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Querida amiga,
Me preguntas cómo estamos. Nuestra familia más directa y nosotros, entre bien y muy bien. Sería hipócrita decir otra cosa con lo que vemos a nuestro alrededor -y no siempre lejos de nosotros-, y sería también tentar a la diosa Fortuna no reconocer sus dones, que en realidad no hemos merecido. Pero, cuando levanto la mirada más allá del círculo inmediato de los nuestros y contemplo el mundo que habitamos, la respuesta no puede ser tan sencilla.
Me preguntas cómo estamos, y me temo que la respuesta, si quiere ser sincera, no será breve.
Estamos asustados, sí; con el alma en vilo. No es una exageración retórica. Es una sensación que nace de mirar el mundo con un mínimo de cuidado y comprobar hasta qué punto la violencia, el autoritarismo y la arbitrariedad de la fuerza han vuelto a ocupar el centro de la escena histórica.
Uno empieza a contar responsables y la lista crece con rapidez inquietante. Dos asesinos, Trump, Netanyahu, quizá tres, Hassan Nasrallah; luego aparecen los ayatolás iraníes, luego Putin, y enseguida se suman los dirigentes de autocracias asiáticas o teocracias que gobiernan a golpe de miedo. Xi Jinping, Shehbaz Sharif, Hibatullah Akhundzada, Kim Jong Un… Si uno quisiera ser exhaustivo, la enumeración se volvería interminable. Y lo más terrible es que ni siquiera se trata solo de nombres propios: detrás de cada uno de ellos hay sistemas enteros que han hecho de la represión y del miedo su forma ordinaria de gobierno.
Por eso digo que estamos asustados. No tanto por nosotros. Nosotros, que ya no cumpliremos setenta, hemos vivido -con altibajos, claro- dentro de un largo paréntesis histórico relativamente benigno. Pero cuando pienso en nuestros nietos, la inquietud se vuelve más profunda. La promesa de progreso indefinido que acompañó a la modernidad parece haberse resquebrajado. El horizonte ya no es la confianza tranquila en el mañana, sino una pregunta abierta sobre qué clase de mundo heredarán.
A este miedo se suma, inevitablemente, el enfado. Y quizá también una cierta lucidez amarga. Porque quienes hemos dedicado algo de tiempo a leer teoría política sabemos que el margen de maniobra del ciudadano común es menor de lo que nos gusta imaginar. A comienzos del siglo XX, el sociólogo Robert Michels formuló lo que llamó la “ley de hierro de la oligarquía”: una observación tan sencilla como inquietante. Toda organización compleja -incluso las que nacen con ideales democráticos- tiende a acabar dominada por una minoría dirigente.
El argumento de Michels es casi mecánico. Cuando una organización crece necesita especialistas: administradores, estrategas, portavoces. Esos especialistas acumulan conocimiento, control de los recursos y capacidad de decisión. Poco a poco la base se vuelve dependiente de ellos, y la democracia interna se convierte en una formalidad. «Quien dice organización, dice oligarquía», escribió Michels con una crudeza que todavía hoy resulta incómoda.
Esto explica, en parte, esa sensación que muchos tenemos de estar atrapados entre poderes demasiado grandes: estados armados hasta los dientes, estructuras burocráticas gigantescas y gobiernos que, incluso cuando son democráticos, suelen resultar extremadamente falibles.
Pero hay algo más que complica el panorama: nuestra propia debilidad moral como sociedad. Aquí me viene a la cabeza una idea de José Ortega y Gasset, que hablaba de la “hemiplejía moral”. Ortega utilizaba esa expresión para describir una forma de parálisis intelectual que consiste en ver la injusticia solo cuando la comete el adversario, y en justificarla o ignorarla cuando procede del propio bando.
La imagen médica es exacta: como si la conciencia estuviera paralizada de medio cuerpo. Un hemisferio ve, el otro permanece ciego.
Y así sucede con demasiada frecuencia. Hay quien condena con razón los crímenes de un régimen autoritario, pero guarda silencio ante atrocidades semejantes cometidas por aliados ideológicos. Otros hacen exactamente lo contrario. El resultado es una conversación pública dominada por consignas y eslóganes, no por conciencia moral.
