lunes. 22.04.2024

“La manipulación mediática hace más daño que la bomba atómica, porque destruye los cerebros” (Noam Chomsky)


Lo que se ve y se dice en los medios, no es muchas veces la realidad de lo que pasa; quien lee poco y sólo ve televisión o está enganchado a las redes sociales, poco a poco entra en la engañosa ilusión de creerse que ver es lo mismo que comprender, de ahí que cuando la ignorancia, el fanatismo o la despreocupación irresponsables predominan en una sociedad, qué fácil resulta manipular la verdad. Aceptando y reconociendo el derecho de reunión y manifestación pacífica que garantiza el artículo 21 de la Constitución, la protesta del pasado sábado 21, en la que decenas de miles de personas se han concentrado en el centro de Madrid, en la Plaza de Cibeles y alrededores, contra el Ejecutivo de Pedro Sánchez, es un ejemplo claro de manipulación masiva de la verdad. Muchos de esos ciudadanos y ciudadanas y dirigentes del Partido Popular, de Vox, de Ciudadanos y de otras asociaciones y colectivos políticos o ciudadanos que acudieron a la protesta bajo el lema “Por España, la democracia y la Constitución”, al compás de la lectura de un manifiesto que aseguraba que la democracia en España está en peligro, lo hicieron al grito y consigna de “¡Sánchez dimisión!”, “¡Sánchez a prisión!”, “¡Sánchez dictador!” y “Gobierno de criminales”. En el caso que nos ocupa, la voluntad de participar era pura protesta sin proyecto alguno coherente, ni siquiera para modificar el sistema, sino para tensar la cuerda con el fin de quebrarlo y acabar con el gobierno socialista. Eso, sí, en sus cálculos hiperbólicos, multiplicaron por 20 la asistencia. 

Hacer oposición a las políticas del presidente Sánchez y su gobierno es legítimo. Lo que ya no lo es tanto es utilizar el argumentario de la teoría “conspiranoica”, según la cual Pedro Sánchez tiene un plan oculto para destruir la nación española, la Monarquía y hasta al mismísimo pueblo español, como manifestaron algunos de los asistentes. El grave daño y los perjuicios que se hacen a la ciudadanía y, por consiguiente, a España, a la propia democracia y a la Constitución, a las que dicen defender, es manipular la verdad, emponzoñar el debate político, haciendo acusaciones graves sin probar y extendiendo bulos que nos alejan cada vez más de cualquier diálogo medianamente serio y constructivo y que exige y necesita España. Es una contradicción difícilmente comprensible el que a cualquier ciudadano que le preguntes si podemos prescindir del ideal democrático te responda que no, pero, en la práctica electoral, es capaz de votar a partidos y candidatos que no lo son. Bastaba escuchar a algunos asistentes nostálgicos para adivinar que la democracia no era para ellos un objetivo atractivo.

La voluntad de participar era pura protesta sin proyecto alguno coherente, ni siquiera para modificar el sistema, sino para tensar la cuerda con el fin de quebrarlo

Con la palabra democracia se juega hoy con excesiva frivolidad. La experiencia nos enseña que la democracia no está siempre representada ni en el Parlamento, ni en las autonomías ni en los ayuntamientos por demócratas. Esta crisis democrática se percibe en que algunos de sus valores han dejado de funcionar de manera equilibrada y las expectativas de participación no son compatibles con la complejidad de los problemas que estamos viviendo. Cabría, pues, preguntarse, y responderse a la vez, de qué hablamos cuando hablamos de democracia. ¿Es verdadera democracia depositar un voto cada cuatro años para que el partido político ganador incumpla sistemáticamente sus promesas electorales? El hecho de votar cada 4 años puede ser un gesto simbólico, un rito puramente teatral; pero desde este gesto, votar parece muy poco. Y ese es su principal enemigo: convertir la democracia en puro acto protocolario en un mero envoltorio carente de contenido. La democracia exige compromiso diario, un ejercicio de diálogo para llegar a acuerdos que mejoren la redistribución equitativa de la riqueza y la protección de todos los derechos adquiridos, recogidos en la Constitución del 78: derechos para todos los ciudadanos: sociales, sanitarios, educativos, habitacionales y con garantías totales para los dependientes…  

