sábado. 20.04.2024
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Narrativa | JOSÉ LUIS IBÁÑEZ SALAS | @ibanezsalas

A comienzos del año 2024, el periodista cultural español Rafael Narbona publicó su séptimo libro, una obra de 540 páginas titulada Maestros de la felicidad: de Sócrates a Viktor Frankl, un viaje único por la historia de la filosofía. Un libro didáctico, riguroso y de una encomiable amenidad. Un libro útil fenomenalmente escrito, porque Narbona es un escritor. Un excelente escritor. Palabras mayores. Un intelectual respetuoso con la forma y profundamente analítico, responsable del fondo maravilloso de sus escritos.

“Estas páginas pretenden acercar la filosofía a los que buscan argumentos para celebrar la vida y afrontar con inteligencia las experiencias más dolorosas e ingratas. Entre los filósofos, hay auténticos maestros de la felicidad, pensadores que nos invitan a contemplar el mundo con optimismo y a juzgar al ser humano con indulgencia. Mi propósito es que sus ideas lleguen a todos los que se han cansado de escuchar que la vida es una porquería y nuestra especie un error de la evolución”.

Cuenta Narbona que, tras haber sido desahuciado por la medicina, que le “auguraba una estancia a perpetuidad en el pozo de la depresión”, logró desprenderse definitivamente de la tristeza “reeducando” sus emociones y que contó para ello con “la ayuda de grandes educadores”: Boecio, Marco Aurelio, Séneca, Francisco de Asís, Spinoza, Henry Bergson, Bertrand Russell...

“Me gustaría que este ensayo ayudara a transmitir esperanza, sobre todo a los que se han acostumbrado a vivir en la desesperación y han olvidado que el mundo es un surtidor de prodigios. Esta obra es mi última clase, una lección que desearía ser luminosa alegre y nada tediosa”.

El propósito de Maestros de la felicidad

El autor considera que el propósito del libro es “exaltar la vida, mostrar que el ser humano puede elegir, que no es una marioneta en manos de la fatalidad, que es posible salir de esas regiones sombrías donde a veces deambulamos sin esperanza, que el dolor psíquico puede superarse que, el optimismo no es una ingenuidad, sino un ejercicio de lucidez, que la filosofía, lejos de ser una disciplina inútil, nos ayuda a vivir mejor”.

Narbona (que jalona todo el libro con su propia experiencia no solamente docente sino especialmente vital) admite, de entrada, que su elogio del optimismo es especialmente necesario en un tiempo como el nuestro, “líquido y cínico”, en el que ya no se cree en “la vieja tríada compuesta por el bien, la belleza y la verdad”. Que a él, “renegar de la vida, afirmar que es absurda e intrascendente, asegurar que solo hay ruido y furia”, le parece “el mayor fracaso de la inteligencia humana”.     

Cuando yo le leía, a medida que disfrutaba las páginas de Maestros de la felicidad, me sentía plenamente satisfecho, al ver que algo que llevaba años rondándome la cabeza respecto de estos tiempos supuestamente apocalípticos quedaba plasmado magníficamente en una obra de altura conceptual y alcance sencillo pero no simple.

La filosofía es la disciplina que “ha convertido el sentido de la vida en el centro de sus reflexiones”. Rafael Narbona fue profesor de Filosofía en Secundaria durante casi dos décadas y encontró en ella “argumentos para exaltar la vida, también para detestarla”.

“En esta obra, que reconstruirá la historia de la filosofía desde una perspectiva muy personal hablaré tan solo de las ideas que nos ayudan a vivir mejor, a no sufrir sin necesidad o a superar el dolor cuando es inevitable. La filosofía no es un manual de instrucciones pero sí puede utilizarse como guía espiritual y camino de sanación. A mí me ha ayudado a vencer mis demonios interiores y me ha reconciliado con la existencia. […] La historia de la filosofía es una apasionante novela sobre la conquista de la felicidad”.

Al fin y al cabo, “el ser humano necesita entender, clarificar, despejar incógnitas, y el pensamiento es algo más que una especulación abstracta. es nuestra forma de convertir el mundo en nuestro hogar”.

Distingamos, como hace el autor, qué es filosofía, y también algo muy relacionado con el objeto de Maestros de la felicidad, qué es ética.

