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viernes. 27.01.2023
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Felipe VI en su discurso del 24 de diciembre.

Nuestro jefe de Estado, el Rey Felipe VI, nos obsequió la noche del 24 de diciembre con un discurso, en el que nos reprende y aconseja a todos los españoles: debemos hacer frente con concordia a una crisis institucional. Efectivamente la hay y gravísima. Por primera vez en 40 años de democracia se ha prohibido por el Tribunal Constitucional una votación en las Cortes Generales. Mas, ha mantenido una nada sorprendente equidistancia en cuanto a la responsabilidad de esta crisis institucional. Cualquier persona sensata debe tener claro, quién es el responsable de esta crisis institucional. El PP, el cual para alcanzar el poder no tiene problemas en poner patas arriba las estructuras del Estado. Si esto hace en la oposición, ¿qué no será capaz de hacer si alcanza el gobierno con el apoyo de Vox? 

Ha habido políticos de postinee que han exhibido una adulación y una pleitesía mojigatas y aceitosas hacia la persona del Rey por su discurso, como paradigma de sensatez, moderación y sentido de Estado. Allá ellos, si han querido ejercer de turiferarios. Tenemos que estar todos los españoles profundamente agradecidos a nuestro monarca por unas palabras tan sabias. Venga, todos en fila a reflexionar en profundidad, pero todos, también incluido el Rey.

Felipe VI ha mantenido una nada sorprendente equidistancia en cuanto a la responsabilidad de la crisis institucional

Yo no sé si el Rey al hablar de “crisis institucional” pensaba en otra crisis institucional. Tengo mis dudas. Esta sí que está en crisis profunda. La de la monarquía. Debería aplicarse el cuento. Vale, puedo admitir que la monarquía no es incompatible con la democracia, aunque no hay que olvidar a quien deben su restauración los Borbones. Juan Carlos I debe su designación al Dictador, al que por cierto en su primer discurso oficial como Rey dedicó las siguientes palabras, de las que todavía –que yo sepa– no se ha arrepentido:

Una figura excepcional entra en la Historia, con respeto y gratitud quiero recordar su figura. Es de pueblos grandes y nobles saber recordar a quienes dedicaron su vida al servicio de un ideal. España nunca podrá olvidar a quien como soldado y estadista ha consagrado toda su vida a su servicio”. 

Es cierto, hay regímenes democráticos con monarquías como en Suecia, Holanda o Dinamarca. Pero, allí son democracias plenas e incuestionables. Otra cosa es esta España nuestra. Si tuviéramos una democracia normalizada, resultaría inasumible que el Jefe del Estado remitiera en el verano de 1977 una carta a un dictador, como el Sha de Persia, solicitándole una cuantiosa ayuda económica para un partido político, la UCD, para evitar la llegada al poder de los socialistas y pudieran poner en peligro la institución monárquica; no se toleraría que desde la Jefatura del Estado se regalasen en una televisión autonómica programas de cocina a señoritas que no saben hacer ni un huevo frito; ni que se marchase a cazar elefantes a una país africano, mientras la ciudadanía estaba sumergida en una profunda crisis, eso sí, emitió unas palabras de disculpa, aunque por su trayectoria posterior podemos extraer su sinceridad: “Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir”; ni que en la residencia de la Jefatura del Estado hubiese máquinas de contar dinero; ni que un Jefe de Estado tuviese que hacer regularizaciones cuantiosas ante Hacienda por fraude fiscal a pesar de su extraordinario blindaje jurídico; ni que un exJefe de Estado tuviese que salir a escondidas de su país-ya lo hicieron ancestros suyos como Isabel II y Alfonso XIII- y que siguiera llevando el nombre del Emérito y manteniendo su nombre en muchas calles y plazas españolas; y que algún egregio fuesen a entrevistarle a Abu Dabi para hacerse una foto con él y así poder alardear ante sus amigos, enseñársela a sus nietos y así pasar a la posteridad; ni que le regalasen yates los amigos empresarios; ni que gozase de inviolabilidad absoluta... 

Ni tampoco, tal como señala Vicenç Navarro, que el 18 de Julio de 1978, la Casa del Rey publicase el siguiente texto: “Hoy se conmemora el aniversario del Alzamiento Nacional que dio a España la victoria contra el odio y la miseria, la victoria contra la anarquía, la victoria para llevar la paz y el bienestar a todos los españoles. Surgió el Ejército, escuela de virtudes nacionales, y a su cabeza el Generalísimo Franco, forjador de la gran obra de regeneración”. Y podíamos seguir con más actividades del Emérito. Todavía hay asuntos más escabrosos, que no cito por cortesía versallesca. Decía el conde Romanones: “Los amoríos de los reyes son vistos con indulgencia por los pueblos; a veces, con casi una aureola. El más leve desliz de una reina no se perdona”. Ahora me viene a la memoria aquel refrán que lo podía tener en cuenta nuestro Rey actual: "consejos doy que para mí no tengo". 

