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miércoles. 17.08.2022
blas de lezo
La fragata ‘Blas de Lezo’ inicia su singladura para integrarse en la Agrupación Naval Permanente de la OTAN (25-01-2022). (Foto: Defensa)
 

ENRIQUE VEGA | El 18 de enero de 2022, el ministro español de Asuntos Exteriores, señor Albares, visita a su homólogo estadounidense, mister Blinken, en Washington. En las declaraciones posteriores a la entrevista declara, en relación con la situación en Ucrania, que ambos países “preconizan la paz”, pero que, llegado el caso, si llegara, “España cumpliría con su compromiso con la OTAN”. Dos días después, la ministra de Defensa, señora Robles, “cumpliendo el compromiso de España con la OTAN”, anuncia el despliegue de un buque de Acción Marítima y una fragata en el mar Negro (a los que posteriormente se unirá un dragaminas) y el posible despliegue de cazabombarderos en Bulgaria, en el marco de las operaciones de la OTAN de cerco a Rusia.

Ambas declaraciones son, sin duda, política y diplomáticamente, irreprochables: preconizar la paz y cumplir con los compromisos adquiridos. Pero ¿en qué consiste la crisis de Ucrania donde se quiere cumplir el compromiso? ¿Crisis “de Ucrania” o “en Ucrania”? ¿Cuál es el caso “si llegara” al que aludía el ministro? ¿Cómo afecta a España? Porque la crisis es “en Ucrania”, pero también “de Ucrania”. 

La primera (“en Ucrania”, guerra civil) es la difícil compatibilidad entre las dos almas de la actual Ucrania nacida en 1991 (Tratado de disolución de la URSS): la paneslava y la nacionalista, propagandísticamente etiquetadas de prorrusa y de proeuropea para que la postura de los países occidentales (Estados Unidos y la Unión Europea) sea más fácilmente asimilada. Dos almas de la población ucraniana, a las que rápidamente les salieron dos santos patrones protectores: Rusia a la paneslavista, Estados Unidos y la Unión Europea a la nacionalista. Razón por la cual, cada vez que ha estallado una crisis entre paneslavistas y nacionalistas “en Ucrania” (2004-2005 en la llamada Revolución Naranja, 2013-2014 en el llamado Euromaidan y noviembre de 2021) se ha transformado inmediatamente en una crisis “de Ucrania” (guerra híbrida estilo siglo xxi entre Rusia y la OTAN).

Todo empieza con dos palabras rusas que se nos quedaron grabadas, aunque no entendiéramos del todo cuál era su significado exacto en ruso: perestroika y glasnost, con las que el presidente ruso Gorbachov expresaba su asunción de que la URSS había fracasado económicamente y se había estancado políticamente. Como fracasaron sus esfuerzos de renovación y la URSS se disolvió, arrastró con ella al Pacto de Varsovia y al COMECON, haciendo innecesaria, por tanto, al menos en teoría, a la OTAN.

Pero la OTAN no se disolvió, sino que, por el contrario, se envalentonó, adoptando la teoría del señor Fukuyama del “fin de la historia de las ideas políticas”, según la cual, una vez derrotados el nazismo y el fascismo en la Segunda Guerra Mundial y el comunismo en la Guerra Fría, solo queda seguir expandiendo e imponiendo al resto del mundo la democracia liberal capitalista y su correlato de derechos humanos (solo) políticos y civiles. Y con este objetivo geopolítico empezó a extender su ámbito de actuación, en nombre de la seguridad (¿de quién?) internacional, al mundo entero (Yugoslavia, Afganistán, Irak, etc.) y especialmente en la Europa central excomunista, su gran enemiga durante la Guerra Fría, a pesar de lo establecido en el Acta Fundacional Rusia-OTAN de 1997. Intentando cercar a Rusia por tercera vez en la historia (1918-1919, 1945 y 1999-actualidad) y creándole una cada vez mayor sensación de inseguridad, a la que se enfrentará el nacionalista presidente Putin desde su misma llegada al poder, precisamente en ese mismo año de 1999.  

Y en este contexto es en el que se produce la tercera crisis “de Ucrania” (2021), consecuencia directa de la anterior (Euromaidan, 2013-2014), que se saldó con la anexión rusa de Crimea y la rebelión secesionista de los paneslavos de la región del Donbás. Tercera crisis “de Ucrania” coincidente en el tiempo con la crisis migratoria “entre Bielorrusia y Polonia” y, por tanto, “de Bielorrusia”. Y los tambores de guerra empezaron a sonar; de posible guerra real, con combates y muertos; quizás en el Donbás entre sus defensores y el Ejército ucraniano; quizás en el Donbás entre los ejércitos ruso (y del Donbás) y ucraniano; muy poco probable entre Rusia y la OTAN. Y empezaron a sonar tambores, o mejor dicho siguieron sonando, en la guerra híbrida estilo siglo XXI entre Rusia y la OTAN.

