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viernes. 30.09.2022
CRíTICA DE CINE

Los exiliados románticos

Según se ha venido refrendando a lo largo de sus respectivas y muy estimulantes carreras cinematográficas a la familia Trueba le encanta la forma de ser y de hacer de los franceses.

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Según se ha venido refrendando a lo largo de sus respectivas y muy estimulantes carreras cinematográficas a la familia Trueba le encanta la forma de ser y de hacer de los franceses. Por poner un ejemplo, David Trueba en la reivindicable La buena vida (1996) nos confesaba en boca de su protagonista que le hubiera gustado que su padre fuera francés, mientras en el cuarto de al lado su progenitor gritaba como un energúmeno viendo un partido de fútbol televisado. También su hermano Fernando cuatro años antes había reivindicado la cultura francófona en la oscarizada Belle Epoque. Así que no es de extrañar que Jonás Trueba, sobrino del primero e hijo del segundo, haya mamado este amor hacia el cine del país vecino y sus trabajos beban directamente de algunos de los directores de la conocida como “nouvelle vague”: Eric Rohmer, Jacques Rivette o Alain Resnais. En su última película recién estrenada, Los exiliados románticos, con un tono aparentemente ligero y moderno el más joven de la saga se desmarca de los manidos caminos de nuestro cine para unnamed8brindarnos una road movie emocional  a contracorriente, buscando la esencia del propio cine, no dejándose encorsetar por estructuras y con el único objetivo de dejar respirar al propio cine. Así que coge a un puñado de colegas, los mete en una furgoneta hippie y se van al encuentro de amores idílicos. Tres protagonistas, tres pinceladas de historias y tres romances efímeros. El resultado final es una bocanada de aire fresco que empapa cada fotograma de una mimada improvisación. Si bien es cierto que algunos pueden considerar que exista un exceso de textualidad y de apuntes culturales (por allí se pasean alusiones a Pascal, Natalia Ginzburg, el Test de Bechdel…) uno, que ya está cansado de las bochornosas comedietas de andar por casa  auspiciadas por las poderosas cadenas de televisión que se venden como el súmmum de la creatividad y no dan más que vergüenza ajena, agradece que de vez en cuando haya un director joven que apueste de manera tan directa por utilizar imágenes que inciten a la reflexión y que a la vez sirvan de guía para descubrir consignas de obras asumidas.

Una duración ajustada (poco más de una hora de metraje que pasa como un suspiro), un humor fino no exento de afilada crítica que quizás marque un prometedor camino para futuros trabajos y diálogos sorprendentes insertados en medio de parajes evocadores (ojo a la entrañable y patética escena grabada en plano fijo en la que uno de los protagonistas se declara a una chica en un francés mejorable) son tan sólo algunas de las virtudes de esta “aparente” obra menor.

Hay mucho de espontaneidad, para lo bueno y para lo malo, pero es la excusa perfecta para soltar amarras y dejarte llevar por el río de la vida: una caricia, un beso a la orilla de un lago, una confesión, la empatía. Pequeñas sorpresas en forma de verdades como puños que no necesitan de estar envueltas en oropeles o papeles de regalo fastuosos. “Aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas” que cantaba Serrat. Jonás Trueba demuestra que se puede decir mucho con poco, y que el cine puede llegar a ser sinónimo de libertad evocadora. Las excelentes canciones de Tulsa hacen el resto. Por supuesto, todo aquél que no tenga la más mínima inquietud intelectual y que alimente su pasión cinéfila a base de “blockbusters” que ni se acerque a esta pequeña película de culto instantáneo. Aquí no se trata de destruir puentes, sino de construirlos.

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