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martes. 06.12.2022
 

ENRIQUE VEGA | Como era medianamente previsible que ocurriera, la magnitud y diversidad de declaraciones deliberadamente falsas (hoy día llamadas “desinformación”) y de gestos y promesas amenazantes que llevan manteniendo las respectivas propagandas de los tres grandes actores de la crisis “de Ucrania”, Rusia, Estados Unidos y la OTAN --arrastrando a la mayoría de los países europeos-- han acabado incidiendo en la crisis “en Ucrania” entre el Gobierno de Kiev y los separatistas paneslavos de Donbás (autoproclamadas República Popular de Donetsk y República Popular de Lugansk).

Efectivamente, tras casi cuatro meses (desde noviembre de 2021) de enfrentamiento verbal y manifestaciones de presión militar (maniobras militares y navales rusas y reforzamiento de los destacamentos militares y navales de Estados Unidos y de la OTAN en las proximidades de las fronteras terrestres y marítimas rusas), en la semana del 14 al 17 de febrero, los combates --más bien escaramuzas y bombardeos de escasa entidad en principio-- reaparecieron en las líneas de frente que separan los territorios controlados por las fuerzas militares ucranianas y las de los separatistas paneslavos de la región de Donbás.

Provocando, a modo de chispas iniciales, el incendio a gran escala que ha supuesto (21 de febrero) el reconocimiento diplomático por Rusia de las autoproclamadas Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk, firmando con ellas sendos Acuerdos de Amistad, Cooperación y Asistencia y enviando, a continuación, fuerzas rusas a dichos territorios, bajo el eufemismo de “misión de mantenimiento de la paz” ante el supuesto peligro de invasión ucraniana. Para, tan solo tres días más tarde (24 de febrero), desencadenar una invasión de Ucrania en toda regla desde el nordeste, Bielorrusia, donde las fuerzas rusas estaban desplegadas oficialmente “en maniobras” conjuntas con las Fuerzas Armadas de este país, desde el sudeste, Crimea, y desde el este, oblasts de Rostov y Vóronezh.

Hasta aquí, los hechos, pero tanto o más importantes que éstos son los porqués. De la crisis “de Ucrania” entre Rusia y los Estados Unidos y la OTAN, ya han sido explicados hasta la saciedad: la progresiva incorporación a la OTAN (y posteriormente a la Unión Europea) de los países de la antigua Europa comunista ha ido creando, en los ambientes dirigentes y militares rusos, una sensación de cerco e inseguridad creciente. Una sensación que pareció alcanzar su punto de no retorno cuando en la cumbre de la Alianza Atlántica de abril de 2008 en Bucarest (Rumania), la OTAN aceptó iniciar el procedimiento (a partir de diciembre de ese año) para incorporar también a Ucrania y Georgia, no ya solo países del antiguo Pacto de Varsovia, sino de la propia URSS.

La primera consecuencia de estas decisiones fue el envalentonamiento de las autoridades georgianas, que, agosto de 2008, tan solo cuatro meses después, decidieron acabar con la situación de rebeldía secesionista de dos de sus regiones, Osetia del Sur y Abjasia, provocando la intervención de Rusia, que, mediante unas teóricas “misiones de mantenimiento de la paz”, posibilitaron su “independencia” bajo su protección. Una excusa bastante parecida a la esgrimida el 21 de agosto para enviar a sus tropas al Donbás.

Olvidada un tanto, desde entonces, la excéntrica Georgia, Estados Unidos y la OTAN centraron su interés en la más cercana y simbólica Ucrania, en la que ya se había producido una primera crisis “de Ucrania” entre rusos y occidentales en 2004 en la llamada Revolución Naranja: una especie de golpe de Estado populista (disturbios callejeros) del partido Nueva Ucrania (“nacionalista”), alentado y alimentado por Estados Unidos y los países de la Unión Europea, contra el presidente Yanukovich (Partido de las Regiones, “paneslavista”).

