#TEMP
sábado. 13.08.2022
uk
Foto: Kremlin.ru
 

“No hay camino para la paz: la paz es el camino”.
Mahatma Gandhi 


La frase latina, “tot capita tot sententiae”, significa “tantas cabezas, tantas maneras de pensar”, se atribuye al escritor latino durante la República romana, Publio Terencio, el más grande comediógrafo después de Plauto, nacido en Cartago, la actual Túnez; otros la atribuyen a Cicerón. Pero es Terencio su autor más seguro en su comedia “Formión”. La frase describe con precisión sintética las discrepancias y la plural opinión sobre cualquier realidad humana y refleja bien la líquida y confusa época que vivimos. De intentar escribir acerca de aquellos temas que son hoy actualidad la lista sería interminable: la pandemia y las variantes del SARS-Cov-2, medidas a tomar, vacunación o antivacunación, dosis y edades, mascarillas cuándo y dónde, confinamiento o libertad…, ganadería intensiva y extensiva, aciertos o desaciertos en las declaraciones del Ministro Garzón a “The Guardian” y las críticas advenidas, la nueva reforma laboral, las pensiones y su revalorización, los “problemas del Emérito”, la inesperada interrupción de la relación matrimonial entre Cristina de Borbón e Iñaki Urdangarín…, y en la actualidad más cercana y universal, la eventual invasión militar a Ucrania por parte de Rusia, las alarmas encendidas ante el impacto internacional que supondría esta posible acción bélica, de intervenir la OTAN, liderada por EE.UU., o cuáles son las intenciones del autócrata presidente de Rusia, Vladímir Putin, etc… Son miles, decenas de miles, las personas y medios de comunicación quienes, de continuo, están escribiendo y opinando sobre estos y otros muchos temas, pero según la frase de Terencio: “tantas cabezas, tantas maneras de pensar”, ¡qué pocas certidumbres tenemos sobre estos temas!; demasiadas opiniones, pero pocas certezas. Utilizando el título de la celebrada y famosa obra de Samuel P. Huntington, “El choque de civilizaciones”, hoy, definir la plural realidad española o mundial podría tener como título: “Choque de intereses”.

Sin poder generalizar pero sí constatar su pluralidad, demasiados personajes públicos, incluidos no pocos “opinadores de todo y sabios en todo”, se comportan como el protagonista de la comedia “Formión”, al que Terencio describe como un metomentodo que se vale de su astucia, sus habilidades retóricas y sus supuestos conocimientos legales, para ganarse la protección de los más poderosos y vivir de ello, pues conoce como nadie las debilidades del género humano y las aprovecha en su propio beneficio. Hoy, en cualquier medio de comunicación o redes sociales, encontramos “muchos doctores Formión” que opinan con rotundidad y sin asomo de duda sobre cualquier tema que esté de actualidad. Si hay un tema que concite el interés y la opinión mundial en estos últimos días, citado anteriormente, es la eventual invasión militar a Ucrania por parte de Rusia, las alarmas encendidas ante el impacto internacional que supondría una posible acción bélica, desconocida hasta ahora la intención del autócrata presidente de Rusia Putin, la posible intervención de la OTAN, liderada por EE.UU., incluida la propuesta de negociaciones de Washington y la Alianza al Kremlin y la respuesta de éste y el malestar inactivo de la Unión Europea por su exclusión de estas negociaciones.

En el libro mencionado, incisivo y profético, en línea con la obra de Francis Fukuyama “El fin de la historia”, sobre las distintas formas adoptadas por la política mundial tras la caída del comunismo, Samuel Huntington describe las reacciones y comentarios que le llegaron de todos los continentes y países sobre un artículo suyo publicado en el verano de 1993, en la revista Foreign Affairs, cuyo interrogante título era “The Clash of Civilizations?”; pero lo que más le hizo pensar y la causa de que escribiera posteriormente su famoso libro, con el fin de proporcionar una respuesta más completa, profunda y minuciosamente documentada a la pregunta del artículo, fueron las variables y encontradas actitudes de la gente ante su lectura: unos estaban impresionados, otros intrigados o escandalizados, otros asustados y, la mayoría, perplejos ante su tesis de que la dimensión fundamental y más peligrosa de la política global que estaba surgiendo entonces sería el conflicto entre grupos de civilizaciones diferentes. Para Huntington la fuente fundamental de los conflictos en el universo posterior a la guerra fría no iba a tener raíces ideológicas o económicas, sino más bien culturales, ya que el choque de civilizaciones dominará la política a escala mundial, pues las líneas divisorias entre las civilizaciones serán los frentes de batalla del futuro. En parte, y en momentos recientes, no ha ido desencaminado en su reflexión profética de que algunos conflictos los han marcado y definido la etnia o la religión. Según el propio autor, toda su obra se sintetiza en el título del libro, sin interrogantes, y en la frase final del mismo: “...los choques de civilizaciones son la mayor amenaza para la paz mundial; un orden internacional basado en las civilizaciones es la garantía más segura contra una guerra mundial”. Es decir, pretendía dar una interpretación de la evolución de la política global tras la guerra fría, y, desde ella, ofrecer un paradigma para contemplar la política global que fuese válido para los estudiosos y útil para los políticos a la hora de considerar y resolver los problemas ante nuevas y posibles circunstancias conflictivas internacionales.