Quienes conocemos la trayectoria política por la que transitan algunos y algunas de los líderes que asistieron, Abascal de VOX, Miguel Tellado, Pedro Rollán o Dolors Montserrat del Partido Popular, la incalificable diputada Cayetana Álvarez de Toledo, la ex líderesa naranja Inés Arrimadas, orgullosa y sin complejos para defender sus contradicciones y Begoña Villacís de Ciudadanos, en la que también participó la desnortada exdirigente de UPyD, Rosa Díez, el expolítico del PP Aleix Vidal-Quadras o un desubicado que ha tocado demasiados palos, Fernando Savater, entre otros; no extraña, pues, que, con ansias de tocar poder, “como ovejas sin pastor”, se apunten a cualquier oportunidad que se les brinde para acabar con el gobierno de Pedro Sánchez, pues para la derecha y la ultraderecha españolas no existe nada que en estos momentos les convenga más que designar a un culpable que les exonere de la difícil tarea de construir una responsabilidad colectiva. Una vez más es posible llevar por el camino equivocado a toda una generación, manipularla, volverla ciega, conducirla hacia una locura colectiva y dirigirla hacia un falso objetivo. Hitler lo demostró en tiempos pasados y Trump o Bolsonaro lo están demostrando en tiempos presentes. 

La democracia exige compromiso diario, un ejercicio de diálogo para llegar a acuerdos que mejoren la redistribución equitativa de la riqueza

Cada vez resulta más evidente que una parte importante de nuestros políticos actuales no están siendo capaces de gestionar con acierto la creciente complejidad de los tiempos y circunstancias del mundo que nos ha tocado vivir. Existe una clara conexión entre la ineficiencia e ineficacia de nuestros gestores políticos y la creciente insatisfacción que está dando origen no sólo a cierto desinterés de la ciudadanía por la política sino, y tiene mayor importancia, a un amago creciente de regresión democrática. Es posible que esté equivocado, pero creo que es una opinión que comparten muchos ciudadanos: hasta en EEUU, en Brasil y en no pocos países europeos, el peligro para la democracia es resultado del auge electoral que esta teniendo la extrema derecha. En España, con la entrada de VOX (la ultraderecha) en las instituciones, el clima de convivencia en el Congreso de los Diputados y en las distintas instituciones (Comunidades Autónomas, Ayuntamientos y Judicatura) se está haciendo insoportable: los insultos, las amenazas y las coacciones se han convertido en un arma estratégica perfectamente diseñada por el grupo que preside Santiago Abascal: ¿su objetivo?: meter miedo e inseguridad mediante las llamadas “fakenews” en la ciudadanía.

En la foto de Cibeles, incluyendo a los que estaban, pero también a quienes queriendo estar presentes no se atrevieron a estar - el líder del Partido Popular Núñez Feijóo no participó en la protesta, pero sí ha defendido a quienes salieron a la calle para manifestar su rechazo al Gobierno-, escuchando las razones de su presencia y protesta, es de lamentar cómo justificaban sus frívolas críticas. Bien lo definió Bryan Caplan, profesor de la Universidad George Mason de Virginia, en una de sus más conocidas obras, escrita en 2007, “El Mito del Votante Racional: Por qué las Democracias Escogen Malas Políticas”; en ella sostiene que los votantes son irracionales en la esfera política, con ideas sistemáticamente sesgadas; entre las que destaca la falta de competencia y responsabilidad de los electores o simplemente el hecho de que el votante medio carece de la formación y la información necesarias; o como, con más precisión, los define John Owen Brennan, ex director de la CIA y asesor del presidente Obama: muchos de los asistentes en la protesta, o eran hobbits, es decir, ciudadanos con baja información, pero con interés y deseo de participación o eran hooligans, ciudadanos con demasiada información, pero con opiniones fanatizadas y excesivos prejuicios. En la gestión política, no pueden tener razón, al menos, una sensata opinión, quienes prefieren el conflicto, el griterío y el insulto, al diálogo y al acuerdo.

En la gestión política, no pueden tener razón, al menos, una sensata opinión, quienes prefieren el conflicto, el griterío y el insulto, al diálogo y al acuerdo

Llevamos ya unos cuantos años en que lo que creíamos impensable se ha hecho realidad. Ya no es impensable que una pandemia podía afectar globalmente al mundo; ya no es impensable que en el siglo XXI se podía declarar una guerra despiadada y cruel en Europa iniciada por un ególatra ruso; ya no es impensable que unas turbas de peligrosos payasos pudiesen asaltar el Capitolio americano o miles de seguidores del loco expresidente Bolsonaro asaltaran las sedes de la Presidencia, el Congreso y el Tribunal Supremo de Brasil. Así titulaba un libro el congresista americano Jamie B. Raskin “Lo impensable”. Un relato profundo y una propuesta de concordia y esperanza; una apuesta por la fraternidad y la verdad y los valores democráticos; en su libro denuncia que la democracia está en peligro en todo el mundo; un mundo globalizado en el que la cultura del odio y polarización está provocando un cáncer para las democracias.

