MONARQUÍA EN ESPAÑA

Génesis del imaginario monárquico

Resulta sorprendente que todavía haya tantos y tan monárquicos en España. Si fuéramos medianamente conocedores de las actuaciones de los reyes en nuestra historia, es probable, mejor, es seguro, que este sentimiento se reduciría a la mínima expresión.

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Resulta sorprendente que todavía haya tantos y tan monárquicos en España. Si fuéramos medianamente conocedores de las actuaciones de los reyes en nuestra historia, es probable, mejor, es seguro, que este sentimiento se reduciría a la mínima expresión. Mas, no voy a referirme a las trayectorias biográficas de los Borbones, de Fernando VII, Isabel II, Alfonso XII, Alfonso XIII, y Juan Carlos I. Creo que el españolito de a pie las debería conocer.

Si hay tantos monárquicos todavía se explica por que se ha construido desde distintos ámbitos un “imaginario monárquico” para su asunción por la sociedad española. Según Chomsky y Herman en la transmisión de mensajes simbólicos para el ciudadano de la calle, los medios, aparte de las funciones tradicionales (entretener, divertir e informar) inculcan valores y pautas de comportamiento para integrarse, y, por lo tanto, aceptan, las estructuras institucionales de la sociedad. Así pues, pueden convertirse en los mejores creadores de ese “imaginario monárquico” que se quiere imponer como un elemento casi natural, como parte del ecosistema de la sociedad moderna. Ese concepto de “Imaginario monárquico” es como una especie de sentimiento generalizado de aceptación sumisa de que hay personas, situaciones e instituciones que existen “per se”, sin que a los demás nos sea dado cuestionarlas. La monarquía es una de ellas, la más evidente, sin duda.

Los medios pueden convertirse en los mejores creadores de ese “imaginario monárquico” que se quiere imponer como un elemento casi natural, como parte del ecosistema de la sociedad moderna

Para profundizar en la génesis, el diseño y la imposición de ese “imaginario monárquico” me basaré fundamentalmente en la tesis doctoral de Luis Fernando Ramos Fernández, Las limitaciones a la Libertad de Expresión, derivadas de la reinstauración de la Monarquía en España del 2014. Tesis que tiene el apartado 2.5. La construcción del “Imaginario monárquico, pags. 311-323.

El llamado “imaginario monárquico”, como he comentado, es una construcción intelectual, consistente en introducir en la mente de las gentes el concepto de que la monarquía es una institución natural, que por tanto debe ser aceptada como tal con “naturalidad”. Reyes y príncipes siempre han estado ahí, formando parte de nuestras vidas y, además, están imbuidos no ya del origen divino que los consagra, sino de todas las cualidades que consideramos excelentes: el Rey es sabio, prudente, valeroso, etc.

Rodríguez García J. L, catedrático de Filosofía de la Universidad de Zaragoza en su libro Panfleto contra la monarquía. (Madrid, La Esfera de los libros, 2007), se pregunta cómo los mortales normales -los españoles- podemos aceptar como cosa natural que existan instituciones que perviven –aunque cada vez menos- cuya función real es no hacer nada o simplemente existir. “Plantear en qué medida y a través de qué procedimiento el rey sigue siendo ungido por la divinidad –escribe Rodríguez- puede parecer cuestión anacrónica”. Pero no en el caso de España no lo es: Juan Carlos fue nombrado rey por decisión personal de un general que era jefe del Estado y Caudillo de España por la Gracia de Dios y sólo responsable ante Dios y ante la historia. Desde la perspectiva de la estética de la historia, casi resulta cómico ver en los viejos NO-DO al general victorioso, escoltado por la “Guardia Mora” pasar en la secuencia siguiente a penetrar bajo palio en un templo cristiano, donde tantas veces será ungido como enviado de Señor.

