domingo. 26.05.2024

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Celín Cebrián | @Celn4

Riverbed o “El estanque de la doncella” en castellano es una película libanesa del 2022 de 80 minutos de duración, ópera prima del realizador Bassem Breish.

El argumento, desarrollado en dos tramas bien diferenciadas, es algo pegajoso y comienza a evaporarse rápidamente por las paredes de la casa en la que transcurre gran parte de la película. Vemos a una mujer que se ha acostumbrado a vivir sola y que, después de muchos años, recibe la inesperada visita de su hija, divorciada y embarazada. Intenta hablarnos de temas difíciles, de una relación supuestamente adúltera y del aborto en un país como el Líbano, pero quien verdaderamente habla es el silencio, también la agonía, pero sobre todo la oscuridad. 

Lo que no acabo de entender es cómo a un filme como éste la 38º edición de la Mostra de Valéncia le ha otorgado la Palmera de Oro

El comienzo, que arranca con planos herméticos, reencuadres sobre unos visillos, o sobre un tapiz, en interiores oscurecidos o mal iluminados…, no es nada prometedor. Tampoco hay emoción. Todo sucede por la propia inercia del devenir diario, de la rutina. La frontalidad de la cámara, la manía de enjaular al personaje, en este caso a Carol Abboud, la actriz que hace de madre, con esa puesta en escena a oscuras…, en un relato previsible, que se empeña en captar a los personajes de espaldas, para narrar de espaldas o, lo que es lo mismo, para no narrar e ir sumando planos que no aportan nada a la historia, que sigue sin explicarse por sí misma. 

Cuando llevo ya un rato viendo la película, y dado que comienzo a aburrirme, me da por mirar la hora: estoy en el minuto 24 y todavía no ha pasado nada que anotar, excepto los paseos de Carol con un señor que suponemos que es su amante, aunque bien pudiera ser su verdugo. Alguna que otra frase esporádica y muchas imágenes danzando por los espejos, la mayoría forzadas o manipuladas para la ocasión. Entonces, en menos de tres minutos de metraje, hay tres momentos que el realizador nos mete con calzador, sin avisar, con una gran carga ideológica: un diálogo con las dos mujeres amigas de la madre protagonista, el himno nacional y un señor que aparece por arte de magia en un camino de tierra montado en un jeep y que, sin que nadie se lo pida, echa un mitin en toda regla. Desconcertante. 

Y, por fin, en el minuto 34 y por sorpresa, aparece la hija, papel interpretado por Omaya Malaeb, que no nos ha sido presentada con anterioridad, ni ha habido un comentario acerca de ella, o una llamada telefónica… NI tan siquiera sabíamos que existía. Pero, eso sí, cuando llega, a pesar de haber transcurrido tanto tiempo, todavía conserva las llaves de la casa de su madre. Maravilloso. No hay un abrazo, ni cercanía… Y es que se rueda sin ensayar previamente y eso también se nota. Y de nuevo se impone el silencio. Y regresan los desenfoques, los visillos de las ventanas, el tapiz de la pared, los travelings lentísimos, mal iluminados, los planos yuxtapuestos, las interpretaciones mecánicas… Nunca me hubiera podido imaginar que alguien pudiera partir la carne en la cocina como la parte Carol, la madre en esta película: yo creía que se trataba de una jueza dando con el mazo cada vez que terminaba un juicio. 

Y por si faltaba algo en todo este embrollo, el aprendiz de brujo, o sea, el director, tiene la osadía de hacer dos barridos interminables de derecha a izquierda, sin iluminar, sin venir a cuento, sin ningún sentido, que me dejaron hipnotizado. Y así hasta que decide ir a las fueras, rueda las montañas y el imponente caudal de agua que baja por el llamado “Estanque de la doncella”, que no es más que otra pegatina en este puzle de incongruencias, con tal de explicarnos el significado del título de la película, puesto que, según cuenta una leyenda, una doncella que paseaba a caballo se tiró a las aguas turbulentas del estanque. ¿Y…? ¿Tiene algo que ver con la hija embarazada…? ¿Las aguas son un símbolo de libertad…?

Todo se queda en buenas intenciones. Pero lo que no acabo de entender es cómo a un filme como éste la 38º edición de la Mostra de Valéncia le ha otorgado la Palmera de Oro. Cuando me enteré, no salía de mi asombro. Yo no he visto por ningún sitio su excelencia. 

'Riverbed', la ópera prima del realizador Bassem Breish