martes. 16.04.2024
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Como el ser humano es un animal simbólico, el cumplimiento de un año del inicio de la guerra en Ucrania ha desatado la furia y la euforia de recomendar, cuando no exigir, la paz. Algo que, creo, todos deseamos, pero que parece exigir encontrar primero la piedra filosofal que lo permita: ¿qué paz? ¿A qué futuro escenario factible estamos aludiendo con la palabra paz? ¿Cada uno al que más le interesa? ¿Qué posibilidades tiene cada escenario de poder cumplirse?

Veamos algunos parámetros que, creo, condicionan las posibles respuestas a estas preguntas y que, por lo tanto, deberían tenerse en cuenta a la hora de analizar cómo alcanzar tan deseado escenario.

En primer lugar, que la guerra en Ucrania, entre este país y su invasor ruso, no es un hecho aislado, sino un episodio más de la confrontación entre la OTAN y Rusia, heredada del enfrentamiento ideológico-securitario de la Guerra Fría entre la primera (la OTAN) y la URSS/Pacto de Varsovia, avivada desde principios del presente siglo xxi, tras la subida al poder en Rusia del actual presidente Vladímir Putin y del partido Rusia Unida, y agravada desde la injerencia euro-otánica en Ucrania durante la Revolución Naranja de 2004-2005 y especialmente desde el Euromaidan de 2014-2015. 

La guerra en Ucrania no es un hecho aislado, sino un episodio más de la confrontación entre la OTAN y Rusia

Confrontación OTAN-Rusia actualmente muy condicionada por la competencia a nivel mundial entre Estados Unidos y China, en función de la cual, Estados Unidos necesita neutralizar a Rusia en todo lo posible para debilitar el probable campo de presuntos aliados de su contrincante global.

Pero también, que esta guerra tiene asimismo su vertiente de guerra civil, entre “nacionalistas” y “paneslavistas”, entre “proeuropeos” y “prorrusos” o entre “regionalistas” y “centralistas”, como se le quiera llamar a lo que hoy día representa la disidencia del Dombás, que de todo ello hay.  

Es decir, demasiados intereses cruzados en juego a tener en cuenta, cada uno con sus razones.

Por otra parte, ¿se puede identificar la paz con la ausencia de combates? ¿En un contexto internacional en el que no se para de utilizar el concepto de guerra hibrida y no se para de analizar la realidad internacional de seguridad refiriéndose a él? ¿Es posible la paz entre Ucrania y Rusia mientras se mantenga la confrontación entre la OTAN y Rusia? Puede pensarse que sí, que callen las armas, sí. ¿Por cuánto tiempo? ¿No tenemos los antecedentes de los Acuerdos de Minsk de septiembre de 2014 y febrero de 2015? ¿Puede permitirse la OTAN, especialmente tras su cumbre de Madrid de junio de 2022, donde declaro a Rusia “amenaza” y a China “desafío a nuestros intereses”, dejar a Rusia intacta y resentida? ¿Puede aceptar Rusia ser contenida (¿vencida?) por un país de mucha menos extensión, de mucha menor población, de mucha menor entidad económica y sin armas nucleares? 

Estados Unidos necesita neutralizar a Rusia en todo lo posible para debilitar el probable campo de presuntos aliados de su contrincante global: China

De las respuestas que cada uno quiera darle a este tipo de preguntas saldrán los posibles “escenarios de la paz” y su posibilidad de alcanzarlos.

En este orden de cosas, también habrá que tener en cuenta que no siempre la ausencia de combates (los altos el fuego) favorece la consecución final de la paz (el arreglo del conflicto). Existen antecedentes históricos de lo que se conoce como la doctrina Rabin (que a él no le funcionó en Palestina): hay que seguir luchando mientras se negocia y hay que seguir negociando mientras se combate (porque la situación en los frentes influye en lo acordado en las negociaciones y lo acordado en las negociaciones influye en los frentes). La resistencia argelina siguió combatiendo la presencia francesa mientras negociaba en Evian y acabó consiguiendo la independencia sin necesidad de romper con Francia. El presidente colombiano Santos no dejó de combatir a las FARC mientras negociaba con ellas en Cuba y logró la inserción de sus combatientes en la normalidad colombiana. Los talibanes no dejaron de combatir en Afganistán mientras negociaban en Doha con Estados Unidos y todos sabemos cómo acabó esa guerra. Etcétera. 

Otro aspecto importante es el factor Derecho Internacional, cuyo vértice normativo es la Carta de las Naciones Unidas, según la cual Rusia ha cometido un delito de agresión invadiendo un país soberano y, en consecuencia, debería retirarse y hacerse cargo de las compensaciones a que hubiera lugar. Pero el problema del Derecho Internacional es que cumple a rajatabla, especialmente en estos aspectos de la seguridad, la vieja sentencia del filósofo francés Michael Foucault de que “el Derecho no es sino la codificación de los intereses de los poderosos”. Y es lo que vemos cuando la máxima autoridad internacional en lo relativo a la guerra, a la paz y a la seguridad internacional reposa en un Consejo de Seguridad, en el que sólo cinco países son permanentes e inamovibles y con derecho a veto. Precisamente, los cinco países situados a la cabeza de los rankings mundiales de potencia económica, de potencia militar y de potencia cultural (capacidad de influencia). Lo que hace que sus sentencias y directrices sean, como mínimo, “selectivas” en orden a su exigencia de cumplimiento. Ni la Unión Soviética ni Estados Unidos fueron nunca sancionadas por sus respectivas invasiones de Afganistán, ni lo fue Estados Unidos por las suyas de Irak, ni lo es Israel por su ocupación de Palestina, ni Marruecos por la suya del Sáhara Occidental. Etcétera. Ni lo será Rusia por su agresión a Ucrania. 

