martes. 23.04.2024

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Miguel López | Cualquier chispa, por minúscula que sea, puede causar una deflagración de proporciones insospechadas si el entorno es propicio. Los pueblos tienen tendencia a olvidar rápidamente la historia reciente –si es que la conocen–, las catástrofes causadas por la estupidez humana, las causas que la provocaron e incluso las consecuencias, inmediatas y duraderas, de una guerra internacional. El color marengo es un gris/marrón que toma su nombre del color del cielo tras la batalla que se libró en 1800 en la localidad piamontesa del mismo nombre entre las tropas de Napoleón y las del ejército austriaco. 

En junio de 1914 nadie pensaba que el asesinato del heredero de la corona austro-húngara pudiera dar pie un mes más tarde al inicio de la Gran Guerra. No estamos en Sarajevo, no estamos a principios del siglo XX, hemos desarrollado la diplomacia, tenemos una Unión Europea, una OTAN y en último término una ONU, entre la población ya no hay súbditos sino ciudadanos que conocen sus derechos.

¿Y si me equivoco? ¿Y si estoy describiendo una quimera? 

Hay potenciales Sarajevos en cualquier lugar insospechado del mapa, dentro o fuera de Europa, y conforme vamos avanzando en esta década hay cada vez más elementos que recuerdan la situación de hace un siglo, la diplomacia actual está a veces en manos de personal incompetente, indolente o ambas cosas, la UE es una organización inoperativa estratégica y militarmente, la OTAN obedece principalmente a intereses estadounidenses y la ONU padece una grave artritis anquilosante que no preocupa a ninguno de sus cinco hijos mayores. 

Europa en su conjunto viene gozando de un largo periodo de paz inédito en los últimos siglos –79 años desde el final de la II Guerra Mundial– y en parte se debe a la sabia decisión de unos políticos que vivieron los embates de esa gran conflagración y sus consecuencias inmediatas, magistralmente relatadas por Keith Lowe en su obra Savage Continent. Europe in the aftermath of World War II (Continente salvaje. Europa tras la Segunda Guerra Mundial). Líderes con gran altura de miras como Schumann, Monnet, De Gasperi, Spinelli y Adenauer, propiciaron alianzas para formar una Europa de concordia cuyo fin primordial era evitar un nuevo derramamiento de sangre en el continente. Hoy echamos mucho de menos dirigentes de su talla que pongan sobre la mesa elementos de cordura que sigan el ejemplo de aquellos founding fathers europeos. 

La población europea no ve, o no puede ver porque lo desconoce, los peligros que acechan a nuestra relativa tranquilidad y bienestar. La generación nacida durante la guerra o en la inmediata posguerra (sea la mundial o la civil española) tiene una edad tan avanzada que carece ya, salvo contadas excepciones, del ímpetu vital necesario para hablarnos o hacerse oír sobre la trágica época que les tocó vivir cuando era muy jóvenes. 

Los boomers, nacidos a mediados de siglo pasado, sólo contamos con algunas referencias –el que las guarde– contadas por nuestros padres sobre los estragos y las carencias de la larga posguerra. Mi padre, nacido en 1912, jamás nos habló a los hijos sobre la guerra ni de lo que tuvo que pagar durante la larga posguerra por haber estado en el “bando perdedor”, tal era el miedo inoculado en sus venas. A las siguientes generaciones, Xmillenials y Z ; nacidos entre 1970 y 2010, se les ha mantenido y se les mantiene, en líneas generales, con una venda en los ojos respecto al pasado reciente, al menos en España. Sólo hay que preguntar a personas de esas edades sobre episodios de nuestra historia desde 1939 hasta terminada la Transición para darnos cuenta de las enormes carencias sobre ese período histórico. 

Bien, pues con esas mimbres, los ciudadanos españoles, y supongo que el conjunto de los europeos, no estamos en condiciones de vislumbrar en qué momento histórico nos encontramos y qué riesgos corremos, como nación y como Unión, en la actual coyuntura geopolítica.

Tenemos una guerra en nuestra puerta oriental (¿o está realmente en el hall de entrada?) que ya comienza su tercer año causada por un fanático neozarista de rampante tendencia fascistizante al que, hasta ahora, poca mella le han hecho las sanciones de Occidente, por lo que no tendrá aliciente alguno para detener sus “operaciones militares espaciales” en Ucrania, diseminando el miedo y los sombríos recuerdos soviéticos entre sus vecinos occidentales, los países bálticos y Polonia especialmente. 

¿Resultado? En clave doméstica (europea y nacional), la OTAN se ha ampliado, estamos viviendo una creciente militarización con los correspondientes aumentos en los presupuestos de defensa para pagar una producción masiva de armamento, como ya defiende sin ambages Ursula von der Leyen al lanzar su candidatura a un nuevo quinquenio como presidenta de la Comisión Europea. Producción de armamento propio que, seamos realistas, sería necesaria no tanto para seguir enviándolo a Ucrania (es una equivocación si pensamos que eso va a hacer retroceder a Putin) sino para ofrecer una imagen real de nuestras capacidades de defensa, evitando en lo posible toda importación y dependencia industrial y tecnológica. Ante un hipotético ataque convencional de Rusia, los países europeos apenas tendríamos munición para unas semanas. Y eso lo sabe Putin mejor que nosotros, la opinión pública europea. 

