Nuevatribuna

Enfoque popular, no populista

La subjetividad popular, con sus aspiraciones e ilusiones, es fundamental para el cambio. El problema viene cuando la pertenencia al campo ganador o su simple apariencia sustituye a la activación cívica, fundamentada en las demandas populares, como motor de cambio, realista y justo. Los deseos y la apariencia ganadora, adjudicándose la representación de un pueblo indeterminado, no son suficientes para ganar. Es necesaria la amplia participación democrática y el arraigo popular.

Esa inevitabilidad ganadora de la estrategia o la teoría propias, asentada en una supuesta mayoría social, se ha utilizado por todas las corrientes políticas e ideológicas, particularmente por el marxismo, al menos hasta el derrumbe del bloque soviético, para ganar credibilidad y cohesión. Tiene efectos de generar creencias e identidad colectiva en torno a un liderazgo, ofrecer garantías de acceso al poder y conquistar (o prometer) ventajas. Pero esa actitud tiene poco recorrido, justo hasta la presencia de dificultades e incoherencias, con el riesgo de pérdida de confianza popular.

El problema adicional hoy es el rellenar esa imagen ganadora a través de la pertenencia a una dinámica histórica común, el populismo (o el nacionalismo), donde se integran tendencias antagónicas, desde la derecha extrema hasta la izquierda, pasando por corrientes nacionalistas, junto con otras con objetivos democrático-igualitarios o, simplemente, centristas y populares. Esa particular pretensión de avanzar a través de la apariencia ganadora o mayoritaria, sumando tendencias contradictorias por su sentido político, tiene una base frágil y no sirve para el objetivo deseado de fortalecer la dinámica de un cambio de progreso.

Ampliar la base social del cambio, pero democrático y de progreso

En su origen, en el siglo XIX y primeros del XX, así como en general en Latinoamérica y en EE. UU. (con Roosevelt y recuperado por Sanders), la palabra populista conllevaba una base social más amplia (campesinado, autónomos, pequeño-burguesía y clases medias) que la clásica clase obrera industrial, así como un sentido social liberal-progresista, anti-oligárquico y popular-nacional antiimperialista. Es el significado menos restrictivo que todavía tiene allí ese significante. 

Es bueno dirigirse y representar a las amplias mayorías sociales… aunque no necesariamente en todo y siempre. El totalitarismo y el nacionalismo excluyente también han gozado de mayorías ciudadanas. Por tanto, no es el criterio único. Influye también el contenido ético-político de las decisiones mayoritarias, su actitud ante los valores universales que podemos definir como los derechos humanos. Es una tensión entre ética (con deliberación compartida) y democracia (participativa y pluralista).

No obstante, en la cultura europea y tras la experiencia nazi-fascista y de la actual extrema derecha, el populismo tiene una connotación autoritaria y todavía es más importante la diferenciación y el antagonismo con esa corriente política. Y la pugna del populismo de izquierdas por la resignificación y/o apropiación del auténtico sentido de populismo no tiene mucho interés frente a la confusión interpretativa y política generada por esa palabra polisémica. 

Dividir los campos sociopolíticos entre, por un lado, populistas, metiendo en él esas reacciones oligárquicas de extrema derecha y xenófobas y los nuevos-viejos nacionalismos junto al llamado populismo de izquierdas, y, por otro lado, no populistas o tradicionales (liberales, conservadoras, socialistas o de izquierdas) genera confusión analítica y desorientación política. Es mejor identificar a esas corrientes con la denominación de derecha extrema o neofascistas (o, en su caso, centristas y nacionalistas) y no llamarles populistas con la connotación embellecida de que son ‘populares’. Abundaría en la diferenciación del llamado populismo de izquierda o progresista, aunque, evidentemente, ya no se podría presumir de pertenecer a una tendencia histórica ganadora. 

