miércoles. 03.06.2026
TRIBUNA POLÍTICA

El boomerang de Isabel Díaz Ayuso: cuando la mentira viaja a México y la verdad vuelve en un comunicado

Díaz Ayuso viajó a México para dar lecciones de historia y se fue antes de tiempo con una lección de realidad.

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La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha logrado algo digno de reconocimiento: unificar los desmentidos a sus burdas elucubraciones de una gran empresa privada mexicana, al Gobierno de México y al sentido común. Todo gracias a una acusación tan grave como falsa: que la presidenta Claudia Sheinbaum la había amenazado con boicotear los Premios Platino si ella se atrevía a pisarlos.

Pocos viajes de "promoción internacional" han acabado con un despropósito tan público, tan documentado y tan merecido

La realidad, tozuda como siempre, llegó en forma de comunicado oficial con membrete y todo. Grupo Xcaret, anfitrión del evento, desmintió "categóricamente" cualquier amenaza o instrucción procedente de Sheinbaum o de cualquier funcionario del Gobierno mexicano. Y añadió, con una elegancia que duele más que cualquier insulto, que habían solicitado a los organizadores que retiraran la invitación a la “representante” madrileña para evitar que el acto se convirtiera en una plataforma política. No fue Sheinbaum quien la vetó. Fue la propia lógica del desastre que Ayuso había ido sembrando durante toda la semana.

El ridículo institucional es mayúsculo, pero tampoco sorprende a quienes siguen de cerca el método Ayuso. Su manual político tiene siempre el mismo capítulo final: cuando una provocación sale mal, se construye un relato de victimismo que tape el fracaso. Primero el homenaje a Hernán Cortés en la Catedral Metropolitana, que la Archidiócesis se negó a albergar y acabó reduciéndose a un acto promocional del musical de Nacho Cano. Luego el anuncio triunfal de 77 millones en inversiones mexicanas para Madrid, que resultó ser una inversión ya anunciada dos meses antes por la empresa que también debe estar sonrojándose de la “ligereza” con la que la señora Ayuso comunica lo ya conocido. Y finalmente, como guinda, la acusación de boicot gubernamental que desmintió en pocas horas la propia empresa supuestamente amenazada. Uno por uno, golpe por golpe.

Lo que hace especialmente llamativo este episodio es que Ayuso viajó a México con una agenda claramente provocadora: reivindicar como héroe a un hombre cuyos crímenes reprobó por escrito el mismísimo emperador Carlos I en 1548, explicarles a los mexicanos su propia historia con una condescendencia que roza el esperpento, y exportar un nacionalismo rancio que en casa ya da señales de agotamiento. Fue, en definitiva, a hacer campaña electoral en suelo ajeno mientras llamaba "malinches" a las mujeres mexicanas, ignorando que La Malinche fue una esclava sexual entregada a Cortés, no el símbolo que una líder conservadora querría invocar en un acto de homenaje.

Su manual político tiene siempre el mismo capítulo final: cuando una provocación sale mal, se construye un relato de victimismo que tape el fracaso

Pero hay algo más que torpeza política en todo esto. Hay ingratitud. México no es un país cualquiera para los españoles. Es el país que abrió sus puertas a miles de compatriotas que cruzaron el Atlántico buscando un futuro mejor cuando España no tenía nada que ofrecerles. Es el país que acogió a los niños de Morelia y a los grandes intelectuales, escritores y científicos exiliados tras la Guerra Civil, dando cobijo a una generación entera de españoles que de otro modo habría desaparecido en el olvido o en las cunetas. Ese México fraternal y generoso merecía al menos el respeto de quien viaja en nombre de una institución española. En cambio, recibió insultos envueltos en papel de seda patriótico.

Por si fuera poco, el viaje de Ayuso ha pretendido torpedear los esfuerzos diplomáticos que tanto el Rey Felipe VI como el Gobierno de España han realizado pacientemente, con tacto y altura de miras, para tender puentes con México. Cada declaración suya fue una piedra lanzada contra un cristal que otros trabajaron en recomponer. La política exterior no es un plató de televisión, aunque cueste recordárselo a quienes confunden el foco mediático con la eficacia diplomática.

Y mientras todo esto ocurría, Alberto Núñez Feijóo guardaba su ya habitual silencio cuando las "ayusadas" aparecen. Ni una palabra de respaldo. Ni una de distancia. Solo el mutismo de quien sabe que Ayuso le come el terreno en cada titular y ha decidido que la mejor estrategia es no existir cuando ella existe demasiado. Un líder que no es capaz de poner orden en su propio partido cuando una baronesa convierte la política en un espectáculo de variedades tiene un problema que ningún silencio va a resolver.

Ayuso viajó a México para dar lecciones de historia y se fue antes de tiempo con una lección de realidad. Pocos viajes de "promoción internacional" han acabado con un despropósito tan público, tan documentado y tan merecido.

La mentira puede construir un relato durante unas horas, incluso unos días. Pero cuando quienes supuestamente protagonizan ese relato toman la palabra para desmentirlo, la verdad vuelve como un boomerang y el castillo de naipes se derrumba con estrépito. Y esta vez el estrépito se ha escuchado a ambos lados del Atlántico.

El boomerang de Isabel Díaz Ayuso: cuando la mentira viaja a México y la verdad vuelve...