Recuperado el poder a través de las urnas, el presidente Yanukovich (paneslavista) suspende, en noviembre de 2013, las negociaciones para la firma de un Tratado de Asociación y Libre Comercio de Ucrania con la Unión Europea, por considerarlo incompatible con los compromisos de Ucrania con la Comunidad de Estados Independientes (CEI), la heredera, en cierto modo, del Pacto de Varsovia y del COMECON de la era soviética. Y, de nuevo, ni los nacionalistas ucranianos, ni la OTAN, ni la Unión Europea ni Estados Unidos están dispuestos a admitir esta “deserción” cuando están a punto de incluir a Ucrania en el cerco, cada vez más estrecho, a la Rusia del “disidente” Putin, repitiendo el modelo del golpe de Estado cívico-populista en el llamado Euromaidan (noviembre de 2013-febrero de 2014), que vuelve a expulsar al presidente Yanukovich y a los paneslavistas del poder y provoca, esta vez sí, la enérgica y unilateral reacción rusa de anexionarse la península de Crimea y alentar y sostener la disidencia de la autoproclamadas Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk.  

Queda mucha información por salir a la luz para entender adecuadamente por qué, a partir de noviembre de 2021, la OTAN empieza a detectar importantes maniobras militares rusas en sus regiones sudorientales y por qué Estados Unidos y la OTAN sorprenden con tanto alarmismo y desconfianza a las mismas, cuando tan solo un par de meses antes (septiembre de 2021), Rusia también había llevado a cabo maniobras relativamente similares (ejercicios rusos-bielorrusos “Zapaz-2021”) sin provocar tal estado de emergencia. Porque, a diferencia de en la Revolución Naranja (2004-2005) y en el Euromaidan (2013-2014), en las que el conflicto interno ucraniano, crisis “en Ucrania”, arrastró a los actores internacionales a la primera y segunda crisis “de Ucrania”, al apoyar cada uno a sus respectivos protegidos: Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea a los nacionalistas, Rusia a los paneslavistas, en 2021 ha sido, por el contrario, el enfrentamiento previo de estos actores externos, debido a los masivos despliegues militares rusos (tercera crisis “de Ucrania”), el que ha terminado reavivando el frente interno ucraniano y desencadenando la auténtica guerra que supone la invasión rusa de Ucrania.

¿Por qué ha ido Rusia, esta vez, subiendo la escalada hasta este trágico final, precisamente cuando en Ucrania gobiernan el presidente y el Gobierno más condescendientes con los intentos de secesión de los últimos tiempos? ¿Ha detectado la inteligencia rusa algo de lo que todavía no nos hemos enterado? ¿Por qué Estados Unidos parecía saber desde el principio que Rusia acabaría invadiendo Ucrania, cuando no lo había hecho en ninguna de las crisis anteriores?

Porque la auténtica gravedad de la crisis es que Rusia no se está limitando a entrar en las zonas autoliberadas para protegerlas de un posible intento de recuperación por parte de las Fuerzas Armadas ucranianas (guerra preventiva al modo preventive o pre-emptive), como hizo en Georgia en 2008 en Osetia del Sur y Abjasia o anteriormente en Transnistria en 1990-1992 para apoyar y consolidar la secesión de esta región, al este del río Dniéster, de Moldavia. ¿Qué situación final está buscando? ¿Ocupar toda Ucrania y enlazar con sus fuerzas en Transnistria? ¿De forma permanente o temporal? ¿Neutralizar la capacidad de combate de las Fuerzas Armadas ucranianas y después retirarse? ¿Qué tardarían Estados Unidos y la OTAN en devolverle a Ucrania su capacidad de combate, incluso incrementada? ¿No es alta la probabilidad de que una ocupación prolongada de Ucrania, la convierta para Rusia en un segundo Afganistán (1979-1991), con lo que todos sabemos que supuso esa experiencia para su antecesora, la URSS?

