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jueves 19/5/22
mascara


“Lo que me parece cínico es seguir aparentando
que la conducta de los políticos es sincera”.
David Runciman (La Hipocresía Política)


No vivimos en un mundo establecido y acabado sino en un mundo en permanente cambio, que se está haciendo de continuo –es “el todo fluye” de Heráclito–, y en el que, con mirada retrospectiva, –todo conocimiento en el fondo es pensamiento retrospectivo–, nuestra principal tarea tiene sentido y valor si, desde la honesta conducta, pensamos y contribuimos a construir un futuro mejor en un mundo mejor, no solo para nosotros, sino, desde la solidaridad, para toda la comunidad mundial. Es un deseo muy general, tal vez utópico, pero nadie puede negar que es generoso.

Y en ese cambio de los tiempos también vamos adquiriendo nuevos lenguajes, nuevas palabras para designar nuevas situaciones, nuevas realidades. Hay palabras que se hacen viejas por desuso, pero que, recatadas y sacadas de nuevo a la luz, desde un pasado histórico, definen bien el presente. Sin entrar en religión, voy a utilizar términos bíblicos: “escribas y fariseos”; utilizarlos no tiene otra finalidad que redefinir la hipocresía que hoy caracteriza nuestra sociedad.

En el evangelio de San Mateo, los “escribas y fariseos” son mencionados, unos junto a los otros, pero entre ellos había matices y no pocas diferencias. Los escribas, intelectuales, se ocupaban de la escritura de los documentos importantes y de contabilizar las cuentas económicas; los fariseos, en cambio, se encargaban de representar a la nación, se ocupaban de los negocios, conocían las leyes y su misión era instruir y adoctrinar al pueblo en su cumplimiento; según el evangelio según Mateo, 23,4, en palabras de Jesús, se les hace una severa crítica y resume así la hipócrita conducta de ambos: “Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas”. Hoy se puede decir lo mismo de muchos políticos y jueces. En palabras del Eclesiastés, “nada nuevo bajo el sol”. De ahí que sea necesario otear el horizonte de nuestra actual situación política y democrática, intentando detectar las nuevas señales de los problemas que se avecinan ya que no es improbable que, en regímenes de democracia débil, la propia democracia se vaya desmoronando y la política se desdibuje.

No es improbable que en regímenes de democracia débil la propia democracia se vaya desmoronando y la política se desdibuje

El debate político internacional está saturado de acusaciones que atentan contra el honor de las personas; sin caer en tópicos, Bolsonaro, Orbán, Trump son claros ejemplos. Es palpable y fácilmente verificable la mentira y la inconsistencia entre el discurso de los políticos (sus promesas, valores, programas, ideología…) y sus acciones (políticas públicas, conductas, cumplimientos y vida personal…). Con qué facilidad critican las propuestas y medidas que realizan sus contrarios, pero cuando ellos gestionan el poder, terminan aplicando las mismas u otras muy similares. Consideran aciertos si lo hacen ellos, pero qué malos son si lo hacen los demás. A lo largo de la historia, la política está llena de discursos hipócritas y acomodaticios, sustentados en la mentira y en medias verdades. Desde hace miles de años, los dilemas éticos en la gestión pública y la actividad política han sido tema de discusiones y deliberaciones filosóficas y motivo de chanzas literarias. Pese a lo que se ha extendido en la opinión popular, la política no es en sí misma, ni sucia ni hipócrita, son quienes la gestionan, los que ocupan cargos públicos y posiciones relevantes, representando a la nación y al Estado, los que la denigran al utilizar la mentira como instrumento de defensa y ocuparse de sus propios intereses y no los de los ciudadanos; de ahí que, con justificados motivos, éstos se sientan engañados, defraudados y, por sobradas razones, critiquen su hipocresía.

