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viernes. 19.08.2022

Las clases medias vuelven a la palestra y no es un secreto para nadie que la socialdemocracia tiene una entente irresuelta con ellas. Lógico, su origen político, el de la socialdemocracia, está vinculado al nacimiento histórico de las clases estructuradas en clave mercantilista, con una que detenta el control de los medios de producción, la clase capitalista dueña del dinero, y la clase trabajadora, aquella que tan solo dispone de su capacidad de trabajo vendiendo su fuerza en un mercado filoesclavista. En ese contexto de origen surgen las reivindicaciones y las subsiguientes formulaciones revolucionarias que dan pie a distintos programas políticos. La socialdemocracia es uno de ellos, no contrapuesto al fenómeno revolucionario pero tampoco firme aliado. La lectura de la organización social en base a la existencia de clases antagónicas es un terreno resbaladizo que siempre han preferido no atender. Aceptar una lectura de la evolución social como una cuestión de pugna ente clases antagónicas requiere temple, compromiso y una valentía corajuda de resultados inciertos. Y este no es el estilo de la socialdemocracia.

El peso de la incertidumbre es lo que anida en el centro de la SD, que jugando a ser la quilla de su aparato decisional, parece impedir un navegar al pairo y la sostiene en una posición de equilibrio, aunque claramente inestable. La incertidumbre y una cierta desconfianza a abrirse paso al margen de las rutas ya conocidas, como exigen los movimientos revolucionarios desde la Comuna de París, ha producido un movimiento político, la SD europea, de gran éxito cuando resulta necesario el pacto social pero muy chato a la hora de recuperar las inversiones sociales surgidas de pactos anteriores. Cuando el modelo social se descose, generalmente por efecto de la avaricia o el egoísmo de las capas sociales beneficiadas, la SD siempre ha encontrado el modo de reconducir la situación hasta que vuelva a romperse el equilibrio. Ese es el esquema de funcionamiento en la Europa desgarrada por las guerras imperiales del XIX y las guerras nacionalistas del XX. Las ideas del internacionalismo primero y el surgimiento del estado de bienestar después, son las respuestas socialdemócratas a los desastres de la lucha por las colonias y sus recursos por un lado, y al hostigamiento fascista para enmascarar poder oligopólico en nombre de la nación, la raza o el espíritu religioso por el otro.

¿Cómo conectar un programa político no clasista a un modelo social definido por la pertenencia de los sujetos a una u otra clase?

¡Bravo por la socialdemocracia! pero su juego tiene un talón de Aquiles, ¿cómo conectar un programa político no clasista a un modelo social definido por la pertenencia de los sujetos a una u otra clase? Arduo problema, teniendo en cuenta que las clases sociales reconocibles son antagónicas, si no enemigas, ¿cómo articular, entonces, un programa político que satisfaga a ambas o al menos evite su confrontación continuada? ¡Hale hop! el truco del sombrero: las clases medias son la solución. La socialdemocracia rompe el nudo gordiano afirmando la realidad y el peso extraordinario de una clase social poco perfilada, pero que sirve para todo, como las sartenes amplias para freír lo chico y lo grande.

Nombrar una clase social de nuevo cuño y convertirla en protagonista puede que sea una operación inteligente, pero tiene sus riesgos, sobre todo si deseas construir un programa político en torno a las expectativas que esa clase intermedia se supone genera. Hay que visualizar y ordenar los requerimientos y necesidades vinculados a un conjunto social indefinido, que de hecho resulta melifluo, mutable, ingrávido como pompa de jabón.

Un reto complejo que lleva de cabeza a la socialdemocracia desde siempre y hasta nuestros días. Los más sonados éxitos de la actualidad de la SD europea, con Tony Blair a la cabeza, son los obtenidos en el final de los 90 por el laborismo en UK, presentes en otras zonas del planeta, Clinton en USA y los sucesores de Olof Palme en Escandinavia, todos ellos comprometidos en la lucha frente al salvajismo neoliberal. Pues bien, lo que se encuentra tras esta exitosa oposición a los principios thatcheristas y reganianos, es un esfuerzo analítico inconmensurable por parte del intelectual orgánico Anthony Giddens y de cientos de académicos asimilables, cuya principal aportación fue un relato sociológico extenso y bien trabado de las clases medias, sobre las que debería elevarse el nuevo edificio socialdemócrata.

No quisiera hacer mención del output político de los líderes de la SD de finales de siglo y comienzos de este, Irak es demasiado sangrante para resistir nada. Pero sí me gustaría resaltar, ahora que se recupera su centralidad en el discurso, cómo las clases medias de ese período abandonaron el mensaje socializante al sentirse suficientemente fuertes y autónomas. Superados ciertos escollos, ya no necesitan protección estatal y acabar con el estado, que les había cobijado de la barbarie, les pareció algo tremendamente consecuente. Le dieron la espalda a la socialdemocracia y el poder a grupos políticos de marcado perfil neoliberal que liquidarían el estado en beneficio propio.

Y es que eso de las clases medias es un asunto muy escurridizo, su volatilidad y su falta de conciencia hace que, cuando las cosas no van bien reclamen una atención redoblada, pues ellos dicen ser la base de nuestras sociedades y cargan con el peso de avance social y de sus contraindicaciones. Ahora bien, consigue un año de bienestar y verás cómo emigran de la clase media sufridora para convertirse en media alta, próximos propietarios de un chalet, aunque sea adosado.

Comprendo el cambio del tono utilizado por la socialdemocracia española respecto de este agregado, pero cuidado que las clases medias son algo muy escurridizo. Lo mismo sirven para un roto que para un descosido, y lo saben.

El escurridizo caso de las clases medias