viernes 13.12.2019
ELECCIONES GENERALES EN SUECIA

Suecia: y cuando la ultraderecha despertó, los socialistas seguían allí

El primer ministro sueco, Stefan Löfven, del Partido Socialdemócrata.
El primer ministro sueco, Stefan Löfven, del Partido Socialdemócrata.

Más del 80% de los votantes ha respaldado a partidos democráticos y en gran medida europeístas, dando la espalda a los intolerantes

Una vez más, las previsiones han fallado y, como en muchos países europeos, las expectativas de la ultraderecha sueca no se han cumplido.

Sí, es innegable que han vuelto a subir, prolongando un crecimiento que no para en los últimos años y que el porcentaje de los extremistas es algo muy preocupante: un 17’6% de los votos no es poca cosa.

Lo bueno es que no se acerca ni de lejos a lo que algunos sondeos auguraban: ser la primera fuerza política del país con un 25% de los sufragios no es lo que han conseguido, de forma que sus objetivos no se han cumplido.

Tampoco se aproximan a lo que, por ejemplo, obtuvo Marine Le Pen en las urnas de las presidenciales francesas ni a lo conseguido por Salvini en Italia: nada menos que entrar en el Gobierno de la tercera economía del euro.

Así que los Demócratas Suecos celebran su avance con razón, pero su noche no ha sido, afortunadamente, todo lo dulce que esperaban.

Y eso ha sido así porque más del 80% de los votantes ha respaldado a partidos democráticos y en gran medida europeístas, dando la espalda a los intolerantes.

Además, la izquierda ha ganado en votos las elecciones (por poquísimo, ciertamente), aunque haya empatado con la derecha en escaños.

Ahora, si eso es meritorio, también lo es que, ininterrumpidamente desde 1917 (se dice pronto), los socialdemócratas hayan sido la primera fuerza política del país, con un retroceso de menos de tres puntos, descenso relativamente razonable dado el contexto en el que se han celebrado las elecciones, aunque no justifique obviar que ha sido su peor resultado histórico.

La verdad es que a uno le dan ganas de decir, parafraseando a Monterroso, que cuando la ultraderecha despertó, los socialistas (y el resto de la izquierda) seguían allí.

Sin embargo, conviene no engañarse: el peligro que los europeos tenemos ante nosotros no es tanto que la derecha extrema pueda ganar las elecciones y formar gobierno (en Italia lo han hecho como segunda fuerza de la mano de los populistas, aunque los sondeos favorecen cada vez más a la Liga), sino que termine influyendo negativamente en las posiciones del centro-derecha hasta incluir parte de su programa (aunque sea de forma atemperada) en las mismas.

En Austria (el FPO está en el Ejecutivo de coalición con los conservadores) y en Dinamarca ya ocurre. ¿Pasará en Suecia?, ¿tratará de apoyarse, de alguna manera, el Partido Moderado en la ultraderecha para gobernar, incumpliendo las declaraciones previas de no dialogar con ella?

Ese peligro no solo acecha a los estados miembros de la UE individualmente considerados, sino a las elecciones al Parlamento de 2019: la derecha extrema no tendrá mayoría ni conseguirá una minoría con la que bloquear la institución que encarna el corazón de la democracia comunitaria.

Pero sí puede, con su porcentaje y/o sus escaños, condicionar a la derecha democrática y europeísta que representa el Partido Popular Europeo (en el que todavía sigue Viktor Orbán, por cierto). 

Por eso es legítimo exigir a los conservadores europeos un firme compromiso de no mirar a la ultraderecha ni tratar de competir con ella en su terreno. En ese sentido, las tibias palabras sobre los extremistas de Manfred Weber, aspirante a candidato del PPE a presidir la Comisión Europea, no son precisamente alentadoras.

Porque, si lo hacen, resquebrajarían la mayoría europeísta que tiene que profundizar políticamente la UE y debilitarían la defensa de los principios y valores que caracterizan a nuestra democracia supranacional, con todas las consecuencias de ello.

¿Lo harán? 

Por si acaso, lo mejor es que los socialistas consigan ser la primera fuerza en las elecciones europeas para garantizar que los europeístas planteen una agenda en la que el apaciguamiento con el racismo, la xenofobia y la intolerancia no tenga ni un milímetro cuadrado de espacio.

Para que a la ultraderecha europea le pase con la izquierda lo del cuento de Monterroso.

Comentarios