La filosofía es conversación y, por eso, es una excelente herramienta contra la incomprensión y la barbarie. No podemos desperdiciar su potencial esclarecedor, su capacidad de humanizar los problemas y abordarlos desde la raíz, eludiendo los tópicos y simplificaciones […]

La ética es el momento en que me hago responsable del otro y acepto su derecho a la diferencia, a la alteridad”.

Este es un libro sobre filosofía, pero, redondea el autor, “es sobre todo un libro sobre la esperanza”. Hoy no podemos vivir creyendo que el mundo es solamente azar, que es algo que actualmente piensan muchísimas personas. Sí, es habitual encontrase con quienes consideran que “vivimos en un universo absurdo, sin ninguna finalidad o propósito”, aunque Narbona considera, con buen criterio, que “el hecho de que podamos expresar su funcionamiento con el lenguaje matemático y predecir con exactitud ciertos fenómenos menoscaba la angustiosa idea de que el ser humano fue arrojado a un caos inexplicable”.

Renegar de la vida, afirmar que es absurda e intrascendente, asegurar que sólo es ruido y furia me parece el mayor fracaso de la inteligencia humana”.

La felicidad

Comencemos por aclarar que la felicidad no es algo en modo alguno material, sino espiritual. Cuando ya sabía Sócrates y nos recuerda Rafael Narbona, “la felicidad no reside en el placer siempre efímero, sino en una conciencia satisfecha: sólo el que ama mucho la vida está dispuesto a morir por conservar la alegría de hacer lo correcto”.

Juega fuerte nuestro autor cuando explica que, mientras “la infelicidad es una desviación, un ultraje” que “atenta contra nuestro espíritu” y “retrocede ante los placeres sencillos”, la felicidad no es ni mucho menos una quimera, sino “el estado natural del ser humano”. Y no es, en modo alguno, un asunto meramente privado. Cómo el buscador infatigable que es, el ser humano no se haría preguntas si no fuera porque anhela la felicidad.

Para Víctor Frankl, “la felicidad es como una mariposa, cuanto más la persigues más huye, pero si vuelves la atención hacia otras cosas ella viene y, suavemente, se posa en tu hombro. La felicidad no es una posada en el camino sino una forma de caminar por la vida”.

Narbona considera que la felicidad (que no es un asunto meramente privado) “no es una quimera, sino el estado natural del ser humano”, en tanto que “la infelicidad es una devastación, un ultraje” que “atenta contra nuestro espíritu”.

Que no es un asunto privado lo demuestra que, en tanto que tenemos la obligación de ser felices, la tenemos no solamente por nosotros mismos sino también por los demás: “la felicidad no es un precepto, si no una decisión práctica” El autor del libro nos dice que “no deberíamos desperdiciar nuestra vida” porque “es un bien un bien frágil y efímero que debemos administrar con inteligencia y gratitud”. Al fin y al cabo, “sufrir hastío y satisfacción tristeza constituye una forma de maltratarnos”.

La alegría es superior a la tristeza: esta afirmación no es una hipótesis sino una certeza, una idea clara y distinta. Sostener lo contrario resulta tan absurdo como asegurar que la enfermedad es preferible a la salud. La insatisfacción es un sentimiento y una emoción. Por eso los argumentos racionales no suelen afectarle, pero son el único antídoto para disolver su resistencia a reconocer que la vida no es un fastidio sino un campo fértil donde no me merece la pena echar raíces”.

Que la felicidad no cae del cielo y hay que conquistarla lo sabemos por Bertrand Russell. En su libro de 1930, La conquista de la felicidad, considera que la infelicidad es fruto de las “pasiones dañinas”, y entre ellas, cita a “la envidia, la ambición desmedida, el miedo, la autocompasión, la soberbia, la incapacidad de amar, la insensibilidad, la indiferencia, la pereza, el egocentrismo, las expectativas desmedidas, el sentimiento de pecado o la fascinación morbosa por el sufrimiento”. Es evidente que nadie puede ser feliz “si pierde a todos sus hijos y sufre una grave enfermedad o si vive en la indigencia, pero tampoco es posible estar satisfecho sin un proyecto vital, sin un trabajo vocacional o sin lazos afectivos. Russell aconseja “salir de uno mismo, abrirse a los otros”.

Contra el pesimismo

Cuenta Narbona que durante la depresión que sufrió algún tiempo atrás, sus terapeutas fueron Platón, san Agustín, Pascal, Spinoza, Bergson… También que…

“La razón me reveló que la tristeza es un desperdicio, que la inteligencia siempre tiende a la alegría, que el pesimismo sólo es una perspectiva parcial e insuficiente, que es posible distanciarse de las propias emociones y revertir su curso, que el amor cura”.

