lunes. 04.03.2024
ucrania zelensky
Participación del Presidente y la Primera Dama en los actos del Día de la Independencia de Ucrania, este 24 de agosto.

El pasado 24 de febrero, el Kremlin ordenó a las tropas rusas invadir Ucrania. De eso hace ya seis meses. Desde entonces, una guerra de agresión se desarrolla a las puertas de la Unión Europea (UE). Una guerra que, como todas, sigue suponiendo espantos y amenazas sin fin, especialmente para Ucrania, que se concretan en muertes, destrucción y millones de lágrimas y personas refugiadas, desplazadas y malheridas. Un desastre humanitario y una catástrofe económica cuyas ondas destructivas ya han alcanzado también a Rusia, que está en recesión y permanecerá así en lo que queda de 2022 y en 2023 (según recientes previsiones del Banco de Rusia), y se expanden por todo el mundo, aunque afectan especialmente a los países más pobres, amenazados con próximas y masivas hambrunas, y a los Estados miembros de la UE, en forma de alta inflación, notable y masiva pérdida de poder adquisitivo y ralentización de la actividad económica.   

La guerra en Ucrania, además de promover en la economía europea un escenario de recesión o bajo crecimiento con alta inflación, multiplica el riesgo nuclear que provoca una confrontación en la que Rusia especula y amenaza con usar armas nucleares y Ucrania dispone de centrales nucleares situadas en territorios en disputa que, en cualquier momento, pueden provocar un grave accidente.

Tanto Rusia como Ucrania han demostrado que no poseen fuerza militar suficiente para derrotar a su adversario

Desgraciadamente, seis meses después de su inicio, todo parece indicar que la guerra va para largo. Tanto Rusia como Ucrania han demostrado que no poseen fuerza militar suficiente para derrotar a su adversario; también ha quedado claro que no se dan unas bases mínimas para alcanzar un acuerdo aceptable que ponga fin a la guerra en un plazo previsible. Ucrania no puede sacrificar su soberanía nacional y su integridad territorial sin poner en grave riesgo su propia existencia como nación. Y el régimen de Putin no puede aceptar la prevalencia del derecho internacional ni renunciar, sin comprometer su misión y razón de ser, al proyecto de recuperar para Rusia el estatus de gran potencia mundial que mantuvo durante décadas la desaparecida URSS hasta la caída del Muro de Berlín en 1989 y la rápida implosión de los sistemas de tipo soviético en Europa.

vladimir putin

Con la invasión de Ucrania, el régimen de Putin ha cruzado el Rubicón en su proyecto de encumbrar a la Gran Rusia como una referencia de poder mundial en un nuevo orden multipolar sustentado en la fuerza militar que desembocaría en una nueva Guerra Fría, con reparto de zonas de influencia entre grandes potencias militares y la correspondiente subordinación de los países pertenecientes a cada bloque a sus respectivas grandes potencias hegemónicas.

Conviene distinguir el inquietante mundo multipolar que pretende el régimen de Putin del nuevo orden mundial pacífico e inclusivo, basado en instituciones y reglas multilaterales, que es la propuesta democrática que defienden fuerzas progresistas de todo el mundo. Frente al actual orden mundial en decadencia que proviene de un modelo neoliberal de globalización en crisis y de una hegemonía militar estadounidense cuestionada, se perfilan dos grandes alternativas: a un lado, la resurrección del viejo mundo bipolar, ahora con la marca de multipolar, que se fundamentaría en la fuerza militar y en la amenaza nuclear permanente entre grandes bloques militares, como en el pasado; y al otro lado, un nuevo orden democrático que nacería de la negociación de instituciones y reglas multilaterales que impulsarían un mundo en paz y cooperativo y tratarían de responder tanto a los intereses comunes de la comunidad internacional como a las necesidades particulares de los países emergentes y de las regiones y pequeños países que han sido despojados de un horizonte pacífico, soberano y próspero.

