jueves. 18.04.2024

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Tal vez la Historia sirva también como consuelo. Tal vez sirva para entender a los demás (y a nosotros mismos). Tal vez nos sirva a los humanos como guía. Pero seguro que sirve para hacernos más sabios, en el sentido de imaginar qué puede ocurrir cuando hagamos algo que ya ha sido hecho con anterioridad. Ojo, hablo de imaginar lo que puede ocurrir, no de saber a ciencia cierta lo que va a ocurrir si hacemos algo concreto. 

“La Historia es una herramienta de perfeccionamiento de la humanidad”.

¿Qué hay de cierto en ello? Para el historiador José Luis Gómez Urdáñez, que es quien tal cosa afirma, la Historia “sirve para conocer el camino que la especie ha recorrido en su lucha contra la naturaleza hostil y contra el instinto animal del que no puede desprenderse”, es la única disciplina humana que nos “enseña que se puede hacer frente a la tragedia de vivir” por medio de la cultura, “que no es sino el triunfo de la vida social sobre el instinto individualista de la supervivencia. Cuando el recuerdo de ese logro, repetido en miles de experiencias comprobables a lo largo de miles de años, forma parte del proyecto social de los seres humanos que quieren seguir viviendo en sociedad y perfeccionándose éticamente –fabricándose como personas–, la Historia demuestra su valor y su utilidad”.

Cada vez que la historia es utilizada de manera instrumental y legitimadora se torna servil a otros objetivos a expensas de la supremacía de la evidencia y de los métodos

La practicidad de la Historia, en palabras de otro historiador español, Enrique Moradiellos, “se apoya sobre una necesidad social y cultural: la exigencia operativa en todo grupo humano de tener una conciencia de su pasado colectivo, [pues] la conciencia del pasado es un componente inevitable de su presente”, es una pieza clave para la supervivencia de las sociedades humanas. El propio Moradiellos cita en uno de sus libros dedicados entre otras cosas a la utilidad de la Historia (Las caras de Clío. Una introducción a la Historia) al escritor venezolano Arturo Uslar Pietri, quien en 1970 escribió un artículo titulado “¿Qué nos importa la guerra de Troya?” para Revista de Occidente donde sentenciaba lo siguiente respecto de la incomodidad de desconocer el pasado o carecer de él:

“Vivir sin Historia es lo mismo que vivir sin memoria […]. Condenar a cada generación o a cada hombre a partir de cero […]. Robinson Crusoe pudo sobrevivir en la isla porque llevaba consigo su pasado. Un Robinson desposeído del pasado y lanzado a la isla del pleno presente estaría condenado a perecer”.

Hoy, siempre hoy, siempre es hoy… Hoy “es más urgente que nunca –en palabras de la pensadora española Alicia García Ruiz– trabajar sobre los límites de nuestro conocimiento histórico y establecer el contorno de nuestra posibilidad de acción”.

No en vano, el pensador alemán del siglo XX Walter Benjamin concebía la Historia “como retorno a aquellas posibilidades no realizadas del pasado que merecen ser reactivadas en el presente”.

Dado que nuestro oficio es un instrumento de análisis social, debería servir, como defiende el historiador español Josep Fontana, “para denunciar aquello que necesita ser cambiado.” O, como aún más audazmente apunta otro historiador español, Marc Baldó Lacomba, “para transformar el mundo” si usamos de ella su función comprometida de crítica de la experiencia humana, y no su vertiente justificativa y reproductora del orden social establecido. 

Hegel: “lo que la experiencia y la Historia enseñan es que ni los pueblos ni los gobiernos aprenderán jamás nada de la Historia”

Sobre esto, por cierto, sobre la instrumentalidad de la Historia, sobre su función política y social, no sólo los posmodernistas sino también alguno de sus detractores, como el filósofo de la Historia neerlandés Chris Lorenz, tienen algo que decir, pues para los unos y para el otro el conocimiento histórico cumple esa doble función social y política. Lorenz me enseñó a distinguir a este respecto entre dos tendencias interpretativas sobre la funcionalidad de mi oficio: por un lado, están los objetivistas, que defienden “la idea de que la objetividad en la Historia ha tendido a restar importancia a sus funciones prácticas”; y, por otro, tenemos a los relativistas, defensores de las funciones prácticas de la Historia y tendentes a restar importancia a su objetividad. Los unos, Lorenz entre ellos, entienden la Historia como buscadora de la verdad. Los otros, los posmodernistas, básicamente, creen que la disciplina de los historiadores “está condicionada al mismo tiempo por influencias culturales, ideológicas y políticas”. Estos últimos, los relativistas, se inclinan más que los otros, los objetivistas, por la creencia de que “la Historia cumple funciones legitimadoras e instrumentales en la política y la ideología”. Aunque Lorenz reconoce la función social y política de la Historia, considera que la Historia legitimadora e instrumental se diferencia de la Historia científica en que “cada vez que la historia es utilizada de manera instrumental y legitimadora se torna servil a otros objetivos a expensas de la supremacía de la evidencia y de los métodos”.

El uso público de la Historia, en especial su uso político, “puede decirse que nació con el nacimiento de la Historia como actividad de conocimiento”, como afirmara el historiador italiano Nicola Gallerano. Así lo atestiguaron Tucídides, Maquiavelo, Luis Vives, Voltaire y tantos otros: prueba de ello fue la existencia misma de los cronistas regios, pura “historia por encargo”, como dijera el historiador español Juan José Carreras. Hasta Jean Mabillon, el fundador de la crítica histórica, fue un erudito a sueldo del rey francés Luis XIV. Karl Marx escribió aquello de:

“Hegel dice en alguna parte [no es cierto] que todos los grandes hechos y personajes de la historia aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se le olvidó agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”.

Hegel, no obstante, sí dijo que “lo que la experiencia y la Historia enseñan es que ni los pueblos ni los gobiernos aprenderán jamás nada de la Historia”.

Sigo a Carreras en su recorrido por la historiografía analizando el uso público de la Historia. Llego con él al siglo XIX. Lo que ocurre en esa centuria es que se va más allá y la política pasa a ser “una dimensión constitutiva de la Historia con los mismos títulos que su dimensión cognitiva”. Más que de un uso político de la Historia podríamos hablar de un uso histórico de la política. Es entonces, en el siglo liberal, cuando se produjo, como sabemos, el nacimiento de las historias nacionales. La Historia se escribía para ser útil, para crear una identidad colectiva. Hasta el final de la Primera Guerra Mundial, y especialmente con ella, “para los historiadores la Historia era una ciencia, pero el patriotismo era la primera virtud”. Desde entreguerras y la Segunda Guerra Mundial, el trabajo de los historiadores llevó a que se distinguiera entre ellos y la Historia. Hoy existe “una concepción profesional que entiende que el historiador debe ser un perturbador de tópicos o convenciones interesadas, un intelectual molesto por su empeño en recordar lo que sus conciudadanos quieren olvidar”. Carreras recoge en su valiosa obra Lecciones sobre Historia una cita de Eric Hobsbawm (perteneciente a su autobiografía aparecida en 2012 y publicada en español un año más tarde como Años interesantes: una vida en el siglo XX) que encaja aquí como anillo al dedo:

“La Historia está siendo revisada o inventada hoy más que nunca por personas que no desean conocer el verdadero pasado, sino sólo aquél que se acomoda a sus objetivos. La actual es la gran era de la mitología histórica. La defensa de la Historia por sus profesionales es en la actualidad más urgente que nunca. Nos necesitan”.

La Historia es una herramienta de perfeccionamiento de la humanidad