El nudo, la espada y la trampa de la culpa: cuando la historia no absuelve
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En un reciente y lúcido artículo para La Vanguardia, el historiador Yuval Noah Harari lanzaba una advertencia que resuena con la frialdad de una sentencia bíblica: "Ambos temen que el otro bando quiera destruirlos, y ambos tienen razón al temerlo" [i].
Esta premisa, aparentemente simple, desmonta toneladas de retórica política acumulada durante décadas. En los márgenes de ese texto, podemos hacer surgir diálogos intelectuales -algunos públicos, como mis artículos en Nuevatribuna.es, y otros privados, nacidos del pensamiento de lectores atentos, como A.- que tejen una red de reflexión necesaria. Nos obligan a mirar más allá del titular para entender por qué, en Tierra Santa, tener razón se ha convertido en la forma más rápida de perder el futuro.
- La falacia del Tempus Nullius y la trampa histórica
- Alejandro Magno y el error del nudo gordiano
- La culpa: una pantalla, no una palanca
- Desactivar los miedos: el fracaso de la izquierda
- Conclusión: Generosidad o cementerio
La tragedia se asienta sobre dos pilares falsos: la apelación a la historia como tribunal supremo y la creencia de que la violencia puede resolver problemas complejos.
La falacia del Tempus Nullius y la trampa histórica
Harari utiliza la ironía antropológica para destruir el concepto de "pueblo autóctono original". Si llevamos el argumento de la primocupación al límite, escribe, tendríamos que defender los derechos de los neandertales frente a los colonos Homo sapiens. Aquí, el pensamiento de Harari dialoga estrechamente con la tesis jurídica que, aquí en Nuevatribuna.es, denominé Tempus nullius.
La historia, en manos del nacionalismo, no es una ciencia; es un menú a la carta. Cada bando aplica un Tempus nullius arbitrario: elige el momento exacto en el que el cronómetro de la legitimidad comienza a correr, borrando todo lo anterior. Si detengo el reloj hace 3.000 años, la tierra es judía; si lo detengo hace 100 años, es palestina. Como advertía Bertrand Russell, la certeza dogmática es algo que el ser humano utiliza para protegerse de la duda, pero en política, esa certeza suele ser el preludio del desastre.
Russell nos enseñó que el patriotismo feroz suele ser una forma organizada de odio, y que tratar de derivar derechos absolutos de antecedentes históricos es una receta para la guerra perpetua. Buscar derecho en la historia es un callejón sin salida: la arqueología no otorga títulos de propiedad moral.
Alejandro Magno y el error del nudo gordiano
Frente a este estancamiento, surge la tentación de la fuerza. La leyenda cuenta que Alejandro Magno, incapaz de desatar el nudo gordiano, lo cortó de un tajo con su espada, resolviendo el problema por la vía rápida. Esta metáfora ha permeado la estrategia militar y política en Oriente Próximo: la ilusión de que un golpe de fuerza definitivo puede cortar el nudo del conflicto.
Pero la realidad no es una leyenda griega.
En el conflicto israelí-palestino, el nudo gordiano no se deja cortar. Cada vez que se usa la espada -sea mediante el terrorismo de Hamás o los bombardeos masivos de Israel-, el nudo no se deshace; se empapa de sangre y se aprieta más, convirtiéndose en una soga. La violencia no reinicia el sistema; planta las semillas de la siguiente tragedia. Creer que se puede eliminar la aspiración nacional del otro mediante la destrucción física es ignorar la naturaleza humana. Como bien señala Harari, y yo sostengo sin duda alguna, mientras persista el miedo existencial a ser aniquilado, la racionalidad es imposible.
La espada de Alejandro no crea paz; crea mártires y fantasmas que atormentan a las siguientes generaciones.
La culpa: una pantalla, no una palanca
Si la historia es tramposa y la fuerza es inútil, ¿qué nos queda en el terreno moral? En el diálogo privado que sustenta esta reflexión, A. puso sobre la mesa la cuestión de la culpa.
¿No debería el sentimiento de culpa de Occidente, o de los propios actores, forzar una solución?
Aquí es donde debemos invocar la lucidez de Hannah Arendt. La filósofa alemana distinguió magistralmente entre culpa colectiva y responsabilidad política. Arendt advertía que "donde todos son culpables, nadie lo es" [iii]. La culpa es un sentimiento teológico o íntimo que a menudo sirve de refugio: nos golpeamos el pecho públicamente para no tener que usar las manos.
