lunes. 04.03.2024

Narrativa | José Luis Ibáñez Salas | @ibanezsalas

Mariano Vargas Llosa… Mario, perdón. Es que conozco una jugosísima anécdota, en la que involuntariamente participé, en la cual una profesora de instituto llamaba Mariano al entonces solamente peruano pero ya grandísimo escritor, lo que hizo brotar las carcajadas de mi hermano Ricardo (Richard para los amigos, para la familia) y la inmediata ira de aquélla que se creía burlada y que no se apaciguó ni cuando mi hermano le dijo que él creía que el nombre de pila de Vargas Llosa era Mario, y no Mariano, según acababa de ver esos días en nuestra habitación compartida, donde reposaba uno de sus libros que por entonces yo leía (pongamos La casa verde), a lo que la señora maestra no prestó la menor atención, tratando a mi hermano como un maleducado de esos que ahora llaman alumnos disruptores, que se empeñan en chafarles las clases a unos sabios que no son capaces, como fue el caso, de reconocer su ignorancia en según qué asuntos.

Mario Vargas Llosa, que es a lo que voy, publicó en el otoño de 2023 la que anunció como su última novela, la que hace la número veinte, su título Le dedico mi silencio. Una novela que perfectamente podría haber escrito Mariano. Mariano Vargas Llosa. 

“Terminé de escribir el borrador de esta novela, en Madrid, el 27 de abril de 2022. Comencé a corregirla en mayo y desde entonces he seguido estos meses (mayo, junio, julio, agosto, septiembre, octubre, noviembre y diciembre), haciéndole pequeños cambios. […] Creo que he finalizado ya esta novela. Ahora, me gustaría escribir un ensayo sobre Sartre, que fue mi maestro de joven. Será lo último que escribiré”.

“Le dedico mi silencio” no está entre las mejores, ni de lejos, y pertenece plenamente a su menoscabada última etapa literaria

He leído todas las novelas de Vargas Llosa, las veinte: la única que no fui capaz de finalizar fue El sueño del celta, escrita ya en su época de decadencia literaria, que para mi gusto se inició tras su última obra maestra (precedida por algunas novelitas menores ya), La fiesta del Chivo, aparecida en el año 2000. Le dedico mi silencio no está entre las mejores, ni de lejos, y pertenece plenamente a su menoscabada última etapa literaria.

Lo que nos cuenta el muy insigne escritor venido a menos es la historia de un pobre hombre. Un pobre hombre que escribe. Un pobre hombre llamado Toño Azpilcueta (“crítico y promulgador de la música criolla”) que cree acertada su tesis inverosímil sobre lo que caracteriza a la nación peruana, al pueblo peruano, a la peruanidad, a los peruanos y peruanas, algo que es “el aporte más sublime del Perú al mundo”:

“Las vetas más profundas de la nacionalidad peruana, ese sentimiento de pertenecer a una comunidad a la que unían unos mismos decretos y noticias, estaban impregnadas de música y cantos populares”.

Y ya está, eso es todo, porque las peripecias vitales del personaje central (obsesionado con las ratas) y las de los que le circundan carecen del más mínimo interés vital o literario. Incluso la del extraño guitarrista llamado Lalo Molfino (“un artista caprichoso y difícil, como todos”), a quien el protagonista sólo escuchó una noche y a quien considera, de buenas a primeras, “la mejor guitarra del mundo”. 

En la novela aparecen personajes reales y personajes creados para dar carácter literario, sin éxito, a una mediocridad que acaba por ser una despedida literaria profundamente injusta, siendo como es la de quien quizás sea uno de los mejores escritores vivos sobre el planeta Tierra. Entre los personajes reales cito a modo de ejemplo a las cantantes peruanas Lucha Reyes, Chabuca Granda (de fama internacional, “a quien en vez de criticar, había que elogiarla”, pues “inventándose ese pasado, ella había sido una verdadera creadora de historia que ahora no era ficticia sino real, pues estaba en la memoria de cientos, de millares y acaso millones de gentes en el mundo, que conocían al Perú por sus valses y pasillos, en los que Chabuca describía aquella Lima imaginada por sus fantasías, sueños y prejuicios”) y Cecilia Barraza, amiga personal en la ficción del atrabiliario protagonista, quien admite en un momento dado que “que alguien como yo sea amigo de la gran Cecilia Barraza resulta un poco inverosímil” (a la cual el tal Molfino la espeta la frase que da título a esta novela). Durante los hechos que se narran tiene lugar la detención del líder de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán, algo que acaeció en 1992. De hecho, el libro que escribe Azpilcueta pretende mostrar que el alma peruana toma forma a través de la música criolla y que si los peruanos se reconocieran en ella recordarían qué es lo que les une para hacer frente a los desmanes brutales de los terroristas de Sendero Luminoso. Sic.

“Era la música, bastaba pensar un poco en ello para darse cuenta, la expresión artística que tenía el poder para despertar la fraternidad entre personas diferentes”.

Lo que Vargas Llosa ha escrito para cerrar su carrera literaria de ficción es un libro huachafo

Semejante artefacto para quizás ensalzar o solamente dar noticia, disparatada, eso sí, de “la más peruana de las artes, la música criolla”, no deja de ser una obra insustancial que en modo alguno recomiendo, salvo que se quiera despedir (de mala manera, advierto) a un gigante literario superlativo o se pretenda completar la lectura de su obra, cuajada de hallazgos literarios que aquí aparecen solamente con cuentagotas de una insignificancia decepcionante.

A Toño Azpilcueta no le importa saber, admitir, que las canciones “no son libros de historia”, que en ellas sus autores añaden o quitan lo que les place, ya que su importancia radica en lo que cuentan, “aunque todo sea pura fantasía”. Al fin y al cabo, es plenamente consciente de “las obsesiones que han iluminado mi vida”.

En definitiva, lo que Vargas Llosa ha escrito para cerrar su carrera literaria de ficción es un libro huachafo, un libro que en tanto que huachafo no es “la réplica ridícula de la elegancia y el refinamiento, sino una forma distinta, peruana, de ser refinado y elegante”. Y es que la huachafería es la gran parte central de la tesis del protagonista para definir la esencia de la peruanidad que todavía puede rescatar a su país del desastre al que podría ir a parar (si no está ya en él). Quizás el autor de Conversación en La Catedral haya querido contarnos qué es la huachafería de una manera sencillamente huachafa. Quizás no lo haya pretendido y yo lo haya creído ver en su novelita del adiós.

“La huachafería puede ser genial, pero rara vez resulta inteligente; es intuitiva, verbosa, formalista, melódica, imaginativa y, por encima de todo, sensiblera”.

Mario Vargas Llosa (casi) se despide de ustedes