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sábado. 10.12.2022

La esperada victoria del partido de extrema derecha Fratelli en las elecciones legislativas del 25 de septiembre ha provocado sudores fríos en algunas latitudes europeas (1). Naturalmente, no es agradable que un partido que conserva una simbología y parte de la retórica fascista haya sido el más votado (26%). Sin embargo, es muy improbable que la nueva coalición gobernante de derechas en ciernes suponga una deriva ultra. Nada que ver con otra Marcha sobre Roma, cien años después de la orquestada por Mussolini para conquistar el poder. Pese a los temores liberales (2) o las previsiones mediáticas de centro-izquierda (3), Meloni gobernará bajo los patrones del consenso centrista, con algunas concesiones a sus encendidas bases. Estas son las razones de que su victoria sea resistible:

1) Italia depende hoy, como ayer y como casi siempre, del dinero europeo, en este caso de los fondos de reconstrucción para afrontar la depresión de la pandemia. El pasado junio Bruselas aprobó el plan de gobierno saliente (Plan de relanzamiento y resiliencia), que obliga a Italia al cumplimiento de una normas europeas incompatibles con la retórica de Fratelli o de su socio, la Lega. Los leguistas ya jugaron al plante frente a Europa y el pulso duró apenas un asalto.

2) El sobresalto de la victoria extremista en Italia ya está visto y asumido su alcance real. En 2018, dos formaciones autoproclamadas antisistema fueron las vencedoras por márgenes aún mayores al obtenido por Fratelli ahora. El Movimiento 5 Estrellas consiguió cerca del 33% y la Lega más del 17%. Como formaron una extravagante e inverosímil coalición, estamos hablando de la mitad del electorado activo. Se sabe cómo acabó la experiencia. El populismo y el aparente desafío a la Europa prepandémica dejó paso, tras sucesivas crisis, a un gobierno que fue la quintaesencia de la ortodoxia europea, con una de sus figuras emblemáticas al frente: el expresidente del Banco Central Europeo y “salvador” canonizado del euro, Mario Draghi. La derecha italiana vive desde hace treinta años en la dinámica del pendulazo: de la golosonería del populismo a la frugalidad liberal de aromas tecnocráticos. El empacho nacionalista se cura con la dieta europeísta. Y al rigor de ésta sucede el exceso de aquel.

3) El sistema electoral italiano favorece a las grandes coaliciones como la recuperada por las principales formaciones de la derecha para esta ocasión. La lógica de los polos (lo que en otros tiempos llamaríamos frentes y ahora se prefiere denominar acuerdos) posibilita mayorías muy sólidas de arranque, que se van desgastando de a poco o de repente, como ocurrió con el consenso en torno a Draghi. Meloni no tiene el antídoto contra esta enfermedad endémica de la política italiana que tritura proyectos y liderazgos políticos. Al contrario, parece expuesta más que algunos casos anteriores, porque carece de bases sólidas. La Lega y Forza Italia gozan de una implantación regional y local más extensa debido a los años de gobierno y, lo que es más importante, a su experiencia administrativa y su acceso a cargos y a presupuestos. Fratelli es ahora il capo maggiore pero no il capo di cappi en la derecha italiana. Cuando se disuelva la euforia de la victoria, Meloni empezará a sentir los cuchillos silbar por encima de su espalda: el inconfundible resplandor del fuego amigo.

Más que un resistible ascenso de una neofascismo posmoderno, las fuerzas progresistas italianas deberían preocuparse del vacío sideral programático y de liderazgo de una izquierda impotente, que no está dividida por las ideas sino por los egos

4) La cohesión ideológica de los Fratelli es endeble. Y Meloni es la principal responsable. Ella ha sido quien ha diluido la retórica combatiente del neofascismo aggiornatto en una respetabilidad necesaria para quebrar el techo que le condenaba a ser el socio menor en la familia conservadora. Algunos de los principios proclamados por la líder ultra son más que asumibles por los partidos conservadores europeos: preeminencia de la empresa privada en la economía, libertad de elección educativa, centralidad de la familia tradicional en el modelo social e incluso el control más severo de los flujos migratorios o la prioridad nacional en el reparto de los fondos sociales (4). En estos dos últimos, la derecha liberal exhibe un discurso más inclusivo, que contrasta con políticas reales más restrictivas, como se ha visto en Francia, en Gran Bretaña o incluso en Alemania y los países nórdicos. La Meloni del gobierno seguirá muy probablemente ese patrón híbrido. No en vano, fue admitida en el grupo Reformista y Conservador del Parlamento europeo, que en su día lideraban los tories británicos (antes del Brexit) y los ultracatólicos polacos. El grupo más retóricamente xenófobo tenía reservada su cuota italiana a la Lega de Salvini, con Marine Len como líder más visible.

