martes. 16.04.2024
Foto: Clotilde Sarrió

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Hace pocos días protagonicé una de esas anécdotas que ya desde el principio apuntan maneras para convertirse una de las más significativas a lo largo de nuestra existencia. Los hechos acaecieron cuando mi mujer y yo visitábamos el Museo del Louvre y tras atravesar varias secciones llegamos a la entrada de la inmensa Salle des Éstats, la más grande y prestigiosa de del museo y también la más visitada por ser la que alberga a la Mona Lisa de Leonardo Da Vinci, un cuadro que comparten sala con varias obras pictóricas venecianas que, pese a su belleza, quedan eclipsadas por la fama que el paso de los siglos ha otorgado a La Gioconda (Gioconda Mona Lisa son los dos nombres que indistintamente se utilizan para aludir al famoso retrato de una mujer de enigmática sonrisa, esposa de un rico comerciante florentino, que Leonardo da Vinci plasmó sobre el fondo de un paisaje lejano).

La Mona Lisa cuelga solitaria en la inmensa del fondo de la sala y la primera impresión de quienes contemplan por primera vez el cuadro suele ser una súbita decepción por la pequeñez del lienzo —tan sólo 77 x 53 centímetros— algo que el subconsciente tiende a rechazar por la extendida propensión a considerarlo el más famoso cuadro de la historia del arte. A punto de entrar en la enorme Salle des Éstats nos sorprendió la exorbitante cantidad de gente que la ocupaba, una vasta multitud de turistas apretujados pero felices que hacían fotos con sus teléfonos móviles, motivo por el que mi mujer prefirió quedarse en la entrada y contemplar desde allí el cuadro. Pero yo fui más atrevido y me abrí paso entre quienes posaban de espaldas inmortalizando la visita al museo con selfies donde su rostro destacaba en primer plano ante un fondo de cabeza que, con suerte y muy al fondo permitían apreciar una minúscula Gioconda.

Sigo sin comprender cómo surgió el impulso que me animó a actuar de ese modo, un proceder impropio en mí siendo como soy mas bien comedido que desmadrado

Inasequible al desaliento avancé entre la multitud haciendo zigzags que consumaba a golpe de empellones que propinaba a quienes obstaculizaban mi empeño por llegar a la primera fila, un lugar acotado donde una cinta de seguridad engarzada a varios postes metálicos impedía acercarse un centímetro más al cuadro de Leonardo, que aún quedaba lejos. Nada mas llegar a la cinta, dos guardias de seguridad nos pidieron a quienes allí estábamos que nos desplazáramos hacia la derecha y girásemos hacia la salida al llegar a la pared a fin de que pudieran avanzar quienes estaban detrás de nosotros.

Fue justo en ese momento cuando hice algo que aún hoy me parece incomprensible, pues me agaché y pasé al otro lado de la cinta, caminé hacia la Mona Lisa, le hice una foto, y cuando me disponía a hacerme selfie junto al cuadro, uno de los agentes me arrebató el móvil y se puso a manipularlo. Cuando temí que fuera a borrar las fotos, el agente se dirigió a mí correctamente, pero le interrumpí pidiéndole disculpas y mintiendo al asegurar que había viajado a París con el único propósito de ver de cerca a la Gioconda y hacerme una foto junto al cuadro. Para mi sorpresa el guardia sonrió, me pidió que me situara más cerca del lienzo y me hizo tres fotos con mi móvil devolviéndomelo al tiempo que decía algo parecido a: «En effet, la Joconde possède une magie particulière. Bonne journée et quittez les lieux immédiatement par la gauche, s'il vous plaît».

Sigo sin comprender cómo surgió el impulso que me animó a actuar de ese modo, un proceder impropio en mí siendo como soy mas bien comedido que desmadrado. Pero en fin, dejo constancia de que si no fuera porque mi mujer fue testigo —a distancia— de lo sucedido y por las fotos que me hizo el guardia de seguridad (y que siempre conservaré), yo mismo dudaría de la veracidad del relato.

Saludos y gracias por leerme y creerme.

El día que me fotografié junto a la Gioconda