Una de las figuras femeninas más importante del pensamiento español del siglo XX fue María Zambrano discípula de Ortega; exiliada al término de la Guerra Civil, regresó a España en 1984. Fue galardonada con el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 1981 y el Cervantes en 1988. Desde su pensamiento filosófico, al explorar nuevos horizontes, cambió el instrumento de la razón vital de Ortega, por el de la “razón poética”. Su pensamiento y preocupación giraron en torno a la búsqueda de principios morales y formas de conducta que fueran aplicables a los problemas cotidianos; su forma de abordar los conflictos reclamaba la necesidad de un profundo diálogo entre el ser y su entorno; su vida y obra constituyeron uno de los máximos experimentos de una generación que vivió y participó activamente en la construcción de un proyecto colectivo al servicio de la convivencia y contra la normalización del insulto y la descalificación. Ella fue lo contrario a lo que hoy nos están acostumbrando nuestros políticos: a normalizar el insulto y la descalificación. La crítica, como expresión de libertad, es legítima, pero deja de serlo cuando, traspasando deleznablemente sus límites, se convierte en insulto o, peor aún, en calumnia. Y, en democracia, lo peligroso, lo devastador es que nuestros diputados, no todos, ayudados por la connivencia de ciertos medios de comunicación y redes sociales, consideren aceptable tratar por igual la crítica y el insulto. Y ese es el gran daño que se puede ocasionar a la democracia. Y la pregunta que muchos nos hacemos es obvia: ¿sigue siendo democrática una sociedad en la que no hay espacio para el dialogo y el respeto y se ensalza el insulto y le mentira?

La crítica, como expresión de libertad, es legítima, pero deja de serlo cuando, traspasando deleznablemente sus límites, se convierte en insulto o, peor aún, en calumnia

El historiador y político griego en la Liga Aquea, Polibio, nacido en el siglo II antes de nuestra era, considerado el padre de la Historia moderna, tomado como rehén por el Imperio romano tras la batalla de Pidna, llegó a trabar amistad con Escipión Emiliano convertido en mediador entre Roma y su patria. Estuvo presente en los sitios de Cartago y Numancia y en la caída de Corinto. De su obra solo se conserva “Historias”, una historia sobre Roma; lo importante de su obra es que su método de recopilación de datos fue la base de la investigación histórica moderna. Con clarividencia se adelantó muchos siglos, llegando casi a describir en tiempos pasados lo que está sucediendo en nuestra historia actual. Así escribió entonces: “Como la masa del pueblo es inconstante, apasionada e irreflexiva, y se halla además sujeta a deseos desenfrenados, es menester llenarla de temores para mantenerla en orden” (…) “Un estadista que ignora la forma en que se originan los acontecimientos es como un médico que no conoce las causas de las enfermedades que se propone curar”(…) “Es natural que el hombre ame a su país y a sus amigos y odie a los enemigos de ambos, pero al escribir la Historia debe prescindir de tales sentimientos y estar dispuesto a alabar a los enemigos que lo merezcan y a censurar a los amigos más queridos y más íntimos”.

Teniendo como referencia estas reflexiones de Polibio, sería interesante hacer un análisis objetivo de las reivindicaciones del lema de la protesta: “Por España, la democracia y la Constitución”, y dar un paso más allá del puro ruido, el insulto y la crispación; ello significaría empezar a participar activa y responsablemente en la verdadera democracia; porque, nos guste o no y aunque todos estemos de acuerdo en la necesidad de un cambio democrático, nuestro sistema dispone de las herramientas necesarias para que la sociedad decida si el cambio democrático es necesario y cómo hacerlo legalmente y no a golpe de insulto, con la mirada y la marcha puestas en el pasado y enarbolando banderas no constitucionales. Los que asistieron el sábado a la manifestación en Cibeles, deberían tener claro que la crisis de la democracia se percibe en que algunos de sus valores han dejado de funcionar de manera equilibrada y son precisamente aquellos valores que la derecha y la ultraderecha están cuestionando con sus tramposas mentiras, negando y anulando las expectativas de recuperación que, ciegos, ellos no ven, pero que sí ve y reconoce la Unión Europea.