¿Cómo conservar o mantener en su sucesor la unción divina? Pues para eso están los medios que retratan, relatan y cuentan las acciones extraordinarias que en su vida cotidiana realizan los reyes. Es ahí donde se construye el “imaginario monárquico”.

De manera harto expresiva, Rodríguez García escribe:

Que se quiera presentar a Juan Carlos I como el salvador de la patria, como la figura que ha hecho posible la transición a la democracia, resulta cuanto menos irritante. La verdad es que ha jugado prudente y astutamente para afianzarse en la autoridad democrática desde su procedencia inequívocamente franquista. . Aunque tales prudencia y astucia se hayan desarrollado en aras a conseguir y sustentar sus intereses reales, favorecidos éstos por la formación de una tupida red de personas, consejeros y agradecidos ricos que conforman una geografía cortesana, estrictamente similar a la que se constituyó en su día en tomo a Luis XVI o Alfonso XIII -y cuya imagen pretende romperse con esas celebraciones más populares que se llevan a cabo con motivo de la onomástica real o situaciones semejantes. Y acierta de pleno Rodríguez García, ya que en la carta que Juan Carlos I envió al Sha de Persia el 22 de junio de 1977 expresa claramente que la petición económica era con el objetivo de que ganase la UCD  en las elecciones generales, ya que si triunfaba el partido socialista supondría una seria amenaza para la seguridad del país y para la estabilidad de la monarquía, ya que fuentes fidedignas le habían informado que su partido es marxista.  Es decir, había que salvar la monarquía, aunque eso supusiera manifestarse frontalmente en contra de la ortodoxia democrática. Igualmente su  posición privilegiada de Rey la ha permitido amasar una fortuna inmensa, como hemos conocido recientemente. En definitiva, ha siso un comisionista, especialmente con los jeques del mundo árabe. Ya hablaremos más adelante sobre su fortuna.

Como podrá comprenderse, la unción divina y la sabiduría pueden resultar espectaculares, pero no garantizan la pervivencia del “imaginario monárquico”. Hay momentos en los que éste estalla por los aires, como en la cacería de Bostwana en 2012 y sus prácticas de evasión de capitales. No obstante, ya antes de que salieran a la luz tales tropelías, no faltaron quiénes cuestionaron la monarquía como lo hizo Juan  Goytisolo en La República como horizonte,  un artículo publicado en la edición impresa de “El País”, 14 de noviembre de 2004. Un extracto:

“………en España, a diferencia de Inglaterra y otros reinos del norte de Europa, en donde la institución monárquica se funda en un consenso tradicional de honda raigambre histórica y en una tranquila sucesión de reinados sin altibajos ni seísmos, la Monarquía española de los dos últimos siglos ha sido una especie de tobogán con subidas, bajadas, caídas, descarrilamientos. Desde el esperpento de las abdicaciones de Bayona hasta la muerte de Franco -a través de golpes militares, dictaduras e intermedios republicanos-, no alcanzó un amplio acuerdo cívico sino en fechas muy recientes: en torno a la Constitución de 1978 y el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981”.

El tiempo, a través de las encuestas, parecen haber dado la razón a Goytisolo, cuando advertía que España no es Inglaterra ni los países escandinavos, en los que la Corona se transmite sin sobresaltos desde hace siglos y ha arraigado en las costumbres y el imaginario colectivo; es decir el “imaginario monárquico”. Un dato a considerar. El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) dejó de preguntar por la monarquía en abril de 2015, un año después de la abdicación de Juan Carlos I. Desde entonces, la pregunta sobre la valoración de la monarquía no ha vuelto a incluirse en sus barómetros. Esa ausencia es muy significativa. Hay que salvaguardar el “imaginario monárquico”.

