jueves. 04.06.2026
ENSAYO

Dos miedos, dos odios, una tragedia (I)

Ni la historia ni la ley del más fuerte pueden justificar la violencia.
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La herida violada: mimbres para un ensayo sobre la tragedia palestino-israelí

Basado en una relectura de textos propios publicados en Nueva Tribuna (1), este ensayo busca mirar la tragedia palestino-israelí, no como un conflicto de buenos contra malos, sino como una trampa moral que, si caemos, nos reduce a dilemas binarios y nos roba la empatía. Ni la historia ni la ley del más fuerte pueden justificar la violencia. La tragedia nace del miedo, un miedo compartido y antiguo que genera odio, y ese miedo germinal y primigenio sólo puede ser superado a través de una leal felonía a las narrativas dominantes, tanto allí como aquí. El único camino hacia la paz es la creación de una ley legítima que se oponga a la fuerza arbitraria y que permita a los dos pueblos, a través de la compasión, vencer el miedo, traicionar el guion de la venganza.

I. La imposibilidad de la neutralidad

Hay heridas que se infligen una vez y se cierran con sutura, aunque la cicatriz nunca deja de recordarlas. Y hay otras -la nuestra, la de Jerusalén, la de esa “pequeña extensión de tierra situada en la orilla oriental del Mediterráneo” (cf. La herida violada 1/2) - que han sido abiertas y reabiertas tantas veces que los bordes, en lugar de curar, se han tornado en carne violada, rajada, quemada con sal.

Jerusalén, tres veces sagrada, mil veces disputada, está hecha del mismo material que las emociones que nos estremecen: sal, lágrima, memoria, orgullo. Y es un imposible pensar en ella sin sentir, sin ser arrasado por la emoción (Balzac tenía razón: un pensamiento sin emoción no es pensamiento, sino cálculo instrumental).

Pero lo mismo que es imposible pensar sin emoción, es peligroso emocionar sin razón. Si dejamos que la emoción, tan a menudo inflamatoria, predomine, no tenemos pensamiento, sino sólo reacción visceral. Y la visceralidad ya está desbordada, tanto en los misiles como en las columnas de opinión que, presuntamente inequívocas, reducen el conflicto a un dilema imposible: “¿A quién quieres más, a papá o a mamá? ¿A los palestinos o a los israelíes? ¿A Eva o a Jan?” (cf. La herida violada 2/2). Es el dilema criminal que Sophie afrontó en Auschwitz: elegir es aceptar la muerte de nuestra humanidad.

Lo decía Sa’dī: “Si eres indiferente al dolor ajeno, no mereces el nombre de hijo de Adán”. Lo terrible del dilema es que no es indiferencia, sino exclusión: ver sólo el dolor de unos con el desprecio al dolor de los otros. Empatía selectiva. Hemiplejía moral.

En este drama, la neutralidad no existe. Toda palabra es ya una toma de partido, pero lo único lícito es tomar partido por los cuerpos frágiles y desnudos de las víctimas, todas: niños aplastados bajo los muros, ancianos enterrados en vida, familias que de pronto se transforman en números, secuestrados, asesinados. Si la historia es ruido y furia contada por idiotas (Shakespeare lo vio), el pensamiento ha de sostener un hilo mínimo, pero imprescindible: la exclusión no es opción.

II. Historia y no-derecho

El vate inglés Shakespeare, vuelvo a recordar, nos advirtió del peligro de sacar conclusiones en su Macbeth: “it is a tale told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing”. Contado por idiotas, lleno de ruido y furia, que no significa nada.

Si hoy hubiera querido describir cómo Netanyahu o los líderes de Hamas nos cuentan su historia, no podría haberlo hecho mejor: palabras de idiotas, palabras llenas de ruido y furia, palabras insignificantes…

Uno de los más perversos malentendidos que alimenta la tragedia es pensar que la historia otorga derechos. Que la genealogía, la arqueología, el mito o el texto sagrado confieren título de propiedad. Así se confunden las piedras con escrituras notariales, los relatos con sentencias, el pasado con una renta vitalicia.

Pero la historia no da derechos. Lo ocurrido hace tres mil años, quinientos años o setenta años no legitima la sangre vertida de hoy. Lo que la historia otorga, a lo sumo, es memoria, y la memoria, si no es caritativa, se convierte en dogal. Lo que la historia destila en este caso es miedo heredado.

El miedo transmitido es lo que crea el odio, y del odio deriva la violencia. Y la violencia, como advertía Paco Ignacio Taibo II, nunca produce paz: produce deseo de venganza y perpetúa el ciclo.

La cadena causal, donde una matanza trae causa de la anterior, es una cadena de venganza sin fin. Esta es la esencia de lo que Shlomo Ben Ami, exministro de Exteriores israelí, llama el "suicidio de Israel", una nación que, por la ocupación, se encamina a su autodestrucción.

