martes. 23.04.2024
Foto de archivo

La derecha política española no se ha distinguido por sus inclinaciones democráticas. En el siglo XIX apoyaron a un Monarca absolutista como Fernando VII y con la hija de éste, Isabel II, se dividieron entre actuar a través del carlismo (que provocó tres guerras civiles) o del Partido Moderado que creó un régimen excluyente que sacó del juego político al Partido Progresista.

Esa derecha política boicoteó las pocas Constituciones democráticas del siglo XIX (la nonata de 1856 y la de 1869) y retornó al poder a través de dos golpes de Estado militares, los de Pavía y Martínez Campos, ambos en 1874. Durante la Restauración montó un régimen oligárquico muy poco democrático para lo cual incluso captó al Partido Liberal que, tras un suave comienzo reformista, se entregó a políticas destinadas a reforzar el poder del Monarca y de las Fuerzas Armadas (teoría del Rey como titular del Poder Armónico, Ley de Jurisdicciones de 1905). 

Y todos, conservadores y liberales (salvo excepciones contadas), aceptaron la dictadura de Primo de Rivera y la “dictablanda”, se lanzaron a hacer feroz oposición a la democracia republicana y, derribado el régimen republicano, apoyaron a Franco durante cuarenta años. No se puede decir que la derecha política se distinga por su vocación democrática. Y con la Monarquía parlamentaria actual sólo la Unión del Cetro Democrático se comprometió verdaderamente con la democracia, pues Diputados conspicuos de Alianza Popular en las Cortes Constituyentes votaron en contra de la Constitución.

No se puede decir que la derecha política se distinga por su vocación democrática. Y con la Monarquía parlamentaria actual sólo la UCD se comprometió verdaderamente

De aquellos polvos, estos lodos. En la tercera legislatura de Felipe González, la de 1989 a 1993, la derecha política no soportó seguir en la oposición y montó una gran campaña contra el Gobierno (“Váyase señor González”) que no ahorró medios materiales y económicos. Cuando vemos el cariño con que las derechas tratan ahora a Felipe González y a Alfonso Guerra nos olvidamos del odio que les tenían entonces a principios de los años 90. La rabia por no estar en el Gobierno ha generado un curioso sentimiento que es el leitmotiv de la acción política de las derechas españolas, la concepción de que sólo ellos tienen derecho a gobernar y que las izquierdas son ilegítimas y actúan como okupas del poder. Evidentemente, esta concepción quiebra el principio democrático que sustenta la arquitectura constitucional del Estado. Niega la regla de alternancia y la pluralidad de la acción política. Pero está incrustada en la ideología política de las derechas españolas desde hace casi ciento ochenta años cuando expulsaron al Partido Progresista del sistema político.

Hago esta reflexión al ver como el Partido Popular se ha inventado la categoría política del “sanchismo”. Ya no hay PSOE ni socialistas, hay “sanchismo”, que es como negar la personalidad histórica y partidista del PSOE y lo convierte en un conglomerado de intereses personales de Pedro Sánchez, al que hay derribar como en su momento decidieron derribar a Felipe González con un invento similar, el “felipismo”.

Por eso, Núñez Feijóo no sólo se ha inventado la categoría del “sanchismo”, sino que ha sacado un curioso verbo, “derogar”. Dicen que el presidente del Partido Popular es licenciado en Derecho, pero yo lo dudo, porque un licenciado en Derecho sabe que el verbo derogar se aplica a las normas, no a los fenómenos políticos. Pero más allá del empleo inapropiado de un vocablo, lo que importa es la intencionalidad. Y la intención al emplear el vocablo derogar es destruir, laminar toda la obra del Gobierno de Pedro Sánchez, porque las derechas españolas quieren hacer tabla rasa de lo que ha sido un Gobierno progresista y, con ello, eliminar la alternancia que supone cierto respeto a la obra de un Gobierno anterior que se supone legítimo.

La intención es laminar toda la obra del Gobierno de Pedro Sánchez, porque las derechas españolas quieren hacer tabla rasa de lo que ha sido un Gobierno progresista

Eso es lo que está en juego en las próximas elecciones. Nos jugamos no tanto un programa político de derechas o de izquierdas (que también), sino el respeto al principio democrático. No se ha destacado con suficiente contundencia que, de vencer el Partido Popular en las elecciones del 23 de julio, España quedaría anegada bajo una ola conservadora que cubriría el Gobierno de la Nación, gran parte de las Gobiernos autonómicos y miles de Ayuntamientos. Volveríamos a tener una España como de la década moderada, donde todos los centros del poder estaban en manos de las derechas. Con el agravante, además, de que en algunas Comunidades Autónomas y en muchos Ayuntamientos el PSOE ha sido el primer partido y los votos de las diversas izquierdas suman más que las derechas.

Por eso es muy importante que las izquierdas venzan en las elecciones del 23 de julio. Porque volveríamos a 1845 o a 1939, una España ocupada por las derechas pero con un potente electorado de izquierdas. Si la mayoría de las Comunidades Autónomas y Ayuntamientos están gobernadas por el Partido Popular, el Gobierno de la Nación no debe estar en manos de esa misma derecha que, además, necesitaría de Vox, ya en el propio Gobierno (Abascal de Vicepresidente), ya con sus votos para su obra legislativa de demolición de la acción del Gobierno del Presidente Sánchez.

Sanchismo, felipismo, derogar (o demoler) al adversario