El CIS lleva sin preguntar sobre la monarquía desde 2015, un año después de la abdicación de Juan Carlos I

Obviamente como no podía ser de otra manera hubo quienes discreparon a lo expuesto por Juan Goytisolo. El historiador Javier Tusell le replicó, apenas unos días más tarde en el mismo soporte en el artículo La Monarquía, en peligro. Edición impresa de “El País”, 27 de diciembre de 2004. Un breve extracto:

“La [propuesta] de Goytisolo acerca de la República parece referirse a un tiempo todavía remoto, treinta o cincuenta años, y se basa en argumentaciones no tan perentorias. Aún así,  funcionalidad de la Monarquía puede tener sentido si ella sabe dárselo y todos contribuimos a hacerlo posible. De momento, los peligros que se ciernen sobre ella, pequeños, proceden más bien de insensatos empeñados en ampliar una crispación que ya debiera haber sido superada hace meses”.

Otro de los elementos sobre los que se construye el “Imaginario monárquico”, en cuanto a su capacidad de causar el asombro de los súbditos y siervos, alude a un controvertido aspecto, la fortuna de los reyes y su origen. Ya se sabe, porque de ello se encarga la revista “Forbes”, que, empezando por la monarquía británica, el resto de las que sobreviven en el mundo –no hablemos ya de los árabes medievales-, son riquísimos. Por eso –dice Guglielmo- “la dinastía reinante no sólo debía poseer la mayor fortuna del país, excepción hecha, claro está, de la Iglesia, sino que además tenía que ser considerablemente más rica que las más ricas familias, derrochar con una prodigalidad insaciable en las más diversas y contradictorias tareas o encomiendas: guerras, armamento, obras públicas, beneficencia y prebendas de todas clases, lujo público, lujo de la Corte, de los familiares, gigantescos palacios y castillos de mil habitaciones, fiestas y paradas de características fabulosas”. ¿Cuál es la fortuna de Juan Carlos I? Debe estar al borde de la mendicidad, ya que se queja amargamente de ser “el único jubilado en España que no cobra pensión”. ¡Qué desfachatez!  Tal como señala Jorge Urdanoz en su artículo, Juan Carlos I y los ojos de Suecia de 2020:

Los indicios de las prácticas corruptas de Juan Carlos I son cuantiosos, y lo son desde el principio de su actividad política, durante el franquismo (1977: dinero del Sha de Persia; 1979: Centeno y las comisiones por petróleo; años 80: casos De la Rosa, Colón de Carvajal, Mario Conde). Larsen parece ser solo un hilo suelto en una trayectoria de décadas, una trayectoria que explica que el New York Times publicara en 2012 que su fortuna personal se estima en unos 2000 millones de euros. Una hebra de toda esa tela parece estar ya en los juzgados – si España no hace nada, Suiza activará los mecanismos del Estado de Derecho - y tendrá su trayectoria judicial. Pero el problema no es tanto la suerte penal de Juan Carlos I como la inusitada y voluntaria ceguera que nuestro sistema político, mediático y judicial ha demostrado – y sigue demostrando – al respecto”.

Pero la construcción del “imaginario monárquico” tiene que ir más lejos, no puede quedarse solamente en la riqueza y los fastos que asombren al pueblo, en “una monarquía hereditaria, la masa debía estar constantemente obsesionada con la omnipresencia del titular del poder soberano, debía pensar continuamente en él, sentir por todas partes su voluntad y su presencia, sin que el monarca llegara a confundirse nunca con uno de sus atributos”.

El rey, con toda su familia, no podía ser visto en ningún momento, en ninguna circunstancia y en ningún lugar como un simple mortal, como un simple hombre de carne y hueso: tenía terminantemente prohibido nacer, crecer, comer, dormir, vestirse, hablar, escribir, contraer matrimonio, pasear, divertirse ... incluso morir, al igual que los demás seres humanos. Cada uno de sus actos y de sus gestos, cada uno de sus deseos o manifestaciones de voluntad, estaban precisa y minuciosamente reglados por una etiqueta preestablecida según ritos solemnes y ceremoniosos.

