‘La semilla de la higuera sagrada’: cortando las malas raíces
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Aleix Sales | @Aleix_Sales
La mera existencia y circulación de esta película ya supone un milagro teniendo en cuenta las circunstancias de su producción y la persecución de su director, Mohammad Rasoulof, que se suma a lista de cineastas bajo la represión del régimen iraní. Concretamente, después de anunciarse que La semilla de la higuera sagrada pasaba a formar parte de la sección oficial del Festival de Cannes de este año, era condenado a 8 años de prisión, multa y flagelación por el estado de los ayatolás, debido al contenido antipropagandístico de su filmografía, que ya había recibido máximos honores en el 2020 en Berlín con la frontal y algo letárgica La vida de los demás. Rasoulof conseguía escapar y refugiarse en Alemania, desde donde ha ido moviéndose, presentando el título que nos ocupa alrededor del mundo desde el pistoletazo de salida del Festival de Cannes de este año, donde fue obsequiado con el Premio Especial del Jurado. Puede parecer que los motivos extracinematográficos son los justificantes necesarios para exaltar la obra, pero afortunadamente el film de Rasoulof tiene virtudes suficientes para situarse por méritos propios entre lo más destacable del año.
La semilla de la higuera sagrada es un paso adelante en su señalamiento del abuso del régimen iraní, firmando un film nacido desde la víscera, pero ejecutada desde una racionalidad admirable
La semilla de la higuera sagrada empieza como un drama moral, muy característico del cine persa en un tono cercano a Asghar Farhadi, para acabar derivando en la intriga doméstica -recordando por momentos a Holy Spider (Ali Abbasi, 2022)-, en una propuesta que establece una analogía entre lo macroestructural, la represión establecida desde el fanatismo de la teocracia en Irán, y lo microestructural, el autoritarismo impuesto por el patriarca en el seno de una familia. Mientras que el padre, juez de instrucción a la espera de un ascenso, recibe una pistola para su protección, sus hijas, jóvenes estudiantes, se sienten cada vez más cerca del movimiento revolucionario basado en la defensa de las libertades individuales, de pensamiento y una mayor emancipación de la mujer en un sistema donde está sometida y anulada. En sus casi 3 horas de duración, un tanto excesivas, Rasoulof emplea la mitad del tiempo en ofrecer una descripción del entorno y las dinámicas de relación, filmando una pieza casi de cámara en la que inscribe breves ráfagas de archivo documental de las mediáticas protestas de los últimos años, con lo cual acerca su historia a la no ficción. Porque a pesar de ser un drama inventado, La semilla de la higuera sagrada ofrece un planteamiento muy arraigado a la realidad y bien factible con el que desplegar su metáfora y denuncia. En su segunda mitad, la trama se activa y avanza hasta un tercer acto donde la tensión reposada baña el árido ambiente. Es en el tercer acto donde la película resulta más efectista y menos sutil que en su calentamiento previo. Aunque brindando momentos de imponente calado –esa grabación en vídeo digna del más oscuro terror psicológico-, en otros instantes es algo más evidente y torpe (su desenlace, por ejemplo), desequilibrando un poco el gran pulso que Rasoulof había tomado previamente.
No obstante, a pesar de sus arrebatos impulsivos finales, La semilla de la higuera sagrada es un paso adelante en su señalamiento del abuso del régimen iraní, firmando un film nacido desde la víscera, pero ejecutada desde una racionalidad admirable, rodada con pulso y empastando el sentido cinematográfico con el compromiso comunitario. Imperfecta, pero contundente e incisiva, una contestaria respuesta a la subyugación que merece las atenciones de todo el mundo.