5) Otro factor de tensión en la gran coalición de derechas puede ser el ambiguo proyecto de reforma constitucional para implantar un régimen presidencialista al estilo francés. Se trataría de pasar a la II República, de la que se habla en Italia desde comienzos de los noventa, cuando se desfondaron dos de los pilares del sistema de partidos de la posguerra: la Democracia Cristiana y el Partido Socialista, junto a los socios menores en ese juego tan italiano de la alternancia caprichosa entre el centro-sinistra o el pentapartito (centro derechista). Al final, se jugó con las mismas cartas institucionales y normativas. La I República se mantuvo con la flexibilidad que otorga la experiencia pragmática. Ahora, ciertas ambiciones personales pueden tensionar más la cuerda. No es un secreto que Berlusconi quiere despedirse de la política desde el Quirinal. Ese 8% largo que ha obtenido su partido es mejor de lo esperado y, desde luego, suficiente para utilizarlo como moneda de cambio para consumar sus aspiraciones presidenciales. Salvini ha arropado el fracaso de una pérdida de la mitad del porcentaje de votos y de escaños en una coalición triunfante. A cambio de apoyar al Cavalieri en sus ambiciones de púrpura estatal, planteará exigencias que lo beneficien de cara al futuro. Meloni cuenta con ocho diputados más (119) que Salvini (66) y Berlusconi (45) juntos: no suficientes para cabalgar en solitario. Tampoco puede esperar un cambio de alianzas a mitad de camino.

Italia estrena novedad política, un gusto muy habitual en el país transalpino

6) Las tensiones internacionales pueden favorecer otra línea de fractura en la coalición de derechas. Meloni ha hecho profesión de fe atlantista durante la crisis de Ucrania, y ya antes. Esto también explica su cercanía con los polacos. Berlusconi, en cambio, aún ahora tiende a ser comprensivo con Putin, con el que cultivó una peligrosa e interesada relación. Hace sólo unos días, el ya anciano magnate vino a decir que a Putin lo habían empujado a invadir Ucrania sus malas compañías. Por el contrario, Salvini arrastra unos vínculos más astutos y oscuros con el presidente ruso, anclados en la retórica ultranacionalista, pero convenientemente engrasados con apoyo financiero moscovita. Algo similar a lo que se le atribuye a Marine Le Pen. En las bases se puede generar ruido que podría resultar útil en maquinaciones con otros propósitos. Si se tiene en cuenta que el Italia es el país europeo menos entusiasta con las sanciones a Rusia, el margen demagógico en ese terreno es amplio. Pero no lo suficiente para que, a la hora de la verdad, la macro coalición de derechas se salga del camino acordado en la OTAN (5).

En definitiva, Italia estrena novedad política, un gusto muy habitual en el país transalpino. La estabilidad del sistema italiano no se basa en la invariabilidad de las cabeceras de gobierno, sino en la capacidad de absorción y fagocitación de los extremismos y/o excentricidades. En el caso de la derecha, esto es meridianamente claro: Forza Italia, Lega y ahora Fratelli emergieron como formaciones rupturistas. Nada o poco rompieron las dos primeras, más bien al contrario, y nada esencial es previsible que altere la última, anclada y dependiente de las anteriores. 

Más que un resistible ascenso de una neofascismo posmoderno, las fuerzas progresistas italianas deberían preocuparse del vacío sideral programático y de liderazgo de una izquierda impotente, que no está dividida por las ideas sino por los egos, enganchada a eslóganes compatibles con las redes sociales y alejada de las preocupaciones de sus teórica base social. Hace unos días, el diario Il Fatto Quotidiano (próximo al M5S) publicaba una encuesta en la que se reflejaba que el PD (Partido Democrático), de insulso nombre, atraía más a los acomodados de la sociedad que a los más necesitados, justamente lo contrario de Fratelli, cuya base trabajadora es mucho más numerosa. El partido de Gramsci, de Togliatti e incluso de Berlinguer es hoy un espectro irreconocible. 


NOTAS

(1) “Pour la presse italienne, le ‘triomphe’ de Giorgia Meloni est un tremblement de terre” (Resumen de prensa italiana). COURRIER INTERNATIONAL, 26 de febrero.
(2) “La sfida di Meloni: transformarse da Lady Orban a Lady no-Spread”. CLAUDIO CERASA. IL FOGLIO, 27 de septiembre (reproducido en COURRIER INTERNACIONAL).
(3) “Inchiesta su M.” LA REPPUBLICA, 14 de agosto; “L’irrésistible ascension de Giorgi Meloni, la nouvella figure de la droite radicale italienne”. LE MONDE, 23 de septiembre.
(4) “Giorgia Meloni’s interview”. THE WASHINGTON POST, 13 de septiembre.
(5) “Italia’s election paradox. Why America and the UE should root for a far-right populist”. ELETTRA ARDISINO y ERIK JONES. FOREIGN AFFAIRS, 21 de septiembre.

Italia: la resistible victoria de Giorgia Meloni