Uno de los territorios donde actúa con mayor insistencia la propaganda monárquica, en orden a crear en la mente infantil ese “imaginario monárquico” es el mundo escolar

Uno de los territorios donde actúa con mayor insistencia la propaganda monárquica, en orden a crear en la mente infantil ese “imaginario monárquico” a favor de la institución es el mundo escolar, a través de un promocionado concurso llamado “¿Qué es un rey para ti?”. Se convoca cada año, con patrocinio comercial de empresas de telefonía móvil, como habitual respaldo, abierto a la participación de escolares de primaria, dos cursos de la ESO y alumnos de educación especial hasta los 18 años. Se trabaja en grupo, bajo la tutela que, salvo excepciones, suele ser una maestra que, caso de ganar, será recibida por el Rey junto a sus pupilos y saldrá retratada en las revistas del corazón. El motivo siempre es el mismo: el Rey como padre de la nación. Este año 2025 se ha convocado ya la 45 edición. El tema de los trabajos podrá centrarse en la figura de S.M. el Rey y en el papel de La Corona en la estructura  del Estado, o también en la figura de S.A.R. La Princesa  de Asturias como garante de la continuidad institucional. Se puede concursar en diferentes modalidades: analógico, storytelling -Ponte en la piel del Rey y/o la Princesa y crea un storytelling. ¿Empiezas?-, vídeo musical- Do, re, mi… Prueba a componer un nuevo himno para el Rey… ¿Te atreves?; infografía, robótica y 3D.

No podemos substraernos a uno de los elementos esenciales de la imagen del Rey, su tratamiento augusto que lo eleva por encima de los demás ciudadanos. Es precisamente, una de las divisas cuyo uso con fines publicitarios resulta más llamativamente chocante. Con respecto a este aspecto, Juan Raposo en su artículo “Los tratamientos el ordenamiento jurídico español”  dice:

“En cuanto al primero, el de “Majestad”, nos encontramos ante un tratamiento que corresponde a “... Dios, á su Madre Purísima y también a los Emperadores y Reyes. Equivale a celestial en el sentido de elevación, grandeza y excelencia, sublimidad de alguna persona ó cosa. Este tratamiento insuperable se dio en la antigüedad á los Reyes y Príncipes de la sangre”. Este  término de “Majestad” significa bondad, dignidad, poderío, magnificencia, pompa, ostentación, aparato imponente y majestuoso con que se ejecuta alguna cosa”. Dice que tal tratamiento se corresponde con una divinidad mitológica, “... hija del Honor y diosa de la Reverencia”, y se atribuye a Ovidio que tal divinidad reinaba en el cielo, y que gobernó el mundo desde el Caos. La  antigüedad de la expresión es manifiesta. Horacio, cuando dirigió la palabra a Cesar Augusto, le da el título de Majestad en la primera epístola de su segundo libro. En España se da este tratamiento a los Reyes ya en un documento del siglo XIII, en concreto en la causa que se siguió al Vizconde de Cardona y a sus defensores por haberse rebelado contra su soberano, Don Pedro el Grande, Rey de Aragón”.

Por Decreto de las Cortes de 19 de abril de 1814, en concordancia con el artículo 169 de la Constitución, se declara que el tratamiento de “Majestad Católica” corresponde exclusivamente al Rey. El término “Majestad” es equivalente a “Sire”, tratamiento propio de los monarcas de Francia, aunque también es empleado en Inglaterra, y en otros reinos europeos.

Explica Raposo también el término “Alteza” expresa elevación y que corresponde a los Príncipes de estirpe real: “Hasta la entronización de la dinastía de los Austrias era el tratamiento de los soberanos, y también se atribuía a algunos tribunales (caso del Tribunal Supremo,), Corporaciones, como la Orden de Malta, cuyo tratamiento era el de “Alteza Serenísima”. O las propias Cortes […]. En la Ley 1ª, Título XII, Libro VI de la Novísima Recopilación, que es la Pragmática de Felipe IV, de 7 de agosto de 1636, se indica que “... cuando se dijere y escribiere absolutamente á Su Alteza, se ha de atribuir sólo á el Príncipe heredero”.