Los problemas generados por la invasión militar de Ucrania son muy difíciles de resolver. Ucrania y, más específicamente, la península de Crimea y el Dombás tienen altas probabilidades de engrosar la lista de conflictos de larga duración (junto a los de Palestina, Sahara occidental, Cachemira o Chipre del Norte, entre los más conocidos) que no parecen tener solución militar ni fácil arreglo político o diplomático a corto o medio plazo. Sin que esa falta de solución autorice a pensar que no hay otra salida que abandonar a su suerte al gobierno y al pueblo ucranianos, esperando que se rindan y acabe la guerra; tampoco permite suponer que escalar el conflicto militar o involucrar a más contendientes puedan ayudar a lograr un armisticio o, menos aún, el final de la guerra.

Y entonces, ¿qué? ¿Se puede hacer algo?

En primer lugar, atenerse a los hechos y a una realidad dura y compleja. Dejar las trincheras de la propaganda, la búsqueda de soluciones fáciles inexistentes y el uso de consignas impracticables o fantasiosas que sólo intentan marcar territorio político para consumo interno de cada parte o partido y que son poco más que brindis al sol. Hay que situarse en el escenario más realista y probable de un conflicto de larga duración, sin desdeñar por ello la existencia de otros escenarios que irán afirmándose o desvaneciéndose en función de las decisiones y respuestas políticas y militares que adopten los principales actores involucrados en la guerra.  

Sin la UE o con una UE demediada, la guerra podría acabar apuntalando la hegemonía mundial de EEUU

En segundo lugar, comprender que la UE es un actor esencial para salir del atolladero de la guerra y negociar un nuevo orden mundial multilateral democrático que proteja la paz. Sin la UE o con una UE demediada, la guerra podría acabar apuntalando la hegemonía mundial de EEUU y contribuyendo a recuperar un modelo de globalización neoliberal que las últimas crisis financieras y económicas globales han puesto en franca decadencia. Con una UE dividida, la guerra en Ucrania también podría derivar hacia una reconstrucción de la Guerra Fría, con un bloque encabezado por EEUU y otro u otros bloques capaces de desafiar militarmente a EEUU e imponer su poder de decisión a los países pertenecientes a sus respectivas zonas de influencia.

En tercer lugar, animar a los partidos políticos europeístas y a las fuerzas y movimientos sociales pacifistas y antimilitaristas a que se tomen en serio el devenir de la UE y los objetivos de paz, cooperación y cohesión económica, social y territorial que están en el origen del proyecto de unidad europea. Hay mucho por hacer y mejorar en la UE, en materia de cambios institucionales, política monetaria y fiscal, vulnerabilidades energética y defensiva, protección social, igualdad de género, planificación ecológica o modernización digital y productiva.

En cuarto lugar, contribuir a dar valor y visibilidad a todo resquicio favorable al diálogo que permita atender y proteger a la población civil que sufre directa o indirectamente las consecuencias de la guerra y minimizar los destructivos impactos que seguirán provocando la guerra y su inevitable reguero de sanciones y represalias económicas.   

¿Nada más? Nada más. Lo intrincado de la confrontación, la multiplicidad de escenarios posibles y los muchos riesgos e incertidumbres existentes impiden ir muy allá en el análisis y sitúan a los analistas más intrépidos que traspasan esos límites en los márgenes donde proliferan las conjeturas ideológicas y la agitación política. Los esquemas interpretativos acabados y omnicomprensivos tienen las patas muy cortas, al igual que las especulaciones que ya tenían perfectamente claro el desenlace y las consecuencias de la guerra a los pocos días (o, incluso, antes) de iniciarse la invasión de Ucrania.  

El futuro de la guerra dependerá de lo que piensen y hagan gobiernos e instituciones supranacionales involucrados y las principales fuerzas políticas, sociales, económicas o religiosas en presencia. No hay un único escenario resultante posible.

Muy poco o nada está sobredeterminado o determinado en última instancia por la economía, las clases sociales dominantes, los poderes de la casta o la voluntad de una superpotencia militar. Ni en esta guerra ni en la hipotética guerra por venir entre EEUU y China de la que, según reputados analistas que todo lo saben, el escenario ucraniano sería sólo el preámbulo. No hay nada que valga la pena en conjeturas que intentan sostenerse en esquemas simplistas y endebles suposiciones que se utilizan a conveniencia para prever el futuro y denunciar lo que aún no ha sucedido. No hay teoría válida que, en lugar de apoyarse en hechos verificados, datos contrastados, fuerzas en acción y escenarios posibles, atropella y expurga partes de la realidad, para evitar que desapuntales sus presunciones, o las ignora, cuando contradicen sus suposiciones.   

