jueves. 04.06.2026
GEOPOLÍTICA

Aquellos polvos y estos lodos. Pequeña historia del presente

Hoy, la UE representa el futuro como ningún otro actor global, pero la ausencia de reacción ante el genocidio en Palestina desvela una cultura colonial que pude llevarse por delante todo el poder blando que, hasta 2022, atesoraba.
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La deriva de la Unión Europea desde la pandemia ilustra la pequeña historia del presente, la aceleración del tiempo y sus acontecimientos que vivimos, con una angustia creciente desde los primeros indicios de negacionismo sanitario y desprecio por las vidas humanas, manifestados por líderes ineludibles de nuestro entorno, geopolítico y local. A continuación de las manifestaciones antivacunas y los desprecios a la vida de los ancianos, vino la guerra de Ucrania, la estupidez criminal de Hamás y la guerra de exterminio de Israel, los actos de afirmación de la supremacía militar israelita en Oriente Medio, el amago de guerra fría en el Pacífico y el ascenso de la ultraderecha europea, ante la torpeza de la comisión y gobiernos de la UE en todos los frentes abiertos. El futuro inmediato se adivina en dos eventos ocurridos al finalizar la primera etapa de la pandemia, la reunión del G-20, en noviembre del 2020, donde se anunció el sorpaso económico chino a Occidente, y su constatación en el Foro Económico Mundial de Davos-2021, donde se discutieron los problemas de empleo post-COVID19.

El G-20/2020. El emperador está desnudo

En noviembre de 2020 [1] se celebró la Asamblea del G-20, la primera posterior a la pandemia. Se inició con una bochornosa ceremonia de saludos al príncipe tenebroso de Riad, recién denunciado en Ankara por ordenar el asesinato de un periodista, dentro de su legación diplomática. Aún no se había desatado en Europa, ni en EEUU, la tercera ola de contagios de la pandemia, y el ambiente de los gobernantes del mundo era moderadamente optimista respecto al futuro, aunque el informe previo a la convocatoria cuantificaba en decenas de millones la pérdida de empleos al salir del COVID-19. Los gobernantes principales del norte y el sur global querían analizar las condiciones de la recuperación, las posibilidades de colaboración en salud e investigación sanitaria, y ofrecer una imagen unificadora para introducir el optimismo en el mensaje a las poblaciones. Eso fue antes de que las vacunas hicieran ver un mundo prisionero de los nacionalismos excluyentes y los bloques culturales; cuando se supo que los países más desarrollados habían permitido la degradación de sus stocks de vacunas, en lugar de difundirlas a las poblaciones más necesitadas; tal grado de insolidaridad permitía imaginar los escenarios de fragmentación global que, hoy, ya se están manifestando.

Las economías desarrolladas han reaccionado al estrechamiento de los mercados emergentes con la incorporación de la IA para la automatización, lo cual agravará los problemas globales de empleo

El informe previo de los técnicos sobre los efectos del COVID19 en la economía global, identificaban un crecimiento en China y la India, muy superior al de los países industrializados, y la conversión de China en la principal economía del planeta; el G-20 tenía en el horizonte un tema de gran envergadura, la prevención del riesgo de una confrontación estratégica en el que poder centrarse. EEUU y Europa estaban alarmadas, percibían una amenaza a su hegemonía en el desarrollo asiático, pero el tema se mantuvo en la penumbra de la conferencia; la discusión fue llevada por las potencias occidentales hacia divagaciones coyunturales, como dirigir las ayudas a las empresas viables y estratégicas, con el objetivo de minimizar las quiebras innecesarias, o pedir al FMI frenar la volatilidad de los flujos de capital tras la pandemia. No hubo avances en los frentes de cooperación anunciados, los agentes principales eludieron los debates más importantes y la cumbre se centró en las economías emergentes, en la falta de rodaje institucional de esos países, donde la incertidumbre crea agudos problemas de coordinación entre las finanzas y la economía real; y en los déficits de la sanidad, alumbrados y agravados por la pandemia; la falta de cuidados está descualificando el capital humano, a medio plazo, el deterioro de la salud pública dañará la productividad, y ésta hará lo propio en los mercados externos de mercancías y capitales, que nutren a los países emergentes. El contexto de colapso de los sistemas de salud de estas economías provoca efectos adversos sobre la productividad. Solo el cambio de paradigma de las intervenciones del Fondo Monetario Internacional [2] ha evitado las quiebras masivas de empresas de esos países, y las pérdidas importantes de capital organizativo y know-how en sus PYMEs; éstas han sido minimizadas, evitando agravar la crisis de pobreza de los trabajadores con empleo. Las economías desarrolladas han reaccionado al estrechamiento de los mercados emergentes, con la incorporación de la Inteligencia Artificial para la automatización (Alonso et als., 2020), lo cual agravará los problemas globales de empleo. 

