martes. 23.04.2024

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Narrativa | JOSÉ LUIS IBÁÑEZ SALAS | @ibanezsalas

La decimoprimera novela del gran escritor español Luis Landero (la decimotercera si consideramos novelas también la magnífica El balcón en invierno y El huerto de Emerson, ambas espléndidos regresos a un mundo desaparecido) se publicó a comienzos de 2024 y yo la he leído con el gusto que siempre leo sus libros exquisitos y cercanos. Su título: La última función.

Reproduzco el arranque de esta nueva delicia sencilla (la gran literatura suele ser sencilla) para que te hagas una idea cabal de lo que te vas a encontrar en ella si decides hacer lo que te recomiendo, leerla:

“Ernesto Gil Pérez (Tito para más señas o, como mucho, Tito Gil) entró en el bar restaurante Pino al anochecer de un domingo de enero, unos dos meses antes de la llegada o, más bien, de la aparición de Paula, y estas dos figuras, y los hechos que ocurrieron en ese tiempo, son la materia principal de esta historia. Todo esto y más sucedió entre el invierno y la primavera del año 1994, en San Albín, o solo Montealbín, que de las dos formas se le puede llamar a este lugar, o más bien se le llamaba, porque hace ya tiempo que está abandonado de Dios y de los hombres, como tantos otros de por aquí, de estas sierras pobres de la periferia de Madrid, lindantes ya con Guadalajara y con Segovia, y que tuvieron, aunque cueste creerlo, sus tiempos de esplendor”.           

Quienes cuentan la historia, sus “rememoradores”, son “los pocos viejos que quedamos de aquel entonces”. Y la historia es la de algunos soñadores comprometidos con un destino, “con el empeño de otorgarle un sentido a la vida, que la ilumine y que la justifique”. Una historia que viene de atrás, de “cuando, ya entrados los años cincuenta, comenzó la decadencia” del citado pueblo, San Albín, o Montealbín, y “de casi todos los pueblos del contorno”. Un ámbito que nunca conoció la prosperidad y que venía sobreviviendo “desde los tiempos ancestrales de los carpetanos, los celtas, los romanos y los visigodos”. Un ámbito en el que, en aquella década de 1950, “después de tantos siglos, de un día para otro la gente comenzó a agarrar sus cosas y a arrear para las grandes ciudades”, quedando sus lugares “medio despoblados y abandonados a su suerte”. Todo porque a ellos había llegado, tardíamente, añado yo, la modernidad, tal y como nos cuentan esos rememoradores. Rememoradores, relatores que, a lo que les contaron los protagonistas de la historia, añadieron “los sobreentendidos propios de todo relato, todos esos pormenores verosímiles que se saben o se suponen sin necesidad de preguntar”. 

Esta novela es una suerte de homenaje a las gentes del teatro, de la farándula, de la interpretación

Una historia de gente como mucha de la que ha crecido con nosotros, conmigo al menos, gente que considera que “lo peor de todo es que tenemos la obligación de ser felices”, como un castigo. “Y eso sí que es duro”. Una historia como muchas otras, contada a su manera pero que cuenta la misma historia: “el caso singular de un vano intento” y su heroicidad, aunque el sueño “acabe desembocando en la inmisericorde realidad”, y su carácter sea a la vez cómico o trágico y hasta ridículo. Estamos en la novela de Landero, como los narradores se encargan de recordarnos, ante “un asunto viejo, mil y mil veces repetido”, pero que resulta siempre, aquí al menos, nuevo, “porque cada vida humana lo hace suyo, como si fuese cosa de estreno y nunca vista”.

lUIS lANDERO

Los personajes de la novela son muy landerinos o landerianos, gente que es capaz de decirle al otro a modo de secreta declaración de amor “¿Qué voy a hacer contigo?”, que en ocasiones deciden no hacer nada “ni oponer resistencia al paso del tiempo”, o que son capaces de sentenciar que al final, “todo es humo y sueño”, personas que, en el caso de una de ellas, que pretendió en su momento ser escritor, dudan entre varios estilos de escritura y esa duda es un primor más de la novela convertida en una pequeña lección de literatura que necesito reproducir:

“De momento, dudaba entre los muchos o pocos adjetivos, entre las frases largas o cortas, entre escribir al modo racional y diáfano de Ortega, por ejemplo, o al borrascoso y turbio de Unamuno. ¿Qué era mejor, y qué le vendría mejor a él, contar extenso y por menudo como Galdós o Tolstói, o breve y por encima como Chéjov o Hemingway? ¿Desatar la fantasía al modo de Poe o de Borges, o atenerse a los rigores de la cercana realidad como Delibes o Baroja? ¿Retorcer y encoger el lenguaje como Quevedo o allanarlo y dilatarlo como hacía Cervantes?”

Porque no olvidemos que, “a veces la vida y el arte se confunden, juegan a disfrazarse, intercambian sus identidades y atributos”. Y esta novela, que es, a su manera, una suerte de homenaje a las gentes del teatro, de la farándula, de la interpretación, tiene su propia explicitación del hecho dramatúrgico relacionado con la vida misma: “En la vida interpretamos diversos papeles sin siquiera saberlo, le decía, entre otras cosas porque es imposible ser siempre uno mismo. Por fuerza somos varios. Así que todos somos actores, el teatro nos corre por las venas, y llevamos dentro varios personajes, cada cual con su máscara y su texto aprendido”.

Como tantas historias que leemos, que se nos cuentan, que escribimos, esta es una que “quedó en apenas nada, en las cenizas frías de un sueño y en la problemática gloria de unas ruinas”.

            “Y aquí acaba la historia y ya no queda nada que contar”.

LUIS LANDERO | La última función | Tusquets Editores. Barcelona, 2023. COMPRA ONLINE


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JOSÉ LUIS IBÁÑEZ SALAS.
Escritor, editor y crítico literario

No quiero que esta sea la última función de Luis Landero