Cabe el interrogante: ¿Por qué algunos autores prefieren ostentar el perfil ganador, adscribiéndose a un espacio o momento -populismo- tan problemático y contradictorio, y subordinar a ello el sentido político sustantivo del proyecto de cambio, democrático y de progreso?En el terreno político concreto la dirección de Podemosy sus aliados han evitado esa implicación. En España, al considerar, con todas sus contradicciones, socio preferente a la propia socialdemocracia. Y en Cataluña, al diferenciarse claramente del etnopopulismo de Puigdemont y el neo-nacionalismo españolista de CiudadanosPartido Popular

La debilidad del enfoque populista 

Para el populismo teórico, el carácter ganador lo da no a una tendencia política concreta, reaccionaria o progresista, sino a la suma de todas ellas que apelan a un pueblo indeterminado, es decir, a unos intereses y demandas ambiguos y a definir por el discurso de la élite correspondiente. 

Ese enfoque se desliza hacia la irrealidad y el desarraigo popular real, ya que destaca la formación del sujeto de cambio con la infravaloración de sus condiciones materiales y culturales de existencia, de su experiencia sociopolítica, de las relaciones de fuerza existentes. Y, por otro lado, con la sobrevaloración de la capacidad constructiva de un pueblo a través de la acción política discursiva de un liderazgo o la gestión institucional derivada de la misma, no de la activación cívica de la gente. 

La lógica populista define una manera de construir la política y el sujeto pueblo: la dialéctica idealista, el antagonismo de contrarios articulado por el discurso. Es la vuelta a Hegel que ya he criticado en otra parte (ver El populismo a debate, ed. Rebelión). Frente al estructuralismo determinista (económico, biológico, étnico o político-institucional), el posestructuralismo postmoderno no es la solución. Ambos, en realidad, tienen una fundamentación idealista a superar.

Es más sugerente otra corriente de pensamiento que denomino de realismo crítico y con hermenéutica social, más multilateral y que pone el acento en la experiencia popular real, las relaciones sociales, los vínculos comunes vividos por la gente y su cultura, así como su adecuada interpretación. Aparte de otros precedentes de la teoría crítica, podemos citar a Gramsci y, en particular, para explicar los procesos de contienda sociopolítica y los movimientos sociales, a pensadores como E. P. Thompson, Ch. Tilly y R. Jessop.

En definitiva, el enfoque populista es incompleto o indefinido en su contenido estratégico y programático. Es decir, para superar su ambigüedad necesita asociarse con una ideología o teoría política sustantiva, encarnarse en unos sujetos concretos. Así, lo que existe son populismos específicos: reaccionarios o progresistas, autoritarios o democrático-republicanos, de derecha extrema, centro o izquierda, nacionalistas o estatistas, segregadores y racistas o inclusivos, etc.

Por tanto, hay dos discusiones. Una, sobre los dos fundamentos teóricos o metodológicos: carácter y alcance de la polarización y el antagonismo dialéctico y su combinación con la transversalidad, el consenso o el universalismo, y papel del constructivismo voluntarista, superador del mecanicismo, pero sin llegar al realismo crítico y social. Otra, sobre la función política concreta de un populismo particular, con el sentido sociopolítico y ético de su impacto transformador y su mayor o menor definición política, sincretismo y eclecticismo.

Pluralidad político-ideológica en las fuerzas del cambio

Existe una gran crisis de las izquierdas, incluida la socialdemocracia, pero sería excesivo apropiarse bajo el rótulo de populista todas las heterogéneas tendencias sociopolíticas en los países europeos desde Grecia hasta Portugal, pasando por Francia, Alemania y Reino Unido. Incluso en España el carácter político-ideológico de los partidos políticos o élites asociativas alternativos es muy diverso, considerando el conjunto de PodemosIzquierda Unida, las convergencias (catalana, gallega, valenciana, vasca…) y las candidaturas municipalistas de los grandes (y pequeños) ayuntamientos del cambio, así como los distintos movimientos sociales progresivos, en particular el movimiento feminista. 