A pesar de las nubes de tormenta, que los movimientos tectónicos en la geoestrategia global vaticinaban, las recomendaciones del G-20 a los gobiernos evitaron el conflicto, los temas se orientaron a recomendaciones de política económica, priorizar las inversiones subvencionadas en la economía digital y verde, o reforzar la formación de capacitación. El criterio era inclusivo, aunque nada se dijo sobre trasferencias de renta entre estados, condición necesaria para subvencionar la formación en los países en desarrollo, cuando la pandemia había disparado la deuda de los estados. El apoyo financiero del FMI y los gobiernos y bancos centrales de los países más desarrollados a los mercados globales de bonos ayudó a mantener la calma, pero, a medio plazo, la acumulación de deuda pública repercutirá en la capacidad de los bancos e instituciones para proporcionar crédito a los sectores no financieros, debilitando el comercio exterior y a los gobiernos; la primera víctima sonada fue Argentina, con el ascenso de Milei.

En noviembre del 2020 el G-20 y el FMI proponían a los gobiernos políticas financieras y monetarias flexibles y acomodaticias, para mantener la estabilidad monetaria

En noviembre del 2020, el G-20 y el FMI proponían a los gobiernos políticas financieras y monetarias flexibles y acomodaticias, para mantener la estabilidad monetaria; la señora Georgieva, directora del Fondo subrayó esta recomendación con una reflexión sobre el carácter multiplicador, en una economía global, de la concertación inversora intergubernamental. Aconsejaba fomentar las exportaciones de los más endeudados hacia los países con mayor capacidad fiscal, para conseguir, con este intercambio beneficioso, que los países acreedores se convirtieran en compradores importadores y la deuda global disminuyera. Nada de esto se ha realizado, y la deuda de los estados sigue creciendo, avivada por los vientos bélicos.

En el informe final de la conferencia, tanto del G-20 como del FMI se recomendaba la cooperación económica multilateral para planificar inversiones; los trabajos teóricos del Fondo marcaban la pauta, postulaban la duplicación de los multiplicadores de la inversión, mediante la planificación concertada de inversiones con alcance interestatal. Las recomendaciones de cooperación en salud, clima y desarrollo fueron consideradas las más acertadas del encuentro, porque se tenían que plasmar en acuerdos interestatales y eludían las nubes de tormenta geoestratégica. Se hacía un llamamiento a recuperar la capacidad fiscal de los estados, tanto para disminuir la desigualdad y soportar el aumento de deuda soberana, como para financiar los enormes gastos en protección social y educación necesarios para una “nueva normalidad” postpandemia; se acordó un sistema, consensuado y general para la fiscalidad de las empresas multinacionales: el G-20/OECD Project Base Erosión and Profit Shifting, basado en gravar el negocio que éstas desarrollan en cada uno de los países. Este mecanismo de tasación fiscal quería reducir el alcance de la elusión y la competencia fiscal entre los estados, y permitiría reforzar las finanzas públicas. Solo se echaba de menos, en él, una referencia a las plazas off-shore y a las prácticas elusivas de las corporaciones informáticas, tan calurosamente defendidas por los EEUU de Trump, y aprovechadas por Irlanda. El tema de las horas finales de la reunión fue la cooperación en la lucha contra el cambio climático; el FMI la considera una prioridad para calificar sus operaciones financieras, lo cual coincide con sus criterios de valoración de proyectos de economía verde, que conllevan un mayor arrastre de empleo y necesitan de la coordinación interestatal para ser eficaces.

Los meses iniciales de 2021, una vez conjurados los riesgos de pandemia, mostraron las primeras evidencias de la falta de voluntad de cooperación de los gobiernos europeos y de EEUU

Kristalina Georgieva, directora del FMI, y sus equipos técnicos presentaron al G-20 una propuesta propia, que introduce una perspectiva social global: proponían la creación de fondos ad-hoc de apoyo a los trabajadores desplazados por la actual coyuntura, para facilitar su transición desde sectores en contracción a sectores en expansión. Incluía un plan para la sostenibilidad fiscal, como un pilar básico de la financiación del gasto social. El Fondo alertaba, además, sobre una deuda pública mundial en máximos históricos; un reto, decía, que necesitará una reforma de los sistemas tributarios, con capacidad para movilizar ingresos de forma equitativa. Proponía un nuevo pacto de Bretton-Woods, cuyo objetivo sería la estabilización de las monedas y el fortalecimiento de las finanzas públicas; éste se apoyaría en el Profit Shifting del G-20 para proporcionar liquidez a los estados, y en productos financieros del propio Fondo para el giro global de dinero. Por último, el IMF consideraba necesario conseguir acuerdos multilaterales, para que las economías más pobres superen la crisis, como fortalecer el comercio basado en reglas y un sistema internacional de tributación, al que todos los países contribuyan equitativamente. Según la directora, “sin esos acuerdos la desigualdad aumentará, y la economía mundial afrontará retos aún mayores en el período que tenemos por delante” [3].