Dejarles las manos libres a los actuales gobernantes es la mejor invitación al conflicto

Pero, en la inquietante incertidumbre actual, al contemplar cómo comentaristas mundiales y medios de comunicación están tensando el drama en curso (ojalá no llegue a tragedia) entre Ucrania y Rusia, el origen de la beligerancia y la incipiente guerra fría, que considerábamos superada desde la caída del muro de Berlín, no estará marcado por las líneas divisorias entre las civilizaciones que describía Huntington, sino por otros intereses más plurales, más indefinidos y más complejos; simplificar las causas que producen los enfrentamientos bélicos es desconocer la complejidad de los intereses humanos y las ambiciones de los líderes que gobiernan las naciones. Se equivocan quienes piensan que la historia es una sucesión de datos con los que se describen los acontecimientos que han sucedido en el pasado. En el marco de la frase de Terencio, existen corrientes posmodernistas que sitúan la subjetividad como eje central del relato histórico; existen tantas verdades y construcciones de la historia como colectivos políticos o historiadores, sobre todo, si éstos pertenecen al grupo de vencedores. Lo que sí es verificable en la historia es que a lo largo de los siglos se han manejado todo tipo de pretextos para desatar conflictos y que, una vez iniciados, sus consecuencias son difíciles de imaginar y más de controlar. Aunque se atribuye erróneamente a Julio César, la máxima latina “Si vis pacem, para bellum”, cuya traducción literal es “Si quieres la paz prepárate para la guerra”, su autor fue el escritor sobre estrategias de guerra y estructuras militares Flavio Vegecio; con ella quería destacar la importancia de una buena defensa para evitar la guerra, ya que, de esta forma, la iniciativa de la acción de atacar o no, quedaba en manos del que tenía la defensa más fuerte. Hoy, con el sentido que a la frase le quiso dar Flavio Vegecio, la mayor parte de la ciudadanía del mundo, que, según las encuestas, el interés de vivir en democracia y en paz encaja con un pacifismo actual de raíces profundas, apoyaría esta frase: “Para evitar la guerra, no entres en ella”; o dicho en plan más positivo: “Si quieres la paz, construye la paz”; o como sentenció ese líder pacifista que promovió y defendió la no violencia, Mahatma Gandhi“No hay camino para la paz: la paz es el camino”. Desde la paz y por la paz se deben de agotar todas las negociaciones posibles con el firme convencimiento de que conseguirla constituye hoy la principal tarea democrática de cualquier político o gobierno sensato.

Te puede interesar...


¿Cuáles son hoy los intereses manifiestos u ocultos para desatar una guerra que la mayoría de la ciudadanía mundial, incluida la europea, rechaza? Nunca llegaré a entender que la única salida o la salida final que algunos líderes encuentran para solucionar los conflictos con las características y de la importancia que sean, es acabar en una guerra en la que siempre pierden los mismos, los inocentes. Cualquier guerra para la población que la sufre es una muestra cruel de violencia que casa mal con los valores democráticos que dicen promover aquellos que las aprueban e inician. Quien ordena una guerra o es un demente o es un malvado. No me considero un conocedor de las estrategias geopolíticas, tampoco de sus tratados internacionales ni de los intereses que anidan en la mente de los gobernantes actuales, tampoco soy un ingenuo pacifista, pero la vida humana, cualquiera de ellas, vale más que todos los intereses que ocasionen los conflictos. Solo el estúpido o el demente destroza un ordenador porque no consigue abrir un programa. La historia, la razón y la ética, es decir, el progreso moral que desde siglos lleva iluminando la reflexión filosófica hasta llegar a la democracia y el diálogo, son los únicos instrumentos válidos para resolver los problemas que la convivencia, ya nacional, ya internacional, ocasiona; la fuerza destructiva y la violencia armada no pueden ser razones asumidas sin más por políticos sensatos. Ante cualquier conflicto, siempre habrá motivos para dar tiempo a la reflexión, a la diplomacia y al diálogo y encontrar, al fin, una solución que no destruya vidas. 

Nada justifica una guerra y nadie tiene derecho a declararla si previamente no se han agotado todas las posibilidades de acuerdo, incluso aunque se hubieran agotado. La guerra es una acción tan devastadora que anula cualquier fin justo que la haya motivado. La muerte y la destrucción no son menos dolorosas porque las bombas que las causan ni los objetivos que las inician intenten justificar el conseguir o promover un bien. Ningún gobierno tiene derecho a mantener a toda una nación, a todo un pueblo en el terror, el miedo y la incertidumbre de experimentar en sus vidas y en la vida de los suyos la devastación, la destrucción y la muerte que ocasiona cualquier conflicto bélico. El ser humano tiende a aferrarse a lo que cree que es cierto y a lo que considera que es justo o bueno, pero sería un error afirmarlo con rotundidad si carece de la información suficiente o ésta no es cierta. Y es mayor el error cuando con su error está en juego la vida de otros. La mentira, la ignorancia o el miedo son malos consejeros, enturbian la percepción de la realidad y conducen a decisiones erróneas o trágicas.