Pues bien, todo ese conglomerado democrático y de progreso hay que diferenciarlo claramente del populismo de derechas, empezando por el nombre. Pero, además, tampoco encaja bajo el nombre de ‘populismo’ de izquierdas, ni se ha conformado discursivamente, sino relacionalmente, con su participación pública, democrática y cívica. 

En lo que sí ha tenido un papel más relevante el discurso y el liderazgo de una élite ha sido con la configuración de una nueva representación política -Podemos-, no tanto en sus convergencias y candidaturas municipalistas, más abiertas y plurales. Pero, sobre todo, esa manera populista no ha sido el determinante para la conformación sociopolítica del movimiento popular o las mareas cívicas, desde el movimiento 15-M hasta el actual movimiento feminista o incluso la formación del electorado indignado, ya casi configurado antes de 2014. 

Su activación y su articulación sociopolítica no han dependido tanto de un relato previo, sino de procesos de indignación popular ante realidades de injusticia o discriminación interpretados desde unos valores democráticos y de justicia social y con un alto nivel participativo y asociativo de base. Ha sido, sobre todo, la experiencia de confrontación con los poderosos por sus políticas regresivas e impositivas en el contexto de crisis socioeconómica y precariedad, que desde 2010, han vivido millones de personas con su articulación sociopolítica y su cultura igualitaria y solidaria. Así, se han reafirmado en ella y han dado paso a su representación político-institucional en las llamas fuerzas del cambio, con credibilidad suficiente para ser cauce institucional de sus demandas. 

Ahora, hay una limitada movilización social, aunque se ha reactivado, especialmente, a través del movimiento feminista. Es el último gran ejemplo positivo de una amplia contestación cívica que, enraizada en su lucha por la igualdad de las mujeres y contra la violencia machista, ha desbordado su marco específico y ha supuesto una amplia unidad popular y democrática de demanda de reformas feministas sustantivas, sociales y legislativas. 

Hay también una importante presencia institucional de las fuerzas del cambio y un nuevo clima político con el gobierno socialista. Garantizar el avance hacia un cambio de progreso supone una reelaboración estratégica alternativa y unitaria, pero, sobre todo, una amplia participación popular.

La confrontación no es entre populismo (ganador) y no populismo (perdedor)

A nivel europeo, a pesar del giro derechista, también es empíricamente problemático que vayan a ganar las formas populistas (de extrema derecha), hasta el nivel de imposición de regímenes totalitarios y la destrucción de la U.E. liberal. Ese vaticinio desconsidera lo fundamental: que las estructuras de poder neoliberal de EE.UU. y la U.E. siguen siendo dominantes, que comparten algunos objetivos comunes con las presiones neofascistas, en particular para reforzar su capacidad de control operativa frente a la amplia deslegitimación social, aunque con una limitada capacidad de poder progresista o de izquierdas. El reajuste principal viene por la pugna nacionalista (o neo-imperialista) entre los grandes países (o grupos de países) por la nueva jerarquización y control en la estructura mundial de poder geoestratégico y económico.

Por tanto, es contraproducente, desde el punto de visto analítico y estratégico, la posición de aprovechar una supuesta fuente de legitimidad como fuerza emergente ganadora a través de compartir el mismo campo que la tendencia reaccionaria-autoritaria-segregadora y pro-oligárquica neoliberal. Ese objetivo de aparentar ser fuerza ganadora (cosa habitual en cierta izquierda radical catalana), con esa demostración empírica de supuestos aliados también ganadores tiene poco recorrido. Justo hasta la evidencia social y política de los resultados nefastos de sus políticas y su gestión y el carácter continuista del nuevo proceso de similar dominación oligárquica y subordinación popular.

Pero el mantenimiento de esa idea de compartir un momento o un proceso populista común tiende a no preparar las capacidades políticas para enfrentarse a esa tendencia reaccionaria neofascista o nacionalista neoliberal e idealizar las expectativas propias. Y el riesgo es la adaptación de la actividad a esa prioridad de la apariencia de ganar como reclamo de lealtad y cohesión del proyecto político de cambio, que sí debe ser popular y de progreso.