La hipocresía es el tema principal de la obra “Tartufo o el impostor” (Le Tartuffe ou l'Imposteur), una de las más conocidas comedias de Jean Baptiste Poquelin, cuyo nombre artístico es "Moliêre"; esconde un ataque al papel demasiado influyente que tenían y tienen algunos personajes siniestros que existen en nuestra sociedad en distintos ámbitos -especialmente en la política-, que utilizan su capacidad para convencer y dominar a quienes los siguen. En realidad, son saqueadores, que pretenden conseguir el poder y, con él, los bienes materiales que el poder facilita. En el fondo, es la trágica historia de quienes gozan de la más absoluta impunidad, a través del poder, la mentira, la impostura, las apariencias y la falsa moral. El contexto histórico en el que se encuadra la obra es el siglo XVII, el “Grand Siècle” francés, marcado por la monarquía absoluta de Luis XIV, el “rey sol”. En su sátira insiste Moliêre, como tema e intención, en la crítica de los falsos devotos, de los hipócritas que se presentan bajo la apariencia de personas con fuertes valores cristianos y que esconden otros intereses; rechaza la pedantería, la presunción, “la erudición a la violeta”, esa obra de José Cadalso, en la que critica los falsos eruditos, hombres vanos y locuaces, con pretensiones de “sabios”, que, sabiendo poco, aparentan mucha ciencia; hombres ineptos, que fundan su pretensión en cierto aparato literario y artificioso. Esta apariencia puede alucinar a los que no saben lo arduo que es poseer una ciencia, lo difícil que es entender varias a un tiempo, lo imposible que es abrazarlas todas y lo ridículo que es tratarlas con engolada oratoria, frívola satisfacción y un indisimulado deseo de ser tenido por sabio universal, a lo que hay que añadir una mojigata beatería, la religiosidad hipócrita y la injusticia política, pretendiendo darle un significado moral. Con esta crítica sátira Molière pretendía erradicar uno de los vicios de la sociedad francesa de su tiempo, sin intención de atacar la religión, sino para demostrar cómo ésta puede, con demasiada frecuencia, mezclarse con la hipocresía. Profundo conocedor de la psicología humana, escudriñando siempre las pasiones, las envidias, las miserias y los sentimientos de los hombres de su tiempo, da la sensación de que, adelantándose al futuro, está haciendo un fiel retrato de la actual situación política española.

En nuestras sociedades actuales hemos llegado a normalizar la mentira y, lo mas grave, es que los ciudadanos ya no penalizan ni la mentira ni al mentiroso

Ciertamente, calificar a alguien de hipócrita no es ningún halago; es, tal vez, el peor perfil para describir a una persona y una de las peores críticas que de alguien se puede hacer; pero lo importante no es el adjetivo que califica; lo importante es si esa persona en su conducta se comporta con lo que el adjetivo significa. Esa era la intención de Molière en su sátira: mostrar a un farsante en acción, mostrar cómo un hipócrita puede destruir los valores de la sociedad; mostrar la personalidad compleja y los conflictos internos de alguien que se transforma en hipócrita, mostrar la máscara de la verdad detrás de la que se esconde la mentira y no confundir la apariencia con la realidad. Es lo que, con una visión más certera, describe el profesor de política en Cambridge y director del Departamento de Política y Estudios Internacionales de dicha universidad, David Runciman, en su obra “La hipocresía política”; es un agudo análisis sobre el problema intemporal de la posibilidad de la verdad en la vida política; en ella sintetiza que es la hipocresía la máscara con la que se disfrazan y se esconden todos los que, desde Hobbes hasta nuestros días, detentan el poder por el poder. Porque, qué es la hipocresía sino una forma de enmascarar la mentira con visos o apariencias de verdad? En nuestras sociedades actuales hemos llegado a normalizar la mentira y, lo mas grave, es que los ciudadanos ya no penalizan ni la mentira ni al mentiroso.

La normalización de la mentira está llegando a abarcar todos los ámbitos, no únicamente el personal; los que nos educamos bajo el franquismo, aprendimos de memoria en aquellos catecismos de “Ripalda” o “Astete” los diez mandamientos; el octavo rezaba así: “No mentirás”; la mentira entraba en el ámbito de la conciencia: era pecado y, para obtener el perdón, había que confesarse. Hoy la mentira ha entrado, y de lleno, en el entorno político, hasta llegar a normalizar que puedan coexistir dos versiones contrapuestas y que ciertos discursos puedan transmitirse y ser aceptados con el aplauso de los propios a pesar de su falsedad. El foro del Parlamento español se ha convertido en un claro ejemplo y la mentira en las campañas electorales es sistémica, repetida como argumentario. Bien decía Sófocles que “la mentira es la forma más cobarde y simple de autodefensa”. ¿Hasta qué punto se puede aceptar esa normalización de la mentira en las Instituciones en la que reside la soberanía popular? ¿Hasta qué punto se tiene que normalizar la falta de verdad disfrazada de elocuente oratoria, premiada con aplausos y que, además de falsear la realidad, son una falta de respeto por las Instituciones? Quizás lo más preocupante es que al repetir continuamente las mentiras, nos las acabamos creyendo. Somos capaces de autoengañarnos y luego fingir sorpresa ante las consecuencias de tales engaños. Si hemos sido capaces de normalizar la mentira, la solución es bien clara: se impone normalizar la ética.

