Segunda carta abierta a un mercenario
Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna
El pasado jueves 5 de marzo, el presidente de Estados Unidos Donald Trump recibió en la Casa Blanca a jugadores y directivos del equipo de fútbol Inter Miami, tras haber ganado la Major League Soccer (MLS) de la temporada 2025.
Día de gloria para el propietario del club, Jorge Mas Santos, multimillonario estadounidense, mayor accionista de Mas Tec, empresa de construcción e ingeniería fundada por su padre, Jorge Más Canosa, agente de la CIA, personaje vinculado al narcotráfico, miembro destacado de organizaciones terroristas anticastristas en USA y uno de los más distinguidos organizadores del patético intento de invasión estadounidense a la isla de Cuba por la bahía de Cochinos, en 1961. A más a más, Mas Santos, y aunque no venga mucho al caso, es presidente del Real Zaragoza, al que está a punto de llevar al pozo de la Primera Federación -tercera división en términos coloquiales- y socio minoritario de la mercantil La Nueva Romareda S.L., junto a la Diputación General de Aragón y el Ayuntamiento de Zaragoza, que luego pasa lo que pasa.
Justo en tan memorable jornada, investigadores de EE. UU. ya apuntaban a una “probable” responsabilidad de su ejército en la masacre de 168 personas en la escuela de niñas iraníes. Obsesión ambivalente de Donald por las mujeres infantes. Y en esto estaban cuando al jugador estrella del club, Lionel Messi le correspondió el dudoso honor de entregarle al presidente un trofeo compuesto por un balón de fútbol sobre un pedestal firmado por los jugadores. Inenarrable.
Aprovechó Donald para discursear al plantel sobre sus intenciones de atacar Cuba en un par de semanas y dejar al país destruido hasta los cimientos. Messi escuchaba con su carita habitual de entre memo y zopenco, casi idéntica como la que lucía en mayo de 2022, a su llegada a Yeda, a orillas del mar Rojo, para promocionar turísticamente a Arabia Saudí, a cambio de 7,5 millones de euros al año.
El día 24 de ese mismo mes el diario La Vanguardia publicaba un artículo firmado por el prestigioso escritor y periodista británico John Carlin, titulado “Carta abierta a un mercenario”, donde su redactor se hacía cruces ante la imagen del multimillonario jugador representando a: “... un país donde los derechos humanos no existen y el gobierno tiene miles de denuncias por crímenes”.
Argumentando su juicio, escribía increpando directamente al astro: “Andá, Leo, andá. Andá a ver a la viuda del descuartizado Khashoggi, tocá la puerta de los padres de Mustafa Hashem al Darwish, a cuyo hijo le cortaron la cabeza por haber participado en una protesta contra el régimen saudí cuando tenía 16 años, la misma edad que vos cuando debutaste para el Barça. Andá, hablá con las familias de las 81 personas que tus nuevos mejores amigos ejecutaron recién, todos decapitados en un día, el sábado 12 de marzo”.
Vayamos por partes, aunque suene a chiste desafortunado y siniestro, con el periodista Jamal Khashoggi, que el 2 de octubre de 2018 entró en el consulado de Arabia Saudí en Estambul, Turquía, para no salir jamás. O por ser más concreto, lo hizo convertido en carne loncheada para kebabs. Un año antes, Jamal se había exiliado en Estados Unidos, por temor a represalias tras haber criticado las políticas del príncipe heredero de la monarquía absoluta y teocrática saudí, Mohammed bin Salman, en el diario The Washington Post.
Khashoggi había acudido a la oficina de representación diplomática para realizar gestiones administrativas a fin de contraer matrimonio, semanas más tarde, con su prometida Hatice Cengiz, académica e investigadora turca en estudios de Medio Oriente, que le esperaba impaciente en la puerta. Habida cuenta de que el periodista no salía del consulado, el 5 de octubre, el criminal bin Salman confirmaba desde Riad que este había entrado efectivamente en la sede consular, pero que había salido poco después. Al día siguiente, el gobierno turco de Recep Tayyip Erdogan refutó la siniestra milonga: “El periodista ha sido asesinado en el consulado por un equipo llegado especialmente a Estambul, que se fue el mismo día”.