Israel tiene razones para temer: demasiados siglos expulsado, golpeado, masacrado, convertido en no-lugar europeo (guetos, pogromos, hornos). Palestina tiene razones para temer: despojada, desplazada, empujada a las ruinas, humillada en checkpoints y alambradas, reducida a escombros. Ambos miedos se retroalimentan: “si reúnes dos factores de miedo, creas una reacción de odio” (Taibo II). Y entonces el odio se transmuta en legitimidad para seguir matando.

De ahí la urgencia estratégica: no habrá paz, ni posibilidad siquiera de humanidad compartida, mientras ambos pueblos no pierdan el miedo a desaparecer. Mientras un israelí tema que rendirse signifique el nuevo Auschwitz, mientras un palestino tema que rendirse signifique perder para siempre su tierra y su dignidad, seguirán reinando Hamás y Netanyahu como violadores de la herida compartida.

Traer constantemente los fantasmas del pasado y mantener vivo el odio, ese odio que forjó a pueblos y naciones a sangre y fuego, es fuente de tragedias. A veces, el olvido es necesario, porque la memoria total no es la memoria deseable.

El nobel Kazuo Ishiguro, en su libro El gigante enterrado, nos recuerda que, si no se sabe olvidar, el odio se convierte en una herida que se renueva constantemente.

Ishiguro nos presenta una duda, una reflexión: ¿acaso el olvido es muchas veces necesario?

III. La trampa de la fortaleza moral y el dilema binario

El conflicto nos empuja a la escenificación de una trampa moral. Se nos presenta un dilema binario que nos obliga a elegir un bando: "palestinos o israelíes". Al hacerlo, nos robamos la empatía y la compasión universal. Fortificamos nuestras trincheras, ese lugar donde uno se parapeta para no escuchar al otro.

La obra teatral Un dios salvaje de Yasmina Reza es una alegoría perfecta de este proceso, donde lo que empieza como un intento civilizado de solucionar un problema se convierte en una guerra verbal de trincheras, en la que cada parte defiende su "fortaleza moral" (cf. Un dios salvaje 1/2). El lenguaje, lejos de unir, se convierte en un arma arrojadiza, y la pregunta que convierte el dolor en propiedad privada es la que define la discusión.

La herida de este conflicto es, en esencia, una herida de miedo. El miedo de los judíos a la aniquilación y a los pogromos, exacerbado por el Holocausto; y el miedo de los palestinos a la limpieza étnica y al destierro, cimentado en la Nakba. Dos miedos que crean odio, y de ese odio, la violencia, y de la violencia, la venganza.

La historia de Rami Elhanan, un israelí, y Bassam Aramin, un palestino, que ambos perdieron a sus hijas en atentados, nos muestra que no estamos condenados. Ellos se negaron a ser enemigos. Comprendieron que la violencia no desata el nudo, sino que lo traba más, y que la convivencia vendrá de una nueva mirada que niegue esa cadena causal de violencia. Es el momento de traicionar el guion, de ser infieles a la historia y a la causa. Solo desde una leal felonía a las narrativas dominantes, solo desde la traición a la sangre, puede surgir una posibilidad de humanidad.

La verdadera madurez está en negarse a participar en este juego de suma cero y en reconocer la complejidad de la herida humana. No nos podemos sentir moralmente superiores. Necesitamos que las dos partes se vean obligadas a pactar, a entender que no se puede continuar con el enfrentamiento ad aeternum.

IV. La violencia no desata el nudo gordiano

De Alejandro se cuenta que, al ver el nudo gordiano, lo cortó con la espada. Gran metáfora del poder, pero terrible conseja para un conflicto humano. La violencia, que es la espada de cada generación, no desata el nudo. Lo aprieta. Y cuanto más se aprieta, más asfixia.

Wajdi Mouawad mostró la lógica brutal en Ánima: violar a través de la herida, penetrar no sólo la carne sino la humillación. Hamas y Netanyahu encarnan esa lógica: “con su ir y venir, se follan a las dos comunidades por la raja” (cf. La herida violada 2/2).

La violencia deviene instrumento de masculinidad bélica, de soberbia falócrata, que sólo sabe dejar úlceras en los cuerpos colectivos.

En Todos pájaros, Mouawad lleva más lejos esa visión: lo insoportable no es ya sólo la violencia física, sino la imposibilidad de reconciliación que ella instala. Eden (soldado, en Todos Pájaros) lo dice: “La reconciliación ya no es posible. Contamos nuestros muertos sin contar los suyos”. Y la matemática de los muertos se convierte en razón de estado, se celebra que los suyos sean más que los nuestros. Eso no desata, sino que multiplica el nudo.