Expresado con una claridad brutal: la culpa igual sirve para un lavado que para un planchado. Lejos de generar empatía, intentar inocular culpa en el adversario suele provocar una reacción defensiva radical. Nadie quiere ser el villano de la historia. ¿Tienen los alemanes actuales culpa por el Holocausto, o sienten la responsabilidad política de apoyar a Israel (a veces ciegamente) para expiar pecados de sus abuelos?
¿Tienen los españoles sentimiento de culpa por la marginación sistémica del pueblo gitano? La respuesta es no. La etnia gitana padece en España una exclusión que no nos quita el sueño, lo que demuestra que la apelación a la conciencia moral es políticamente estéril.
La solución no vendrá de que israelíes o palestinos se sientan "culpables", sino de que se sientan "responsables" de su propio futuro. La culpa mira al pasado (que no se puede cambiar); la responsabilidad mira al futuro (que sí se puede construir).
Desactivar los miedos: el fracaso de la izquierda
Para asumir esa responsabilidad, primero hay que desactivar el pánico. Con el debido permiso [iv], acuñé la fórmula "dos miedos generan un odio". Y aquí es donde la izquierda occidental ha fallado estrepitosamente. Al adoptar eslóganes como "desde el río hasta el mar", la izquierda cree estar pidiendo libertad para la ciudadanía palestina, pero el oído de la sociedad israelí escucha una amenaza de exterminio total.
No se ha entendido que, para pedir justicia para Palestina, es indispensable garantizar la seguridad existencial de Israel. Sin desactivar el miedo, el odio es el único lenguaje posible.
Conclusión: Generosidad o cementerio
Volviendo a Harari, la conclusión es que solo la generosidad -entendida no como caridad, sino como pragmatismo político extremo- puede salvar la situación.
La hoja de ruta parece clara, aunque dolorosa: de entrada, dos Estados. Una separación física que permita bajar las pulsaciones y enfundar las espadas. Más adelante, quizás décadas después, cuando la confianza no sea una quimera, se podrá hablar de un estado confederal o estructuras compartidas.
Ojalá, como pide A., como dice Harari, como pienso yo, fueran todos razonables, tanto como para entender que la historia no es una fuente de derecho, que la culpa es una trampa narcisista y que los nudos gordianos de la política moderna deben desatarse con paciencia, fibra a fibra, y nunca a espadazos. Porque, al contrario que en el mito de Alejandro, aquí no hay conquista del mundo que valga; solo hay la opción de compartir la tierra o compartir la tumba.
[i] “Solo la generosidad puede garantizar la paz entre israelíes y palestinos”, La Vanguardia, 23/11/2025.
[ii] Fuente de esta imagen: Wikimedia Commons. Disponible bajo la licencia Creative Commons CC0 1.0 Universal Public Domain Dedication.
[iii] “Donde todos son culpables nadie lo es. La culpa, a diferencia de la responsabilidad, siempre es estrictamente personal. Se refiere a un acto, no a intenciones o potencialidades. Solo en sentido metafórico podemos decir que nos sentimos culpables por los pecados de nuestros padres, de nuestro pueblo o de la humanidad, en definitiva, por actos que no hemos cometido, si bien el curso de los acontecimientos puede muy bien hacernos pagar por ellos. y puesto que los sentimientos de culpa, mens rea o mala conciencia, el conocimiento de obrar mal, desempeñan un papel tan importante en nuestros juicios legales y morales, puede que sea prudente abstenerse de semejantes afirmaciones metafóricas que, si se toman literalmente, sólo pueden llevar a un falso sentimentalismo en el que todas las cuestiones reales quedan difuminadas.” Responsabilidad colectiva, en “Responsabilidad y juicio”, Paidós, 2007, Hannah Arendt, citada en la revista Atopos (https://tinyurl.com/ArendtAtopos) (la negrita es mía).
[iv] “El miedo transmitido es lo que crea el odio, y del odio deriva la violencia. Y la violencia, como advertía Paco Ignacio Taibo II, nunca produce paz: produce deseo de venganza y perpetúa el ciclo.” (Dos miedos, dos odios, una tragedia (I), RGC, Nueva Tribuna.
[v] Fuente de esta imagen: Wikimedia Commons. Disponible bajo la licencia Creative Commons CC0 1.0 Universal Public Domain Dedication.