Todavía en 2025, en las recepciones en el Palacio Real por parte de los Reyes, muchos políticos, empresarios y periodistas, al saludarlos, bajan la cabeza y realizan una genuflexión

Con ese tratamiento de Majestad o de Altezas, podemos observar que todavía en 2025, en las recepciones en el Palacio Real por parte de los Reyes, todavía muchos políticos, empresarios, periodistas al saludarlos bajan la cabeza y realizan una genuflexión. Cuando alguno se sale de esta norma, incluso es criticado como una falta de respeto.

Las armas de las que se sirve para construir el “imaginario monárquico” son infinitas y sus filas cuentan con toda suerte, incluso de inesperados aliados.

En 1981, antes del intento del Golpe de Estado, la Fundación Institucional Española inicia una colección de libros sobre la Monarquía, que publica Editorial de Estudios y Ediciones. Este primer libro lleva por título “Todo un Rey” y lo firman Pilar Cernuda, José Oneto, Ramón Pi y Pedro J. Ramírez. Los autores comentan las fotos con pies tan expresivos, como éste, a propósito de una instantánea escolar de Felipe niño: “Él lo sabe, Está clarísimo que él lo sabe. Y que está encantado de saberlo. El real hecho de sentirse hijo del Rey permite a don Felipe este torrente de entusiasmo”.  No creo merezca más comentario, semejante práctica de  pleitesía empalagosa, que raya con el ridículo.

Escriben los cuatro autores -habría que saber cuánto recibieron por su participación- que, desde muy joven, casi niño, don Juan Carlos era consciente de que se preparaba para ser rey. Pero tuvieron que transcurrir unos años para darse cuenta de que ocuparía la Jefatura del Estado inmediatamente después de Franco, y no después de su padre, don Juan:

“Cuando Franco le nombró príncipe de España, Juan Carlos programó cada minuto de su vida para preparar la transición en el momento oportuno. Sin perder nunca el respeto personal a Franco -no permitió jamás, ni ahora ni nunca, que se criticase para bien o para mal en su presencia al anterior jefe de Estado- se puso en contacto con personalidades de los años sesenta que, intuía, podrían protagonizar papeles fundamentales en el posfranquismo. Intelectuales, altas personalidades de la Administración, técnicos y expertos en relaciones internacionales pasaron por La Zarzuela y mantuvieron grandes charlas con el entonces príncipe Juan Carlos, que poco a poco perfilaba una idea más concreta y ajustada de cómo habrían de desarrollarse los inmediatos capítulos de la historia de España.

A estas entrevistas acudían algunas personalidades políticas de la oposición, esa oposición que oficialmente no existía, pero que el Rey sabía perfectamente que trabajaba en la clandestinidad y que contaba con cientos de miles de seguidores en España y, sobre todo, en el exilio. Y quiso conectar con ellos”.

Desde el ámbito editorial se ha trabajado a conciencia para construir ese “imaginario monárquico”. Al respecto quiero reflejar una experiencia personal en la Navidad de 2012. Estos días visité en Zaragoza el Corte Inglés, y observé en la sección de libros un stand de Novedades de Historia. Estaban expuestos y muy bien visibles 18 títulos, de los cuales siete relacionados con la familia real. Del resto, salvo uno de Manuel Castells Redes de indignación y esperanza. Los movimientos sociales en la era de Internet, ninguno estaba relacionado con las problemas que preocupaban a la gente de la calle. También, no faltaría más, estaban los prolíficos e incansables Federico Jiménez Losantos y César Vidal con El precio de la libertad. Mucho que les importa a estos la libertad. Igualmente Joaquín Leguina– vaya trayectoria que lleva este caballero que fue 11 años presidente socialista de la Comunidad de Madrid- Camino de vuelta. José Bono, el que hizo desfilar por la Castellana de Madrid a un veterano de la División Leclerc y otro de la División Azul  en un plano de igualdad, con Les voy a contar.  La segunda edición de las Memorias de José María Aznar el Magnánimo. Tampoco podía faltar la crítica al socialismo andaluz, con El cortijo andaluz del periodista Agustín Rivera, delegado de El Confidencial en Andalucía. De Pedro Carvajal Urquijo, Los Urquijo en la Guerra Civil. De la periodista Lucía Méndez ‘Morder la bala’, un análisis sobre el primer año de Gobierno de Rajoy. Tres libros de memorias de Santiago Carrillo.