Por eso, toda apelación ingenua a la violencia liberadora es, en esencia, fascista. Sólo cabe, en el largo plazo, la vía más ardua: palabra, reconocimiento, caridad retórica, escucha. Lo mismo que hicieron Schuman y Adenauer al fundar la Comunidad del Carbón y del Acero: enemigos mortales convertidos en socios, no por olvido, sino porque la razón de su historia había cambiado. Porque querían cambiar la razón de su historia.

La espada no ayuda. Ayuda el tiempo, la voz, y el coraje de arriesgar -traicionar- la propia verdad a la luz del otro.

V. Ley, fuerza y legitimidad

Todo pacto, toda salida a esta herida violada, exige algo más que emociones nobles. Exige ley. Y la ley no es palabra desnuda, sino palabra sostenida por fuerza legítima.

Israel tiene fuerza, pero su uso carece de cariz legítimo cuando alimenta la asimetría: ocupación, asentamientos ilegales, discriminación institucional. Hamás empuña una fuerza ilegítima y además criminal, al usar a los suyos como escudos, al celebrar la masacre como martirio. Lo que falta, entonces, no es fuerza, porque hay de sobra, sino legitimidad.

Usemos El juego del calamar como crítica a un poder arbitrario, que en la política se ve en la disyuntiva amigo-enemigo de Carl Schmitt. Si el debate público se convierte en un espectáculo de odios, de suma cero, la ley pierde su legitimidad. La aporía que fundamente la salida a la tragedia palestino-israelí es la de tener que combatir la fuerza con fuerza. La solución, una ley fuerte, con fuerza legítima y que sea capaz de oponerse a la arbitrariedad. A la de Netanyahu y a la de Hamás. Pero desde la legitimidad.

La legitimidad, si no se tiene tanto en el origen como en el ejercicio del poder, no existe. No caigamos en ese error, pues es un error que siempre deviene en crimen.

Que la fuerza sea legítima significa que sirva al derecho de unos sin negar el derecho de los otros. Que defienda la seguridad de Israel sin que ello suponga la demolición de Gaza. Que defienda la dignidad palestina sin traducirla en cohetes sobre Sderot.

La ley sólo es ley legítima cuando protege al ciudadano frágil, no al caudillo armado.

El problema del no-lugar, que señalaba Marc Augé, se manifiesta aquí con crueldad. El palestino sin lugar propio es arrojado a la desesperación. El israelí convertido en fortín absoluto pierde libertad para siempre. O lugar asfixiante o no-lugar miserable: en esos extremos sólo reina la ley de la naturaleza de Hobbes. Para salir de esa trampa, hay que inventar un lugar nuevo: no ya invención mítica de ancestros, sino realidad política acordada entre ciudadanos.

La tragedia de la que somos testigos se intensifica por la ausencia de una ley fuerte y legítima.

En un estado de naturaleza hobbesiano, la vida es "solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta". El Leviatán del conflicto, ya sea el poder arbitrario de Hamás o la fuerza militar israelí, actúa en contra de la fuerza legítima de un Estado de Derecho.

El poder arbitrario es la máxima amenaza a la legitimidad. Este es el horror que clama Kurtz.

VI. Dos estados, o dos muertes

La pregunta del millón, tantas veces planteada, tantas veces aparcada: ¿Uno o dos estados?

Uno solo, con hegemonía palestina o judía, no es solución: es el preludio de la limpieza étnica. La opción herzliana de una Nueva Sociedad, soñada por el racionalismo renacentista del sionismo utópico, hoy es más remota que nunca.

Un estado binacional, del río hasta el mar, es una peligrosa quimera, dado el nivel de odio y miedo acumulado. Sería como pedir a Sophie que salve a Eva y a Jan al mismo tiempo bajo las SS (2). Una quimera bajo ocupación, asimetría y sangre fresca.

La única forma pragmática y humanista es dos estados. Independientes o confederados. Imperfectos, inestables, pero capaces de trocar los no-lugares en lugares. Cada cual su territorio, cada cual su ciudadanía, cada cual su identidad en una forma reconocida por el otro.

Claro que no es sencillo. Significa fronteras claras, fin de la ocupación, fin de los asentamientos, construcción de un sujeto político palestino digno. Significa que los actores internacionales asuman de verdad su responsabilidad y sus costes, no sólo discursos vacíos. Y significa, sobre todo, que Israel acepte que su seguridad no puede basarse en negar al otro, y que Palestina acepte que su dignidad tampoco puede basarse en negar al otro.

Dos estados, o dos muertes.

VII. El precio de la esperanza

No podemos vencer el odio con más odio. La tragedia nos muestra que, si nos equivocamos, nos encaminamos hacia el suicidio colectivo de las dos partes. Hay que huir del Fiat iustitia, et pereat mundus (hágase la justicia, aunque el mundo perezca). La solución vendrá de la desesperación y el cansancio, cuando ambas partes se vean obligadas a pactar, a traicionar las narrativas que les han servido de trinchera.

