domingo. 03.03.2024
Manifestación republicana en Madrid el 14 de abril (foto Piortiz, col. Monasor)
Manifestación republicana en Madrid el 14 de abril (foto Piortiz, col. Monasor)

14 de abril, de Paco Cerdà, es un libro que pasa por ser una novela porque lo es, aunque es más bien un ensayo que pretende mostrar crudamente no (solamente) cómo fueron aquellos acontecimientos esenciales del devenir histórico español, los de abril del año 1931, sino evidenciar lo sangriento de semejante periodo. Muerte y sangre españolas en abril de 1931, lo habría titulado yo.

No soy un especialista en la proclamación de la Segunda República española, pero tampoco un no iniciado que no sabe de qué se habla en el libro de Cerdà. Un libro, por cierto, que costará seguir a quienes nada sepan de aquellos días, de aquel momento crucial. No soy un especialista, digo, pero ignoraba que se pudiera enmarcar todo aquello hablando, a la manera en que lo hace el autor de 14 de abril, de muerte, de muerte violenta, en el preámbulo de cada uno de sus capítulos, como si presidiera aquélla los acontecimientos que fueron los propileos de un tiempo ese sí convulso, aunque en principio lleno de futuro y deseos de justicia social. Me gustaría indagar más en todo ello, pero me permito lanzar a los historiadores especialistas una pregunta: ¿aquello fue una fiesta o fue un velatorio permanente y tumultuoso?

            “La historia siempre pide más”.

El reconocidísimo historiador Julián Casanova escribió para El País el 14 de abril de 2021 un artículo titulado ‘La Segunda República, un sueño democrático que se proclamó hace 90 años sin violencia’, en el cual podíamos leer que “a la Monarquía no la derrumbó una guerra, sino su incapacidad para ofrecer una transición desde un régimen caciquil a otro reformista. La marcha de Alfonso XIII al exilio se convirtió en una fiesta multitudinaria”. En fin, sigo con 14 de abril, cuya imagen de cubierta desdeciría cuanto vengo diciendo. Pero en absoluto lo consigue. De hecho, comienza así:

            “Acabas de morir. Nadie lo sabe, Emilio, pero tú estás muerto”.

“A la Monarquía no la derrumbó una guerra, sino su incapacidad para ofrecer una transición desde un régimen caciquil a otro reformista”

14deabril
14deabril

Hablemos de la novela en sí misma, de su literatura, y sobre todo de quiénes y en qué lugares aparecen en ella para acabar por conseguir lo que es para mí su gran mérito: una brillante narración pormenorizada de las horas culminantes de un proceso que desembocó en la segunda proclamación, y última, por ahora, de una república en la historia de España.

“Va a empezar el martes 14 de abril de 1931”.

Una fecha en la que “un mundo se extingue, una dinastía agoniza”, en un país con “veintitrés millones de almas que pacen entre la precariedad y el caciquismo”. Y “unas vidas se apagan”, sí Cerdà, unas vidas se apagan, sí. Éibar, “corazón de hierro industrial, pulmón del obrerismo vasco”; cárcel de Jaca (“los otros jóvenes, los que no escriben la Historia, los que simplemente la sufren o la gozan o la vadean sin mojarse los bajos del pantalón, siguen bailando en El Fado y dejando las mayúsculas para espíritus soñadores”); Alejandro Lerroux (en el Madrid de aquellos días)…

“Los párpados cerrados. La bala en el pulmón. Todos lo saben, Cándida, que tú estás muerta”.

Moaña, “tierra costera en la ría de Vigo, su playa es su tesoro: almeja, navaja, berberecho”; Valencia, donde “han enterrado al rey y a la monarquía”; Juan de la Cierva, que llega a Palacio en Madrid a ver al rey, Alfonso XIII, casi el protagonista de esta novela que gana premios de No Ficción (“como una tormenta formada al chocar fuerzas opuestas, todo el peso de la Historia se va cerniendo sobre su cabeza bajo el frío mármol de Palacio”), el Borbón que no puede “consentir que con un acto de fuerza para defenderse se derrame sangre, y por eso se aparta de este país”…

Cerdà nos aclara de qué va todo esto:

“El poder es la capacidad de infundir miedo. De atemorizar y controlar para evitar la anarquía. De amedrentar y castigar para impedir la insurrección.

El poder son las armas. La potestad de utilizar la violencia en régimen de monopolio y a discreción. El resto son circunloquios o constituciones: rodeos elusivos de una incómoda verdad”.

Todo esto va, en su libro, de poder y violencia.

El general Sanjurjo, el León del Rif; la casa madrileña de Miguel MauraBarcelona… 

“Teresa Claramunt ha muerto. La frase le sale sola. Escribir ante el cadáver de la Virgen Roja no es fácil para el columnista Correa”.

“Ya se ha proclamado la República en Éibar, en Vergara, en Zaragoza, en Valencia, en Sevilla y en Oviedo”. En la casa madrileña del doctor Gregorio Marañón, “todo está en el aire: el trono, España, la vida del rey”, allí están el conde de Romanones, “alma y cerebro de la monarquía de Alfonso XIII”, y Niceto Alcalá-Zamora, “líder de los revolucionarios, alma y cerebro de la República”. Al final, “no hay más que negociar: el rey marchará hoy, la familia real mañana”. 