Impactos de la guerra sobre la economía rusa

En los debates sobre la guerra en Ucrania resulta muy difícil desenredar lo simplemente verosímil y lo rotundamente falso de los datos y evidencias. Nos hemos acostumbrado a que la carga ideológica e identitaria de cualquier discusión haga inviable la escucha y convierta los intentos de intercambiar argumentos en diálogos imposibles.

Pese al mucho ruido y los muchos intentos de intoxicación, los datos y previsiones de carácter económico que merecen algún tipo de confianza son más abundantes y accesibles que nunca. Sólo hace falta buscarlos y manejar la información disponible con máxima precaución y suficiente distancia crítica.

Me limitaré aquí a examinar las consecuencias de la guerra en Ucrania sobre la economía rusa, lo que no implica minusvaloración de los graves impactos económicos que también sufren las economías de la UE y de todo el mundo. Mi intención es dar a los datos disponibles la atención que merecen sin alargar el análisis en demasía. Y lo haré a partir de las últimas previsiones del Banco de Rusia (el equivalente a los bancos centrales de la UE o de EEUU). Existen otras fuentes y más datos de igual o mejor calidad, pero los análisis y previsiones que ofrece el Banco de Rusia son suficientemente rigurosos para permitir conocer y calibrar los daños sufridos por la economía rusa en estos meses, su alcance y posible evolución. Ofrecen la ventaja, además, al corresponder a una fuente oficial rusa, de eliminar de un plumazo los prejuicios o sospechas que ocasionaría en algunas personas el uso de fuentes occidentales.

banco rusia

Veamos lo que dice el reciente y último informe del Banco de Rusia, con fecha 11 de agosto de 2022. El pronóstico aventura dos años de recesión y la recuperación posterior de un bajo crecimiento: en 2022, la caída del PIB sería del -4% al -6%, mientras al año siguiente el decrecimiento sería algo menor, situándose en una horquilla más amplia del -1% al -4%. En 2024 se lograría recuperar un reducido crecimiento, del 1,5% al 2,5%, que se repetiría en 2025.

Recesión acompañada de una alta inflación anual media que se situaría en 2022 entre el 12 y 15%, disminuiría en 2023 (hasta el 5 o 7%) y lograría alcanzar el objetivo deseado por el organismo ruso de un 4% a partir de 2024. Las tasas medias de interés se situarían en 2022 en torno al 10,5% e irían reduciéndose paulatinamente en los años siguientes hasta alcanzar en 2025 tasas de entre el 5 y el 6%, que es la que considera neutral a largo plazo y adecuada para mantener la inflación en el límite del 4%.

Hay, como puede observarse, un reconocimiento explícito del importante daño económico sufrido por la economía rusa y por su preocupante estado de salud, especialmente en 2022 y 2023, un periodo suficientemente cercano como para que las previsiones tengan fundamento y cierto grado de validez. Más allá, en 2024 y 2025, donde se aposenta el reino de lo incierto y lo imprevisto, se produciría una pequeña recuperación del crecimiento, pero las incógnitas por despejar son tan grandes que hacen mucho más endeble la previsión.

El Banco de Rusia intenta atemperar el tormentoso horizonte que aguarda a la economía rusa

En el informe del Banco de Rusia se percibe un notable esfuerzo por evitar catastrofismos y tratar de dotar a sus previsiones de un contexto internacional realista que permita sostener las hipótesis de las que parte: desaceleración a corto plazo del conjunto de la economía mundial; aumento de las tasas de interés por parte de los principales bancos centrales de todo el mundo, lo que impulsará la inflación; generalización de políticas monetarias suficientemente prudentes con el objetivo de que las grandes economías mundiales no entren en recesión o consigan controlarla en niveles reducidos; mantenimiento durante todo el periodo analizado, 2022-2025, de las sanciones económicas occidentales contra Rusia, lo que tendría como consecuencia notables restricciones financieras y de comercio exterior para la economía rusa. Hipótesis que también indican la delicada situación de la economía rusa en los próximos meses.