La tentación del pesimismo es fuerte. El nudo del conflicto es tan complejo que se necesita más que la justicia total, que revierta miles de años de injusticias recíprocas. Lo sabe Mouawad, cuyo tono en Todos pájaros es uno de los más sombríos que jamás escribió: “La reconciliación ya no es posible”. Y, sin embargo, el mismo Mouawad introduce la fábula del pájaro que, al sumergirse en el mar para morir, descubre sus branquias y respira.

Esa es la metáfora última del traidor: traicionar la propia identidad sagrada para sobrevivir, para vivir con el otro.

Grossman, en su lúcida amargura, se pregunta: “¿Qué pueblo seremos cuando acabe la guerra? ¿Cómo asumiremos nuestra parte de culpa?”. Y sugiere que tal vez, por cansancio, por puro hartazgo, llegue la ocasión de pactar lo que por entusiasmo no se quiso pactar nunca. De la desesperación puede brotar la unión, como brotó en Europa tras la carnicería de 1945.

Tal vez lo único que nos queda sea repetir el poema de Sa’dī grabado en la sala de la ONU: “Si eres indiferente al dolor ajeno, no mereces el nombre de hijo de Adán”.

No hay pueblo elegido. No hay nación eterna. Sólo frágiles personas que, si tienen suerte, alcanzan a veces la dignidad de ciudadanos. Esa es la promesa mínima, pero también el máximo horizonte.

Epílogo: una herida sin conclusión

El ensayo no cierra la historia, porque la herida no cierra. Quizá no se cierre en generaciones. Y, sin embargo, el pensamiento, aunque sea modesto, puede ayudar a no caer del todo en la insignificante idiotez del ruido y la furia.

Si algo hemos aprendido en este recorrido es que la historia no da derechos, que la empatía no puede amputarse por mitades, que la violencia no libera, sino que ata, que la ley necesita fuerza legítima, que el miedo siembra odio, y que dos estados son menos imposibles que la imposibilidad actual.

Y aunque todo esto suene candoroso, conviene recordar: ¿quién en 1938 hubiera dicho que franceses y alemanes beberían juntos café en Estrasburgo bajo una misma bandera?

Nadie.

Y sin embargo, ocurrió.

¿Podrá también ocurrir entre Jerusalén, Ramala, Tel Aviv y Gaza? Quién lo sabe. Quizás nunca. Quizás mañana. Lo cierto es que, como recordaba Rami Elhanan junto a Bassam Aramin, necesitamos oír historias, escucharnos unos a otros. Y necesitamos dejar de contar dos relatos distintos. La única esperanza reside en que el dolor que ambos pueblos han pagado sea el aliado que los una y les permita, al fin, vencer con su humanidad.

Pueden decir que se lo hemos dicho nosotros, Rami Elhanan, un israelí, y Bassam Aramin, un palestino. Los dos. [Desde] el poder de nuestro dolor”: no negándolo, sino compartiéndolo.

Porque sólo así la herida violada, tal vez, un día, deje de serlo.

Postdata

En un mundo saturado de imágenes, noticias y opiniones, la tragedia se nos presenta sin filtros. En esta primera parte, hemos explorado las aristas de un conflicto que es, ante todo, una trampa moral. En la segunda parte, disponible en unos días, profundizaremos en el papel de los medios de comunicación, la manipulación de la realidad, la importancia de mantener la cabeza cuando todos la pierden, y el rol que la sociedad civil y los actores internacionales deben asumir para que la esperanza no sea solo un ideal, sino una acción.


(1) Artículos anteriores publicados en Nueva Tribuna:

Israel y Palestina, octubre 2023, 8/10/2023
El ¿suicidio de Israel?, 10/10/2023
Dos historias, 09/12/2023
La herida violada (I), 29/06/2024
La herida violada (II), 06/07/2024
¡El horror! ¡El horror!, 26/08/2024
‘Todos pájaros’, de Wadji Mouawad, 02/10/2024
Un dios salvaje (I), 01/05/2025
Un dios salvaje (II), 12/05/2025
'El juego del calamar', nueva vuelta, 20/07/2025

(2) La "decisión" de Sophie no era libre; estaba condicionada por una amenaza de muerte. De igual forma, cualquier intento de unificación hoy en día no sería una unión, sino la consolidación de la desigualdad y la humillación, lo que llevaría ineluctablemente a un conflicto aún mayor. Antes de ni siquiera pensar en un caminar unidos, existe la necesidad de establecer primero las condiciones de igualdad y respeto mutuo. Igualdad y respeto mutuo que ahora no existen.

Dos miedos, dos odios, una tragedia (I)