Alexandre Koyré, filósofo e historiador de la ciencia, en su obra “La función política de la mentira moderna”, se preguntaba cómo identificar a los políticos mendaces, mediocres y falsos, inmersos en ese magma que es la acción política para, a continuación, dibujar un exacto retrato de su perfil: es importante saber ubicarlos y observar sus conductas. Su táctica es la mentira y su estrategia, trajinar en aquellos escenarios donde existe falta de información y razones y exceso de ignorancia y emociones. El político mentiroso, como “buen escriba e hipócrita fariseo”, busca y se dirige a aquellos ciudadanos e ingenuos votantes que pueden servirle como trampolín para conseguir el poder y sus oscuros intereses; una vez en el poder, es cuando los ingenuos votantes perciben la mentira y la farsa; por desgracia, ya no hay tiempo de corregir el error cometido; aunque, como medida de futuro, siempre existe la oportunidad de enmendar el error en las siguientes elecciones.

En casi todos los partidos políticos existe esta cofradía de “escribas y fariseos” dispuestos a la práctica hipócrita y servil de la mentira con tal de beneficiar al partido

Desde “La República” de Platón, pasando por “El Príncipe” de Maquiavelo, “El arte de la mentira política” de Jonathan Swift, hasta “Verdad y política” de Hannah Arendt, en cualquier reflexión de ética política está presente una cuestión fundamental, que considero una trampa, una falacia o un falso dilema: ¿conviene ocultar la verdad al pueblo, mentirle o engañarle, por su propio bien? El arte de la mentira política sería, de este modo, el arte de hacer creer al pueblo mentiras convenientes y saludables saludables con vistas a un buen fin. Así lo pensaba Disraeli: “sólo el gentleman, el sabio, sabe, por su propia condición, cuándo conviene decir la verdad y cuándo callarla o disfrazarla”. El pueblo es crédulo y puede ser engañado. En efecto, se necesita “más arte para convencer al pueblo de una verdad conveniente que para hacerle creer una falsedad saludable”. Pero, ¿quién tiene el monopolio de la verdad y de la mentira? De considerarse necesario mentir al pueblo con vistas a un buen fin, ¿quién se puede atribuir la ley de poder hacerlo?; ¿a qué departamento le correspondería esa comisión de mentirosos dedicada en exclusiva al engaño político? Aunque la pregunta es esperpéntica por ridícula e inmoral, en casi todos los partidos políticos existe esta cofradía de “escribas y fariseos”, de incondicionales mentirosos, dispuestos a la práctica hipócrita y servil de la mentira con tal de beneficiar al partido.

Por irreales que parezcan, estas reflexiones son un espejo de la realidad. Y así lo sostenía la filósofa Hannah Arendt en su artículo Verdad y política: “Nadie ha dudado jamás que la verdad y la política nunca se llevaron demasiado bien, y nadie, por lo que yo sé, puso nunca la veracidad entre las virtudes políticas”. De ahí que, si queremos que nuestra democracia se renueve y sea real y seria, el objetivo irrenunciable de la política actual es la de formar políticos responsables, con alto nivel de transparencia y ética y no incubadoras de burócratas falaces, con tendencia a la corrupción y con verborrea fácil para la mentira. Escribe Yuval Noah Harari en su libro Sapiens: De animales a dioses, que el futuro es tan incierto que la gente busca certezas y no historias diseñadas por políticos mendaces con promesas de verdades inciertas y que saben de antemano que no van a cumplir. O con las palabras del inicio del evangelio de San Mateo, desconfiar y no votar a políticos que con la hipocresía de los escribas y fariseos “atan cargas pesadas y difíciles de llevar, las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas”.

¿Has leído esto de Jesús Parra Montero, catedrático de Filosofía?

De “escribas y fariseos” o la hipocresía del poder