Como el firme defensor del optimismo que fue, Epicuro, quien “concibió su pensamiento como una fórmula para ahuyentar la tristeza”, para el cual, “la felicidad no es placer exacerbado sino ausencia de dolor y de inquietud”, según nos dice Narbona: el “el ser humano sólo tiene necesidad de sí mismo” en el pensamiento de Epicuro y puede ser totalmente autárquico, ya que “no precisa de ciudades, instituciones ni riquezas”, ni siquiera necesita a los dioses.

En la historia del optimismo, el cristianismo es un hito, “pues situó en el centro de su mensaje la fraternidad la justicia y la esperanza”. Se pregunta el autor de Maestros de la felicidad “por qué las iglesias se desviaron de esa perspectiva y llegaron a bendecir guerras y cruzadas” y él mismo nos adelanta que “la historia nos da la respuesta”. Desde el punto de vista de Tomás de Aquino, “el alma sólo alcanza la perfección natural al unirse con el cuerpo, que le permite desarrollar todas sus posibilidades”, de tal manera que “el despliegue de ese potencial debe estar orientado a la felicidad, que es el sentido de la vida, y no a la penitencia”. Tomás de Aquino “afirma que la felicidad sólo se logra plenamente con la vida contemplativa” dado que “para un animal existir consiste en sentir y para un ser humano en entender”.

“El optimismo, cuando nace de la reflexión y la serenidad, cuando es fruto de un meditado sí a la vida y no de una fútil inconsciencia nos permite elegir libremente la forma de afrontar los golpes del destino. Para ser el dueño de uno mismo, para no ser un pelele sacudido por las tempestades del azar, hay que emanciparse del miedo y del deseo, dos cadenas que nos confinan en un pequeño círculo de insatisfacciones e inseguridades”.

Llegados a la era del Renacimiento, la idea de que “todos albergamos semillas, gérmenes, posibilidades, es quizá la nota más característica del optimismo” de aquellos tiempos: “no estamos predestinados a ser algo, no nos inclinamos naturalmente hacia el mal, el pecado original no ha corrompido al ser humano hasta la raíz, nada nos limita, salvo el trabajo y el talento”.

Con Narbona parece claro que “el optimismo sostiene que la vida merece la pena”, que “ser feliz es posible”, que “el ser humano puede reinventarse cuando fracasa o experimenta una pérdida”. Pero tenemos que tener en cuenta que, “si las circunstancias son sumamente adversas, las posibilidades de dicha se reducen drásticamente”. En efecto, “quizás el mayor reto del optimismo sea persistir en la esperanza en mitad de la adversidad”, ya que únicamente “adquiere rango filosófico cuando se gesta en situaciones particularmente problemáticas”. De tal manera que “los pocos afortunados que transitan por el mundo siempre sin experimentar reveses importantes pueden alumbrar un optimismo primario, semejante al del niño que sonríe en su zona de confort, pero su alegría carece de profundidad”. De hecho, “puede desvanecerse al primer golpe”. Para Narbona, “únicamente el que conoce penalidades graves y no renuncia a exaltar la vida merece el calificativo de optimista”.

Quienes somos optimistas preferiríamos levantarnos y desafiar a la fatalidad sin permitirnos que se nos arrebate el placer de vivir: no sé yo. En lo que sí estoy de acuerdo es en que “no se puede exigir a nadie ese heroísmo y, menos aún, culpabilizar al que se derrumba ante una tragedia, pero dado que el ser humano necesita ideales conviene subrayar que el optimismo es un digno estandarte”.

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Los buenos optimistas, los verdaderos optimistas holgazanearíamos sin mala conciencia, no necesitaríamos justificarnos: “las horas no son etapas, sino paisajes que conviene recorrer con calma, el tiempo no es una inversión, no hay que rentabilizarlo, sino disfrutarlo”. Los optimistas nos dejamos llevar, pues “sabemos que la vida se justifica en sí misma, no hace falta sacar provecho de cada minuto”.

Sobre optimismo y rencor, leo en el libro que son incompatibles, que “no es posible vivir felizmente si abrigamos odios y deseos de venganza”, también que “si el olvido borra los agravios, bienvenido sea y si no es así conviene hacer un esfuerzo y diluirlos limpiando la mente de un huésped tan indeseable”.