Lo que sí parece asegurado (¿asegurado?) es que la respuesta occidental no va a ser bélica, sino económico-financiera. Ya lo está empezando a ser. Y eso es algo que va a acabar afectándonos a todos.

Por supuesto, en primer lugar, a la propia Rusia, cuya única tabla de salvación podría ser una cada vez mayor dependencia de la poderosa economía china, que, siguiendo los consejos de su antiguo dirigente Deng Xiaoping de “no importa que el gato sea negro o blanco, lo importante es que cace ratones”, se mantiene a la expectativa, no apoyando ni condenando a ninguna de las partes, en la más exquisita de las posturas pacifistas, multilateralistas y de respeto a la legalidad internacional; esa que todos invocan y exigen a los demás, pero que solo cumplen cuando beneficia sus intereses o no les queda más remedio.

Pero también a la Unión Europea y a los países que la conformamos. Que, por cierto, con su posicionamiento en esta crisis han perdido una gran oportunidad de “hacer Europa”. A lo largo de ella, dos países europeos, Francia y Alemania, se revelaron inicialmente como promotores de la distensión frente a las demandas maximalistas e intransigentes de Estados Unidos, Rusia y la OTAN. Francia, incluso, había iniciado en el momento de producirse la entrada de tropas rusas, primero en el Donbás y a los tres días en el resto de Ucrania, un elaborado plan de cumbres que podría haber dado paso a, por lo menos, un inicio de desescalada. Plan que dicha irrupción militar rusa ha por completo invalidado. No es que haya que ser tan optimista (¿ingenuo?) como para creer que esta propuesta fuera a salir adelante exactamente como estaba planteada y mucho menos que fuera, en caso de materializarse, a suponer el final a corto plazo de tan enconada crisis, pero, por lo menos, dibujaba una posición de flexibilidad.

¿Qué hubiera pasado si esta postura de “negociar y empatizar”, creando ocasiones y oportunidades, en vez de “amenazar y adelantar peones” hubiese sido la propia de la Unión Europea con el apoyo efectivo de todos, o al menos de sus principales miembros, permitiendo que se hubiera visto de forma explícita que realmente la UE es capaz de tener una política exterior y de seguridad propia, no necesariamente siempre condicionada por la de su hermano mayor y primus inter pares en la OTAN?

Después de todo, Francia y Alemania son los dos principales pilares de la Unión Europea, uno, Alemania, en el ámbito económico y financiero, y el otro, Francia, en el militar.

Creo que todo ello permite concluir que los países de la Unión Europea, y especialmente España, que nunca apoyó al eje franco-alemán a lo largo de la crisis, han perdido una gran oportunidad de situarse “en el lado correcto de la historia”, que se dice ahora, aunque, más bien que de la historia, sería “del futuro”. Un futuro en el que Europa se soltase de las amarras en que se vio envuelta hace ya setenta y siete años (¡más de tres cuartos de siglo!) y por las que ha estado condicionada durante toda la Guerra Fría y durante toda su posguerra, hasta la actualidad.

Una Europa, en la que tanto el vínculo trasatlántico como el viejo dicho de “la Europa del Atlántico a los Urales” sean unas opciones más a barajar entre otras en cada circunstancia concreta y no normas de obligado cumplimiento. Una Europa que no dependiese de ningún paraguas nuclear, ni ruso ni estadounidense. Una Europa en la que nadie está autorizado a decirnos cómo tendría que ser, pero que en algún momento habrá que empezar a construir.

¿Podría haber sido esta, quizás, una buena oportunidad para empezar? Intentando evitar que la crisis “de Ucrania” entre dos grandes potencias nucleares expansionistas destroce a un país europeo, Ucrania, y nos involucre a los demás.


Enrique Vega Fernández | Coronel de Infantería (retirado) | Doctor en Paz y Seguridad Internacional por la UNED | Miembro del Foro Milicia y Democracia y de la Asociación por la Memoria Militar Democrática

Europa pierde en Ucrania la oportunidad de hacer Europa