lunes. 04.03.2024
“Érase una vez en América”, de Sergio Leone (1984)
“Érase una vez en América”, de Sergio Leone (1984)

La capacidad evocadora que tienen los textos históricos, esa recreación que acaba por ser la disciplina que estudia el pasado, tiene una virtud que no pasa por alto la historiadora canadiense Margaret MacMillan cuando escribe:

“La Historia ofrece sencillez, cuando el presente nos parece desconcertante y caótico”.

Es el juez al que apelamos, llega a apuntar la historiadora canadiense, que no obstante advierte de que “nuestra fe en la Historia frecuentemente se extiende hasta el punto de querer enmendar el pasado mediante disculpas y compensación por acciones pasadas”. (Por cierto, la Historia es un juez pero no juzga, matizo, y no sé si me explico).

Para MacMillan, la Historia sirve para todo esto que sigue:

Uno. Para empezar, la Historia nos ayuda a entender a quienes tenemos que tratar y a nosotros mismos. La autora de Juegos peligrosos nos recuerda que Gaddis decía que la Historia es como un espejo retrovisor que nos ayuda a saber de dónde venimos y quién más viene por la carretera, con la salvedad de que no sólo debemos mirar por él, pues nos iríamos a la cuneta. Con la Historia (que nos evoca situaciones que han causado problemas en el pasado) aprendemos que lo otros no son como nosotros, y conocemos (habla ahora MacMillan) “sus valores, sus temores, sus esperanzas” e imaginamos “cómo reaccionarán a lo que uno haga”. 

“El conocimiento histórico no garantiza predicciones acertadas”

Dos. La Historia puede ser tomada como guía. De hecho, hay quienes en nuestra sociedad hacen uso de esa capacidad de ser guía que tiene la Historia: especialmente, los militares y los hombres de negocio. El historiador español Justo Serna, a este respecto, afirma (en su libro Leer el mundo. Visión de Umberto Eco) que “la Historia y la lógica nos sirven para guiarnos, para establecer analogías, para extraer consecuencias. Y se nos instruye con el pasado, con lo que se hizo en el pasado, con lo que anduvo bien en el pasado. Pero el conocimiento histórico no garantiza predicciones acertadas”. Bien lo sabemos.

Tres. Puede ayudarnos a ser más sabios, a conocer cuál es el posible resultado de nuestros actos. MacMillan matiza, no obstante:

“En la Historia no encontramos planes claros que nos ayuden a moldear el futuro tal y como deseamos [lo sabemos]. Cada acontecimiento histórico es una amalgama única de factores, pasiones o cronologías [también esto lo sabemos ya]. Sin embargo, examinando el pasado podemos obtener ejemplos útiles para saber cómo proceder, y si es posible o no que ocurra algo”.

Podemos engañarnos a nosotros mismos “cuando buscamos selectivamente pruebas en el pasado para justificar lo que ya hemos decidido hacer”

Si se usa con cuidado, la disciplina de los historiadores “puede presentarnos algunas alternativas, ayudarnos a formular las preguntas que necesitamos hacernos en el presente, y advertirnos de lo que puede fallar”. Podemos aprender del pasado, pero también podemos engañarnos a nosotros mismos “cuando buscamos selectivamente pruebas en el pasado para justificar lo que ya hemos decidido hacer”. La Historia “nos ayuda a enfrentarnos a afirmaciones dogmáticas y a evitar generalizaciones. Nos ayuda a toso a pensar con mayor claridad”. Sólo con que la ciencia del espíritu que es el oficio de los historiadores consiga enseñarnos “humildad, escepticismo y conciencia de nosotros mismos, ya habrá hecho algo útil”.

Despedimos a MacMillan, o mejor, se despide ellas misma, con un consejo:

“Úsela, disfrútela, pero trate siempre a la Historia con cuidado”.

Quizás, sí, la Historia nos eduque, nos cultive, como afirma el historiador español Marc Baldó Lacomba

¿La Historia nos educa?