jueves. 13.06.2024
sumar
sumar

“Cuando muere lo viejo y nace lo nuevo, aparecen los monstruos”
Antonio Gramsci


¿Por qué ha fracasado una y otra vez la izquierda? se preguntaba también el fundador del Partido Comunista Italiano, que nos alertaba en sus escritos del peligro del pesimismo de la inteligencia contraponiéndolo con el optimismo de la voluntad como elemento necesario de la acción para cambiar las cosas. Tal vez Gramsci, como otros de esa época, no llegaron a comprender que los monstruos eran transversales entre lo viejo y lo nuevo. Y que estaban también dentro de esto último. No le dejaron vivir para comprobarlo; pero es posible, dado su nivel intelectual y su profundo pensamiento crítico, que lo que no hubiese matado el fascismo hubiese sido ejecutado por otro. Esa gran resta de la historia de la izquierda que fue el estalinismo.

Demasiadas gentes siguen interpelando a la unidad de la izquierda como un Diógenes de hace 2.400 años con su linterna de aceite buscando al hombre honesto. Y los eternos exploradores de esa unicidad benéfica cosechan fracaso tras fracaso por razón de su desconocimiento sorprendente de las razones genéticas que la impiden. La izquierda, desde su constitución a nivel mundial como Asociación Internacional de Trabajadores en 1864 (1ª Internacional), lleva en su seno la diversidad y pluralidad de un movimiento nacido de la lucha de clases de ese periodo y del debate político y filosófico que conllevaba. Fue la primera gran respuesta global a la primera fase de gran expansión del capitalismo a nivel global, como sistema de explotación económica de los recursos naturales, materiales y humanos del planeta. Por la propia magnitud de la tarea tenía que ser, necesariamente, compleja y enormemente diversa.

No duró mucho el primer entente cordiale, porque las discrepancias de fondo entre Don Miguel Bakunin (anarquistas) y Don Carlos Marx (socialistas), como cabeceras intelectuales del conflicto, en torno a la cuestión de la permanencia o no del Estado, devino en 1889 en una 2ª internacional. De ella nacieron la inmensa mayoría de los partidos socialistas con sus correspondientes alas y sensibilidades internas. Conflictos a los que tampoco estaban exentas los anarquistas las distintas ramas de un primitivo terrorismo y una enorme influencia sindical que, en un país como España, llego a vincular a más de 3.000.000 de trabajadores (CNT en la 2ª República alcanzaba esa cifra de afiliados). Sin embargo eran los socialistas lo que hegemonizaban la intervención en la política institucional e influenciaban otro modelo de movimiento obrero socialista, no ajeno a las reformas del Estado como instrumento de cambio social (PSOE-UGT en España).

El ascenso político de la segunda internacional no resolvió el problema unitario

Pero aún así el ascenso político de la segunda internacional no resolvió el problema unitario. En 1920 tras la enorme discrepancia en el movimiento socialista sobre la naturaleza democrática de las revoluciones (después de la revolución rusa de octubre 1917), provocó la formación de la 3ª Internacional formada por las minorías de izquierda de los partidos socialdemócratas escindiéndose de ellos. Ese proceso dio origen a los cambios de denominación además de la estrategia y táctica política, naciendo entonces los partidos comunistas a imagen y semejanza del partido comunista ruso (PCUS como partido-estado único) producto de la escisión de la mayoría del Partido Socialdemócrata Ruso, que se denominada hasta entonces “bolchevique” (la mayoría). La cosa no paró ahí, porque la sucesión de liderazgo en el seno del PCUS tras la muerte de Lenin derivó en una verdadera exterminación política y física de los disidentes capitaneados por León Trotski que formaron la 4º internacional, siendo asesinado por ello por un estalinista español a las órdenes de Stalin, además de ser exterminada toda su familia. Luego, cada nuevo Estado nacido de los conflictos anticolonialistas revolucionarios tras la II Guerra Mundial devinieron en nuevas fragmentaciones dentro del estalinismo: maoístas pro-chinos, autonomistas yugoslavos etc. 

Es preceptivo esta introducción histórica (que todos dicen conocer y pocos asumen) para salir del país de los tópicos simplificadores sobre la imprescindible unidad (unicidad) de la izquierda como sinónimo de victoria en pura teoría (ese fantástico país en el que todo se resuelve, pero no existe). Todos los hechos sumariamente señalados implicaron enormes debates entre los activistas y militantes en esos procesos. Y ninguno los argumentos o motivaciones de los conflictos eran baladí o resultado de riñas personales, sino de profundas discrepancias sobre el cómo debían de interpretarse los acontecimientos económicos, políticos o sociales y las luchas emancipatorias, aunque el resultado de algunas de ellas fuese catastrófico. O tal vez por eso.

