CONSEJO EUROPEO DE SALZBURGO

Sobre la reciente cumbre informal de la UE y la parálisis europea

Las divergencias políticas persisten y las soluciones a los dos grandes problemas políticos que están encima de la mesa, la inmigración y el Brexit, siguen estando muy lejos.

Pedro Sánchez, junto a los jefes de Estado y de Gobierno de la UE en la cumbre de Salzburgo. (Imagen: La Moncloa).
Pedro Sánchez, junto a los jefes de Estado y de Gobierno de la UE en la cumbre de Salzburgo. (Imagen: La Moncloa).

La extrema derecha está demostrando su capacidad para marcar la agenda del resto de fuerzas políticas e instituciones europeas y fortalecer el miedo y el odio al inmigrante entre la ciudadanía

La inmigración y el Brexit concentran los debates y preocupaciones de los líderes europeos y son los dos grandes problemas políticos en los que se está jugando desde hace más de un año el futuro de Europa.

La extrema derecha xenófoba y antieuropeísta se fortalece en esa confrontación gracias a la incapacidad demostrada por los líderes europeos en la búsqueda de soluciones razonables, equitativas y, en el caso de la inmigración, respetuosas con los derechos humanos. Lo más peligroso del caso es que la extrema derecha está demostrando su capacidad para marcar la agenda del resto de fuerzas políticas e instituciones europeas y fortalecer el miedo y el odio al inmigrante entre la ciudadanía. El bloque de poder hegemónico en la UE (la poco sólida alianza que lideran Merkel y Macron) no puede dejar de hacer frente al populismo de extrema derecha ni impedir que sus bases electorales y programas se contaminen con las propuestas soberanistas preñadas de xenofobia que buscan debilitar el proyecto europeo y fortalecer el repliegue nacionalista y la insolidaridad entre los Estados miembros.

La extrema derecha vende una explosiva combinación de xenofobia y soberanismo sustentado en un nacionalismo exclusivista que, de seguir extendiéndose, conducirá a la liquidación del proyecto de unidad europea. Venden el progresivo deterioro de la UE como una pócima mágica que permitiría la recuperación íntegra de la soberanía nacional y la resolución de todos los problemas, tanto los de sus respectivos países como los de sus compatriotas. No perciben costes, contraindicaciones o riesgos dignos de mención en el deterioro del proyecto europeo ni en la salida del euro y la UE. No entran en el análisis de los síntomas específicos o problemas particulares que deben ser solucionados en cada país ni en las posibilidades reales de ejercer la soberanía en un mercado global en el que, desaparecida o debilitada la UE, sólo dos potencias, EEUU y China, estarían en condiciones de disputarse la hegemonía y ejercerla en un marco regulado por la ley del más fuerte. Creen que una vez recuperada en su integridad la soberanía nacional, las políticas monetaria y presupuestaria y la capacidad de controlar las entradas de importaciones e inmigrantes, podrían eliminar la carga presupuestaria y la competencia por los puestos de trabajo y la protección social que, según sus pedestres y reaccionarias concepciones, supone la acogida de refugiados e inmigrantes. Piensan que el bienestar de sus compatriotas estaría bien protegido con sólidos muros e infranqueables fronteras.

EUROPA SIGUE PARALIZADA

La austeridad sigue vigente, pese a sus malos resultados. Y esa parálisis reformista impide aprobar propuestas para superar los problemas estructurales de la eurozona y mejorar su funcionamiento

La reciente cumbre informal celebrada en Salzburgo los pasados días 19 y 20 de septiembre ha vuelto a evidenciar que Europa sigue paralizada, las divergencias políticas persisten y las soluciones a los dos grandes problemas políticos que están encima de la mesa del Consejo Europeo, la inmigración y el Brexit, siguen estando muy lejos. Se refuerza la posibilidad real de alcanzar pésimos compromisos o, incluso, de no alcanzar ningún compromiso.

El diálogo de sordos entre el Reino Unido y la UE se mantiene y crecen las posibilidades de un divorcio conflictivo. Más aún, cuando la UE no tiene una posición común (Holanda y Bélgica son más proclives a escuchar los argumentos británicos, mientras Alemania y Francia se oponen con mayor claridad) y en el Reino Unido crecen las voces que quieren replantear el Brexit. El Reino Unido dejará la UE el 29 de marzo de 2019, las negociaciones deberían haber concluido este mes de octubre, pero ante la falta de acuerdo continuarán hasta mediados de noviembre. Las perspectivas siguen siendo obscuras, a pesar de que los interlocutores tengan tanto interés en alcanzar un buen acuerdo como en evitar un mal compromiso que acabe perjudicando a las dos partes, por mucho que sea la economía británica la que tendría más que perder. Pero el final del ciclo de expansión económica que experimenta la UE desde 2014 parece estar próximo y sería fatal el nuevo obstáculo que supondría la falta de acuerdo con el Reino Unido. Las futuras relaciones comerciales entre el Reino Unido y la UE y la posible reaparición de la frontera entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda son dos de los escollos más importantes.

Respecto a la inmigración, la crisis política es aún de mayor envergadura. Hay una falta total de solidaridad entre los Estados miembros. Las autoridades de la mayoría de los países del Este se oponen a toda redistribución de refugiados y, más aún, a que ese reparto suponga la acogida en su territorio de personas inmigrantes. El fascista y xenófobo Salvini y el Gobierno de Italia mantienen bloqueados sus puertos, impiden el desembarco de inmigrantes y, para su vergüenza y la de las personas y fuerzas que los apoyan, obstaculizan en todo lo que pueden las labores humanitarias de rescate. Y las instituciones europeas siguen buscando como quitarse de encima el problema, subcontratando fuera de las fronteras europeas “centros controlados” de inmigrantes que estarían gestionados por gobernantes corruptos y antidemocráticos que se comprometerían a mantener esos nuevos campos de concentración de refugiados a cambio de abundante dinero.  

Si ya es suficientemente trágico ese panorama político, su gravedad se acrecienta cuando se comprueba que los grandes problemas estructurales e institucionales que sufre la eurozona parecen haber desaparecido de la agenda política de líderes e instituciones europeas. La reforma institucional de la eurozona sigue bloqueada. La austeridad sigue vigente, pese a sus malos resultados. Y esa parálisis reformista impide aprobar propuestas para superar los problemas estructurales de la eurozona y mejorar su funcionamiento, perpetúa la imposición de las políticas de austeridad y devaluación salarial, aumenta y consolida la desigualdad y la exclusión social, agrava la crisis de representación política y engorda al monstruo de la extrema derecha xenófoba y antieuropeísta. En tan delicada situación es necesario que la ciudadanía se incorpore de forma más activa que hasta ahora al análisis de los problemas y las insuficiencias de la UE y la eurozona y al debate público en torno a las alternativas y propuestas de reforma que se le ofrecen.

En próximas entregas me detendré en el señalamiento y análisis de los grandes problemas estructurales e institucionales existentes en la eurozona, su posible superación y las diferentes alternativas que proponen las fuerzas progresistas y de izquierdas.