Barcelona: el poeta Ventura GassolFrancesc MaciàLluís Companys proclamando la República. La República española. Macià, seguidamente, proclamando la catalana: la República Catalana.

“Media hora te queda de vida. Tú lo sabes, Francisco, que te estás muriendo. Solo tienes dieciséis años. Un niño todavía. Un muchacho con el vientre reventado (en los barrios obreros de Huelva)”.

“Una manifestación parte de las calles de Huesca”, la de los mártires de la Libertad, la de los Héroes de Jaca (los capitanes Galán y García Hernández), y se detiene ante la casa del artista anarquista Ramón Acín, exiliado en París, salen al balcón su esposa, Conchita Monrás, y sus dos hijas, Katia y Sol; Santiago Carrillo, a sus dieciséis años periodista de El Socialista, encargado de ir a buscar a Julián Besteiro para proclamar la República desde el Ayuntamiento de Madrid; Constancia de la Mora desplazándose en taxi por las calles de Madrid; el ministro Gabriel Maura escribiendo en el Hotel Ritz la despedida del rey (“el título es sobrio: Al país; el duque empieza así: las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo”, bla, bla, bla, “resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil”)

Santiago Carrillo, a sus dieciséis años periodista de El Socialista, encargado de ir a buscar a Julián Besteiro para proclamar la República desde el Ayuntamiento de Madrid

En el hospital de Mora, junto a la Caleta, en Cádiz, Rosa Vila está pariendo a Pepe “a la misma hora que la República”; cerca, en la Escuela Naval Militar de San Fernando, su director piensa que hay que sacar de España al infante don Juan, tercero en la línea de sucesión al trono… Son las cinco de la tarde cuando Alfonso XIII reúne por última vez un gobierno (presidido por el almirante Juan Bautista Aznar).

            “El golpe te va a matar, Antonio. Y tú, pobre muchacho, aún no lo sabes”

En Salamanca, camina hacia el balcón consistorial Miguel de Unamuno, “el halo del sentimiento trágico de la vida cargando los hombros”; mientras la selección italiana de fútbol, que juega el domingo contra la española en el bilbaíno San Mamés, se entrena suavemente en el madrileño campo de Chamartín (“carreras, saltos, un poco de balón; la batuta la empuña ese turinés de gesto serio: Vittorio Pozzo”, el entrenador más importante del mundo, o casi), Giuseppe Meazzaentre ellos; en Zaragoza, “un héroe de guerra popular”, Francisco Franco Bahamonde, director de la Academia General Militar, reúne a profesores, cadetes y personal de tropa en el picadero, “su discurso va al grano: se ha establecido la República en España y el Ejército ha de acatar el nuevo régimen, dice”; y Antonio Floresví, hijo de socialista en las listas de las candidaturas municipales, sale del colegio de curas donde estudia para ver cómo su padre proclama la República en Tarragona; el fotógrafo Alfonso capta en la Puerta del Sol la imagen perfecta del día: presidiéndolo todo, “emerge una escena central, la escena, perfecta, rotunda, simbólica, es la escena soñada por los ideólogos de la República”, y es el azar el que la propone para “esta hora trascendental en que la España oficial y mortecina agoniza en el Palacio Real mientras la España real toma el poder en las calles como masa amorfa sin corifeo aparente”, lo que se ve, lo que se verá, es que “sobre el techo de un camión, que ha entrado en la plaza por la calle de Alcalá, emerge enhiesta la figura de un oficial del Ejército que porta una bandera tricolor, una bandera republicana con un mástil de más de dos metros, una bandera grande, morada, roja y gualda; una tela hipnótica, símbolo del cambio y del salto en la Historia”, quien porta la enseña es el teniente de ingenieros Pedro Mohíno Díez, con su uniforme reglamentario; y cerca de allí, en la Gran Vía, el tenor lírico Miguel Fleta es reconocido por el gentío “y se aviene a cantar La Marsellesa”…

Cerdà nos sumerge en medio de los hechos marabúnticos y lo hace con un ritmo literario apropiado, elegante y variopinto, medido, poético cuando se necesita, emotivo si viene al caso, decididamente importante, como de escritor grande.

“Una bandera republicana con un mástil de más de dos metros, una bandera grande, morada, roja y gualda”

Seguimos en aquel día de abril de 1931…

“Libertad. Vivalarepública. Libertad. Eso gritan miles de obreros y de anarquistas a las puertas de la cárcel Modelo de Barcelona. La amnistía no se espera; se fuerza. Y es así como apedrean las ventanas y luego invaden la cárcel, como una marabunta movida por el ideal. La fuerza pública —apenas fuerza, relativamente pública— deja hacer. A martillazos echan abajo las verjas de hierro que protegen la entrada a la prisión. Ya están dentro”.

