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La reciente victoria de José Antonio Kast en Chile no es un hecho aislado ni una simple alternancia democrática. Se trata, más bien, de un nuevo eslabón en una cadena que viene recorriendo América Latina y parte de Occidente, marcando el ascenso sostenido de distintas derechas como respuesta a un profundo malestar social que los gobiernos progresistas no han logrado leer ni canalizar adecuadamente.
El triunfo de Kast se suma a los de Javier Milei en Argentina, a los giros conservadores en Bolivia y Paraguay, al regreso de Donald Trump en Estados Unidos y al liderazgo de Giorgia Meloni en Italia. El péndulo político, esta vez, se inclina con fuerza hacia la derecha. Y Chile, por su peso simbólico y su historia reciente, se convierte en un campanazo de alerta para toda la región, en especial para Colombia, que se acerca a un nuevo ciclo electoral.
Su proyecto ideológico se encuentra alineado con la herencia doctrinal del pinochetismo, la de una visión autoritaria del orden
Kast no representa una derecha tradicional moderada. Su proyecto ideológico se encuentra alineado con la herencia doctrinal del pinochetismo, la de una visión autoritaria del orden. Kast venia proponiendo una reforma institucional profunda que incluye la reforma judicial, una posición abiertamente restrictiva frente a la migración y, sobre todo, una narrativa de mano dura contra la delincuencia que llega a plantear la construcción de mega cárceles como solución emblemática. El tipo de gobierno que ejercerá aún es una incógnita, pero el efecto político de su victoria ya es real y puede ser contagioso.
¿Por qué ganó Kast? Existen al menos dos claves fundamentales para entender este resultado.
La primera es que supo leer —algo que no hicieron ni la izquierda argentina ni la izquierda chilena— lo que el pueblo creía que eran sus necesidades prioritarias. En Chile se asumió, desde ciertos sectores progresistas, que el gobierno de Gabriel Boric había respondido adecuadamente a las demandas sociales surgidas tras el estallido de 2019. Sin embargo, esa lectura resultó equivocada. El fracaso del proceso constitucional de 2022 fue una señal clara de desconexión entre élites políticas y ciudadanía.
El desempeño del gobierno de Boric en este campo fue deficiente, porque la economía no solo no creció, sino que se contrajo
Un principio básico de la política persuasiva es comprender qué cree el destinatario al que se dirige el mensaje. Y el pueblo chileno creía —y cree— que su principal problema es la seguridad. Chile ocupa hoy el primer lugar en América Latina en percepción de miedo y el sexto a nivel mundial, según encuestas internacionales como Gallup. Para una sociedad que históricamente se percibía como segura, este cambio fue traumático.
A ello se suma la percepción, alimentada por discursos políticos y mediáticos, de que una parte significativa de la delincuencia está asociada a la llegada de más de 330.000 migrantes, muchos de ellos venezolanos que huyen de la crisis de su país. Más allá de la exactitud empírica de esta asociación, lo políticamente relevante es que esa fue la creencia social dominante. Kast la leyó, la validó y ofreció una respuesta contundente, aunque polémica.
La segunda clave es económica. El desempeño del gobierno de Boric en este campo fue deficiente, porque la economía no solo no creció, sino que se contrajo. Para una sociedad que durante décadas se enorgulleció del llamado “milagro chileno”, el estancamiento económico fue vivido como una afrenta. Vuelve entonces la vieja y cruda verdad de la política: es la economía, estúpido. Ningún relato identitario, ambiental o cultural logra sostenerse cuando el bolsillo se resiente.
La segunda gran razón de la victoria de Kast fue su capacidad de unificar a las derechas. Logró articular a la derecha histórica, a la ultraderecha libertaria y a su propio sector, claramente ultraconservador. Esa convergencia no solo fue electoralmente eficaz, sino estratégicamente decisiva.
El gran reto para Colombia no es, entonces, meramente ideológico. La pregunta existencial es si sus dirigentes políticos están leyendo correctamente lo que el pueblo colombiano cree que son sus necesidades esenciales
Este fenómeno debe ser observado con especial atención en Colombia. Allí comienza a emerger un outsider de ultraderecha, Abelardo de la Espriella, que gana visibilidad y apoyo con un discurso centrado precisamente en la seguridad y la lucha contra la corrupción. Son, según múltiples encuestas, los dos temas que los colombianos identifican hoy como los problemas más urgentes del país.
Y aunque el candidato de izquierda Iván Cepeda aparece liderando las encuestas, se enfrenta a un desafío decisivo: cómo responder, de manera creíble, a la creciente convicción del electorado colombiano de que la inseguridad se ha convertido en su principal problema. El país alcanzó a percibir los efectos del desescalamiento del conflicto armado tras los acuerdos de paz impulsados durante el gobierno de Juan Manuel Santos —impulsados incluso con el Premio Nobel—, pero ese proceso fue posteriormente obstaculizado por el gobierno de Iván Duque y, en la práctica, diluido por la actual administración de Gustavo Petro.
A ello se suma el desgaste de la denominada “paz total”, a la que amplios sectores de la opinión pública atribuyen —desde el plano de la percepción y no necesariamente del análisis estructural— el avance del control territorial por parte de guerrillas y grupos armados ilegales. En el imaginario dominante, esta expansión se explica menos por las persistentes condiciones de desigualdad o por el narcotráfico, verdadero combustible histórico de la violencia en Colombia, y más por una sensación de ausencia de autoridad estatal. Es precisamente en ese terreno simbólico, marcado por el miedo y la desconfianza, donde se pueden incubar las condiciones para un eventual giro político similar al chileno.
El gran reto para Colombia no es, entonces, meramente ideológico. La pregunta existencial es si sus dirigentes políticos —de izquierda, de centro o de derecha— están leyendo correctamente lo que el pueblo colombiano cree que son sus necesidades esenciales. Y, aún más importante, si las respuestas que están construyendo resultan creíbles para una ciudadanía cansada de la guerra, insegura y escéptica.
Chile ha hablado. América Latina está girando. Colombia está advertida. La política que no escucha, termina perdiendo. Y cuando pierde, el vacío rara vez lo ocupa la moderación.
James Fernandez Cardozo | PhD Análisis Del Discurso