No obstante, el Banco de Rusia intenta atemperar el tormentoso horizonte que aguarda a la economía rusa por tres vías:

Primera, subrayando que, si bien las sanciones y la continuidad de la guerra han dañado gravemente a la economía rusa, las políticas monetaria y presupuestaria de gran amplitud puestas en acción han evitado lo peor: una crisis de liquidez y solvencia del sistema bancario que podría haber alcanzado grandes proporciones y que se superó gracias a la rápida y eficaz intervención del Banco de Rusia, que impidió la retirada masiva de depósitos de los bancos rusos y el hundimiento del rublo. Así, la divisa rusa se depreció hasta un 20% en las primeras semanas de la guerra, pero la elevación inmediata de las tasas de interés, el control estricto de la salida de capitales y la obligación de convertir en rublos las divisas obtenidas por los exportadores, consiguió su recuperación.

Segunda, diseñando y comenzando a ejecutar un plan de ajuste estructural que ofrece un horizonte de mejoría a partir de 2024. El objetivo del plan es estabilizar la economía, compensando la progresiva exclusión de los mercados occidentales mediante la sustitución de importaciones, el impulso de nuevas industrias nacionales capaces de producir los bienes y servicios que hasta ahora eran importados y el desarrollo de nuevos mecanismos de importación y nuevos socios comerciales que permitan salvar las restricciones de oferta que sufre la economía rusa.

Tercera, destacando la resiliencia de la economía rusa frente a las duras sanciones occidentales que han cortado ya una parte significativa de las relaciones comerciales y financieras con los grandes mercados occidentales y, muy especialmente, el abastecimiento de tecnología avanzada que sostiene el aparato productivo ruso. De esta forma, resaltan la capacidad de gestión del propio Banco de Rusia y demás autoridades económicas para afrontar situaciones excepcionales.

Como se puede observar por el resumen hecho, se trata de un informe que expone sin rodeos los daños económicos sufridos y los graves problemas económicos que aún deben superarse, con el objetivo de afianzar la credibilidad del Banco de Rusia y la de sus previsiones en una situación de gran preocupación e incertidumbre y muchas incógnitas.

Las sanciones occidentales están siendo muy eficaces en el aislamiento tecnológico de la economía rusa

Entre las muchas amenazas que afectan a la economía rusa hay una especialmente importante sobre la que el informe apenas se detiene: las sanciones occidentales están siendo muy eficaces en el aislamiento tecnológico de la economía rusa, lo que dificultará el aumento de la productividad y del crecimiento potencial. Al bloqueo directo por parte de las empresas del mundo occidental hay que sumar el bloqueo indirecto que ya ha comenzado a notarse, porque empresas tecnológicamente avanzadas localizadas en países emergentes también han comenzado a reducir sus exportaciones de productos avanzados al mercado ruso, como consecuencia del temor a sufrir las mismas sanciones que las empresas rusas y quedar excluidos de los mercados occidentales, tanto en términos de exportación de sus productos con mayor densidad tecnológica como de importación de las tecnologías o el uso de las patentes occidentales necesarias para fabricarlos.

El problema para las grandes empresas rusas no viene tanto del estrechamiento de la demanda de los mercados occidentales, que podrán ir sustituyendo por la de otros mercados emergentes, como de la imposibilidad de importar las tecnologías más avanzadas del mundo occidental y la necesidad de sustituirlas por tecnologías obsoletas rusas, que tienen años o décadas de retraso y son mucho menos eficientes y productivas. Este fenómeno, la sustitución regresiva de importaciones con alto contenido tecnológico por productos nacionales atrasados, constituye el verdadero talón de Aquiles de la economía rusa. Y no tiene visos de solución. Lo que hace más peligrosa la reacción del régimen de Putin en la guerra en Ucrania y en la presión extrema que va a ejercer en los próximos meses sobre los países de la UE más dependientes del gas ruso, para intentar forzar un acuerdo con Ucrania que permita a Rusia mantener bajo su dominio los territorios conquistados o, al menos, fórmulas diplomáticas de salvar la cara ante la población rusa que le ayuden a justificar las razones que llevaron a iniciar la invasión militar. Si no lo consigue pronto, el régimen de Putin podría verse tentado a intensificar sus amenazas y pasar a los hechos consumados.     