Mas, los libros interesantes de verdad los he dejado para el final, como los buenos vinos. No sé por dónde empezar. Tengo profundas dudas, mas por algún sitio había que hacerlo. Ahí va el primero. De Ignacio Gómez-Zarzuela El Rey y el mar, cuyo prólogo lo ha escrito el príncipe Felipe, en el que se repasa no sólo la vinculación de don Juan Carlos con los deportes náuticos sino la historia que une a la familia real con el mar desde los tiempos de Alfonso XIII. Tiene que ser muy interesante conocer las navegaciones marítimas de la familia real. De Fermín J. Urbiola es Palabra de Rey, un relato del compromiso personal de don Juan Carlos con España. Es la historia de su pasión por la democracia, por la libertad, por la pluralidad, por el progreso. De Cesar de Lama Juan Carlos I: Las ideas y los hechos de un reinado, en el que el autor nos dice que nunca habría un presidente de la República mejor que el Rey, y aborda también el polémico viaje a Botsuana y subraya que la petición pública de disculpas pone de manifiesto «su gran talla humana» e implica «un elevado acto de humildad y a la vez de nobleza de espíritu» en un país «en el que nadie pide perdón», aún más cuando el autor cree que incluso no había motivos para que se disculpara. Del gran historiador Paul Preston Juan Carlos I, el Rey de un pueblo, en el que ha reivindicado el trabajo diario del rey Juan Carlos y su importancia como figura «neutral» en la política española con motivo de la edición revisada de su biografía del monarca. De Miguel Roig La mujer de Edipo. Las tres transiciones de la reina Sofía, en el que el autor nos dice que alabada por Franco, la Reina ha sabido «nadar y guardar la ropa» y posicionarse con discreción, hasta convencer a los españoles de la importancia de su papel institucional en la consolidación de la Corona.

Termino esta breve descripción hagiográfica sobre los personajes de la familia real con las dos últimas obras, las auténticas joyas de la corona. De María Teresa Campos con la Princesa Letizia, en el que la presentadora se mete en la piel de la esposa del heredero al trono para imaginar cómo piensa y cómo se siente doña Letizia en momentos tan complicados para la Monarquía española como los actuales. Por cierto a una señora muy emperifollada y enjoyada cuando acababa de elegir esta obra, le hice la observación que era un gran libro, producto de un largo trabajo de investigación en archivos, hemerotecas y con numerosas consultas bibliográficas. Me lanzó una mirada, que no supe calificarla. Y que haya reservado para el final esta obra, mis lectores lo podrán entender enseguida. Se trata de Infantas de José Mará Zavala, en la introducción se nos dice que son todas Borbones… pero tan distintas y deslumbrantes como las gemas orientales de un inmenso collar. ¿Sabía por qué a la segunda infanta de la dinastía, María Josefa Carmela de Borbón y Sajonia, se la motejó como «la de los huesos frágiles»? ¿Y la verdadera razón de que a la infanta Carlota Joaquina se la apodase «la intrigante» o a Luisa Carlota «la celestina»? ¿Conoce por qué la infanta Elvira desfila por estas páginas como «la fogosa» y a la infanta Cristina se la denomina sin tapujos «la equilibrista»? Romances secretos, infidelidades, complots, muertes trágicas, matrimonios regios por razones de Estado… y sonados divorcios. Nuestra galería de infantas se compone de veinte inusitados retratos que abarcan los cuatro últimos siglos de la Historia de España, desembocando en pleno siglo XXI, donde la infanta Leonor se erige como inmediata sucesora de su padre el príncipe Felipe, quién sabe si Felipe VI, rey de España, algún día. En Infantas emergen con todo su esplendor las hijas de reyes y príncipes. Un recorrido apasionante por el pasado, presente y futuro de las mujeres de la dinastía borbónica, veinte infantas que pudieron reinar en España.

