jueves. 04.06.2026
TEXTO DE JOSÉ LUIS IBÁÑEZ SALAS

La Historia, esa ciencia literaria

Reflexionando sobre lo que hacemos los historiadores.
La Historia, esa ciencia literaria_obra de Óscar Seco
Obra de Óscar Seco

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José Luis Ibáñez Salas | @ibanezsalas

La señora Pines, una profesora de instituto, le dice a Frank Bascombe (personaje habitual de las novelas y los relatos del escritor estadounidense Richard Ford) que la Historia, cuya esencia es la contingencia, es “la preparación para los malos tiempos”. Y él piensa que “los que ignoran la Historia no están más condenados a repetirla que los enterados, pero es más probable que se sientan más a gusto sobre muchas cosas”.

Sobre la Historia (sobre tenerla en cuenta, y no ignorarla) en los tiempos que vivimos reflexionaba el historiador Anaclet Pons en su libro El desorden digital. Guía para historiadores y humanistas. En este mundo cambiante, “muy pocos son los que pueden presumir de comprender esa mutación”. Ahí entramos en juego los historiadores, que nos aprovechamos de que “escribimos de forma retrospectiva, no prospectiva, una vez creemos saber cómo terminaron las cosas”. Esa es la razón de que nunca podamos dar por concluida nuestra labor: “reescribimos porque el pasado nunca deja de pasar”. Como “sabemos quién es el asesino”, dicho “descubrimiento nos permite atribuir determinado significado a lo ocurrido”. Pero no se trata de algo que ocurra “porque el desvelamiento haga irremediables todas las acciones anteriores, no sucede porque ahora descubramos su propósito oculto, sino porque es ese final y no otro el que las reordena”. No. Nada es irremediable, como tampoco nunca el colofón es algo definitivo, “pues nuevos hechos, diferentes procesos, variadas experiencias irán reafirmando un sentido o una perspectiva, o rescatarán otros distintos, nuevos u olvidados”. Y ahí entra en juego la distancia, algo que procuramos los historiadores “para entender que nuestro antepasado nos rehúye, que hemos de acercarnos a él con sus categorías, pero la pretendemos para ganar en profundidad, en complejidad”.

El periodista y profesor Fernando Martínez dejó escrito para la revista Anatomía de la Historia algo tan hermoso como esto (hablando de la Historia, eso sí):

“Los capítulos de la Historia están plagados de héroes y antihéroes, de reyes y villanos, de conservadores y revolucionarios, de perdedores y ganadores, de desaires y tragedias, de sucesos extraordinarios y nimios, de avances y retrocesos… en definitiva, el gran libro de la vida, al que evidentemente siempre le quedan algunos capítulos por escribir.

[…]

Lo imprevisible, lo que no se ha escrito del todo, posee la fuerza y el embrujo de la certeza más absoluta.”

Y ahora, vayámonos a mediados del siglo XVIII, para reflexionar sobre lo que hacemos los historiadores.

El ilustrado y enciclopedista francés Jean Le Rond d’Alembert —en el ‘Discurso preliminar’ de la Enciclopedia, o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios, donde, según nos explica Jorge Volpi en La invención de todas las cosas, “emprende una historia general del saber”— dividió en tres las formas del pensamiento (y lo que siguen son las palabras del propio Volpi para resumir el asunto): 

“La memoria, a partir de la cual se genera la Historia; la reflexión, que da paso a la Filosofía (y a la filosofía natural); y la imaginación, o imitación de la naturaleza, de la que surgen las Artes y las Letras”.

Aunque yo uniría a las tres, a la memoria, a la reflexión y a la imaginación, para explicar de dónde sale aquello que escribimos los historiadores. Porque sin memoria (documental), sin reflexión (para comprender) y sin imaginación (para completar sin desvaríos arbitrarios lo que la memoria documental no nos muestra), la Historia no es posible. La Historia, esa ciencia literaria.

La Historia, esa ciencia literaria