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jueves. 29.09.2022
El lider del partido Democrátas Suecos, Jimmie Åkesson

Las recientes elecciones suecas han consagrado la consolidación al alza de la extrema derecha, que ha superado el 20% de los votos y obtenido 73 escaños en el Parlamento. Bajo el nombre de ‘Demócratas de Suecia’ este partido xenófobo disimula a duras penas su designio político, como lo hacen sus homólogos en Holanda, Austria o Hungría (en esos casos, referenciados con distintos vocablos de ‘libertad’), de manera menos explícita en Noruega (donde se reclaman del ‘progreso’) o en Finlandia (pretenciosamente denominados como ‘verdaderos finlandeses’). El camuflaje es menos grosero en Francia, donde no ocultan su vocación ‘nacional’ (es decir, nacionalista), como ocurría en Italia (Alianza Nacional) hasta 2018, cuando se transformaron en ‘Fratelli’ (hermanos). 

Suecia e Italia son dos países europeos muy diferentes, tanto en significación política (hegemonía histórica de la socialdemocracia, en el primer caso, frente a una alternancia frecuente, en el segundo), en características sistémicas (estabilidad vs. variabilidad endémica) o modelos sociales (nórdico, uno; mediterráneo, el otro). 

  1. SUECIA: LA ESPERADA CONSOLIDACIÓN ULTRA
  2. ITALIA: EL PRINCIPIO DE LAMPEDUSIANO 

También la extrema derecha en auge o, mejor dicho, como actor estable en el panorama político, presenta rasgos diferentes en uno y otro país. Pero, como en otros lugares, hay factores comunes, la inmigración básicamente, que han contribuido a disparar su presencia electoral.

SUECIA: LA ESPERADA CONSOLIDACIÓN ULTRA

En Suecia, la tolerancia sobre la inmigración y la generosidad hacia los refugiados han estado sometidas durante los últimos tres lustros a fuertes tensiones crecientes, tanto en los medios como en el Parlamento y en la calle.

Esos ‘democratas’ presumen, no sin razón, de haber sintonizado con temores y ansiedades de los ciudadanos por lo que consideran como un flujo imparable de extranjeros, perturbador del modo de vida nacional y favorecedor de la delincuencia. Este nacionalismo xenófobo apareció en los noventa y se mantuvo en niveles en torno o por debajo del 5% en la primera década del siglo. Experimentó un notable subida en 2014 (12,9%) . La crisis de los refugiados de 2015 precipitó su escalada hasta el 17,5% en 2018 y el actual clima de zozobra por las consecuencias del COVID y la guerra de Ucrania lo han llevado al 20,5% en las elecciones de este mes. Desde 2010, su representación parlamentaria casi se ha cuadriplicado, al pasar de 20 a 73 diputados.

Con todo, esta consolidación electoral no es lo más inquietante. Lo que pone en evidencia la fragilización del otrora firme y progresista sistema político-social de Suecia es que los partidos tradicionales del centro y derecha, pero también la socialdemocracia, han terminado por asumir algunos postulados ultras en materia migratoria. Con distinta retórica, claro está.

La subida de la extrema derecha se ha producido a costa de pérdidas menores acumuladas de los pequeños partidos de la derecha y centro-derecha

En eso ha consistido, en realidad, la ruptura del ‘cordón sanitario’. Y de ahí a un posible pacto de los llamados ‘partidos burgueses’ con los ‘demócratas’ para formar una mayoría de gobierno sólo había un paso. Los diputados de las formaciones de derecha y centro-derecha suman tres más que los socialdemócratas e izquierdistas. Tras un apretado recuento, la primera ministra saliente, la socialista Magdalena Andersson, entendió nada más hacerse públicos los resultados, que no estaba en condiciones de renovar su mandato. Andersson representa al sector más centrista/liberal de su partido y se ha mostrado partidaria de establecer controles más estrictos sobre la inmigración y una mano más dura contra la delincuencia. 

Hace tiempo ya que Suecia dejó de ser un modelo de referencia del socialismo democrático más progresista en Europa (1). Los socialdemócratas siguen siendo el principal partido del país, incluso han ganado votos y mejorado muy ligeramente su porcentaje para afianzarse por encima del 30%. Pero ya no les da para asegurar el gobierno. No puede decirse que sea una sorpresa.

En ese clima general que ha favorecido la xenofobia, la televisión sueca emitió un poco antes de las elecciones algunos reportajes sobre el aumento de la inseguridad en ciertos barrios y el uso hasta hace poco inusual de las armas de fuego en la periferia de algunas ciudades, lo que, en opinión de algunos analistas, reforzó las opciones de la extrema derecha (2).

La subida de la extrema derecha se ha producido a costa de pérdidas menores acumuladas de los pequeños partidos de la derecha y centro-derecha, que suelen gobernar en coalición cuando han conseguido reunir la mayoría. Los ‘moderados’ (conservadores) mantienen su condición de partido más votado en ese espectro ideológico, pero pierden casi un punto.

Los ‘demócratas’ pondrán sus condiciones para apoyar una coalición moderada, pero no necesariamente exigirán su presencia en el nuevo gobierno, pese a sus reclamaciones durante de la campaña (3). Con sólo tres diputados de margen, cualquier tensión entre los partidos ‘burgueses’ podría crear una crisis política y provocar un proceso electoral. La posibilidad de una gran coalición al estilo alemán parece remota por ser ajena a la tradición política del país.