Algunos autores, nos dice en su tesis Luis Fernando Ramos Fernández, se han referido a los perfiles morales del proceso de reconstrucción de la monarquía en España (no precisamente ejemplar) tratando de obviar declaraciones, documentos, escritos o manifestaciones diversas que denotan un tortuoso camino. En ese proceso se encuentran piezas realmente curiosas:

En enero de 1969, la agencia "Efe" difunde unas declaraciones de don Juan Carlos, en las que muestra su predisposición a lo que mejor convenga a España, las Leyes Fundamentales del régimen y pone en circulación el término "reinstauración", que va a ser repetidamente utilizado después.

Don Juan cursa una carta a José María Pemán, presidente de su Consejo Privado, en la que dice:

"Las recientes declaraciones del príncipe Juan Carlos fueron hechas sin mi conocimiento ni intervención alguna por mi parte, ya que tuve noticia de las mismas al leerlas en el periódico, como un español más; Las especiales circunstancias que rodean la estancia en España del príncipe de Asturias [Nótese que lo llama Príncipe de Asturias, no de España, como Franco] confieren un relativo valor a esas afirmaciones, que más parecen tener el carácter de compromiso con algún grupo o sector dominante que reflejar el espontáneo pensamiento de mi hijo en materias tan delicadas e importantes como son las de sucesión y legitimidad. Dada la trascendencia de la cuestión he pensado en la conveniencia de formular una consulta personal y reservada a todos y cada uno de los miembros de mi Consejo Privado, recabando su explícita y sincera opinión sobre el asunto y sobre la actitud que debería yo tomar a la vista de lo acontecido, teniendo en cuenta la extraordinaria divulgación que el Gobierno, a través de la prensa y televisión, ha dado a dichas declaraciones, así como a la extensa confusión con este motivo en torno a la legitimidad y al principio sucesorio. No necesito subrayar tampoco el hecho de que, en la actual legislación vigente, las eventuales designaciones que se produjeran en las Cortes para suceder al actual jefe del Estado son independientes del orden establecido en la dinastía española, cuya jefatura y responsabilidad ostento por mandato hereditario".

A este “imaginario monárquico” han contribuido los medios. Como señala el Luis Fernando Ramos Fernández, en su artículo Los escándalos de la Corona española en la prensa digital y el futuro de la Monarquía. De la amnesia y silencio cómplice al tratamiento exhaustivo en los medios de 2012, durante la transición política primero, y más tarde, a lo largo de su reinado, los medios de comunicación españoles, salvo contadas excepciones, se han autoadministrado sucesivamente una dosis de amnesia y otra de tolerancia o ignorancia o tratamiento benévolo de aquellos aspectos que afectaban al Rey, su casa y su familia, de modo que ese “pacto tácito” tuvo una vigencia inesperada. No pocas veces, tras aparecer determinadas informaciones en la prensa extranjera, los medios españoles se daban por enterados de asuntos relativos a nuestro jefe de Estado de los que daban cuenta con detalle periódicos de otros países de Europa y de los Estados Unidos.

