoría republicana, ya comienza el martirio y la zapa. Retomo lo que decía, me sorprende que sorprenda tanto y tomo nota ¿Es que se nos olvida que siempre ha sido todo una cuestión de economía? de la economía chipen quiero decir, de la que engorda a quien la domina, de la que esto me lo quedo yo y me hago fuerte en el altar de las relaciones sociales de producción, en el legal, el político o el militar. El poder sirve para consolidar el mismo poder, sea a través de la coerción económica, la injerencia política, la mítica cultural o la significación militar. No todo es economía, pero nada sucede si no es por el control de la misma.

El discurso radicalmente socialdemócrata de Biden ante el Congreso de los USA cargando contra el capitalismo desregularizado que lleva a una desigualdad corrosiva, hace historia

En la inestabilidad de los últimos decenios, los poderosos se han especializado en la elaboración de narraciones extraordinarias (mítica cultural) para justificar la inequidad y la desigualdad. Se han esforzado en mostrarnos cómo funciona la economía y cómo dentro de ese relato, el mercado, su mercado, es la pieza central. Ante las incongruencias y desatinos del cuento, con la manifestación neta de las deficiencias en los modos de reparto de lo producido, la película deriva hacia una nueva situación dramática: la amenaza general a la libertad. Aparece en escena la legión comunista, terrorista, bolivariana o lo que sea que acojone más, llevando el suspense más allá de trasgredir mis sagradas posesiones, podrían atentar contra las más preciadas de las tuyas, tu libertad y tu modo pandillero de vivir. El giro argumental definitivo se produce cuando el exordio libertario deja de funcionar, ya no cuela. El relato ahora se dirige hacia la ficción más enigmática, la ciencia ficción a la que son tan proclives la vanguardia de los defensores del amo y el patrón, los fascistas sumisos al poder. A estos sujetos delirantes, unos buenos decorados de cartón piedra como en las producciones de la Metro, les vale. Una patria de atrezo, con sus pasados gloriosos, sus tradiciones milenarias de anteayer y algún número musical con bandera e himno y ya tienes entretenimiento para un buen rato. 

Entretenimiento que logra lo que busca, no entrar en la cuestión de la creación de la riqueza y de su reparto, de la economía vamos, justo de aquello de lo que no se quiere hablar y de lo que llegado el caso hay que interponer una caterva de sesudos pensadores que haga de barrera humana entre el sentido común de revisar el modelo de reparto de la riqueza y aquello que la docta razón aconseja. La última ficción que los ricos crean para mantenerse a flote es una especie de making off de lo que ha sido su película, pero ahora tratado desde un punto de vista descomprometido, guiado solo por la razón instrumental, más allá del bien y del mal. Los medios, las universidades y los grupos de presión orquestan la banda sonora, aportan dramatismo sonoro para disimular lo indisimulable, que lo que está en juego no es la posibilidad técnica, jurídica o moral de hacer lo que hay que hacer, sino de provocar un cambio en las relaciones sociales de producción, quién produce y quién se queda con el valor generado. Que la peli va de economía, no de sustos vamos.

Entretenimiento que logra lo que busca, no entrar en la cuestión de la creación de la riqueza y de su reparto, de la economía vamos, justo de aquello de lo que no se quiere hablar

Y es que siempre fue así. Clinton lo patentizó en la primera intentona socialdemócrata en los USA, con su ¡es la economía estúpido! Llegó hasta donde llegó, pero su mensaje se ha quedado para que cada cierto tiempo recordemos que la relación entre la ficción escenificada en Davos, el BCE o el BdE y la realidad es mera coincidencia. Que como en el cine es necesario realizar una cesión voluntaria de la incredulidad para que la cosa cuadre.

Pero ha terminado la función, estamos fuera y llueve. De nada sirve el relato por bien guionizado y dirigido que haya sido. Reconoce que el lujo era de vitrina y los amoríos falsos como los euros en papel de estrazo. Es el tiempo de volver a la realidad y operar en ella, la economía ha sido y es la razón de ser. Siempre lo fue, estúpido (perdón).

Pero, es que siempre fue la economía ¡estúpido!