Lo que sí es verificable en la historia es que a lo largo de los siglos se han manejado todo tipo de pretextos para desatar conflictos y que, una vez iniciados, sus consecuencias son difíciles de imaginar y más de controlar

Como si estuviéramos en una partida de ajedrez, estamos viendo cómo los líderes mundiales están posicionando tanques, barcos, aviones, armas nucleares, misiles de crucero y, sobre todo, soldados, como si fuesen peones y fichas que manejan a su antojo desde el exterior del tablero. Este aterrador juego, como “el juego del calamar”, es un órdago que ha puesto a Europa al borde de una conflagración bélica inaudita desde el fin de la Guerra Fría. Dejarles las manos libres a los actuales gobernantes es la mejor invitación al conflicto. Y todo ello por el interés de reorganizar un sistema geopolítico heredado por la descomposición de la Unión Soviética, por el interés de aumentar el papel confuso e incumplido de ampliación de la OTAN y por la indefinición de un inexiste proyecto de seguridad del que adolece la Unión Europea, mucho más expuesta que EE UU a las consecuencias de una confrontación con Rusia y en la que existen diferentes posiciones entre los Estados miembros.

“Afrontamos un momento clave para la seguridad en Europa”, ha afirmado Jens Stoltenberg, actual secretario general de la OTAN, “y cualquier agresión de Rusia contra Ucrania, en el intento de frenar su inclusión en la Alianza, tendrá costes severos”. Ha subrayado que cada país es libre de elegir su camino, exigiendo a Rusia que no ejerza ningún tipo de presión sobre los Estados que aspiren a ingresar en la Alianza y que retire las tropas desplegadas sin permiso de los gobiernos de los países limítrofes. “La OTAN, ha afirmado, es una alianza defensiva y no buscamos confrontación”, pero advirtiendo que el artículo 5 de la organización prevé la defensa colectiva para garantizar la seguridad de cualquier aliado que sea atacado”. Putin, por otra parte, conocedor de que ese artículo no cubre a Ucrania al no formar parte de la Alianza, ha acusado a EE.UU. y a la OTAN, de provocar a Rusia, empujándoles a que inicie un conflicto con Ucrania.

En una negociación de incierto recorrido o un conflicto latente que podría desangrar al país agredido durante años, Estados Unidos y la Alianza Atlántica han abordado con gran cautela y cierto pesimismo, las conversaciones con Rusia. En los documentos confidenciales sobre Ucrania enviados por Estados Unidos y la OTAN ofreciendo a Putin acuerdos de desarme, expresamente exponen: “Continuamos aspirando a una relación constructiva con Rusia cuando sus acciones lo hagan posible y animamos a comprometerse en un diálogo significativo sobre los asuntos que nos preocupan para conseguir resultados tangibles”; pero a continuación advierte que “la reversión del actual despliegue militar ruso en Ucrania y su entorno será esencial para conseguir progresos sustantivos en futuras conversaciones”. “El retroceso de la escalada militar en Ucrania y sus alrededores será esencial para lograr un progreso sustancial. Estamos dispuestos a considerar arreglos o acuerdos con Rusia sobre temas de interés bilateral, para incluir instrumentos escritos y firmados que aborden nuestras respectivas preocupaciones de seguridad”.

La respuesta a estas propuestas y reflexiones, que algunos conocedores de la política rusa califican de inadmisibles, lo que en realidad quiere el Kremlin es volver a una vieja arquitectura de seguridad con el reconocimiento por parte de Occidente de una franja de territorio europeo que conforme su cinturón de seguridad vital; ya que una Ucrania que lograse establecer una democracia estable y próspera, con la posibilidad de pertenecer a la OTAN, sería inaceptable para el autócrata Putin y un motivo preocupante para el Kremlin, por el mensaje que se daría a la ciudadanía rusa de que, en condiciones parecidas, otras repúblicas de la federación rusa podrían pretender lo mismo que Ucrania. Bien escribe Lluis Bassets en el diario El País que nadie sabe qué va a hacer Putin, ni hasta dónde puede llegar su apuesta. Si quiere solo unas migajas y salvar la cara, o va a por todas. No lo saben ni los suyos. Él solo toma las decisiones. Escucha los consejos, escudriña las señales, pero finalmente atiende a sus propios intereses, a la misión histórica que se ha arrogado a sí mismo y a su perpetuación en el poder, en el que lleva ya 22 años.

¿Hay margen para la paz? Sin tener clara la respuesta, desde un sano y utópico deseo, considero que la diplomacia y el diálogo son el único y el verdadero margen. 

¿Has leído esto?

Choque de intereses