La falta de debate que la sociedad española echa de menos sobre el dilema monarquía o república, se evidencia en la medida que los menores de 40 o 50 años se manifiestan despegados de una institución sobre la que sus padres no pudieron opinar

La falta de debate que la sociedad española echa de menos sobre el dilema monarquía o república, se evidencia en la medida que los menores de 40 o 50 años se manifiestan despegados de una institución sobre la que sus padres no pudieron opinar. Pero lo que resulta especialmente perverso intelectualmente, es que se pretenda argüir que existió un verdadero debate acerca de la Constitución de 1978 en su aspecto esencial: la forma de Jefatura del Estado. En este sentido, conviene recordar que el instrumento que imposibilitó en su día ese necesario debate –que sigue pendiente- fue el Decreto-Ley de 1 de abril de 1977  sobre la libertad de expresión (BOE: 12-4-1977, nº 87, como nueva normativa sobre la materia que derogaba el artículo 2 de la Ley de Prensa, suprimía parcialmente el secuestro administrativo de publicaciones y grabaciones y reforzaba los mecanismos jurídicos para la persecución de los delitos de calumnia e injuria. El art. 3º. B) del citado Decreto establecía que la Administración podía decretar el secuestro administrativo cuando un impreso gráfico o sonoro contuviese noticias, comentarios o informaciones que fuesen contrarios a la unidad de España, constituyesen demérito o menoscabo de la Monarquía o que de cualquier forma atentase al prestigio institucional de las Fuerzas Armadas. Nadie podía predecir entonces la dirección de los acontecimientos, pero ante la amenaza de secuestro, muy pocos se arriesgaron a cuestionar la monarquía, proponer una profunda reforma del Ejército o fórmulas de articulación territorial del Estado fuera del marcado terreno para debatirlo. Aquel proceso derivó –algunos afirman que cautivados por la simpatía personal del monarca- en un tratamiento exquisito de las cosas del Rey. No habría de ser en los periódicos, sino en algunos libros donde fijarían su residencia las críticas o los comentarios más comprometidos.

El discurso hegemónico, producido y difundido por los medios, ha otorgado una cobertura privilegiada a la institución

También en la misma línea es el artículo de Adolfo Carratalá El tratamiento de la Monarquía española en las viñetas de los medios digitales. La actitud de los medios de comunicación españoles hacia la Monarquía ha recibido diferentes denominaciones, pero todas coinciden en apuntar a la sumisión de las principales empresas periodísticas ante la Corona: “pacto del olvido”, “silencio crítico”, “blindaje mediático”, “cordón sanitario” o “pacto de silencio”. El discurso hegemónico, producido y difundido por los medios, ha otorgado una cobertura privilegiada a la institución. Mediante ese pacto tácito de complicidad, prensa, radio y televisión se han sometido a un tratamiento que combinaba dosis de amnesia con otras de tolerancia, ignorancia y aproximación benévola a aquellos aspectos más sensibles vinculados con la Casa Real.

La Monarquía española forma parte, por lo tanto, de los principales tabúes de los periodistas españoles. La prensa se esforzó en representar a Juan Carlos I como “actor democratizador” y “héroe de la fundación del régimen democrático”, en un claro intento por silenciar el vínculo del rey con Franco y evitar, así, erosionar la figura del monarca.

Quiero acabar con unas breves reflexiones, una vez explicados algunos de los mecanismos a la hora de forjar ese “imaginario monárquico” en la sociedad española. El reciente libro de de Juan Carlos I, titulado Reconciliación, no creo que contribuya a mantener ese “imaginario monárquico”, sino todo lo contrario. En cuanto al actual Rey, Felipe VI desde todos los ámbitos se le está mostrando como un modelo de ejemplaridad en el desempeño de su cargo como Rey, y Jefe de Estado. Tiempo al tiempo. Ojala sea así, como nos quieren mostrar. Si es así de ejemplar, lo que parece claro que será algo excepcional, si tenemos en cuenta quienes le han precedido: Fernando VII, Isabel II, Alfonso XII y Alfonso XIII.