sábado. 20.07.2024

A menudo solemos recordar nuestro pasado, especialmente la adolescencia y la juventud, como queremos. Borramos todo aquello que nos crea desasosiego, contradicción o vergüenza y enaltecemos, edulcorándolo, haciéndolo más amable, más jocoso, más simpático, aquellos momentos que convienen a nuestra actual forma de ser. Es una forma de autoengaño, pero también de supervivencia. Cuando se es joven, cuando nos afecta más la opinión que generamos en los demás que el paso del tiempo, es frecuente buscar la aceptación sumándonos a la corriente hegemónica, esa que marcan los autoproclamados como machos dominantes, normalmente individuos dispuestos a todo con tal de conseguir el control de la manada.

En esas estábamos a mediados de los años setenta, buscando la risa a costa de lo que fuese, cuando un profesor excelente, con un sentido del humor agudo, irónico, bronco a veces, humano las más, nos comenzó a mover las neuronas muy a nuestro pesar. Se llamaba Don Juan García Romera. Era manco. Había perdido el brazo de pequeño en la panadería de su familia. Así lo conocíamos: Don Juan “El Manco”, cosas de una sociedad salvaje empeñada en poner apodos extraídos de lo más doloroso. Un día, ese año nos daba clases de Lengua y Literatura, se detuvo en etimologías. Era un juego con el que, hasta lo más díscolos, los que daban los estudios por amortizados, disfrutaban. Llevábamos un rato en aquello cuando Don Juan sacó a la pizarra a mi amigo Enrique. Hablábamos de la polis. Después de un pequeño debate, Don Juan le preguntó, ¿qué es para ti la política? No, yo soy apolítico, de eso no puedo opinar. Don Juan le explicó que la política era ciencia encargada de estudiar y resolver los asuntos de la ciudad, es decir de todo aquellos que afectaba a los ciudadanos, a las personas. Luego -terminó- si eres apolítico, eres apersona. Enrique, que buscaba la menor excusa para soltar una carcajada, quedó un poco tocado e intentó rectificar dando un montón de razones para demostrar que sí era persona. Aquel pequeño debate etimológico, luego vendrían otros muchos, se me quedó grabado hasta hoy, porque, en efecto la política es el único instrumento de que disponemos las personas para organizarnos dentro de unas pautas de libertad, justicia, solidaridad y respeto que hagan imposible la guerra, es decir la preponderancia a costa de muchas muertes de la ley del más fuerte, de la ley del bruto que desprecia la vida de los demás y está dispuesto a destruirlo todo con tal de conseguir sus fines y los de su clan.

Durante el franquismo nadie se dedicó a ese menester, ni siquiera el tirano. No eran políticos, porque a los políticos los habían matado en la posguerra

Llevamos muchos años despreciando la política. Durante el franquismo nadie se dedicó a ese menester, ni siquiera el tirano. No eran políticos, porque a los políticos los habían matado en la posguerra. Estaban extinguidos. Ellos eran otra cosa, hijos de la ley natural y como rezaban las monedas desempeñaban cargos por la Gracia de Dios. El desprecio, el odio del franquismo a la política no era tal, sino hacia la democracia: Un alto cargo designado a dedo por el tirano era un patriota que no se metía en política, sin embargo, un ciudadano elegido por otros para ese mismo cargo, era un tipo despreciable que sólo estaba en la cosa pública por motivos espurios muchas veces a las órdenes de potencias extranjeras o de ideología ajenas a España como el liberalismo, el parlamentarismo, el comunismo o la masonería. El nepotismo, la prevaricación, el estraperlismo, el robo más insultante de los hombres del régimen no era política, era la vida misma, lo que Dios mandaba.