ITALIA: EL PRINCIPIO DE LAMPEDUSIANO 

En Italia, la ultraderecha tiene muchas caras, pero sus representantes más conspicuos son La Lega y los Fratelli. La Lega nació como partido claramente separatista en el Norte, reclamando una entidad propia (Padania, nombre de la región de la cuenca del Po), pero fue adoptando un discurso estatal, por un oportunismo disfrazado de realismo, bajo el liderazgo de Mateo Salvini. Este político es un maestro acreditado del camaleonismo político: en sus orígenes milaneses fue comunista y, en su cocina de pactos se ha entendido con la derecha liberal-conservadora (Berlusconi), con el ambiguo neofascismo xenófobo (Alianza Nacional, ahora Fratelli), pero también con el Movimiento antisistema 5 estrellas. 

Fue el empuje de Salvini, y no tanto su habilidad, lo que convirtió a la Lega en el segundo partido más votado en las últimas elecciones (2018), sólo un punto por debajo del Demócratico (centro-izquierda). El político milanés ha apoyado el experimento tecnócrata-flotador de Draghi después de haberlo denostado cuando apenas se dibujaba como una posibilidad. Ha muñido y destruido alianzas en la derecha. Ha amenazado con ignorar las normas de la UE y se ha avenido a ellas a la hora de la verdad. La Lega de Salvini es un producto bastante representativo de la deriva cínica de un electorado que juega a la ruleta rusa con el voto, a sabiendas de que la clase política termina siempre recomponiendo los puzzles a priori menos encajables.

Conforme crecían sus expectativas electorales, Meloni ha ido limando su discurso euroescéptico, se ha declarado antirrusa con más claridad que Le Pen y se ha cuidado de no molestar a sus socios de un previsible gobierno

Pero el fenómeno Salvini parece ahora agotado o, al menos, en decadencia. Qué decir de Berlusconi, que, como su nuevo equipo de fútbol, el Monza, juega ya en la segunda división. Sólo alberga la ambición de ser presidente de la República. Pero para eso debe cuidar a sus aliados de la derecha, a los que en otros tiempos pastoreó y ahora sigue desde posiciones subalternas. 

La nueva estrella rutilante es Giorgia Meloni, líder de los Fratelli, el nombre candoroso que adoptó el partido que tomó el testigo de Alianza Nacional. En las elecciones del domingo, las encuestas le otorgan el 23% de los votos, lo que les convertiría en el partido más votado, incluso por delante de PDI, muy debilitado por querellas internas y choques de egos (4).

Se trata de una política populista que el diario La Reppublica asemeja a Marine Le Pen (5), aunque en España quizás se le pueda apreciar cierto parecido con la retórica de Ayuso. Tiene aún mucho que demostrar. Sus orígenes modestos y su historia familiar agitada parecen haberle dado un atractivo entre las bases más militantes de la derecha. Niega que los Fratelli sean unos nostálgicos del fascismo, pero se aferra al icono de la llama tricolor, que fue la escogida por los dirigentes mussolinianos atrincherados en la República de Saló y por quienes crearon en 1946 el Movimiento Social Italiano (los ‘misinos’) como depositarios de las ideas del Duce (6).

Meloni confía en que el bloque de las derechas (FratelliLegaForza Italia y varios grupúsculos democristianos conservadores) pueda obtener una mayoría suficiente para componer una coalición de gobierno, con ella al frente, como líder de la formación más numerosa. Algo notable, si tenemos en cuenta que en 2018 los Fratelli no llegaron al 4,5% y en el Parlamento saliente solo cuentan con 40 diputados, ocho más de los obtenidos inicialmente, gracias a algunos tránsfugas de otros partidos.

La nueva estrella ascendente quizás no parezca tan maniobrera como Salvini, pero tampoco es una adalid de los principios. Su partido fue el único de los importantes que no apoyó la investidura de Draghi. Cuando le preguntaron por qué, contestó con desparpajo y parafraseando nada menos que a Bertolt Brecht: “nos sentamos en el lugar equivocado, porque los otros asientos estaban ocupados” (7). 

La líder ultra nunca ha lamentado su decisión. Al contrario, se ha reafirmado en su rechazo a la tecnocracia que representa el expresidente del BCE, en sintonía con su base popular y populista. Pero, conforme crecían sus expectativas electorales, Meloni ha ido limando su discurso euroescéptico, se ha declarado antirrusa con más claridad que Le Pen y se ha cuidado de no molestar a sus socios de un previsible gobierno.

En el baile entre tecnocracia y populismo en que se mueve la derecha italiana desde el hundimiento del modelo político de posguerra, a comienzos de los noventa, parece que le toca ahora el turno al segundo. Para los grandes intereses italianos, Meloni y los Fratelli serán un activo más a quemar, una novedad interesante en un país que tritura políticos y siglas sin que se conmueva el sistema, haciendo siempre renovable el principio lampedusiano de cambiar algo para que todo siga igual.


NOTAS

(1) “The Far-right has already had an impact on Sweden’s elections”. THE NATION, 8 de septiembre.
(2) “Guns violence epidemic looms large over Swedish election”. NEW YORK TIMES, 10 de septiembre.
(3) “En Suède, l’extrême droite en embuscade, prête a gouverner, àpres les legislatives”. COURRIER INTERNATIONAL, 11 de septiembre.
(4) “Can anything stop Italys radical right? THE ECONOMIST, 11 de agosto.
(5) “Italie. La femme qui fait tembler a l’Europe”. Dossier de prensa italiana e internacional. COURRIER INTERNATIONAL, 21 de septiembre.
(6) “De l’héritage fasciste a l’incarnation de la nouveauté, le parti Fratelli d’Italie aux portes du pouvoir”. LE MONDE, 14 de septiembre.
(7) “Italia’s far-right is on the rise”. MATTIA FERRARESI. FOREIGN POLICY, 29 de junio de 2021.

Suecia e Italia: importancia y utilidad de la extrema derecha