rusia

Las armas decisivas con las que cuenta el régimen de Putin no son, curiosamente, su mortífero arsenal nuclear ni el indudable impacto económico que puede ocasionar con el corte selectivo del gas ruso a los países de la UE más dependientes, sino su capacidad de desestabilizar y dividir a la UE a través de las extremas derechas neosoberanistas y ultranacionalistas que prosiguen su expansión en la mayoría de los países comunitarios. Fuerzas que pretenden recuperar buena parte de las competencias cedidas a instancias comunitarias, porque contraponen interesadamente soberanía europea y soberanía nacional, y que consideran que el debilitamiento de las instituciones comunitarias les ofrece más oportunidades de ganar elecciones, condicionar a sus respectivos gobiernos nacionales y promover nacionalismos excluyentes que les permitan unir a una mayoría social suficiente en torno a la recreación de los rasgos identitarios étnicos, culturales o religiosos de naciones inmaculadas. Y, en la otra cara de las propuestas de las extremas derechas nacionalistas, la consolidación de mercados nacionales libres de toda injerencia o regulación públicas en los que la presión fiscal, los derechos laborales y el Estado de bienestar se reducirían sustancialmente. Paradójicamente, la extrema derecha neosoberanista de los países de la UE se convierte así en la principal arma del régimen de Putin para derrotar a Ucrania y desembarazarse del gran obstáculo que supone la UE para proseguir su proyecto estratégico de la Gran Rusia, recuperando el papel internacional preponderante que le corresponde como heredera de la desaparecida URSS en un mundo multipolar en el que la fuerza militar y la determinación de ejercerla pesen más que cualquier derecho o libertad.

El próximo 25 de septiembre, las elecciones italianas constituirán un excelente indicador de lo que puede suceder en los próximos meses con la guerra en Ucrania. Todos los sondeos indican que las tres formaciones políticas ultranacionalistas encabezadas por Meloni, Salvini y Berlusconi tienen muchas posibilidades de acceder en alianza al gobierno de Italia y, si lo consiguen, minar la cohesión de la UE en el apoyo a Ucrania.

Algo más de un mes después, el 8 de noviembre, se producirá otro hecho político relevante con fuertes conexiones con los anhelos de la extrema derecha europea: Estados Unidos renovará la Cámara de Representantes, un tercio del Senado y más de la mitad de los gobernadores de los estados federados en unas elecciones generales de medio mandato en las que el Partido Demócrata puede perder su mayoría en manos de los partidarios de Trump, en un enrarecido ambiente político marcado por las perturbaciones ocasionadas por la profunda crisis del sistema y los valores democráticos durante el mandato de Trump.

Las derechas conservadoras neosoberanistas y antieuropeístas están ahora allanando el camino al dictatorial régimen político ruso

Nada está hecho de antemano, pero hay signos inquietantes que revelan la fragilidad del actual desorden internacional, la fatiga acumulada por buena parte de la ciudadanía y la pérdida de peso de las convicciones democráticas y del apoyo social a los sistemas democráticos. Puede que antes de afrontar al General Invierno y las pruebas que nos reserva, la ciudadanía europea, los gobiernos de los Estados miembros de la UE y las instituciones comunitarias se vean obligados a vencer inercias y aturdimientos que llevan a pensar y a tratar la tragedia militar que se desarrolla en Ucrania como una crisis más, en la que lo decisivo son sus impactos económicos sobre la UE. Y que, en esa confusión, se desarrollen gastados y erróneos argumentos y políticas económicas, similares a las usadas en la década anterior para afrontar las crisis financiera global y de deuda pública de los países del sur de la eurozona que sirvieron de trampolín para la expansión en todos los países de la UE de las extremas derechas y las derechas conservadoras neosoberanistas y antieuropeístas que, con más o menos conciencia de su papel, están ahora allanando el camino al dictatorial régimen político ruso y a su pretensión de imponerse por las armas al derecho internacional y a la soberanía e integridad territorial de Ucrania. No podemos resignarnos. Hay demasiado en juego.    

Seis meses después: impactos y escenarios de la guerra en Ucrania