Los manifestantes de Cibeles, deberían tener claro que la crisis de la democracia se percibe en que algunos de sus valores han dejado de funcionar de manera equilibrada

¡Cuántas veces hemos escuchado que algo es ya obsoleto, que carece de utilidad! La obsolescencia ocurre cuando un objeto, un servicio, un método, una forma de vida o una práctica ya no se mantienen o no se necesitan, aunque todavía estén en cierto estado de funcionamiento; la obsolescencia ocurre porque se dispone de recambios que tienen, en suma, más ventajas en comparación con las desventajas en las que se incurre al mantener o reparar el original. Incluso se habla cada vez más y con más objetividad de la “obsolescencia programada”, creada para que el consumidor se vea obligado a adquirir un producto nuevo; una vez que transcurre tal periodo de vida útil el producto tecnológicamente programado se volverá obsoleto, obligando al consumidor a adquirir uno nuevo pues a la larga la experiencia dice que resulta más económico adquirir uno nuevo que reparar el que ya teníamos. Esto influye de gran manera en el desarrollo de la economía, pero también en las democracias.

Iniciaba estas reflexiones con un título que hace referencia a una frase clásica en la historia y en la eclesiología de todos los tiempos, aunque se ignore con exactitud quién fue el primero que la expresó; hay quien se le atribuye a Lutero en Wittenberg, o a Zuinglio en Zúrich y otros a Calvino en Ginebra. Con la frase “Ecclesia semper reformata et semper reformanda est”, ¿qué se quiere decir? A grandes rasgos significa que la Iglesia siempre reformada debe estar en un proceso permanente de reforma; pretende expresar la necesidad de que la Iglesia - como cualquier otra institución-, desde la sintonía con los cambios de los tiempos, debe adaptarse a las necesidades de la realidad e insertarse en ella en el discernimiento inteligente del progreso y la renovación.

Nuestra democracia, debe estar en un proceso permanente de reforma, pero para mejorarla

Esa y no otra es la reflexión que he querido traer a Nueva Tribuna en estas páginas. Semejante a lo que la Iglesia dice y pide de sí, es lo que la gran mayoría de ciudadanos y ciudadanas españoles decimos y exigimos de nuestra democracia: nuestra democracia, debe estar en un proceso permanente de reforma, pero para mejorarla. En sintonía con los cambios de los tiempos, debe adaptarse a las necesidades de la realidad de una sociedad que siempre marcha hacia delante en el discernimiento inteligente del progreso y la renovación. Desgraciadamente, con la derecha española del Partido Popular, que se mimetiza con gran facilidad con la ultraderecha ultramontana y franquista de VOX, nuestra democracia corre el peligro de que sus reformas sean un retroceso, una vuelta al pasado y no un proceso permanente de reforma en progreso de mejora. Si estamos siendo capaces de progresar de forma acelerada en nuevas y admirables tecnologías, cómo no vamos a poder progresar en los valores democráticos.

¿Cómo sabremos que vamos avanzando en esta reforma y progreso democrático? Cuando el estado de bienestar del que habla la Constitución, democráticamente haya llegado a todos los españoles. Este fue el aliento que impregnó el texto de la Constitución de 1978, cuyo artículo 40 encomienda a “los poderes públicos” la promoción del “progreso social y económico”; progreso social y económico que se reconoce más explícitamente en el interés general del art. 128 en el que se dice que “toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general” y aún más explícito es el art. 131, que prescribe que sea el Estado, mediante ley, el que planifique la actividad económica general para atender a las necesidades colectivas, equilibre y armonice el desarrollo regional y sectorial y estimule el crecimiento de la renta y de la riqueza y su más justa distribución. Resulta paradójico que quienes con más fuerza proclamaban el día 21, en esa manifestación la defensa de la Constitución, voten en el Parlamento en contra del progreso democrático y económico que han impregnado las últimas leyes del Gobierno. Puestos a reivindicar las mejoras de nuestro Estado de bienestar, bueno será que los ciudadanos tengan claro quién las propone y aprueba y quiénes son los partidos que votan en contra.

Considero que el principal desafío de nuestra democracia, hoy más que nunca, es reformarla y reconectar lo que algunos han pretendido escindir. Y en este deseo de reforma democrática, debemos mirar al futuro, con audacia y vocación de diálogo y acuerdos. El futuro es patrimonio de todos y todos debemos participar en su diseño. Un futuro en el que quepamos todos, sin exclusiones. Podemos conseguirlo y debemos conseguirlo. Lo sintetizo con una frase de Duns Scoto, uno de los filósofos-teólogos más importantes de la Europa occidental de la Baja Edad Media, frase escrita en otro contexto, pero considero que aquí está bien traída: “Potuit, decuit, ergo fecit”. Que yo traduzco y apoyo: “Se puede conseguir una mejor democracia, es bueno conseguirlo, pues pongámonos todos manos a la obra para alcanzarlo”.

“Semper reformata et semper reformanda est”