Por eso me niego a aceptar los falsos dilemas que se nos ofrecen continuamente: elegir entre los ayatolás o Trump, entre una autocracia y otra forma distinta de autoritarismo. El dilema real es otro, mucho más claro: democracia o autoritarismo, tome éste la forma que tome -teocracia, autocracia personalista, democracia iliberal o régimen de partido único-.
Ante todo esto, uno podría caer fácilmente en la desesperanza. Pero intento recordar algo que aprendí hace años leyendo a los estoicos. El estoicismo no es la filosofía de la resignación, como a veces se cree, sino una ética de la lucidez, de la dignidad interior.
Los estoicos distinguían entre lo que depende de nosotros y lo que no depende de nosotros. No depende de nosotros lo que decidan los tiranos, ni el movimiento de los ejércitos, ni las decisiones de los gobiernos. Pero sí depende de nosotros nuestra respuesta moral ante lo que ocurre.
Ser estoico, por tanto, no significa aceptar lo que hay sin más. Significa hacer lo que debemos hacer sin culparnos por aquello que escapa a nuestro control.
Y eso, aunque parezca poco, no es tan poco.
Porque implica negarse a la hemiplejía moral de la que hablaba Ortega. Implica mantener la capacidad de compadecer el dolor humano allí donde aparezca. Implica padecer con quienes padecen la tragedia, sean iraníes o israelíes, rusos o ucranianos, palestinos, paquistaníes, afganos, chinos o estadounidenses.
Los estoicos hablaban también de algo que llamaban oikeiosis: la expansión de la empatía desde el círculo estrecho del yo hacia círculos cada vez más amplios de humanidad. Primero la familia, luego la ciudad, luego la humanidad entera. Esa idea antigua sigue siendo, quizá, uno de los mejores antídotos contra el sectarismo contemporáneo.
Y sin embargo, incluso manteniendo esa dignidad interior, esa ética de la lucidez, queda la pregunta práctica que me sugiere esta reflexión: ¿qué podemos hacer realmente?
Aquí es donde recuerdo a María Zambrano. Zambrano pensaba que la palabra escrita no es un simple ejercicio intelectual, sino un acto de responsabilidad. Su idea de la “razón poética” buscaba precisamente superar la razón fría y dominadora que tantas veces ha servido para justificar la violencia.
Para ella, escribir era una forma de mediación entre la experiencia humana y la conciencia. Un modo de rescatar sentido en medio del naufragio histórico.
Por eso decía algo que me parece de una lucidez conmovedora, y lo expresó con las más atinadas palabras: «Lo que se publica es para algo, para que alguien, uno o muchos, al saberlo, vivan sabiéndolo, para que vivan de otro modo sabiéndolo».
Quizá eso sea, al final, lo poco -si no lo único- que realmente está en nuestras manos.
Cuando el margen de maniobra política es pequeño, la palabra se convierte en un espacio de libertad. Escribir es dejar testimonio de lo que vemos, de lo que pensamos y de lo que nos negamos a aceptar. Es una forma modesta de resistencia contra la mentira organizada.
No cambia el mundo de inmediato, claro. Pero puede cambiar la conciencia de quien lo lee. Y la historia, a veces, ha empezado precisamente así: con alguien que se negó a callar y decidió dejar algo por escrito.
De modo que, si debo responder a tu pregunta con honestidad, te diré esto: sí, estamos bien, pero la amargura nos invade muchas veces: vemos como la orilla de la tranquilidad se aleja, y el estruendo del abismo se acerca. Sentimos cómo nos arrastra el Iguazú.
No soy optimista por temperamento ni por diagnóstico. Pero tampoco quiero renunciar a la pequeña parcela de responsabilidad que todavía nos pertenece.
Así que haré lo poco que puedo hacer: pensar con cuidado, intentar no caer en la ceguera moral, y dejar algunas cosas por escrito por si, algún día, sirven para algo.
Tal vez para que alguien -uno o muchos- viva de otro modo sabiéndolas.
Con todo mi afecto.