Pasemos al segundo citado por Carlin, Mustafa al Darwish, un adolescente que fue detenido el 25 de mayo de 2015 por participar en unas protestas contra el gobierno en la Provincia Oriental, de mayoría chií. Tras su detención, fue sometido a dos años de reclusión en régimen de aislamiento en espera de juicio. Tiempo suficiente para obtener, bajo indescriptibles torturas, su culpabilidad en no se sabía muy bien qué. Según Amnistía Internacional, durante la parodia de juicio, Mustafa informó al juez de que sus denominadas “confesiones” habían sido obtenidas bajo brutal coacción. Pero fue condenado a muerte y decapitado el 15 de junio de 2021, ante la unánime repulsa internacional hacia un país que, entre otros desafueros jurídicos mantiene la pena de muerte a menores.
Así que, en la sempiterna comparación con Diego Armando Maradona, hoy vengo a decir que gloria eterna al Pelusa
Sobre ese contexto, John Carlin escribía y preguntaba al referido mercenario en La Vanguardia: “¿Cuántos petrodólares te están pagando por la prostitución de imagen más mierdosa que se ha visto hasta la fecha en esa cloaca en la que vivís, el mundo del fútbol profesional? Vendiste la miseria de alma que te queda a Mohamed bin Salman, hijo predilecto del rey, asesino, torturador, opresor de las mujeres, verdugo de los gays”.
Y líneas más adelante cerraba con un: “No, seguro que no. Que no pare la fiesta. La plata es la plata, no importa el origen, ¿no es cierto? Ay, Leo, mi ídolo caído. Quisiera decirte gracias por los recuerdos. Pero te cagaste en ellos y ya no puedo”.
Acto seguido se dirigía a los lectores, para explicarles su estado de ánimo: “Messi es como una chica que amé con locura, me traicionó y se terminó el amor”.
Y aquí entra quien esto escribe, que, como casi todos los simples, presumen que a alguien le pueda interesar su irrelevante historia de vida. Pero, a ello. Soy del Barça desde antes de tener memoria. Mi madre, Adelaida Martín, me contaba que cuando retransmitían -en la radio Telefunken de Ojo Mágico que teníamos en casa-, un partido del equipo de mis amores niños, y este perdía, yo lloraba desconsoladamente. Cosas que pasan.
Y después de la alineación que llevaba en mi carterita escolar de segundo de bachillerato en el Instituto Ramiro de Maeztu, con la foto de Ramallets, Foncho, Gensana, Gracia, Vergés, Garay, Kubala, Kocsis, Evaristo, Suárez y Czibor, y de otras muchas gloriosas formaciones, llegó un 16 de noviembre de 2003 y sobre el campo apareció Leo Messi. Magia en estado puro de la que pude disfrutar hasta el paroxismo hasta que en agosto de 2021 el club anunció que el jugador abandonaba el Barça.
Juré amor eterno a ese 10 inolvidable, pero fueron llegando noticias de su miseria moral y humana. Como le sucedió a Carlin, Leo, mi ídolo cayó con estrépito y me dije, más o menos, porque no tengo la pluma del periodista británico: “Quisiera decirte gracias por los recuerdos. Pero te cagaste en ellos y ya no puedo”.
Lionel Messi pasará a la historia como uno de los mejores jugadores de la historia, y al mismo tiempo como un mercenario sin más escrúpulos que los que le permiten su condición de bretoniano Avida dollars.
Así que, en la sempiterna comparación con Diego Armando Maradona, hoy vengo a decir que gloria eterna al Pelusa, Barrilete cósmico, Pibe de Oro o Diegol, finalmente víctima propiciatoria de una interesada coalición entre la Camorra napolitana y el gobierno italiano, apoyado, justo es decirlo, en una decidida intervención de la justicia y la policía italianas.
Convengamos en que se lo había buscado por sus coqueteos con el clan Giuliano, al que durante un tiempo considerable cedió sus derechos de imagen a cambio de farlopa y periquitas. Pero, frente al lacayismo cipayista de Lionel, Dieguito siempre hizo gala de conciencia de clase, manteniéndose fiel e identificado con sus propios orígenes humildes; fue una voz disonante y rebelde frente a los poderes establecidos, confrontando con la AFA y la FIFA; un grito alto y claro contra el imperialismo estadounidense; un símbolo de recuperación y fortaleza al reconocer sus contradicciones, debilidades y miserias; y un estandarte para los pobres, los trabajadores y los desposeídos.
Dios del fútbol de quien quiso ser profeta este patético Messi, ridículo mercenario que una vez más nos ha sacado de quicio.
En el Quartieri Spagnoli de Nápoles, y como diría Joan Manuel Serrat: “Lo están gritando/ siempre que pueden,/ lo andan pintando/ por las paredes”.