Echar la culpa a los políticos, todos en un mismo cajón, sin distinciones, de nuestras desgracias, de los males que nos acucian, de las amenazas que nos afligen viene siendo el primer deporte nacional, por encima del fútbol. Ni no hay agua, la responsabilidad no es de la sequía, ni del cambio climático, ni del incremento brutal de los regadíos; si los sueldos no dan para cubrir las necesidades básicas, no es porque buena parte del sistema productivo español se ha montado sobre esa premisa para poder competir con nuestros vecinos; si los ancianos mueren en residencias sin ningún tipo de asistencia no es porque se les haya negado tratamiento hospitalario ni porque los dueños de las mismas maximicen beneficios a costa del bienestar del viejo; si los bancos no pagan a los pequeños ahorradores y han convertido sus sucursales en centros de mala educación y desprecio, no es porque los ciudadanos les importemos una mierda. Todo eso, y mucho más, sucede porque los políticos, todos, sin distinción, son gentuza.

El nepotismo, la prevaricación, el estraperlismo, el robo más insultante de los hombres del régimen no era política, era la vida misma, lo que Dios mandaba

El odio a la política no ha dejado de estar de moda entre nosotros, pero ahora, al calor del aumento de la pobreza, de la incertidumbre y de la ignorancia propalada por medios y redes sociales, ha llegado al paroxismo, esto es, al triunfo de la antipolítica, ideal que el franquismo impuso a sangre y fuego, pero que ahora ha llegado por decantación: El político, sobre todo si es honrado y defiende el interés general ocupa el mismo lugar que los judíos en los tiempos de los progromos. Es el discurso de la derecha, el discurso que heredamos de la dictadura que reverdece mientras la democracia ni siquiera es capaz de suprimir la ley mordaza porque a unos exquisitos se les puso en la bragueta que había que dejar a la policía sin medios adecuados de defensa, de poner coto a los colegios concertados confesionales que viven a costa del Erario y contra la Constitución, ni de renovar el Poder Judicial, dado que a los partidos franquistas no conviene que exista una justicia democrática y sí una de clase, que es la que actualmente tenemos.

Quedan seis semanas para las elecciones generales. En pleno apogeo de la antipolítica, los partidos de izquierda siguen discutiendo quién irá en las listas y en qué posición, lo que evidencia la pequeña talla política de quienes han sido rechazados abiertamente por el electorado y pretenden seguir en primera fila. Podemos hablar de campañas mediáticas, que las ha habido y muy agresivas, de persecuciones indecentes a cargo de la policía patriótica, de la enemiga de los poderes económicos, pero por mucho que nos empeñemos la realidad es muy tozuda y quienes no contaron con apoyos populares en las pasadas elecciones no los van a tener en las próximas, incluso pueden restárselos a los demás. Nadie es imprescindible, lo son las ideas, no las personas. Si los partidos a la izquierda del PSOE no van unidos a las elecciones, librándose de quienes por razones muy diversas no gozan de expectativas de apoyo ciudadano, nos veremos de nuevo ante un gobierno con mayoría absoluta que ha anunciado ya la derogación de la Ley de Memoria Democrática como uno de sus grandes objetivos, lo que no es otra cosa que la reivindicación de lo peor de nuestro pasado reciente, de la criminal dictadura franquista, y del desprecio más absoluto hacia quienes todavía yacen, como si fuésemos un país de salvajes, en cunetas y tapias de cementerio esperando un entierro digno. Sucederán leyes y decretos para fomentar la especulación urbanística, la precarización laboral, el conflicto territorial, la limitación de derechos de todo tipo, el reforzamiento de la ley mordaza, la agresión medioambiental, la xenofobia, la privatización apresurada de la mayoría de los servicios públicos esenciales y el fomento de la corrupción y el clientelismo como formas de perpetuarse en el poder. Ya lo hemos vividos, y no saben hacerlo de otra manera, es su forma de ser.

Ante tal responsabilidad histórica incurrirán quienes todavía siguen poniendo pegas a una unión que anteponga el futuro de España al de sus marcas, si no llegan a un acuerdo con entusiasmo y vitalidad a la mayor brevedad.

El triunfo de la antipolítica