En Madrid, Margarita Xirgu sale a escena del teatro Muñoz Seca; el embajador estadounidense Irwin Boyle Laughlininforma a las ocho de la tarde de que en España hay un nuevo gobierno sin rey (“aquí hay agitación, pero no un verdadero desorden”, escribe este anticomunista de manual); “en una Puerta del Sol llena y con aroma festivo a Nochevieja”, Cerdà nos cuenta que “el comité revolucionario se acaba de apoderar del Ministerio de la Gobernación: la escena ha sido teatral”. Apoderar es la palabra que usa el autor del libro, sí. Apoderar. El caso es que, pasadas las ocho y media, Alcalá-Zamora acaba de ser designado presidente del Gobierno provisional y se dirige al país por medio de los micrófonos de Unión Radio: “habla del orden maravilloso en las calles, de la revolución más serena de la Historia, de la vía perfectamente legal que auspicia el cambio”; mientras, Paco Concheso, “el fiel ayuda de cámara de Alfonso XIII”, le prepara el equipaje, el rey sale ya de Palacio, en automóvil, mañana lo hará en tren el resto de la familia: “son las nueve, por delante queda una larga noche, más de cuatrocientos kilómetros de viaje, el destino es el puerto de Cartagena”. 

“A quién le importa el nombre de un muerto. Nadie sabe cómo te llamas, Eduardo. Ni los transeúntes que te han recogido del suelo y te llevan en brazos al dispensario”.

Se salva de que la turbamulta le tire con sus enseres por la ventana el neurólogo José María Albiñana, fundador un año antes del extremista, muy extremista Partido Nacionalista Español, cuyos miembros “saludan al estilo fascista, pegan al estilo fascista, revientan actos izquierdistas al estilo fascista”, si bien “su fascismo se queda en eso, en el estilo: en realidad impera su derechismo, su espíritu reaccionario, su entrega monárquica”, ya es medianoche en Madrid; en Barcelona, un grupo armado “ha echado abajo las puertas de la cárcel de mujeres”; y “los pocos comunistas que a esta hora deambulan por algunas ciudades del país” creen que “la República naciente ya está enseñando su carácter reaccionario”…

“Te ha tocado morir (en Barcelona), Francisco. No estaba previsto, qué va. Sólo eres un simple telegrafista. Un chico natural de Falset, ese pueblo adormilado en el Priorat”.

El embajador estadounidense Irwin Boyle Laughlin informa a las ocho de la tarde de que en España hay un nuevo gobierno sin rey

Es la una y cuarto de la madrugada: “interpretant el sentiment i els anhels del poble que ens acaba de donar el seu sufragi, proclamo la República Catalana com Estat integrant de la Federació ibérica”, inviste Macià desde el balcón del Palau; y en Madrid está otro catalán insigne, el escritor Josep Pla, que ahora duerme quizás pero que ya ha constatado que todo esto “no es una lucha de clases: uno de los dos bandos no ha comparecido en la batalla” (es Cerdà quién habla, creo, no exactamente Pla, que conste); relativamente cerca, en Palacio, la reina Victoria Eugenia Julia Ena de Battenberg, “una familia repentinamente desgraciada”…

“Rondan las cinco de la mañana, el crucero está saliendo del malecón”: el rey va en él camino de Marsella. El rey que ya no lo es. El exilio.

Y como empezamos acabamos…

“Te van a enterrar. Todos lo saben, Emilio, la última víctima de la monarquía. Las primeras luces del día rejonean los cipreses del cementerio civil de Madrid. La última calma antes de la eterna. Y tú frío, azulándote, ya sin ser tú. Dicen que tu esposa Visitación y tus hijos se han presentado en el depósito judicial, pero no les han dejado verte. Con ese rictus adolorido tras tantas horas de agonía”.

Emilio es Emilio Arauzo Honorio. Tomad nota.

Despide 14 de abril Paco Cerdà argumentando que “todas las historias narradas en este libro de no ficción son reales. Declaraciones, detalles, nombres. Todo está documentado y basado en un abanico de fuentes heterogéneo: docenas de periódicos de abril del 31, archivos fotográficos, vídeos, documentales, películas, ensayos, tesis doctorales, trabajos final de máster, artículos académicos, libros de memorias, crónicas, diarios personales, cartas, dietarios, telegramas, radiogramas, cables diplomáticos, partes policiales, pasquines políticos, alocuciones radiofónicas, revistas, informes de partido, fichas de afiliados, gacetas oficiales, estatutos jurídicos, sentencias judiciales, boletines militares, cédulas, partes de defunción, registros meteorológicos…”

Y los libros leídos, aunque los tres que “merecen ser destacados” no parecen ser muy representativos de lo que uno espera encontrar como referencia historiográfica esencial sobre la proclamación de la segunda de las repúblicas españolas. Ni los menciono. Cerdà, eso sí, agradece la revisión que a su texto hicieron en su momento los historiadores Joseba Louzao Villar (a quien yo sigo en Twitter, por cierto) y Óscar González Camaño.

14 de abril, un ensayo novelado, una novela de no ficción: un libro, en definitiva, que merece ser leído. No obstante.

Sangre española en abril de 1931