martes. 23.04.2024

La semana que ahora termina se ha visto marcada por un aumento extremo de los decibelios. Ruido. Ruido armado por las declaraciones de Puigdemont, tan altisonantes y grandilocuentes como cualquiera podía imaginar sin necesidad de mucha imaginación, pero en las que es preciso analizar con igual atención tanto lo que no dijo como lo que dijo.

Ruido armado por todas las reacciones. El ex presidente González sale de la finca en Extremadura en la que pasó sigiloso la campaña electoral más importante de las últimas décadas para decirnos lo que no le parece, y de manera significativa se le hace más caso que al líder de la oposición, al que todo el mundo considera ya camino de la puerta de salida.  

A González se le hace más caso que al líder de la oposición, al que todo el mundo considera ya camino de la puerta de salida

Ruido armado por todos los que agitan los grandes principios porque siempre son mucho más brillantes que todas las tozudas realidades. Ruido para enturbiar y complicar lo que ya de por sí es complicado.

Haya paz… Una negociación, y más aún una negociación larga, es un artefacto en el que normalmente el punto de llegada se parece al de partida como un huevo se parece a una castaña, y por el camino se quedan muchas cosas de las que después nadie quiere acordarse. Es normal que se pida la luna. Es la única forma de obtener al final un trocito de tierra. 

Los negociadores de ambas partes lo saben. Y saben que tendrán que trabajar entre el ruido, y que los agentes interesados -y son muchos- en que todo salga mal apelarán a los atavismos que muchos de nosotros tenemos todavía en nuestras mentes, implantados por décadas de propaganda y una educación siempre pendiente de auténtica reforma. 

Es normal que se pida la luna. Es la única forma de obtener al final un trocito de tierra

Se van a oír muchos gritos de alarma, pero si, por ejemplo, intentamos objetivar el ruidoso problema de la amnistía, nos daremos cuenta de que a quienes de verdad afecta no es a los dirigentes del conflicto, mayoritariamente ya indultados, sino a los muchos mandos intermedios que experimentan la paradoja de haber ejecutado sus órdenes y haber quedado fuera de las medidas de gracia, y nos daremos cuenta de que lo que les ha tocado en suerte no es muy justo. Es de ellos de quienes realmente se está hablando en esta negociación. No creo en absoluto que lo que no sería más que una extensión de medidas de gracia -repito, de gracia- que ya han gozado otros suponga nada menos que el cambio de régimen del que hablan algunos demagogos. Y por supuesto que no estaría de más que Puigdemont estuviera dispuesto a hacer algún sacrificio por quienes fueron sus subordinados, que ya va siendo hora. 

Tampoco estaría mal empezar a pensar a largo plazo. Igual deberíamos empezar a pensar que si el nacionalismo -el catalán, el vasco, el españolista- se ha convertido en el tema central de la vida política de esta península y causa tantos problemas a la convivencia entre sus ciudadanos, tal vez deberíamos trabajar, de manera intelectual y democrática, para desterrarlo de nuestras vidas. No es tan difícil. Primero hay que quitárnoslo, cada uno de nosotros, de la cabeza. Y después votar. 

Ruido