La mayor diferencia entre el optimismo y el pesimismo se encontraría en su visión del futuro según Rafael Narbona: si “el optimismo juega con el tiempo a su favor y estima que cada minuto contiene la oportunidad de mejorar”, el pesimismo percibe el tiempo como una catástrofe: “todo empeora sin remedio, la historia no es un ascenso a cimas sucesivas sino una caída interminable, sólo hay decadencia, podredumbre, ruina, el progreso es una ilusión”. El optimismo, sin embargo, a diferencia de su némesis, prefiere situar los paraísos y las ciudades doradas en el futuro. Porque los optimistas esperan algo que habrá de ocurrir, en tanto que “los pesimistas no esperan nada, salvo la repetición de todo lo que les produce insatisfacción”. La idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor es “uno de los grandes tópicos del pesimismo”.

“El optimismo es el fruto que yo he obtenido y quisiera compartirlo con todos. He necesitado mucho tiempo para que echara raíces y soportar a esos días ásperos y fríos que matan la esperanza, pero ahora ese fruto es un majestuoso árbol que prodiga una sombra fresca y casi indestructible. Nada es comparable al asombro de vivir”.

Narbona concluye que “el pesimismo siempre constituye la tentación más fácil” y que “la esperanza exige esfuerzo e ilusión, tenacidad e imaginación”. Cando tal cosa afirma no se refiere “a la expectativa de lo sobrenatural, sino al simple hecho de concebir el futuro como un abanico de posibilidades”.

El amor (y el optimismo)

Se sincera el autor diciéndonos que “si alguien me pidiera una sola prueba de justificar a mi optimismo respondería que el ser humano pese a sus miserias posee la capacidad de amar y eso demuestra que nuestra especie no es una anomalía dañina, como sostienen algunos, sino un prodigio”.

Muchas son las páginas que dedica Narbona al asunto del amor. Para él, “el amor no es sólo una expresión de afecto, sino un poderoso impulso que une vidas, teje proyectos, sana heridas y multiplica los vínculos”. Considera que el amor verdadero podría ser “un fecundo punto de partida hacia una sociedad mejor” algo que él mismo admite que suena ingenuo.

“Tal vez sea necesario rescatar algo de inocencia y pensar que la fraternidad no es una quimera irrealizable sino lo único que puede alejarnos definitivamente de la violencia y la iniquidad”.

Para el autor de Maestros de la felicidad, “el amor es el combustible que permite continuar cuando la mente piensa que ha agotado sus recursos”. Cada vez que olvidamos amar destruimos el paraíso que está en la Tierra, mejor dicho, “alteramos su equilibrio y destruimos su inequívoca belleza”.

“Dicen que el paraíso era un hermoso huerto con árboles frutales y bañado por ríos de aguas cristalinas, pero yo creo que el paraíso no es un lugar, sino un estado de ánimo. Eso sí, aunque no tiene árboles ni plantas necesita que lo cuidemos con ternura y paciencia. Este libro es mi forma de regar ese huerto que desatendí durante tanto tiempo”.

A diferencia del amor, que “es un impulso natural”, el odio “se aprende” y, además, “puedes ser desactivado por medio de la razón”.

Para amar no es necesario el talento, basta con la delicadeza. Es muy comprensible que tal cosa la afirme Rafael Narbona, él que no cree en el talento, sino en el trabajo.

“El progreso moral es una buena noticia, pero no debe utilizarse como argumento para descalificar a nuestros antepasados”.

Dentro de las maneras del amor existe lo que se ha dado en llamar el amor a uno mismo, que para Erasmo de Rotterdam era la sal de la vida. Se puede considerar que, “si lo eliminamos, el orador perderá su elocuencia, el músico el sentido de la armonía, el cómico su ingenio, el poeta su inspiración y el médico su talento para sanar. Erasmo sostenía que no es posible vivir sin autoestima y que, puestos a elegir, “el narcisismo es una opción más inteligente que la modestia”.


RAFAEL NARBONA | Maestros de la felicidad | Roca Editorial. 2024 | 544 páginas | 21,90 Euros | COMPRA ONLINE


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JOSÉ LUIS IBÁÑEZ SALAS.
Escritor, editor y crítico literario

Rafael Narbona, la filosofía y la felicidad