La OTAN amenaza con terribles represalias si Rusia invade Ucrania (¿Ucrania o el Donbás? ¿El Donbás o el Donbás atacado/ocupado por el ejército ucraniano?). Fortísimas sanciones financieras, incluyendo la exclusión de los bancos rusos del sistema de pagos global SWIFT; suspensión de la cooperación económica, especialmente en el ámbito de los hidrocarburos, incluida la no apertura del Nord Stream II; refuerzo del despliegue militar en la proximidades de Rusia; etcétera.

Rusia despliega tropas en su país y en Bielorrusia y amenaza con hacerlo en el continente americano (Cuba y Venezuela); lleva a cabo maniobras militares intimidatorias y maniobras navales en el mar Negro (al lado de donde la OTAN hace las suyas) y en el Índico con China e Irán; efectúa, o se sospecha, ataques cibernéticos a puntos y redes sensibles de Ucrania; etcétera.

Como empieza a aparecer el fantasma de la guerra real, con combates y muertos, entre Rusia y la OTAN, a partir del diez de enero de 2022, se inicia una frenética tanda de encuentros diplomáticos en los más diferentes foros (bilaterales y multilaterales, oficiales y oficiosos) ¿para evitar la guerra o para parecer que se quiere evitar? ¿para buscar soluciones que puedan medio satisfacer a las dos partes o para repetir las amenazas hasta que el contrario ceda? Porque, a lo mejor, cede alguien, ¡es tanto lo que se juega!

Y en mitad de esta crisis, aparentemente absurda, pero muy concebible en la geopolítica de expansionismo-inseguridad y de áreas de control y dominio, no jurídico-político, sino más bien económico-financiero en beneficio propio, característica del mundo de la post-Guerra Fría, es cuando España decide aumentar el grado de “sus compromisos con la OTAN”.

Ni el comercio ni los intercambios humanos entre España y Ucrania son importantes, salvo la no demasiado grande colonia inmigrante ucraniana en España, ni parece existir posibilidad de roces o desavenencias entre ambos países. Lo que sí sabemos es que la crisis “en Ucrania”, sobre todo en su actual peligroso estado de efervescencia, es tanto o más producto de la confrontación crato-trópica entre grandes potencias o aspirantes a serlo (crisis “de Ucrania”), que del enfrentamiento ideológico-étnico entre los propios ucranianos (crisis “en Ucrania”). Crisis “en Ucrania” de carácter secesionista, de la que España debería alejarse para que no le pase como en Kosovo, donde, tras dejar esfuerzo, presupuesto y vidas durante años, tuvo que abandonar la postura común de socios (europeos) y aliados (de la OTAN) de conceder la independencia a esta provincia serbia.

rusia otan

Nadie puede aislarse en el mundo actual, pero hay compromisos y compromisos. Nuestro compromiso actual no tiene por qué ampliarse al que estipula el propio Tratado del Atlántico Norte: “un ataque armado contra una o más de las partes …. será considerado como un ataque dirigido contra todas” (art. 5), y teniendo en cuenta la razón de existencia de la OTAN: enfrentarse a la URSS y al Pacto de Varsovia; una vez desaparecidas estas dos entidades y dado que, a pesar de ello, la OTAN no quiso disolverse, “las Partes”, con las que nos comprometimos, pueden perfectamente considerarse los países que la conformaban en ese momento (1991) o los que la conformaban en el momento de ingreso de España en ésta (1982) o en su Estructura de Mandos Militares (1996). Ni Ucrania, que no es miembro de la OTAN, ni ningún otro país del área excomunista europea eran miembros de ella en esas fechas. ¿Por qué entonces incrementar el compromiso, precisamente ahora, que suenan tambores de guerra y de represalias económico-financieras, que, sin duda, de una forma u otra, van a acabar afectándonos?

Ni ha habido ataque armado de Rusia a ninguna de esas Partes (los países que la conformaban en 1991, 1982 o 1996), ni tampoco a los que se han incorporado después. Más bien ha sido la OTAN, con España incluida no se sabe muy bien por qué ni para qué, la que lleva tiempo desplegando fuerzas militares “extra” alrededor de Rusia, a pesar de las reiteradas protestas de este país. ¿Para qué entonces activar el compromiso, precisamente ahora, que, aunque la probabilidad de guerra real, con combates y muertos, entre Rusia y la OTAN sea más bien baja, ya que no interesa a las élites financieras mundiales, sí va a contribuir a alimentar la tensión militar?

España, en cambio, podría haberse apuntado a la contemporizadora postura franco-alemana, en vez de a la belicosa de estadounidenses y británicos y de los países excomunistas europeos. Se suponía que España había dejado la retórica (¿cruzada?) de la “defensa del mundo libre” con sus correlatos de “anticomunismo”, hoy antirrusismo, y estadounidismo de hace cuarenta y pico años.

Cuidado con los compromisos en materia de seguridad: se juega con las vidas de soldados españoles y con el dinero de los contribuyentes. Especialmente cuando se pertenece a una organización donde existe un primus inter pares.

España, Ucrania y el multilateralismo