El Derecho Internacional cumple a rajatabla la vieja sentencia de Michael Foucault de que “el Derecho no es sino la codificación de los intereses de los poderosos”

Si se quiere resolver de verdad el conflicto armado en Ucrania y su corolario de muerte y destrucción física y económica no parece lo más adecuado (aunque debiera serlo) acudir al (desgraciadamente) inoperante Derecho Internacional. Confundir el deber ser (el Derecho Internacional) con el ser (la realidad) puede llevar a que ciertos conflictos (de los que alguna gran potencia forme parte) se enquisten en vez de que se resuelvan. Y en este de Ucrania están comprometidas de una forma u otra los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad.

Pero si el cómo se resuelve el conflicto armado en Ucrania se presenta peliagudo, por la propia inercia de los acontecimientos entre otras variables, el quién pueda facilitarlo no carece tampoco de fuertes incógnitas.

Tras varios intentos fallidos por parte de Turquía (no sabemos si en algún momento tuvieron alguna probabilidad de éxito o se limitaron a ser saludos a la galería), Brasil (muy inconcretamente) y China han lanzado últimamente sus propuestas. Centrándonos en esta última (la china), lo menos que se puede decir es que es no sólo también bastante inconcreta, sino fundamentalmente “buenista” (poco práctica). De los 12 puntos de que consta, nueve son lugares comunes de cómo deberían ser las relaciones internacionales (pero que, desgraciadamente, no lo son). Porque lo realmente problemático no es el qué (se debería), sino el cómo (en el actual escenario de las relaciones internacionales). Sólo el primero “Respetar la soberanía de todos los países”, el cuarto “Iniciar negociaciones de paz” y el décimo “Poner fin a las sanciones” pueden considerarse auténticos fines a alcanzar. Pero del cómo se pueden alcanzar, no nos dice nada, al menos por ahora.

Y, sin embargo, sí parece ser urgente que aparezca algún sujeto político facilitador, impulsor, mediador o moderador, como quiera llamársele, que con el suficiente peso internacional y la suficiente distancia del conflicto pueda ser aceptado por todas las partes y logre sentarlas alrededor de una mesa (física, virtual o simbólica) para empezar (con previo alto el fuego o sin él, respetado o no) a dilucidar sobre qué están dispuestos, al menos inicialmente, a discutir (no a exigir) cada uno de los convocados. En la idea, que me parece imprescindible, de que no pueden ser solamente unas conversaciones/negociaciones Rusia-Ucrania (que en el fondo son secundarias), sino OTAN-Rusia.

No pueden ser solamente unas conversaciones/negociaciones Rusia-Ucrania (que en el fondo son secundarias), sino OTAN-Rusia

Este es el papel que quizás sólo pueda jugar hoy día esa propuesta brasileña de “conjunto de países”. Países con peso internacional y relativamente poco involucrados en el conjunto de muñecas rusas que suponen los conflictos del Dombás, entre Rusia y Ucrania, entre la OTAN y Rusia, por la hegemonía mundial entre Estados Unidos y China. Países como el propio Brasil, la ya implicada en negociaciones Turquía, India o Sudáfrica, que entre cosas representan, en cierta forma, a todos los continentes.

Ya que, la Unión Europea, que reuniría, en teoría, las condiciones idóneas para haber sido el gran “pacificador” de esta crisis, se ha dejado abducir peligrosamente por su primus inter pares en la OTAN, la superpotencia estadounidense, que, efectivamente, está resultando ser la gran beneficiada de ella, mientras los países europeos sufren las consecuencias de las sanciones y represalias mutuas. Creo que habría que dejarse ya de los mantras de la autonomía estratégica y la brújula estratégica y esforzarse en la independencia política (que es, o debería ser, algo más que la soberanía formal). Si hay una guerra en Europa, debería corresponder a los europeos (y los rusos son europeos, nos lo queramos creer en estos momentos o no) y sólo a los europeos gestionarla. 

En definitiva, no conviene olvidar lo que nos decía el viejo maestro Clausewitz: que la guerra no es sino política llevada a cabo con cierto tipo de medios (que causan muerte y destrucción). Parar la muerte y la destrucción es loable y perseguible, pero si no hay voluntad de solución política, si no se está dispuesto a ceder y conceder (en tu puesto y en tus posibilidades en el conjunto de las naciones), sólo se estará retrasando la “próxima campaña”.  

Paz en Ucrania, ¿qué paz?