El siguiente hecho ya no es del Emérito, sino de su hijo, Felipe VI, que nos puede servir de termómetro para medir la temperatura de nuestra democracia. Firmar un documento en el que se concede el ducado de Franco. 

El 4 de agosto de 2018 en el BOE, en el apartado III-Otras disposiciones. Del Ministerio de Justicia, en Títulos Nobiliarios aparece lo siguiente Orden JUS/708/2018, de 31 de mayo, por la que se manda expedir, sin perjuicio de tercero de mejor derecho, Real Carta de Sucesión en el título de Duque de Franco, con Grandeza de España, a favor de doña María del Carmen Martínez-Bordiú Franco. 

De conformidad con lo previsto en el Real Decreto de 27 de mayo de 1912, este Ministerio, en nombre de S.M. el Rey, ha tenido a bien disponer que, previo pago del impuesto correspondiente, se expida, sin perjuicio de tercero de mejor derecho, Real Carta de Sucesión en el título de Duque de Franco, con Grandeza de España, a favor de doña María del Carmen Martínez-Bordiú Franco, por fallecimiento de su madre, doña Carmen Franco Polo. Madrid, 31 de mayo de 2018. -El Ministro de Justicia, Rafael Catalá Polo-”.

Los Borbones si vemos la trayectoria del Emérito, no cambian, siguen una línea de continuidad. No hay más que repasar nuestra historia. De Fernando VII, una muestra… Fernando felicitaba a Napoleón por sus victorias militares sobre los españoles. Más tarde le escribiría: “Mi gran deseo es ser hijo adoptivo de S.M. el emperador, nuestro augusto soberano. Yo me creo digno de esta adopción, que sería, verdaderamente la felicidad de mi vida, dado mi amor a la sagrada persona de S.M.I. y R”. El mismo Napoleón se sorprendió de tal servilismo. De Isabel II tenemos un despacho secreto y confidencial de 1854, que C. L. Otway, embajador británico en Madrid, envió a su ministerio:

“Es un hecho melancólico que el mal tiene su origen en la persona que ocupa la dignidad real, a quien la naturaleza no ha dotado con las cualidades para subsanar una educación vergonzosamente descuidada, depravada por el vicio y la adulación de sus cortesanos, de sus ministros y, me aflige decir, de su propia madre. Todos la guían y la influyen para sus propios intereses individuales, han planeado y animado en ella inclinaciones perversas, y el resultado ha sido la formación de un carácter tan peculiar que es indefinible y que tan sólo puede ser comprendido imaginando un compuesto simultáneo de extravagancia y locura, de fantasías caprichosas, de intenciones perversas y de inclinaciones generalmente malas”.

Pasemos a Alfonso XIII. Aunque España no entró en la Primera Guerra Mundial, siguió la pauta de la Europa sureña y, en vez de evolucionar hacia una monarquía parlamentaria, suspendió su ordenamiento constitucional en 1923 para instaurar una dictadura militar con respaldo del rey, Alfonso XIII. Como a otros de sus congéneres, esa apuesta le costó la corona, en su caso con la proclamación de una república democrática en 1931. La monarquía española era incompatible con la democracia. Sin embargo, y contra las tendencias coetáneas europeas, los Borbones volvieron a reinar en España. Una circunstancia excepcional que fue obra de otro militar, Francisco Franco.  

Por todo lo expuesto, en un país normal los Borbones ya habrían desaparecido de nuestro panorama político. Mas, la dinastía borbónica en España tiene una gran capacidad de supervivencia. Vuelve una vez tras otra. Da igual los errores cometidos. Y vuelve a ser restaurada. No hay tampoco que olvidar lo que dijo el conde Romanones“Al oír a algunos gritar “Abajo la Monarquía”, he recordado las veces que la adularon, se apresuraron a servirla y le rindieron pleitesía”. 

Termino con un juicio contundente del historiador Juan Pro: “la opción de mantener a los Borbones demostró ser un suicidio político para cuantos luchaban por las libertades y por un estado representativo”. 

Crisis institucional, pero también de la Monarquía