Es de destacar que solo los que se mantuvieron en la esencias de la 2ª Internacional socialdemócrata los resolvieron en general dentro de ámbitos pacíficos no exentos de conflictos, pero nunca al extremo del exterminio de los disidentes o su exilio y encarcelamiento, como así fue el santo y seña de los que pretendieron una definición de la izquierda desde el pensamiento único en torno al partido único-estado o al partido único-vanguardia de la clase en ascenso augurada por Marx en su Manifiesto Comunista. El que ese pronóstico fundamental lleve como dos siglos sin cumplirse (ni parece viable en la actualidad) indica algunas de las frustraciones ideológicas no resueltas por esa parte de la izquierda, muy particularmente también en España.

La izquierda española sigue presa de los debates identitarios en relación con los nuevos fenómenos sociales

¿Alguien desea más explicaciones del ADN de la división de la izquierda o seguimos con la tontería de la unidad para la victoria de titular periodístico al respecto? Porque al primero que aburre en demasía en recordar lo obvio es a quien esto suscribe. Volvamos pues al presente: porque la izquierda española sigue presa de los debates identitarios en relación con los nuevos fenómenos sociales. Ni uno solo de los partidos de izquierda de ese arco ideológico, desde la socialdemocracia hasta el nuevo neopopulismo izquierdista del empoderamiento del personal, deja de definirse homogéneamente en tormo a las nuevas tendencias de los movimientos sociales que marcan la agenda política mundial.

Todos postulan a favor de la defensa de los recursos naturales del planeta. Ecologismo. Feminismo. Derechos civiles de las minorías. Defensa del Estado del bienestar y de sus derechos, económicos, políticos y sociales. Derechos humanos. Problemas vinculados a la superpoblación mundial y un incremento asociado de las tasas migratorias legales e ilegales. Por citar algunos principales. ¿Todos de acuerdo pues?, genial. Pero el problema comienza con la identidad de las definiciones y sus consecuentes proposiciones para resolverlos. Y vuelve la burra al molino de la historia conocida de divisiones que muchos obvian por ignorante desconocimiento o interés manifiesto. Entre tanto las banderolas unitaristas se esgrimen como los estacazos goyescos a beneficio de inventario de cada contendiente en liza.

Hay quien pone en valor las discrepancias como un positivo elemento del debate y una profundización democrática en el seno de las izquierdas. Son “las contradicciones en el seno del pueblo” del maoísmo rancio de libro rojo que encubría crímenes y del catón de derrotas del infantilismo de izquierda (léanse incluso a Lenin al respecto). Lo que sobran son precisamente debates fundamentalistas que solo alcanzan a las filias y fobias de todo tipo de los sumos sacerdotes y sus acólitos, sobre los conflictos identitarios que no verán acogimiento en la historia social y política de la izquierda más que como catálogo de desgracias sobrevenidas.

Un continuo restar de voluntades y entusiasmos que frustran históricamente los avances del progreso político y social. Una resta a favor exclusivo de liderazgos sectarios e imprudentes que confunden las realidades sociales con sus ensoñaciones de lo que “en teoría” deben ser las pautas de comportamiento de los ciudadanos a los que desean “empoderar” simplemente con que cumplan la condición de estar de acuerdo con su escolástica interpretación ideológica. ¿Eso es cosa del pasado? ¿La digitalización nos ha hecho libres? ¿Las nuevas generaciones nada tiene que ver en su comportamiento político o moral con las de hace un siglo? Por favor, al menos que no nos tomen por tontos.

Decía Gramsci que una ideología triunfa verdaderamente cuando deja de serlo y se convierte en sentido común

Acudo de nuevo a Gramsci (parece que ahora en moda efervescente) por ser el que decía que una ideología triunfa verdaderamente cuando deja de serlo y se convierte en sentido común. Esa es la gran suma. El triunfo de la sociedad cuando lo que fue hace un siglo reivindicación de minorías se convierte en convivencia de inmensas mayorías. No es posible sumar repúblicas de todos con un 50% de división si que ello no implique rotundo fracaso. No es razonable ni de sentido común implantar políticas radicales, de minorías con calzador, que generen rechazo a mayorías que permitan vuelcos a cada legislatura. Entre otras cosas porque la democracia genera periodos cortos que hacen efímeros debates impuestos por mayorías exiguas sin suficiente respaldo social. Sumar no es restar.

Para sumar se tiene que cumplir el requisito esencial de eliminar los arbitrismos ideológicos, las posiciones extremas y fundamentalistas identitarias, aceptar las diversidades de forma laica, evitar la agresividad dialéctica y respetar que una opinión divergente no te excluye del universo de la izquierda, aunque no coincida con los que patrimonializan la dirección de un partido componentes de ella. Y si se gobierna en coalición el principio básico democrático es aceptar la votación de la mayoría en la acción de gobierno. Porque las restas de crédito que lo contrario llevan a la ciudadanía tampoco pueden interpretarse como suma. No es una unidad artificial de la izquierda lo que ha de debatirse y aún menos una despreciable trifulca de poderes oligárquicos de las cúpulas de los partidos. Parafraseando a J F Kennedy, es la mayoría del sentido común de la sociedad lo que suma, estúpidos. Que cada uno saque sus conclusiones. Sumar o restar. Esta es la cuestión.  

Sumar o restar. Esta es la cuestión