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domingo. 02.04.2023
Foto de archivo

Miguel López | El 24 de febrero se ha cumplido un año desde que Putin ordenara, en un discurso al alba televisado, el inicio de una “operación militar especial” para, según él, “desnazificar Ucrania”. Una invasión en toda regla que nos ha hecho despertar a todos los europeos del feliz sueño en el que nos encontrábamos, la pandemia casi olvidada y el recuerdo ya borroso de una guerra, la de los Balcanes, aunque apenas hayan pasado 30 años. 

De este triste primer aniversario se está escribiendo mucho estos días y no puedo añadir mucho más, pero sí señalar algunos acontecimientos que nos han traído hasta aquí en este período.

Las reticencias alemanas de los primeros días tras la invasión rusa en Ucrania, cuando el recién elegido canciller Scholz aún contemporizaba con el régimen de Putin oponiéndose a renunciar por completo a la importación de gas ruso, mudaron rápidamente al fervor guerrero, al incremento descomunal del presupuesto de defensa y a la reciente decisión de ayudar militarmente a Ucrania con todas las capacidades, incluyendo carros de combate Leopard 2.

Las reticencias alemanas de los primeros días, mudaron rápidamente al fervor guerrero, al incremento descomunal del presupuesto de defensa

La OTAN se reforzó el pasado verano con la incorporación de dos nuevos miembros, Finlandia y Suecia, a su estructura, que será efectiva en cuanto termine el proceso de ratificación por los países aliados. Un regalo para EEUU y un motivo más para que Putin se sienta acosado por más de mil kilómetros adicionales de frontera con el enemigo. Porque es así: la OTAN le declaró formalmente enemigo en la cumbre de Madrid en junio de 2022. Daños colaterales de la locura irredentista de este moderno sátrapa petersburgués. Y una patada en el bazo para la paz mundial.

Al envío de carros de combate por parte de los países más relevantes de la UE, misiles, munición y equipamiento militar diverso, seguirá ahora probablemente el envío de aviones de combate. Los Países Bajos y Polonia no descartan el envío de cazas F-16, “el avión de la guerra fría”, para los que Ucrania ya estaría acondicionando sus pistas de aterrizaje. Se habla también de enviarles cazas Gripen suecos e incluso de los Rafale franceses. Para animar el bazar abierto, Jens Stoltenberg, Secretario General de la OTAN, declaraba recientemente que ese 2% del PIB en defensa aconsejado (léase impuesto) por la OTAN no era un objetivo a alcanzar, sino un mínimo a establecer. 

Con más ardor belicista que el propio Stoltenberg y olvidando que es el jefe de la diplomacia europea, comparece Josep Borrell y declara que “para ganar la paz primero hay que ganar la guerra”, augurando para esta primavera o verano la victoria final contra el invasor. Parece que este alto funcionario europeo no quiere saber (lo sabe, claro que sí) que a Rusia no se le puede ganar militarmente, salvo que Europa entera quede arrasada. Para Putin sería muy fácil responder, ante un ataque masivo, incluidos cazas de combate, con una campaña de propaganda interior haciendo saber a los rusos que la malvada OTAN y Occidente en general les quiere humillar. Poderosa palabra que sería la clave para la utilización, para empezar, de armas nucleares tácticas.

Los Países Bajos y Polonia no descartan el envío de cazas F-16, “el avión de la guerra fría”, para los que Ucrania ya estaría acondicionando sus pistas de aterrizaje

Entretanto, para añadir una pizca de sal al potaje, el 29 de septiembre explosionan los gasoductos Nord Stream I y II, con pocas horas de diferencia. Una reciente investigación del prestigioso periodista Seymour Hersh, publicada inicialmente en su blog, presenta la teoría según la cual el autor del sabotaje sería EEUU. Evidentemente, no tiene pruebas de tamaño ataque a los intereses europeos -y también rusos- pero sus investigaciones conducen a sólidos indicios de la autoría y de la complicidad de algunos países aliados. Inmediatamente se le han echado a la yugular todos los aparatos mediáticos oficiales, ninguneándolo en el mejor de los casos. Esperemos que no siga la suerte de Julian Assange.

Follow the money (traducción libre: blanco y en botella) y sabrás quién tiene interés en que eso ocurra. Ya el presidente Biden, con motivo de la visita del canciller Scholz a Washington, prometió hace un año acabar (“there will be no longer...”) con el Nord Stream II si Putin ordenaba la invasión de Ucrania, dos semanas antes de que lo hiciera. 

Aprovechando la niebla bélica y mediática y la precariedad energética en Europa, Israel lanza un misil contra Damasco. El objetivo era al parecer una instalación militar iraní en Siria pero quien resultó destruido fue un centro cultural, causando 15 muertos civiles. Una vez más esa potencia teocrática (así puede ya calificarse a Israel tras la declaración del concepto de Estado judío y la segregación religiosa y racial como fuente de derecho) campa a sus anchas en la región, al tiempo que continúa con las políticas de apartheid contra el pueblo palestino. ¿Algo que decir por parte de Europa, en su versión institucional (UE) como gubernamental? ¿Algo que decir sobre todo por parte de Alemania? Silencio radio...

Tenemos que poner un alto a la sangría humana y a la sinrazón del armamentismo y, lo que es peor, el crecimiento del militarismo

Volviendo al avispero ucraniano, sabemos que en unas potenciales negociaciones de paz habrá una línea roja para el Krenlim: Crimea. Tal vez tengamos que hacernos a la idea de que la paz tendrá dolorosos costes para el pueblo ucraniano y de que el mapa tal vez no vuelva a ser el que era antes del 24 de febrero del año pasado. 

La zona del Donbás podría quedar modificada para depender -mediante un referéndum oficialmente observado- de la Federación Rusa o de Ucrania. Es decir, Ucrania sería despedazada en la práctica. Pero esos costes serían en todo caso más asumibles que la pérdida constante de vidas humanas (en ambos frentes), destrucción de infraestructuras, migración forzada, familias rotas, etc. si la guerra se eterniza. 

Una posibilidad para la paz, inexplorada por ahora, sería la apuntada por el general Julio Rodríguez en una reciente entrevista: un alto el fuego inmediato seguido de conversaciones de paz, aunque durasen años. Hay que apostar fuertemente por esa vía desde todas las instancias, empezando por las organizaciones de la sociedad civil, plataformas ciudadanas y, lo que es más importante, las urnas. Tenemos que poner un alto a la sangría humana y a la sinrazón del armamentismo y, lo que es peor, el crecimiento del militarismo. En juego están las vidas de nuestros hijos y nietos y el mantenimiento de un Estado del bienestar y una democracia que no nos han caído del cielo. 

Punto de inflexión del declive geoestratégico europeo