En el plano geoestratégico, las recientes declaraciones del intempestivo Donald Trump, que podríamos ver de nuevo en la Casa Blanca, han sido un jarro de agua fría para los aliados atlantistas europeos, amenazando directamente con no intervenir, con el actual esfuerzo en defensa, si Rusia ataca a alguno de sus vecinos miembros de la OTAN, declaraciones que deberían abrir un debate sobre si queremos seguir dependiendo del tío Sam o si nos emancipamos de una maldita vez. ¿Es de fiar un aliado que amaga con no obedecer la activación de un posible art. 5 del Tratado Atlántico? Mejor poner las barbas a remojo... 

En el plano sociopolítico, la pujanza de la extrema derecha en prácticamente toda Europa es un ingrediente clave para la aparición de la mayor plaga que puede azotar Europa: el militarismo. Impregnados del trumpismo simpatizante de Putin, países como Hungría, Eslovaquia, la Italia de Meloni, y el auge de la extrema derecha en Francia, Países Bajos y sus posibilidades de gobierno, empujan a la UE hacia la inoperancia frente a un potencial ataque ruso. 

(Cita textual -en un reciente Foro Europeo se preguntaba a los asistentes si creían que Europa estaba en guerra. La mayor parte opinión que sí. (...) A la pregunta de si pensaban que los europeos eran conscientes de que estábamos en guerra, la respuesta fue unánime: no-)

Esas fuerzas ultraderechistas, por su característica incitación al odio a los inmigrantes y a los colectivos LGTBI, su antisemitismo, su rancio machismo y su rechazo de todo lo diferente a su percepción del mundo, generan una corriente identitaria nacionalista que encuentra fácil arraigo en amplias capas de la sociedad, generalmente las más desinformadas y manipuladas, gracias a la inestimable ayuda de una gran parte de los medios de comunicación y de lo que dicen tertulianos y “opinólogos” bien remunerados. Sin olvidar a Juani, la peluquera, que se lo ha dicho su marido, que es policía. 

La historia nos enseña que el nacionalismo alimenta al Estado-Nación, que a su vez engendra más nacionalismo, que a su vez construye fronteras, levanta muros (físicos y mentales) y genera desacuerdos, desprecios y odios con nuestros vecinos. Por eso cobra cada vez más importancia el mantenimiento y fortalecimiento de la unidad europea en todos los ámbitos ante las nubes grises que se otean en el horizonte. Por eso urge la modificación de los tratados internos para eliminar de una vez por todas la nefasta regla de la unanimidad en las decisiones del Consejo Europeo. 

En un reciente foro europeo se preguntaba a los asistentes si creían que Europa estaba en guerra. La mayor parte opinó que sí. Técnicamente sí. Hubo guerra en los años 90 en los Balcanes y ahora la hay en Ucrania. A la pregunta de si pensaban que los europeos eran conscientes de que estábamos en guerra, la respuesta fue unánime: no. En esa diferencia está la clave. 

En cada país, en cada ciudad, nosotros, ciudadanos y espectadoresseguimos al día los acontecimientos bélicos y el sufrimiento de los pueblos prácticamente como si estuviéramos viendo una serie de Netflix, con la seguridad que nos da la distancia entre lo que vemos en pantalla y nuestro confort en el hogar. Apagas la pantalla y te vas a la cama tan feliz porque no te afecta. Al día siguiente tienes asegurado tu techo, la compra diaria, tu rutina, tus comidas, tu bienestar habitual. ¿Hasta cuándo? 

No somos conscientes de que cualquier chispa, cualquier acontecimiento nimio, puede cambiar radicalmente nuestra forma de vida por mucho tiempo o para siempre. Baste sólo recordar lo que pasó en unos pocos días de marzo de 2020, cuando de la noche a la mañana nos encontramos, incrédulos, confinados en nuestras casas y contabilizando cientos de muertes diarias por una pandemia que nadie vio venir y ante la que nos veíamos impotentes. Del mismo modo, nadie nos asegura de que el próximo verano podamos disfrutar de esa reserva de apartamento o del viaje que estamos programando con tanta ilusión. 

La onda del pánico es tan rápida como la electricidad y, al igual que un interruptor ON/OFF, bastaría con que algún medio, algún “todólogo” famoso diga en un plató de alta audiencia o algún influencer asegure que, de fuentes “fiables”, algunos países vecinos están preparándose para la guerra, para que todos pasemos a modo ON y, de entrada, dejemos las estanterías de los supermercados vacías, empezando por el papel higiénico. Nuestro pánico paralizaría la economía, las inversiones, la Agenda 2030 y todos los planes inmediatos de desarrollo. Las amenazas del cambio climático caerían inmediatamente en el olvido.

Por desgracia, la paz es muy frágil y ya se oyen tambores de guerra que deberían hacernos reflexionar, sosegadamente, sobre el camino que está tomando la situación y no desdeñar las alertas que están saltando por todas partes. Ucrania, Israel, Siria, Líbano y Yemen están más cerca de lo que pensamos. Entre nuestros dirigentes encontramos simpatías por Putin (Orban, Fico, Le Pen) y “comprensión” sobre el “derecho a defenderse” de Israel (Biden, Sunak, Von der Leyen) cuyo gobierno está llevando a cabo un genocidio en Gaza

Deberíamos por tanto considerar seriamente, con la mente fría y como ciudadanos responsables y contribuyentes europeos, si debemos seguir viendo los telediarios con los brazos cruzados o admitir que tenemos que dedicar más recursos públicos a construir nuestras propias capacidades defensivas, comprando conjuntamente con nuestros socios europeos y en mercado propio. Ello no es óbice para, en paralelo, redoblar esfuerzos para propiciar y exigir un alto el fuego inmediato, tanto en Ucrania como en Palestina. Prolongar estas décadas de paz puede depender de nuestra reacción temprana.

Tambores (no tan) lejanos presagian un cielo gris marengo