Los meses iniciales de 2021, una vez conjurados los riesgos de pandemia, mostraron las primeras evidencias de la falta de voluntad de cooperación de los gobiernos europeos y de EEUU, incluso dentro de sus propias alianzas. Las recomendaciones acordadas de colaboración entre los países vecinos no se cumplen; ésto se ha visto dentro de la Unión Europea con las políticas energéticas, y los costes están siendo dramáticos, especialmente para los países en desarrollo, sin acceso a los sistemas farmacéuticos y sanitarios, ni medios financieros para adquirirlos. Lo mismo está ocurriendo con las tímidas propuestas entonces realizadas de corregir las desigualdades sociales mediante una fiscalidad mínima global, o las llamadas a la recualificación de los excluidos por falta de capacitación. Tampoco se han realizado esfuerzos para minimizar los riesgos del cambio en la geoestrategia global, que los técnicos del G-20 adelantaban [4], cuando citaban a China, como el país que emergía a primera potencia económica del planeta.

Davos 2021, el Olimpo bajó al Campo de Marte

El director ejecutivo del World Economic Fórum presentaba el informe sobre “los empleos del mañana” [5] con estas palabras: “Después de años de creciente desigualdad de los ingresos, de preocupaciones sobre los desplazamientos de los empleos por la tecnología, y el alza del descontento global de las sociedades, la combinación de shocks sanitario y económico ocurrida en 2020 situó las economías en caída libre, y provocó la disrupción de los mercados laborales, revelando la falta de adecuación de nuestros contratos sociales. En un momento de definiciones: las decisiones y elecciones que hoy hagamos determinarán el curso de las vidas y medios de vida de generaciones enteras”.

En ausencia de esfuerzos proactivos de recualificación, la desigualdad se exacerbará; porque los avances de la digitalización se producen sin invertir en reciclaje laboral

El estudio del WEF nos lleva, a través de un detallado y cuantificado análisis, a los riesgos para los empleos en las economías más importantes del mundo, preparatoria del encuentro periódico en Davos-2021. Con el horizonte de 2025, el informe especifica la demanda de nuevos perfiles profesionales, categorías de éstos y formación necesaria en cada país, bajo el condicionante de la incorporación acelerada de nuevas tecnologías de automatización por las corporaciones y las empresas. Los cierres sanitarios del COVID-19 habían creado escenarios desestabilizadores para los trabajadores, que la contracción económica posterior agravó, al venir unida a la incorporación de tecnologías de automatización, con cambios en los procesos de trabajo y en los empleos, que alteran las habilidades requeridas para ejercerlos. En ausencia de esfuerzos proactivos de recualificación, la desigualdad se exacerbará; porque los avances de la digitalización se producen sin invertir en reciclaje laboral. Los desempleados se quedan en el margen, por falta de formación, especialmente, las mujeres con cuidados del hogar a su cargo, los jóvenes de baja cualificación y los oficinistas desplazados por el trabajo a distancia. La competencia por los empleos aumenta, el miedo a la precariedad se une a la falta de confianza en la recalificación, y el aumento de los trabajadores pobres desincentiva la esperanza de encontrar un empleo digno y estable [6].

La ausencia de una administración adecuada para el capital humano aumenta el escenario de incertidumbre (WEF, 2020).  En ese entorno, la primera pregunta es: ¿Quién pagará la factura de reciclar el capital humano de las empresas? Los empresarios encuestados no lo dudan, los gobiernos deben pagar, tanto el dinero, como el coste en reputación de las reubicaciones. Igual que lograron pasar el coste del Estado del Bienestar a los propios asalariados; éstos, en tanto son contribuyentes fiscales cargarán con la parte principal del gasto social, de una forma u otra. Si analizamos país a país, los desplazamientos de personal por la tecnología son más agudos en las economías industriales tradicionales, en los países con sistemas administrativos amplios, y entre las poblaciones envejecidas. Las economías emergentes ven en las tecnologías disruptivas una oportunidad; los países de bajos salarios, si tienen sistemas educativos modernizados e instituciones funcionales, atraerán inversiones de las corporaciones globales, que ven en ellos oportunidades de relocalización para sus factorías de tecnología fordista. Un campo donde ya compiten Oriente y Occidente, y aquel adelanta al segundo por el Ártico.

La emergencia del Sur global sacude las instituciones internacionales

Sin embargo, la principal novedad geoestratégica postpandemia es el activismo de los países del sur global, los BRICS se han reforzado con la incorporación de más de una docena de países, atraídos por la potencia financiera del club y, especialmente, por la flexibilidad de alianzas que mantienen; como ejemplo de plasticidad, Arabia Saudí ingresa junto con Irán en los BRICS. Una visión realista del cambio profundo en la civilización actual no puede ignorar el ascenso de China, pues coloca al capitalismo autoritario de estado como una variante de salida a la crisis, o una posible alternativa real a la dinámica energética y belicista occidental y rusa, en evitación de la destrucción mutua. El modelo del capitalismo de estado ilustra una mayor implicación gubernativa en la crisis social y, en el documento del G-20 de 2020, la sorprendente mención explícita al país con más de un 20% de la población mundial nos sugiere que las estrategias de guerra fría y colonialismo están claramente desfasadas en el mundo actual. El Sur global reclama protagonismo; mientras, Europa se hace un lío entre sus opciones exportadoras y su pasado, y EE. UU realiza esfuerzos desesperados para evitar la pérdida de su posición dominante, claramente sobrepasada por la deriva tecnológica.

En el mundo real, la dinámica de las fuerzas productivas se orienta hacia la cooperación científica y comercial, pero la acción obstaculizadora de los gobiernos afectados en su hegemonía parece conducir hacia una confrontación suicida

En el mundo real, la dinámica de las fuerzas productivas se orienta, claramente, hacia la cooperación científica y comercial, pero la acción obstaculizadora de los gobiernos afectados en su hegemonía parece conducir hacia una confrontación suicida. Europa y EEUU apoyan a Israel y a los sátrapas del Golfo Pérsico, intentando mantener posiciones de dominio que socavan el acuerdo global verde de la Conferencia de París, porque incentiva a los productores de las energías basadas en el carbono. Las alianzas europeas en Oriente Medio suponen una renuncia a las oportunidades proporcionadas por la fortaleza de representar, ante la mayoría de la población del planeta, la política social y los derechos humanos. Como dice Zygmunt Bauman, pisamos suelo líquido, y todo puede cambiar. Los estados europeos se oponen a una salida negociada de la guerra de Ucrania, pero les falta capacidad para implicarse en ella con eficacia. Tampoco pueden forzar un desenlace militar, e intentan sortear su falta de autonomía plegándose a los dictados del protectorado estadounidense. Pero el Tío Sam no está dispuesto a proteger Europa, cuando la coyuntura global coloca al continente ante la opción estratégica de mayor calado desde los tratados de la Comunidad Económica Europea [7]: Rusia, como Ucrania están asomadas al precipicio humano y financiero, China aún no puede pretender la hegemonía, pero puede ser muy peligrosa si se la obliga a defender el desarrollo ya conseguido, y EEUU está sobrepasado por un liderazgo que es incapaz de practicar. Las guerras acometidas por la gran potencia tras el 11-S solo ilustran capacidad de destruir, y su poder blando se ha hundido con las presidencias de Biden y de Trump. Hoy, la Unión Europea representa el futuro como ningún otro actor global, pero la ausencia de reacción ante el genocidio en Palestina desvela una cultura colonial que pude llevarse por delante todo el poder blando que, hasta 2022, atesoraba; las declaraciones serviles de la presidenta de la UE ante los aranceles USA y, sobre todo, ante la foto de Trump y Netanyahu sobre las ruinas de Gaza, anunciando una Marbella en el Mediterráneo-Este, son la última paletada de tierra capitalista sobre los valores del liberalismo.


NOTAS

[1] G-20 Surveillance. Note. G-20 Leaders´ Summit November 21-22, 2020 Riyadh Summit, Virtual Meeting IMF.
[2] Ver los números de la revista Finances & Development, trimestrales, de 2022, 2023 y 2024, y el Staff Paper 4/2023 Transforming Public Finances through GovTech, del IFM.
[3] Kristalina Georgieva IMF-Blog: By Diálogo a fondo | noviembre 19, 2020 | Africa, cooperación internacional, Cooperación multilateral, Coronavirus, Crecimiento, Crisis económica, Crisis financiera, economía global, Economías avanzadas, Estabilidad financiera, FMI, Fondo Monetario Internacional, G-20. Estas propuestas están recogidas por Thomás Piketty en su Hacia un socialismo ecologista, DEUSTO, 2024.
[4] En tercer punto del informe, se destaca la particularidad de China, saliendo de la crisis sin pasar por la recesión.
[5] The Future of Jobs Report 2020: P. 4; (WEF, 2021, “Platform for the New Economy and Society”)…
[6] (WEF-2021…: p.6)
[7] El tratado de Roma, 1957, posterior a la CECA del carbón y el acero.

Aquellos polvos y estos lodos. Pequeña historia del presente